Venados, gamos y cochinos, ii

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Checa, Guadalajara, a 1 de Noviembre de 2017.

Ha amanecido limpísimo y despejado este Día de Difuntos. Por aquello de hacer las cosas como han de hacerse, nos hemos levantado para desayunar a las nueve de la mañana. No es que haya prisa de ningún tipo; hemos dormido muy bien, aunque en exceso cerca del campanario de la iglesia del pueblo, creo, y nuestros amigos comenzarán a llegar a eso del mediodía. De todos modos, como hay que cambiar de habitación hoy mismo, preferimos facilitarle el asunto a Veronika y, en mi caso al menos, retomar la costumbre de madrugar ligeramente. Alejandro es pájaro mañanero, por lo que no le cuesta demasiado trabajo tirarse de la cama mientras escuchamos la monserga de las noticias políticas, centrada como es lógico en el desastre catalán.

Un buen desayuno salado y un par de tazas de té después, salimos a dar un breve paseo matutino, que no hace sino confirmar la impresión que el pueblo me causó ayer con bastante menos luz. Nos sentamos a charlar apaciblemente en la terraza del hotel cuando Veronika nos confirma que nuestra nueva habitación ya está lista. Subimos y colocamos mal que bien nuestras numerosas pertenencias. Acabo de comprarme un magnífico pantalón Hillman para esperas, acolchado pero ligero y cómodo, que complemento con ropa interior térmica de la misma marca y que puede vestirse también en plan forro polar exterior. Es muy cálida y cuenta con hilos de plata y carbón activo para evitar la acumulación de malos olores. Como siempre, Alejandro solamente trabaja con magníficos artículos en su tienda; es una gran ventaja contar con un experto como él a la hora de completar el vestuario para cazar, sin duda. Un colosal tres cuartos con idéntico camuflaje y similares propiedades aguarda en mi armario por si llego a necesitarlo. Una docena de flechas nuevas, emplumadas diestramente por mi amigo y regalo de mi querida gata bandolera, esperan ansiosas su turno para hendir el aire, para llevar la muerte al corazón de la presa. En la penumbra de la habitación, relucen malévolas las puntas de caza.

Poco después de que acabemos de ordenar nuestro equipaje, llega Juancho, acompañado de Alejandro, guarda de la finca en la que cazaremos e inestimable colaborador de Sierra de la Madera. Es un hombre de mediana edad, muy castellano, muy callado, muy eficaz. Se mantiene siempre en segundo plano y está continuamente atento a cualquier detalle que se les pueda escapar a sus jefes. Encargado de mantener los puestos del coto en perfecto estado de revista, de su trabajo depende en gran parte que logremos el éxito o no durante las esperas. Junto a ambos viaja Rufo, un precioso sabueso de Baviera, tranquilote y simpático, que ayudará en el rastreo de las piezas si se da la circunstancia. No le oiré ladrar ni una sola vez durante toda nuestra estancia, ni siquiera en los momentos de mayor excitación, lo que para mi es del todo impresionante: adoro a los perros silenciosos, rara avis, claro está.

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Tras los saludos iniciales, aparecen un par de coches más en los que viajan nuestros amigos vascos: Jorge y Alberto Amador; los Pozuelo, Aitor “Wild Turkey” y Rufino, padre e hijo, y José Ortega Subirana, logroñés de pro. Jorge Amador viene, entre otras cosas, a presentarnos artículos de la firma Kuiu, para la cual trabaja, y José Ortega nos mostrará sus artículos en cuero español, primorosamente cosidos y libres de cromo durante su curado. Aitor y Rufino vienen nada más y nada menos que a cazar apasionadamente, como debe ser. Es un placer contemplar a padre e hijo unidos en idéntico afán, disfrutando de las mismas cosas y fortaleciendo su mutua relación a base de momentos camperos y cinegéticos como los que vamos a vivir.

Un par de cervezas, nos sentamos a comer y rápidamente salimos hacia el monte. Es tarde, son ya casi las dos, de manera que poca cosa podremos hacer antes de que caiga la luz, pero eso no es obstáculo para nuestras ganas de campo. Subimos a los coches y enfilamos hacia las afueras del pueblo. Nuestro destino se halla a escasos kilómetros de la población; llegaremos en pocos minutos.

Al tomar las pistas forestales que se adentran en el coto, avanzamos levantando una enorme nube de polvo. La atroz sequía que estamos atravesando también deja ver su reseca mano aquí, pese a la gran cantidad de agua que atesora esta zona, tanto por cuestiones hidrográficas como climáticas. A veces, hay que detener el vehículo para mantener una distancia de seguridad con los otros coches que tan solo podemos intuir, tan densa es la polvareda que producimos.

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Pocos minutos después, tras pasar un pequeño puente que salva un riachuelo completamente exhausto, Alejandro y yo bajamos de nuestro vehículo. Comenzaremos a recechar los primeros, mientras Juancho y el guarda van situando al resto de nuestros compañeros en distintos puntos del coto. A nuestra izquierda, un empinado cerro de laderas muy cubiertas, que aloja en su cumbre un espeso bosque de pinos negrales, jaras y sabinas rastreras, estas últimas abundantísimas en la zona y muy típicas de ella. El riachuelo es uno de los límites del coto; podemos cazar en su margen derecha, nunca en su parte izquierda. Mientras bajamos del automóvil, nos llama poderosamente la atención el completo silencio que se percibe a nuestro alrededor. El bosque está muy quieto, muy parado; se diría que nos observase detenidamente, como si estuviera valorando la extraña presencia que lo invade para tomar una decisión con respecto a ella. Le comento mis sensaciones a Juancho y me contesta que él también lo ha notado, que llevan ya varios días así. Ni un solo pájaro rompe el espeso silencio que se alza frente a nosotros. Impresiona de verdad, es imponente; forma parte de la maravillosa sensación de poder vivir el monte, la naturaleza salvaje con todas sus características sin adulterar, sin envilecer de manera alguna.

Echamos a andar por el sendero de la ribera del río y en pocos metros nos desviamos hacia la izquierda para comenzar a tomar altura. El terreno está en condiciones difíciles para el rececho: seco, crujiente y lleno de ramitas quebradizas que traicionan nuestro paso una y otra vez con chasquidos que se nos antojan auténticos cañonazos, tal es el silencio que nos envuelve. Estamos practicando el rececho continuo, de manera que nos movemos con toda la lentitud que podemos lograr, cosa que no resulta tan sencilla como parece: hay que tener un cierto sentido del equilibrio y una buena musculatura en piernas, cintura y caderas para poder avanzar hurtando el cuerpo y con el sigilo y la precisión necesarias, lo que a la larga provoca un cansancio que parece inexplicable, porque no se tiene la sensación de haber hecho un ejercicio físico extenuante. Añadamos el peso de la inevitable mochila y el del arco et voilà, el esfuerzo está servido. Noto lo bien que me viene el gimnasio y lo hecho polvo que tengo el sistema vestibular de mi oído izquierdo; me cuesta un severo esfuerzo mantenerme equilibrado en ciertas zonas; tengo que posar el pie con mucha precaución para no hacer ruido y para no dar con toda mi osamenta en el suelo, pero es lo que hay. No me queda otra que aceptar mis limitaciones y seguir practicando el deporte que amo contra viento y marea.

Al cabo de unos cientos de metros, cambiamos de estrategia: Alejandro se dirigirá hacia la izquierda, tratando de rodear el bosque ceñido a su borde; yo tiraré hacia la derecha para atravesarlo en línea más o menos recta, doblando al final nuevamente hacia la derecha para encontrarnos ambos junto al coche. El viento sopla con suavidad sobre nuestros rostros y seguirá haciéndolo durante el resto de la jornada; por ese lado no tenemos nada que temer.

Sigo ascendiendo muy despacio, deteniéndome cada dos por tres para revisar los alrededores. No llevo los prismáticos, pero en realidad poco jugo les sacaría en un entorno como este. Es un bosque que cada vez se va espesando más, así que hay que estar atento a distinguir una mancha de piel o la punta de un cuerno entre la maleza en vez de otear a largas distancias. El oído juega sin duda un papel igualmente primordial aquí, y, salvando mis queridos acúfenos, que me complican un tanto la vida, lo cierto es que aún me defiendo en ese terreno. Noto a la perfección cómo me martillea el pulso en la sien y procuro no enredar el arco con la maleza que me va rodeando, cada vez más densa.

Algunos mirlos se levantan escandalosamente a mi izquierda  y me sobresaltan, quiéralo o no; por mucho que estés esperando la decisión del bosque sobre tu persona, esa sentencia que siempre acaba por producirse y que siempre contiene idéntico fallo, no es posible dejar de pegar un respingo cuando esta llega. A unos treinta metros frente a mi, unas jaras se agitan varias veces antes de volver a quedarse inmóviles; me agacho muy despacio, tomo una piedra y la lanzo contra ese punto, pero nada sucede. Algún conejo, alguna pequeña criatura del bosque habrá movido la planta; nada cercano a las grandes presas en cuya busca partimos.

Mis pasos me llevan hasta un hermoso claro, tapizado por hierba verde y fresca, fragante. La piso con placer; está mullida y no me devuelve ruido alguno cuando avanzo; así da gusto. Escucho una carrera muy lejana a mi derecha, esta vez sí. Sin duda, un venado rompiendo monte; sea lo que fuere, ni siquiera se ha molestado en ladrar; ha puesto tierra de por medio y se acabó la presente historia.

La luz comienza a bajar con vertiginosa rapidez. Ya estoy muy dentro del bosque que tapiza la cima del cerro en cuyas laderas hemos iniciado la marcha, de manera que las sombras se alargan arteramente a mi alrededor. Me quedo muy quieto, en completo silencio. Hace unos años, me hubiera fumado un pitillo muy a gusto en un momento como este, sin que se me diera una higa el asunto del olor del tabaco, tan placentero me resultaba consumirlo en circunstancias similares a esta: solo, alejado de la vida cotidiana y de sus obligaciones; en lo alto del monte con la única compañía de mi más duro juez y empuñando mi arma favorita, el noble instrumento de guerra y de caza cuyas bellas líneas han marcado mi devenir bajo el cielo desde hace ya más de treinta años como si de una hermosa y fatal mujer se tratase. Reparo entonces en que el arco ha sido una presencia constante a lo largo de mi vida de adulto; me ha acompañado siempre y en todo lugar, me ha abierto puertas a la aventura, a mi propio conocimiento y a la amistad de muchas personas inolvidables y me ha obsequiado con los regalos más maravillosos que he recibido y con las circunstancias más amargas que me ha tocado vivir, profesionalmente hablando. Me ha traído hasta aquí y confío en que aún me lleve mucho más lejos, siempre en pos de esa última frontera que se oculta tras el velo azul de la lejanía que solamente se rasga para el ser humano durante los últimos instantes de su vida. Soy un hombre muy afortunado, no me cabe duda alguna, y así me siento hoy, aquí, ahora.

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Respiro a todo pulmón el aire frío y limpio de esta sierra agreste y despiadada, que ya se agazapa poco a poco en la oscuridad, y mientras doblo hacia mi derecha comienzo el descenso. No quiero quedarme sin luz aquí arriba, porque mi proverbial despiste me ha hecho olvidar la linterna en el pueblo y porque mi pierna derecha aún responde fatal en las bajadas, así que camino ligero y aprieto los dientes: un dolor más o menos no me va a fastidiar el pasodoble, después de todo lo que he sufrido el año pasado. Vamos, un pie detrás del otro, poco a poco, sin miedo.

Voy descendiendo sin demasiados problemas. Bajo la vacilante luz, aún distingo a la perfección la gran cantidad de signos y de huellas de todo tipo que delatan la anhelada y huidiza presencia de nuestras presas. Una auténtica alfombra de excrementos de venado y de gamo, algunos realmente frescos, cubre el suelo; infinidad de pistas de subida y de bajada se cruzan en mi camino, repletas de los pezuñazos que los patas largas dan para tomar impulso en las laderas. Pese a que no he podido ver caza a distancia de tiro, es evidente que este coto hierve de animales; para mi, eso es, en principio, más que suficiente.

Llego el primero al coche, y pocos minutos después lo hace Alejandro. Al igual que yo, ha oído cosas interesantes, pero sin llegar a tener a tiro nada digno de mención. El rececho es, a mi juicio, la forma más noble y emocionante de cazar, pero es compleja y poco productiva salvo contadas excepciones. Bueno, qué más da; monte, caza, buena compañía, arcos y flechas; nada hay que objetar. Quedan por delante muchos días aún.

Al rato, Jorge y Aitor nos cuentan que han visto una pelota de pepas bajando hacia la casona que hay en el centro del coto y han salido tras ellas, pero con idéntico resultado que nosotros; los demás, sin novedad. A los coches y al pueblo; nos esperan unas cervezas frescas -en fin, un te para mí- y una buena cena servida por Veronika. Todos estamos cansados pero con ganas de conversación, como debe ser; la sobremesa se prolonga hasta las once y media o doce, momento en el cual cada mochuelo se va a su olivo. Bien; mañana tenemos que seguir conquistando el monte, de manera que nos retiramos a nuestras habitaciones para soñar con ese venado que brama en la oscuridad mientras nos reta a un encuentro postrero y mortal en el corazón de la espesura.

Nota: Las fotografías de este capítulo son propiedad de Alberto Amador, a quien agradezco desde aquí su gentileza. Un saludo, amigo.

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Venados, gamos y cochinos.

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Madrid, a 31 de octubre de 2017

Estrenar un automóvil siempre es motivo de alegría, a poco que te gusten estas curiosas bestias, como es mi caso. Alejandro me pasa a recoger en su flamante coche nuevo, que acaba de sacar del concesionario hace un par de horas. El bautismo de fuego de este compañero de andanzas será de lo más aventurero: nos dirigimos a Checa, un pueblo de la provincia de Guadalajara enclavado en el corazón del Parque Nacional del Alto Tajo. Vamos de caza, por supuesto. De caza con arco, faltaría más.

Y es que asistimos encantados a la celebración del V Encuentro Nacional de Arqueros Tradicionales, organizado por la orgánica Sierra de la Madera. Seremos diecisiete cazadores arqueros, aunque no todos estaremos presentes durante los cinco días que dura la convocatoria. Obviamente son números modestos, pero entre nosotros, los arqueros que preferimos cazar con equipo poco sofisticado, se trata de un acontecimiento esperado y deseado, de ahí nuestra ilusión por este viaje.

Juancho Requena y Pablo Martínez, propietarios de la gestora, son dos cazadores arqueros  ya más que cuajados; llevan muchos años manejando todas las armas posibles para dar rienda suelta a su afición, incluyendo los arcos de poleas, aunque han acabado decantándose por el equipo tradicional de un modo casi definitivo. Ambos socios  -y sin embargo amigos-  son perfectamente distintos entre sí; a pesar de semejante diferencia, o quizá gracias a ella, funcionan sin fisura alguna como equipo. Juancho es un hombre reflexivo, no muy hablador, aunque no le tiene miedo ni a la charla ni a la guasa; Pablo, calvorota como este cura, es bastante más expansivo, se expresa siempre con mayor vehemencia que su amigo, con mayor rotundidad y en voz más alta. Sin embargo, les une con claridad ese hilo conductor que supone la pasión por la caza, ese demonio que muerde por dentro y que no te deja parar quieto, ese deseo intemporal de perseguir a la pieza que tan bien conocemos los cazadores y que tan difícil de entender resulta para quienes no lo son.

Estos amigos ya comienzan a ser una firma de referencia en el peculiar universo de la caza con arco, después de seis u ocho años trabajando con distintas fincas en diferentes zonas del país. Su catálogo de abates cubre todas las especies cinegéticas de la península más el boc balear, de manera que las presentes jornadas prometen ser de lo más emocionante, sin duda. Sierra de la Madera gestiona más de diez mil hectáreas en abierto entre Cuenca, Guadalajara y Valencia, más otras tres mil en fincas privadas valladas, y en muchas de ellas la caza se practica exclusivamente con arco, sin recechar con rifle o montear. Con semejantes mimbres no es de extrañar que estemos deseando llegar a aquellas tierras. Podemos abatir venado, gamo y cochino, especies todas que supuestamente abundan en el coto que visitaremos. El corzo, ni tocarlo; no está en época hábil.

Dado que las fechas del encuentro coinciden con la festividad de Todos Los Santos, Alejandro y yo salimos un día antes para evitar problemas en la carretera. Ya he hablado con el hotel en el que nos alojaremos durante todo el evento, para comentarle a su directora nuestras intenciones.

Y así ruedan sin parar los kilómetros. Vamos charlando animadamente, como siempre, y haciendo chistes malos sobre la multitud de dispositivos que equipa el nuevo coche de mi compañero, nacido en plena era digital. Todo tipo de lucecitas, pitidos y mecánicas voces de mujer nos torpedean inclementes a cada paso. Nos cuesta un congo averiguar por qué coño el coche emite una señal acústica cada dos por tres, hasta que nos damos cuenta de que lo hace cada vez que mi amigo cambia de carril… sin utilizar el intermitente. En fin, absurdos de la tecnología de vanguardia, del repulsivo espíritu paternalista que nadie ha pedido, que satura y que aburre so capa de primar ante todo la seguridad cuando lo que busca con total descaro es el ahorro en vidas humanas no por su valor intrínseco, sino como mano de obra, como carne de cañón. ¿Afirmación políticamente incorrecta, conspiranoia de viejo profesional del Derecho? Me la suda, francamente. Es lo que pienso.

Tras dos horas y media de viaje, parada para el té incluida, llegamos a Checa. Aparecemos ante la puerta del hotel La Gerencia después de dar un par de vueltas por el pueblo -gracias, míster GPS-  y aparcamos junto al mismo. En la recepción, nos atiende Veronika Efremova, una amable joven moscovita que dirige el establecimiento. Durante los días que allí permaneceremos, su simpatía y su estupenda cocina contribuirán a hacer la estancia mucho más placentera.

Decargamos el coche, que llevamos hasta los topes de equipaje, y tomamos posesión de la habitación. Andamos siempre enredando con la polémica de la impedimenta; intentamos por sistema aminorar la cantidad de maletas y de bolsas con la que nos desplazamos, pero normalmente el empeño suele ser vano; a última hora, lo de siempre: ¿lloverá, hará frío?¿lucirá un sol espléndido? ¿rececharemos más que esperaremos o será todo lo contrario? ¿boats de agua, botas de monte? Y al final, dado que la edad te vuelve precavido -por decirlo de una manera suave- y las dudas se multiplican, la misma tendencia siguen los trastos. Bueno, es lo que hay. Al fin y al cabo, el coche carga con ellos por nosotros, no los llevamos al hombro, aunque nos ha tocado subirlos hasta la segunda planta del hotel por la escalera del mismo, como es lógico.

Esta primera noche dormiremos en una pieza un poco más modesta de lo que nos corresponderá en adelante; Veronika se disculpa porque el cuarto carece de televisión, pero eso es algo que para nosotros no tiene mayor importancia. Acostumbrados como estamos a acostarnos temprano y a levantarnos de la misma manera cuando salimos de caza, son detalles que no nos preocupan en absoluto, por no abundar en lo higiénico que será desconectar de lo cotidiano durante unos días.

Paseamos tranquilamente por Checa, por aquello de que hay que conocer el terreno. Es una situación curiosa para mí: el segundo apellido de mis dos hijos es, precisamente, Checa, y su abuelo materno nació a pocos kilómetros de aquí, en una pequeña aldea llamada Cobeta. Visité esta zona hace muchos años, aunque sin pararme en ella el tiempo suficiente como para recordarla con detalle, de modo que esta es una buena oportunidad para enmendar esa falta.

Localizado en el Señorío De Molina de Aragón-Alto Tajo, el pueblo cuenta con 287 habitantes censados. Dos altos cerros, el Picorzo y el Pedro Maza, flanquean el valle en el que se asienta, y cuenta con un bello pinar, la llamada Dehesa de La Espineda. Forma parte, desde 1998, del Parque Natural del Alto Tajo, por lo que su riqueza natural en flora y en fauna queda fuera de toda duda. Se encuentra en la parte castellana del Sistema Ibérico, en la zona en la que la sierra de Albarracín toca a la serranía de Cuenca. Su clima es mediterráneo tipo húmedo, de manera que los veranos son frescos y de corta duración y los inviernos pueden resultar durísimos: en 1952, el termómetro marcó 28 grados bajo cero. Si no fuera por el cambio climático que sin discusión alguna estamos viviendo, a estas alturas del mes de octubre y a esta hora del día  -son las ocho de la tarde-, estaríamos chupándonos los codos de frío, pero nada de eso. Lo cierto es que hace una noche magnífica, que aprovechamos para seguir paseando tras tomar un té en uno de los dos bares del pueblo, porque el otro está cerrado.

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Contemplamos casas muy altas, hasta de seis alturas, y con estrechas fachadas de hermosa piedra de la zona o pintadas de blanco. Ya que el pueblo tiene una gran tradición maderera, abundan las puertas realizadas en este material y labradas con primor, siempre en casas señoriales, muy numerosas. El río Cabrillas atraviesa apaciblemente la población, y en sus aguas frías y limpias chapotean para nuestra sorpresa algunos ánsares caretos. La parte del pueblo que flanquea más de cerca el río resulta ser la más pintoresca, la más típica y la más bella, con un barranco en cuya margen derecha una estupenda terraza para los saraos de verano resulta ser la parte de atrás de nuestro hotel, a la que podemos acceder desde el barrio en el que nos hallamos mediante una escalera metálica de cierta altura. Supongo que este artilugio sustituye a una escalera de piedra, sin duda víctima de los años y de las inclemencias del tiempo. Algunas de las casas están excavadas en una roca rojiza y frágil, que se deshace entre las manos al aplicarle presión. Hay cuatro o cinco casas devoradas por la ruina que amenazan con venirse abajo, para quedar sepultadas silenciosamente entre los restos de sí mismas flotando en la tiniebla del olvido. Todo el pueblo desprende humedad, y sus calles perfectamente adoquinadas y muy empinadas, deben ser peligrosas y traicioneras para el caminante cuando cierre el invierno y la nieve y el hielo golpeen sin misericordia la zona. En las afueras, una gran cantidad de apriscos y de encerraderos para el ganado, algunos de los cuales muestran en sus fachadas alegres carteles, como señal inequívoca de que han sido tomados por la alegre barahúnda de las peñas de la juventud del pueblo.

Volvemos al hotel para la cena y para un té ruso que, según Veronika, es muy fuerte para los españoles. Adoro el té y adoro los desafíos, de manera que me falta tiempo para aceptar su proposición, y la experiencia es francamente agradable. Es un té negro y robusto, un té de caravana realizado con la parte superior de las hojas de la planta, con un sabor potente y redondo. Durante los días que dure nuestra estancia, lo consumiré con agrado ante la mirada divertida de nuestra anfitriona, que al final lo preparará por teteras porque algunos compañeros se apuntarán a degustarlo.

Después de cenar, y a despecho de los supuestos efectos de la teína, que no suelen ir conmigo, más té. Ya he hablado con Juancho, que me comenta que llegará mañana al mediodía, al igual que casi todos los demás asistentes al acontecimiento, con la salvedad de un par de compañeros que vendrán de Extremadura el sábado por la mañana. No tenemos demasiado sueño. El pequeño bar del hotel está completamente desierto. Un grupo de rusos se marcha a las seis y media de la mañana, de manera que el edificio se encuentra silencioso y acogedor.

Alejandro y yo nos estamos en un par de sillones de orejas que rodean una pequeña mesa y una lámpara de pie, mientras conforman un pequeño rincón propicio para la charla nocherniega, campera, cazadora. Solamente falta una chimenea que ilumine y de calidez a la escena, pero por lo demás el lugar es perfecto. Nos darán las tres de la mañana hablando de lo que siempre hablamos, antes de que aterricemos en las cómodas camas.

Mañana es otro día, mañana comienza la caza. Me duermo con una sonrisa, como si fuera un niño que sueña con su juguete favorito, con ese oso de peluche, ya viejo y medio tuerto, que se resiste a abandonar: atesora el muñeco tanta dedicación, tanto cariño. que ya casi forma parte del niño, de todo su ser.

 

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En tierra de arqueros, final

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Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 7 de octubre de 2015

Esta noche pasada ha llovido un buen rato, aunque efectivamente he dormido como un niño. El persistente repiqueteo del agua sobre el tejado de uralita nos ha acompañado hasta algo antes del amanecer, y con las luces del día, los crujidos del techo, dilatándose bajo los rayos del sol, han sustituido a la suave conversación de las gotas de lluvia.

Volvemos a levantarnos sin prisa alguna, deleitándonos con un buen desayuno a base de aceite de oliva, jamón y tomate estrujado con ajo sobre una generosa rebanada de pan de pueblo. Como para resucitar a un muerto, vaya.

Tras el potente ágape, pasamos a la parte de atrás de nuestra cabaña para liarnos a tiros con las dianas allí dispuestas. Ni que decir tiene que el que más y mejor tira es, cómo no, el incansable Floren, pero tanto Alejandro como un servidor nos defendemos con harta dignidad y muy notables resultados. La adrenalina sube como la espuma; deseamos con fervor recibir la visita de nuestras adoradas presas durante la espera de la tarde, que se va acercando inexorablemente.

Sube la temperatura y aprieta el calor. Mientras tomo mis notas, Alex juega con Pirata, que lógicamente es un año más viejo aunque no más listo: todavía no ha salido de la categoría de cachorrete y zangolotea a nuestro alrededor a las primeras de cambio, saltando sin parar y moviendo las orejotas. Lo único que ha aprendido es a no traspasar los umbrales del hotel, por mucho que le puedan tentar los olores que de allí salen.

Y es que, mientras esperamos a Manolo y a Lepe, compañero de Floren, nuestro anfitrión se ha enredado a cocinar un gigantesco cocido a la manera de la zona, guiso en el que no falta absolutamente de nada. Tan es así que esa misma noche nos apretaremos una generosa ración de densa sopa con sus correspondientes fideos, amén del consabido jamón, y cuando nos vayamos la gran cantidad de comida restante irá a parar a las tragaderas del amigo Pirata, mal que le pese a su compungido dueño.

Ya han aparecido Manolo y Lepe, y nos sentamos a comer tranquilamente. Claro está, los efectos del pantagruélico festín no se hacen esperar, y al rato Alex y yo estamos descabezando un breve sueñecillo, que nos permitirá aguantar más fácilmente la tentación, la necesidad de cerrar los ojos cuando las sombras de la noche nos sorprendan en el monte, y su serena quietud nos envuelva. Es algo similar a sumergirse en un verde y salvaje tanque de aislamiento sensorial, de cuyas entrañas emerges renovado al final, y siempre alerta a los menores indicios de presencia de vida salvaje mientras dura el tratamiento, por así decirlo.

A poco de desperezarnos, aparecen Pepe y Juan, que quieren subirse a lo alto de la sierra en busca de los venados. Cuando Pepe, alto y grandote,  se entera de que me apetece cazar el ciervo tanto o más que el jabalí, me propone acompañarle, pero ya está Floren al quite. Según él, me voy a emboscar en uno de los puestos más hermosos y productivos de la sierra. Dadme un amén, hermanos; a ver quién es el guapo que le lleva la contraria al imparable presidente del club y del coto… Además, esto es caza, no tiro al blanco y, tal y como luego se verá, es algo tan impredecible como debe ser.

Dicho y hecho. Sobre las siete y media nos ponemos en marcha, y en breve espacio de tiempo estamos en el Valle de los Perales, la zona que me toca en la tarde de hoy. Mi puesto es, efectivamente, precioso y prometedor; a muy pocos metros del camino, y cuesta arriba, se halla inmediatamente detrás de un muro de piedra. En él, un par de portillos  -es decir, pasos-  que presentan claros rasgos de actividad, conducen hacia el monte, que se espesa abruptamente a muy pocos metros de distancia. Me oculto tras unos helechos y contra la tapia; los tiros, de presentarse, serán a unos escasos diez metros, si lo que cuentan las pistas de las piezas sobre el suelo responde a la realidad. Alejandro sonríe al verme vestido completamente del auténtico camuflaje Trebark, que hace mucho que no se fabrica. Comprueba que encaja perfectamente con el medio que nos rodea y me tira un par de fotos diciendo, como siempre, aquello de que soy un clásico entre clásicos. Cosas de mi buen amigo.

Con todo lo que voy a necesitar al alcance de la mano, me acomodo para comenzar la larga espera. Tengo la costumbre de abrir siempre la mochila con la que subo al puesto y de colocar estratégicamente a mi alrededor cuantos achiperres pueden resultarme útiles durante la jornada. Ropa de abrigo, prismáticos, linterna y demás trastos, bien cerca y preparados, de manera que pueda localizarlos fácilmente incluso en medio de la más densa oscuridad y sin alborotar el cotarro en demasía. Los ruidos que puedan proceder del entorno alertan menos a los animales salvajes, pero los sonidos metálicos, el subir de una cremallera o una tos inoportuna, pueden arruinar todo el trabajo de una espera en segundos, todos nosotros lo sabemos bien.

Mientras acaricio la empuñadura del magnífico Bowie que llevo en la caña de la bota izquierda, y cuando la luz es ya muy escasa, veo por el rabillo del ojo un bulto de mediano tamaño detrás de mí. Ha salido del boscaje del otro lado del camino y comienza a subir la cuesta que conduce a la salida del valle. Me parece de color claro, así que descarto que se trate de maese jabalí; me vuelvo suavemente para procurar seguirle, pero desaparece de súbito. Cuando mi torso vuelve con lentitud a su posición inicial, distingo a mi derecha y por el camino, aunque esta vez hacia el fondo del valle, el mismo bulto que se aleja en silencio y con rapidez. Creo que se trata de un zorro, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para comprobarlo, claro está.

Pasan las horas lentamente; se alargan sus alas como solamente pueden hacerlo en la tersa quietud de la noche campera. Me asaltan continuamente oleadas de sonidos sospechosos que examino sin cesar en busca del fallo delator que me entregará a la presa soñada; mis oídos, muy dañados por mi tratamiento, luchan con denuedo para procesar la información con la precisión necesaria para actuar en rápida consecuencia. Pero nada interrumpe la calma de mi apostadero. Bien es verdad que oigo perfectamente algún que otro gruñido sordo en las inmediaciones y el chasquido seco que produce la madera al partirse, más ninguna res rompe monte en mi dirección, y el astuto hocicudo se cuida muy mucho de ofrecerme el flanco.

Cuando me quiero dar cuenta, mis compañeros ya suben valle arriba para recogerme, después de cuatro horas de espera. Ellos tampoco han tenido éxito, aunque Alex ha visto fugazmente lo que parecía ser un cochino de buen tamaño, que ha salido como alma que lleva el diablo en cuanto ha divisado la luz del arco de mi amigo. Para joder más el pasodoble, Floren no se encuentra ni medio bien. Parece estar incubando algo más fuerte que un simple resfriado, de manera que se impone una retirada de inmediato. Por mi parte, estoy perfectamente envuelto en varias capas de ropa, incluyendo interior térmica y un excelente cortavientos regalo de Alejandro. Además, gorro de densa lana y tupida braga a juego, tejidos ambos por mi gata bandolera, que no es cosa de andar jugando con las amenazas del monte en pie de guerra. Es muy hermoso contemplar desde estas alturas la luz inefable de las estrellas, pero la aventura se disfruta mucho más sin exponerse a riesgos innecesarios. IMG_1098

Llegando al refugio, Floren se toma la sopa del cocido y se encama  como el rayo; no va a pasar muy buena noche, como era de esperar. Manolo no clarea, así que supongo que el todoterreno que he oído al poco de aparecer en la cabaña era él dirigiéndose al pueblo. Alex está igualmente muy cansado, así que enderezamos con cierta rapidez hacia los sacos. Al poco, llaman a la puerta y me tiro de la cama para abrirles la puerta a Pepe y a Juan. Pepe ha abatido un estupendo venado  -sí, yo también pensé lo que tú piensas ahora mismo, amigo-  y Juan se ha venido de vacío, como el resto. Qué le vamos a hacer, así es la caza. Ha llamado al teléfono de Floren varias veces para comunicarle la noticia e invitarnos a contemplar su presa, pero nuestro afiebrado anfitrión no le ha respondido.

Y a la mañana siguiente, nuevamente sin prisa. Acabamos de recoger tardísimo, sobre las cuatro, y bajamos al pueblo, a tomar un té en casa de mi maltrecho amigo y a despedirnos nuevamente de estos soberbios parajes. Ni siquiera nos paramos a comer; le dejamos con un abrazo fuerte y camino de una buena ducha, desde la que saltará directamente a la cama; en dos días, acaban sus vacaciones. Por no darle más la tabarra, seguimos con las uñas de luto y con una estupenda olisma que nos precede treinta pasos; nos lavaremos ya en casa, aunque yo no puedo evitar una visita al cuarto de baño para satisfacer necesidades bastante más apremiantes que una larga ducha.

Desaparecen de nuevo los kilómetros bajo nuestros cansados pies. El asfalto se desliza siseando claramente, como si de un  negro áspid se tratase. Avanzamos de regreso al hogar, con las mochilas repletas otra vez de recuerdos, aunque sin el preciado trofeo, al igual que en nuestro anterior viaje.

Da igual, da lo mismo, aunque a nadie le amargue un dulce. Algún día narraré un relato distinto; en algún momento, habré de contar un lance dramático ocurrido bajo la sombra de estos castaños centenarios. A base de amor y de constancia, este territorio feraz y lujurioso acabará por rendirse a mí, y tendré el privilegio de llevarme conmigo la vida de uno de sus hijos, para que revierta nuevamente en la vida de los míos, de mis seres queridos. Me esperan en la lejanía, ávidos de noticias, mientras las oscuras y rasgadas alturas de estas sierras se van diluyendo en una distancia azul detrás de nosotros.

Volveré.

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En tierra de arqueros

Extractado de mi diario de caza.

Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 6 de octubre de 2015.

Estoy sentado en una silla de tijera de madera, que sujeta mi espalda y mis riñones, algo maltrechos ya. Frente a mí, una alambrada que separa el castañar en el que me hallo apostado de una mancha de monte magnífica, espesa y oscura. Llena de los sonidos que el bosque emite a la caída de la tarde, presagia emocionantes encuentros entre mi presa y yo. En la valla metálica, y a unos quince metros escasos,  se abren un par de colás, como llaman aquí a lo que en mi tierra llamamos gatera o coladero. Es de esperar que los taimados cochinos asomen, si se deciden a hacerlo, por tales vías, que por supuesto ellos mismos han abierto. La proximidad de multitud de piedras junto a las colás hace presumir que podré escuchar algún ruido delator cuando la luz se haya ido, cediendo su lugar a la lóbrega noche. IMG_1078

Un viento continuo y fresco me acaricia la cara. Con el correr de las horas, me hará pasar frío, ciertamente, aunque la ventaja consiste en que no estoy cargando el aire, lo cual siempre resulta de agradecer. Y dejo ir mis pensamientos, como no podía ser de otra manera, mientras a mi derecha esta soberbia tierra me obsequia con un atardecer que se incendia suavemente, lleno con los múltiples tonos del amarillo y del naranja, del violeta y del rosa.

Ayer mismo, mi buen amigo Alejandro y yo nos metimos entre pecho y espalda, y casi del tirón, la eterna distancia que separa nuestro hogar de esta bellísima serranía de Huelva. Los nómadas somos así. Jamás dudamos ante la llamada de un compañero, de un hermano de armas. Y además, ciertamente, ya es hora de volver a escuchar al viento cantando quedamente entre castaños, robles y encinas.

Llegamos a estos parajes sobre las ocho de la tarde, para encontrarnos con un Floren en plena efervescencia, para no variar. Ya había dispuesto prácticamente todo lo necesario para la logística de estos tres días de caza, de manera que después de tres botellines acompañados con queso y jamón, subimos al hotel sin perder ni un minuto.

En cuanto llegamos a la cabaña que tan bien conocemos ya, nos hacemos unas fotos con el excelente vino que tan generosamente ha traído Alejandro, las magníficas amanitas cesáreas que abundan en la zona y una buena paletilla de cebo, oriunda de Jabugo, claro. Rematan el improvisado bodegón un par de hermosos racimos de uvas de Peñafiel recién cosechadas, aportadas también por Alejandro. La cosa de le bowhunting gastronomique, disparate idiomático que nos divierte, reflejando lo que tanto nos gusta…

Para cenar, una buena ensalada, jamón y pluma de cerdo, todo ello regado con ese Ribera de Duero que nos ha acompañado desde Madrid. Menudean las copas en animada conversación, y se nos vienen encima con rapidez las dos de la mañana. Seguimos de chachareta ya en los sacos de dormir, y yo, siguiendo mi inveterada costumbre con la famosa prima nocte de todos mis viajes de caza, apenas pego ojo hasta que el día comienza a clarear… Poco después de las diez, me despiertan las voces de los buscadores de setas que trufan durante estos días la sierra, en pos de los variados y sabrosos frutos del bosque.

De manera que me cuesta un cierto esfuerzo mantener los ojos perfectamente abiertos, sobre todo cuando la noche se va apoderando lentamente del paisaje que me rodea. Manolo el de la miel, otro buen amigo, me ha acercado hasta el puesto en su todo terreno, y me comenta que también es posible que me entre algún venado, y que él mismo les ha oído berrear no lejos de allí. Las ceremonias amorosas de estos nobles animales se han retrasado un tanto este año debido al intenso calor y a la falta de lluvia, así que aún no han acabado los desafíos y los reñidos combates, si bien van perdiendo en intensidad poco a poco. Buenas noticias, a fe mía; no tengo inconveniente alguno en tropezarme con uno de estos enfebrecidos monarcas en medio de la espesura, para librar ese combate que nos ha traído hasta aquí.

Pero pasan las horas, y tan sólo he escuchado a un cochino gruñir sordamente detrás de mí y a la izquierda. Calculo que le habrá llegado mi olor, con lo que no hay nada que hacer. Repentinamente, una mirla me sobresalta de veras, con un improvisado y estridente recital; salto en la silla e intento perforar la total oscuridad con los ojos y con los oídos, suponiendo que alguna pieza de mayor calibre ha sacado de su sueño inquieto a la ruidosa ave. Nada asoma en las cercanías de mi puesto, aunque se dejan escuchar algunos crujidos suaves cerca de la colá de mi izquierda.

De súbito, la escena se ilumina quedamente, pero con la suficiente fuerza como para notar la diferencia entre ambas luces. Veo con claridad mis manos y a un metro o metro y medio de distancia, aunque la luna no ha hecho su aparición. Son las estrellas que tachonan el limpísimo cielo de esta tierra, y que derraman su argentino silencio sobre mí. Y a pesar de que no he avistado pieza alguna, a despecho de que la espera ya toca a su fin, me siento un hombre afortunado: estoy solo en plena naturaleza salvaje, bien abrigado y con mi arco de caza en la mano. Espero, en cualquier momento, ese embroque fugaz y terrible que puede producirse entre mi objetivo y yo, sacándome el corazón por la boca de pura emoción; echo de menos, por supuesto, a algún ser querido, pero ese es el único pensamiento dulce y triste que atraviesa mi magín. Comienzo a pensar, tan rodeado de esa sonora soledad del monte en la noche, que soy dueño de mi destino, siquiera sea un ápice, y que vuelvo, poco a poco, a sujetar las riendas de mi vida con cierta firmeza.

¿”Qué tal, Mariano? ¿Has tirado, has visto algo?” La voz y la linterna de Manolo me sacan de mi ensueño, y dirigimos nuestros pasos al hotel. Hay que cenar, nos lo merecemos. La temperatura está bajando con celeridad y nos esperan unas botellas de vino y los restos del delicioso solomillo de jabalí con patatas y setas que Floren cocinó para comer esta mañana.

Me creo que voy a dormir como un  tronco esta noche; veremos.

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Tres, tria, tribu

Hoy hemos echado a andar nuestras tertulias SBC,una de las últimas piezas de la filosofía de los nómadas, que parece haber prendido con fuerza entre nuestra gente, entre arqueros cazadores y arqueros a secas, que tanto monta. Nos hemos reunido Arturo Herráez Sepúlveda, un muy antiguo amigo, veterano en nuestras lides, Octavio García Pérez, tirador y una nueva amistad en mi caso, y este cura, servidor de ustedes. La charla ha discurrido con facilidad, con entusiasmo, como cuadra a los arqueros apasionados, que sienten muy de cerca toda la riqueza que a sus vidas aporta un universo tan magnífico y fecundo como es el tiro con arco. Hemos visto la película “The Black Beast”, rodada en Francia y dedicada a esa pieza magnífica y anhelada que es el jabalí.

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De cualquier manera, y según comentaba en otros foros, la película no ha sido más que una excusa. La hemos comentado, cómo no, y la hemos saboreado. Pero nos guiaba -y nos guía- la intención de conocer, compartir y aprender; nos llama la idea de expandir los conocimientos propios de nuestro deporte y de hacer ver a quienes lo practican y a quienes no, que su esencia no está restringida, ni mucho menos, al mero hecho de soltar una cuerda que empuja una flecha. Es más, mucho más, y oculta un tesoro de posibilidades de comunicación y de disfrute de la vida que está al alcance de cualquiera.

Nos gustaría, además, revivir la tertulia en vivo y en directo, prescindiendo de los medios electrónicos que todos conocemos y utilizamos. Son excelentes canales de comunicación, pero entendemos que no pueden sustituir al contacto ocular directo ni a la charla visceral y animada, españolísima y repleta de matices que se pierden ante un teclado de ordenador.

Y en ello estamos, sin prisa pero sin pausa. Tres, tria, tribu. Mañana, o pasado, declinaremos, con toda seguridad, otro número más elevado.

Un abrazo y buena caza.

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Lobos y abejorros.

Un día divertido y fructífero en Calzada de Calatrava, gracias a la amabilidad de Elfo Golferas y del Club Abejorros. Nos desplazamos Jander y yo hasta allí para probar los nuevos modelos de longbow híbrido Lobo de Hunters Niche/Predator Bows para este año, al tiempo que recopilábamos mucho material gráfico y rodábamos un par de vídeos para presentar al público estos magníficos arcos. Ya colgaremos los vídeos acabados en cuanto salgan de la factoría de imágenes de ese gran profesional que es el amigo Elfo.

IMG_4539 IMG_4495 IMG_4473 IMG_4465 IMG_4444 IMG_4358 IMG_4360 IMG_4376 IMG_4378 IMG_4394 IMG_4347 IMG_4331 IMG_4001De paso, probamos y presentamos  también el modelo Cobra, del maestro arquero alemán Rudi Weick, nueva marca que importa en exclusiva Arcodos. El tiempo nos acompañó todo el día, y tuvimos la oportunidad de conocer el campo de tiro del club, llamado “El Comendador”, un magnífico entorno natural donde soltar un buen número de flechas con los nuevos arcos.

Después de una estupenda comida, seguimos tirando y tomando fotos en un pabellón deportivo cuyo uso ha cedido a nuestros amigos el ayuntamiento de la localidad. Más flechas, más diversión y más arcos, incluyendo los Taxus, tradicionales de calidad que está comenzando a fabricar mi amigo Juanjo Caballero Manzaneque, y que sin duda darán mucho que hablar. Aparecieron más tarde Carlos, presidente del club, y José, otro socio del mismo.

Un par de cervezas y de vuelta para Madrid, con la satisfacción del trabajo bien hecho y de haber conocido a más compañeros de afición… y de pasión.

Un abrazo fuerte, nómadas.

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Nómadas del sur, final.

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20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

Días de mucho, vísperas de poco. Desde el amanecer, comienzan a partir los compañeros, encaminándose cada mochuelo a su olivo, que mañana es día de escuela. Van desapareciendo, disolviéndose en la niebla de esta temprana mañana de domingo; van cabizbajos y callados, porque saben que retornan a la prosaica realidad de la semana laboral, de las prisas, de los atascos, de los jefes irascibles; van tristes, en suma, porque abandonan el refugio que cobija sus ilusiones y sus alegrías, la compañía de quienes les estiman, les comprenden y comparten tantas cosas con ellos, el vano espejismo que oculta el desagradable rostro de lo cotidiano.

Desayunamos tranquilamente Manolo, Floren, Alex y yo, después de apañar los dos cochinos. Joaquín ha hecho lo propio con su venado en lo alto del monte, ante la dificultad que ofrecía el traslado de la pieza. Bajamos a Alájar, con el fin de podernos dar una buena ducha, que resulta ser ya mucho más que necesaria. Huelo como una cabra vieja a treinta pasos, y las uñas de mis manos llevan tres días de luto riguroso; me muero por un sorbito de civilización, y creo que mis amigos se encuentran en una situación similar.

castaño  (528)Mientras comemos, se desata nuevamente una tremenda tormenta; aunque amainará sobre las siete y media, es más que suficiente para acabar con todas nuestras aspiraciones cinegéticas. Manolo se retira a su casa y nosotros tres tomamos el camino del cortijo. Sigue lloviendo desaforadamente, así que optamos por tomar una serie de fotos de interior para futuros artículos. Cuando escampa, soltamos unos cuantos tiros y poca cosa más queda por hacer, me temo. No sabíamos, recién levantados, si subir a los puestos o si visitar una finca cercana que Floren lleva, cuajada de venados, y decidimos quedarnos por aquí, equivocándonos de medio a medio. Qué le vamos a hacer, así es la caza.

Mientras Alex ultima unos asuntos con Floren, comienzo a recoger el equipaje, por aquello de ganar tiempo a la hora de salir mañana.

castaño  (311)Un atardecer suave y rosado, casi completamente silencioso, húmedo y fresco, se abate sobre nosotros y sobre estas sierras mientras contemplo los espesos castañares que nos rodean.

He vuelto a coleccionar recuerdos, ya que los más codiciados trofeos se han negado a compartir conmigo su leyenda, su gloria innegable, la eterna canción del bosque que nos llama desde hace ya tantos años. Aumenta el número de mis amigos y conocidos, por lo que me siento un hombre afortunado. Será cuestión de volver a perdernos cuanto antes bajo la sombra venerable de los alcornoques, que se visten de rojizo marrón hasta la cintura, privados de su valiosa corteza. Necesario será volver a hollar estas duras lejanías en pos de nuevas aventuras, sabiendo siempre, sintiendo siempre en las entrañas, que ese trofeo inigualable, ese lance supremo, puede aguardar detrás del siguiente castaño, a la vuelta de la jara más espesa o a la vera de un arroyo rumoroso y alegre.

Volveré, sin lugar a dudas.

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Nómadas del sur, y IV

20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

castaño  (598)Ruidosa amanecida, con todos los socios en pie de guerra: que si comida, que si cena, que si caza… El cortijo que aloja a esta alegre compañía hierve de actividad  en la fresca mañana de hoy.

Cada uno cumple aquí con su papel buscando el bien común  -al menos en teoría-  como no podía ser menos. Floren anda buscando rastros recientes por mejor organizar el cacerío de la tarde, mientras Joaquín hace la compra y Manolo y David atienden al mantenimiento y limpieza del albergue. Antonio se ha hecho con los mandos de la cocina y se halla muy azacaneado aviando siete palomas que Juanma trajo, de manera que un arroz aderezado con estas sabrosas aves se adivina en el horizonte. Personalmente, no me gusta en absoluto esa carne negruzca y ácida, pero habrá que hacerle los honores al arroz, por aquello de no despreciar el trabajo de un amigo y probar, de paso, una receta cinegética que desconozco.

He descansado muy bien, y tras el desayuno, potente como siempre, damos la bienvenida a Francisco, tesorero del club y experto en armas blancas. Los bolsillos de sus pantalones, amplios y abultados, rebosan navajas, cuchillos y diversos útiles de afilado. Todo compañero que pasa a su lado tira de cuchillería propia y, como el que no quiere la cosa, sin ni siquiera mirarle, le tiende a Francisco el arma en cuestión para que éste repase con mimo sus filos, asunto al que se pone de inmediato, con fervor y con conocimiento de causa. Apaña los jamoneros de la casa, entre otras cosas, hasta que los largos cuchillos cortan más que las palabras de una mujer despechada, y sonríe satisfecho para sí mientras prueba los crueles filos.

castaño  (574)Despachado ya el arroz  -excelente, por cierto, con un delicioso toque de pimienta y fuerte sabor a monte-  comenzamos de inmediato a pensar en el reparto de los puestos, que es tanto como pensar en repartir las oportunidades de dispensar la muerte, de participar en el juego salvaje y ancestral que nos ha traído hasta aquí, tan lejos de nuestro hogar. Brillan los ojos al escuchar la suerte de cada uno, el destino que el alegre y ajeno azar depara a cada quién; hay quien rumia su mala fortuna y hay quien celebra el resultado a grandes voces. Yo contemplo en silencio la escena, porque sé positivamente, al igual que mis compañeros de afición, que es Fortuna quien hace girar las ruedas del mundo, y que ni el puesto más querencioso del magnífico coto habrá de rendir dividendos si la alegre dama no tiene a bien sonreír para la ocasión. Cuento con la ventaja, creo yo, de que semejante convicción empapa mis días y mis noches, rigiendo en todos los ámbitos de mi vida, de modo y manera que los reveses de la esquiva diosa, sus carantoñas y sus desprecios, no me pillan descuidado ni de lejos. No me dañan, no me complacen, no me sacan de mis casillas, no me entristecen ni me alegran; tan aceptado tengo mi papel en el mundo como tengo el suyo.

Me toca, en esta ocasión, un puesto con dos pequeñas bañas en la mismísima cuerda de una de las muchas sierras que contiene el coto. Trepamos hasta las cercanías del puesto a lomos de todoterreno y a continuación emprendemos un descenso de unos seiscientos metros hasta el puesto como tal, franqueando una alambrada que me ofrece alguna resistencia, dado mi atlético estado de forma. El esperadero es conocido como el del camino sin salida, y allí me dispongo a montar mi jornada de caza.

A la derecha hay un camino, por el que hemos accedido al puesto. Una vez en la cuerda, a la izquierda y a unos seis metros escasos, hay dos bañas, a las que no se puede llegar más que saltando una barrera metálica, coronada con alambre de espinos. Un par de árboles flanquean las bañas, y detrás de ellos se abre una enorme barranca, desde la que pueden llegar las presas. Nada más sentarme en una silla plegable que me ha prestado Juanma, comienzo a  cargar viento a tope, si bien es cierto que me tranquiliza pensar que no contaminaré ni la barranca ni las bañas, puesto que me hallo en la cuerda de una sierra y no en el llano.

Son las siete y media de la tarde y un sol magnífico agoniza en la quietud del monte, tan hermoso, tan salvaje, cuando ya me hallo perfectamente instalado en mi puesto. Oigo un burro rebuznando con espléndidos pulmones, niños y perros jugando en la lejanía, y, para mi sorpresa, prolongados toques de lo que me parece, contra todo pronóstico, una caracola de caza. Más tarde, David me aclarará que una comuna hippie que hay por allí cerca se entretiene en semejantes menesteres a la caída de la tarde, quiero suponer que a falta de asuntos de más enjundia. Mi compañero se va a colocar, en esta ocasión, muy por debajo de mi, ya que mis problemas con la luz están solventados, gracias a una potente linterna que Alex me ha montado, habilidosamente, en el puente del arco.

castaño  (550)Hasta las doce menos veinte de la noche, tan sólo me acompañan un par de chotacabras, que se aproximan en un silencioso vuelo por mi derecha y por mi izquierda, hasta acabar casi encima de mí. El espeluznante ulular de esta fea ave, en medio de la sierra, de noche cerrada y en completa soledad, es capaz de acojonar al más pintado, o al espectador que carezca de la costumbre de montear a deshoras y sin luz. Afortunadamente, no es mi caso, de manera que dejo pasar a los animalejos sin mover un músculo y continuo engolfado en mis pensamientos y atento, a la vez, a la jugada que me ocupa.

A la hora antedicha, algo pasa muy deprisa por el camino de mi derecha. Juraría que se trata de un venado, por el ruido que oigo, pero cuando utilizo el foco ya no distingo nada que se mueva por los alrededores. Silencio total de nuevo.

Al filo de las doce y media, oigo a mi izquierda varios gruñidos bajos y sordos, pero los jabalíes que los emiten no acaban de clarear. No me gusta el tono de sus voces; me da la impresión de que me han olido, porque es imposible que me hayan visto u oído, tal es la inmovilidad que mantengo desde hace muchas horas, con contadas excepciones. En eso de quedarme como una piedra tengo pocos rivales, a decir verdad. Lo cierto es que me cuesta horrores, en muchas ocasiones, mantenerme despierto; tal es la concentración que el pongo al asunto.

Y así se va resolviendo, para mi frustración, la espera. La verdad es que estar sentado en una silla me viene muy bien. Me cuesta un congo levantarme desde el suelo, y mucho más en la oscuridad. Los dedos de mis pies intentan compensar el destrozo de mi sistema vestibular, muy afectado por la quimio y la radio, y se mueven con desesperación, buscando ansiosamente el equilibrio, perfectamente dañado por mis problemas de salud, o por mejor decir, por la solución de los mismos. Consigo no caerme en cada ocasión a duras penas, o esa es la sensación que percibo, pero es lo que hay.

castaño  (548)Cuando David pasa a recogerme, me comenta que Joaquín acaba de matar un venado de diez puntas, que Antonio ha tirado sobre dos cochinos y que Manolo ha disparado contra otros dos. Las perspectivas son, así pues, excelentes; veremos en qué queda el asunto.

La noche es magnífica, fresca, callada, quieta. No se mueve ni una triste hoja y ni siquiera los grillos cantan de continuo, como si no quisieran taladrar el espectral silencio del cielo nocturno. Posiblemente no se atrevan a hacernos llegar su particular sonsonete, aterrados ante la tragedia que se acaba de desarrollar en las tinieblas que ya nos rodean, asustados por las noticias de vida y de muerte que llegan hasta nosotros desde la cercana espesura.

Mientras descendemos hasta el cortijo, al teléfono de mi compañero van llegando más noticias sobre los acontecimientos de esta noche. Definitivamente, Manolo ha matado un jabalí y el otro ha escapado sin daños; Antonio ha fallado uno y herido de muerte al otro, mientras que Joaquín ha cobrado su ciervo tras un laborioso rastreo. Parece, por tanto, que se avecina una larga noche de trabajo de campo.

Nos acercamos al puesto de Antonio, que está como una moto, y comenzamos a pistear al animal. El rastro es flojo, escaso, difícil de localizar a la luz de las linternas; Juanma tira de Friki, a ver si el perro, pese a su juventud, se comporta como todos esperamos. Lo hace regular el chuchillo, y tras unos doscientos metros, divisamos un túnel que se abre en la espesura que festonea los campos de labor en los que nos estamos moviendo. Conduce el hueco, cuesta abajo, al corazón de la mancha de la que el cochino ha salido, enredada,  oscura y amenazadora bajo la luz de las estrellas, que apenas basta para perforar la espesura que todo lo invade. Herido de muerte, el animal ha vuelto a su querencia, al lugar en el que se sabe seguro, aunque no sea más que para morir lejos del alcance de la bestia suprema, del gran depredador, del terrible ser humano, dificultando así el cobro, como si de una postrera venganza se tratase.

David, joven y absolutamente envenenado por la caza, no lo duda. Se introduce a cuatro patas por la estrecha gatera, maniobra ciertamente peligrosa si se realiza en pos de un cochino herido y en plena noche. Al rato, cantan victoria mis amigos, ya que Juanma y Antonio se han introducido en la misma mancha por camino distinto al tomado por David. Toan el animal por la boca con un útil preparado ad hoc hasta el mismo borde del camino, donde espera ya un todoterreno con el motor en marcha.

Mis piernas no dan para más después del rastreo del día anterior, subiendo y bajando aquel duro risco, y de la caminata de vuelta a la civilización tras las seis horas de espera de hoy. Con las ganas de haber pisteado en la espesura junto con mis amigos, me doy el último paseo hasta el cortijo y espero más noticias con un refresco bien frío en la mano. Entre bromas y veras, ya son las tres de la madrugada, otra vez.

Y el resto de la partida está igual de cansado que yo, problemas de salud aparte. Acabada o acabándose la conversación, y ya los dos jabalíes en el cortijo, todo el mundo se va yendo castaño  (580)al cuquero más bien deprisa. De momento, parece claro que la fauna andaluza no quiere nada conmigo, qué le vamos a hacer. Tanto los jabalíes como el venado tendrán que esperar hasta mañana para que los aviemos, dejándolos así listos para aprovechar su excelente carne.

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Nómadas del sur, y III

19 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.castaño (73)

Hacía años que no dormía tan bien en el monte. Supongo que el cansancio, en perfecta conjunción con el colchón y con la agradable temperatura, jugó su papel, pero más allá de suposiciones, lo cierto es que me he levantado como nuevo.

No ha parado de llover en toda la noche, de modo que la niebla es aún espesa a las diez de la mañana, cosa que no presagia nada bueno para la caza, me creo…

Desayunamos como auténticos salvajes, al uso de esta tierra y de estas buenas gentes, metidas en esta clase de harina. Una tostada con jamón, tomate y ajo, que en principio pudiera parecer poca cosa. El asunto cambia cuando la tostada que te metes entre pecho y espalda consiste en una tremenda rebanada de un no menos tremendo pan de pueblo, rebosante de un excelente jamón de recebo recién cortado, que casi flota sobre una generosa capa de aceite de oliva, tomate restregado y ajo. Me aprieto la tostadita muy gustosamente junto con una buena taza de té, al que mis compañeros son francamente aficionados… siguiendo el ritmo de Floren, que adora esta bebida. Ni influencia inglesa en Andalucía ni tales acuerdos; simple y llanamente, son cosas del incansable Floren.

Se saben cuidar estos mis nuevos amigos. Desde el mismo momento de nuestra llegada, no hemos dejado de echarnos al coleto guisos, platillos y ensaladas de toda clase y condición ni un solo día. Los arroces y la carne de caza, lógicamente, junto con los excelentes pescados de la cercana Huelva, desfilan de continuo por nuestra mesa, que de humilde tiene tan sólo la apariencia. Tampoco desdeñan, como es de rigor, los buenos caldos y la cerveza bien fría, excelentes compañeros de una gastronomía diversa y rica. Casi todos estos cazadores enredan poco o mucho con la cocina, y no lo hacen, en términos generales, nada mal.castaño  (82)

A poco de desayunar, y siempre a merced del terrible Floren, cómo no, nos liamos a tiros para pasar el rato. Pruebo las puntas de caza y confirmo, contento, que las flechas van rectas como velas, siempre y cuando abra el arco como debe de hacerse, claro está.

Tras la potente comida, tan abundante como siempre, Alex tira del muestrario de ropa que hemos traído, a petición del respetable, y comienza a desgranar sus propiedades y particularidades. Manolo se presta a la guasa y montamos, en un instante, un desfile de moda cinegética de padre y muy señor mío. Llueve si Dios tiene un qué, de manera casi continua, inmisericorde, cruelmente abundante. En vista de lo visto, tiramos de informática para medir las curvas de potencia de nuestras armas. Para este menester, nos acompaña desde Madrid un completo equipo, que se revela perfectamente inútil cuando nos damos cuenta de que el adaptador para el cable com no tiene nada que ver con la configuración del puerto que debe recibirlo. En otra ocasión habrá de ser…castaño  (148)

Joaquín, Juanma y Antonio llegan a media tarde desde Sevilla, con unas ganas de guerra de agárrate y no te menees, como es lógico. Han recorrido los cien kilómetros escasos que nos separan de la bellísima capital a toda pastilla, bajo la lluvia, ansiosos por disfrutar del mundo apasionante que se oculta bajo la espesura de castaños, alcornoques, helechos  y zarzas, ya expectante ante nuestra presencia. El resto de la partida tenía dudas sobre si cazar hoy o no hacerlo, a merced de la espantosa climatología, pero los recién llegados alborotan el cotarro de tal manera que, al final, nos vestimos todos de romanos, nos subimos a los todoterreno y enderezamos hacia la foresta, que nos contempla con mirada torva, rezumando humedad.

Llevo al cinto a Colmillo, un pequeño cuchillo de estilo nórdico, algo más grande que un puko, regalo de mi querido amigo Capi. Me entretengo jugueteando con su excelente hoja, mientras reparo en que mis flechas pesan unos 610 grains. Aunque no he tenido tiempo de calcular la energía cinética de mi particular setup, entiendo a bote pronto que es más que suficiente para entendérselas con un venado o con un cochino; veremos si la oportunidad se presenta.

Volvemos a dar la mancha de los conejales, por aquello de que los cazadores, al igual que nuestras presas, tenemos nuestras propias querencias, por inexplicables que puedan resultar en algunas ocasiones. El resto de mis amigos ser va desperdigando por el enorme coto, en busca cada uno de ellos de su postura ideal. Bajamos del vehículo y enderezamos la marcha por un camino liso, rojizo y embarrado ligeramente, casi cerrado por la abundante vegetación que nos roza desde ambos lados de la senda. Confirmo mis anteriores impresiones: sigue siendo un paisaje, un entorno perfectamente norteño, con un verdor y una humedad que al observador poco avezado pueden parecerle por completo fuera de lugar.castaño  (494)

Llegamos a un claro bordeado por media docena de enormes castaños; el camino desemboca en una hermosa casa de campo, solitaria en mitad de la silenciosa espesura. David y yo nos quedamos a la derecha del camino, junto a una más que clara trocha de jabalí. Nos sentamos en el centro de un improvisado blind, consistente en un hueco practicado en una masa de zarzas que se encuentra a los pies de uno de los grandes castaños. A las ocho y cuarto estamos ya sentados, y a eso de las nueve menos veinte, una guarra comienza a gruñir sordamente justo detrás de nosotros. El viento, que en un principio sopla del lado adecuado, nos traiciona alevosamente, con los resultados que son de esperar.

Mientras tanto, una larga sucesión de relámpagos se adivina a través del espeso toldo de negras nubes que encapota ominosamente el cielo nocturno. La espera de esta tarde es, técnicamente, compleja y estresante a partes iguales, y ello por diversas razones. Para empezar, la inacabable lluvia, que lleva abrumándonos desde el momento en que llegamos a estas tierras, ha empapado de tal manera la gruesa capa de hojas y de humus que ya cubre el suelo, que los animales entrarán “muy sordos” al puesto, como dicen por aquí, queriendo significar con semejante canallada lingüística que será muy difícil oírles. Para seguir, todas y cada una de las hojas que a millones cuelgan de la vegetación de la zona, gotean sin parar sobre el suelo y sobre sus compañeras, poblando la noche de sonidos diversos y sospechosos. Si bien es cierto que el ruido procedente de un animal de caza mayor que entra al puesto es, a los pocos segundos de captarlo con claridad, casi inconfundible, las especiales circunstancias de la noche de hoy requieren por nuestra parte una atención muy especial y continuada, que acaba fatigando al más templado. Pero es lo que hay. Así es la caza y así debe de ser; nunca fácil, exigiendo siempre la cuota de sacrificio que la hace apasionante, visceral, insustituible.

Comienza a llover otra vez a las once y media, rompiéndose la frágil tregua entre el clima y nosotros con un magnífico y muy breve chaparrón, de manera que busco mi paraguas. Como no soy capaz de encontrarlo, porque lo he olvidado en el cortijo, y como es más que probable que ya ninguna presa acuda a la cita en un plazo de tiempo digerible para mi paciencia, David y yo nos vamos al coche.castaño  (205)

Poco después, pasa Floren, que sube por la vereda para recoger a Alejandro, colocado más cerca de la casa que nosotros. Nuevamente de camino al cortijo, comprobamos que los demás compañeros aún siguen en los puestos, si bien es verdad que con nulos resultados, como más tarde comprobaremos.

Aprovecho para saludar a Friki, un bonito teckel de pelo corto propiedad de Juanma; la presencia del perrillo  -año y medio nada más-  hace renacer por un momento la esperanza de recuperar el venado que tiró Alex. No obstante, Floren jura y perjura que no hay nada que hacer ante la inmensa cantidad de agua que ha caído, de manera que renunciamos a poner a prueba la legendaria capacidad de estos bravos perros de sangre, aún dudando de la de Friki por su corta edad. Otra vez será, compañero.castaño  (373)

Cenamos un poco de todo, y la gente va desapareciendo en dirección a los sacos de dormir. Al final, y al calor del aguardiente de hierbas, tan sólo Manolo, Antonio y yo quedamos de pie, dándole a la sin hueso apasionadamente, como cuadra a los asuntos que a colación salen, y de la mano de tan cuajados cazadores, cansados y algo pasados de copas, claro que sí.

Dado que ya son las cuatro de la mañana, parece lo suyo cobijarse para pasar cómodamente lo poco que de noche queda, y así lo hacemos. El cielo está muy hermoso, estrellado y limpio, y la lluvia y el viento nos dan un respiro. Parece como si las nubes se hubieran agotado por completo, tras dejar caer la impresionante cortina de agua con la que llevan días castigándonos. Esperemos que mañana las cosas pinten de otra manera.

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Nómadas del sur, y II

18 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

Siempre he afirmado que de la mesa y del lecho hay que levantarse con ganas de más. mucho antes de quedar ahíto de todo. Y en la mañana de hoy me encuentro de frente con mis propias contradicciones, sin duda. No he pegado ojo hasta las ocho de la mañana, supongo que debido, entre otras cosas, a la pantagruélica cena que anoche nos metimos entre pecho y espalda. Bueno, ya descansaré en su momento. De cualquier manera, es casi tradición en mis correrías no dormir bien durante la primera noche de cada una de ellas.

castaño (50)A las doce de la mañana estoy de pie, después de haber oído perfectamente cantar al gallo por primera vez sobre las cinco y veinte de la mañana. Ducha, tostada con pan de pueblo y taza de humeante rooibos, esta vez sin azúcar ni otras zarandajas por el estilo. Mientras tomo el té, me asomo al pueblo por el balcón de la cocina de mi amigo. Alájar se abre ante mis ojos como una blanca joya en las faldas de la sierra de Aracena, encastrado en un imponente mar de verdor que parece no tener fin, encajado en esa lujuriosa masa glauca como a machamartillo. Reluce el pueblo, empinado, difícil de caminar,  bajo la potente luz de este día de septiembre, difuminada por el sospechoso manto de nubes que cubre cielo y horizonte. Sobre los blancos edificios, manchas de verde y marrón por doquier, fruto de la tremenda humedad que impregna el aire. Llueve copiosamente, y llegamos a temer que la empresa se torne imposible ante la avalancha de agua que se nos viene encima. Es algo perfectamente lógico, aunque llamativo porque choca frontalmente con la idea que casi todo el mundo tiene sobre la Andalucía rural. Nos encontramos en el corazón de la comarca de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, que da nombre también al parque natural que aquí se enclava. Esta zona  ocupa la parte occidental de Sierra Morena, donde los vientos húmedos del Atlántico cumplen con su salvífica función con una frecuencia que extraña al visitante. Floren mira al cielo y nos tranquiliza: según él, la tormenta amainará en breve. Veremos. Finalmente, sobre las tres de la tarde, cesa el agua y comienza a clarear, al menos a ratos.

En esta zona, blancos pueblos de calles empedradas extienden sus estrechas arterias entre amplias dehesas de encinas y alcornoques, olivares ecológicos, huertas y castaños. Aunque otra cosa pudiera parecer, tengo la sensación de que nos encontramos en algún lugar del norte de España.

Las amplias dehesas, y su particular climatología,  que predominan en este entorno serrano han favorecido la cría del cerdo ibérico, alrededor de la cual se ha levantado una industria que sustenta la economía de pueblos como el de Cumbres Mayores o Jabugo, a escasos veinte kilómetros de donde nos hallamos. La tradición chacinera de estos lugares castaño (124) castaño (126) es apabullante, corriendo pareja con la calidad de sus productos; doy cumplida fe de ello.

El paisaje cambia en función de la altitud y humedad. Las dehesas pobladas de encinas son sustituidas por alcornoques en unas zonas, mientras que en las de mayor altitud son frecuentes los bosques de robles rebollos, como en el paraje de la Solana de los Bonales; en cambio, en poblaciones como Fuenteheridos, Galaroza o Castaño del Robledo, donde se encuentra el coto en el que cazareemos, el paisaje está conformado por castaños; y en cauces de ríos como el Múrtigas por bosques galerías donde abundan árboles de gran porte como chopos, fresnos, sauces y alisos, junto con zarzas y plantas trepadoras.

La pizarra que la compone da a esta sierra un carácter alomado, de pendientes suaves, donde grandes valles adehesados alternan con cimas coronadas por bosques cerrados y barrancos encajados, casi mágicos, por los que discurren los principales ejes fluviales: Ribera del Chanza, Múrtigas y Ribera de Huelva. En las cotas más elevadas, donde la caliza toma protagonismo, aparecen las formas geológicas más singulares, como la Gruta de las Maravillas en Aracena, o los travertinos de Alájar y Zufre, vinculados a surgencias de agua. También está presente el granito, como en el batolito de las Peñas de Aroche, cuya existencia está conectada a la de  a los ricos filones metálicos que han condicionado la intensa actividad minera de la comarca: Minas de Cala o el Coto Minero de Teuler.

Tales son, a vuelapluma, los parajes que nos aguardan, expectantes. Tras saludar a la madre de Floren, abordamos una serie de tareas mañaneras, que incluyen dar de comer a caballos y cerdos, comprar cinta americana y enganchar el remolque al todoterreno de mi amigo, que quedará cargado hasta los topes con nuestra impedimenta y las muchas viandas que hay que subir a la sierra. De hecho, sin el concurso de dicho remolque, habría sido imposible atacar nuestro destino en un solo viaje: entre provisiones y la impedimenta propia de la pasión que nos ha traído hasta aquí, la cosa sin duda pinta en bastos.

El entorno en el que nos vamos adentrando es realmente magnífico. Proliferan los castaños más que centenarios, de troncos retorcidos e inmensos, cargados de frutos que se encierran en multitud de espinas. Se trata de un ecosistema que inyecta vida, prosperidad y trabajo en los pueblos de la comarca. Después de avanzar algunos kilómetros por caminos aparentemente imposibles, llegamos al hotel, que es como llaman estos nómadas del sur al refugio de caza, con guasa muy andaluza. Estamos a 812 metros de altitud, y entre zarzas, helechos, castaños y sotobosque muy cerrado, una construcción de piedra se alza en medio de una ladera, esperándonos. Antigua cochiquera, está perfectamente acondicionada para alojar con cierta comodidad a unas doce personas, y se halla dividida en dos estancias. La primera es la cocina/salón comedor, con su chimenea y sus aperos para atender al asunto gastronómico; la segunda, mucho más amplia, recoge en su interior camas y colchones de muy diverso pelaje y toda una galaxia de trastos propios de nuestra peculiar interpretación de la caza, dianas 3d incluidas. La nevera de gas y la falta de agua corriente y de sanitario alguno ya nos hablan de las jornadas difíciles que esperan al urbanita que hasta aquí llega. Pero para esto hemos venido, para compartir la dureza del monte y de la caza en nuestro país, para generar recuerdos que nos acompañen ya para siempre, empequeñeciendo y disipando las incomodidades y las molestias necesarias para que nuestra afición prospere.castaño (51) castaño (52) castaño (54) castaño (77)

Para empezar a hablar, Floren, David, Manolo, Roberto  -los tres últimos llegados al grupo- y Alex, ya descargado el remolque y colocados los trastos, comienzan a condimentar un arroz con costillas; veremos los resultados. Escribo, mientras tanto, estas líneas: mi condición de cronista del viaje y mis nulas habilidades gastronómicas me eximen de ciertas servidumbres inevitables para mis compañeros de aventuras, qué le vamos a hacer. Cada hombre, en su noche; es lo justo.

Delicioso de veras ese arroz. Repito plato, muy a gusto, y me río con ganas a base de contemplar las andanzas de Pirata, un precioso cachorro de sabueso de Baviera, de cuatro meses, que resulta ser la última adquisición de Floren, tras la muerte de su querido Pincho. Es divertido y muy inteligente, y nos hemos tomado ley nada más vernos, de manera que disfrutamos de nuestra mutua compañía, como no podía ser de otra manera entre perros, claro. Me muerde complacido y ansioso, con sus dientes nuevos y resplandecientes, que le molestan a rabiar, lo que le induce a intentar masticar, como buen cachorro, todo lo que encuentra a su paso. Acaba por obedecerme, muy serio, cuando le doy un par de toques en el hocico y le digo secamente que no me muerda, acentuando el tono de la voz en el “no”. Se tumba boca arriba e intenta hacer las paces conmigo dándome suaves golpecillos con su pata delantera, el muy ladino.castaño (68)

Después del inevitable té, comenzamos una ronda de entrenamiento. Me defiendo con mi recurvado con una cierta tranquilidad, lo que me alegra el corazón y me da esperanzas a la hora del lance.

A las siete y media en punto, partimos hacia el monte, que no en vano Floren se gana la vida como guardia civil. Voy vestido completamente de Trebark, como el clásico que soy, evidentemente. Salvo Alex, que es el otro abuelo de la expedición, nadie conoce este patrón de camuflaje, como es lógico. Mochila de asalto preparada y revisada, acabo de apañarme y cojo a mi amigo Rain Dancer, mi bello recurvado Predator. Alex me ha preparado una docena de tubos de aluminio Easton XX75 Autumn Orange 2219, emplumados en natural helicoidal diestra y en corte shield, europeo, como corresponde. Son vestigios de mi tienda y de tiempos mejores, y para celebrar el reencuentro las equipo con puntas de caza Silver Flame de 150 grains, fabricadas por German Kinetics. Puro acero alemán, calidad Solingen, que brilla maligno bajo la cálida media luz de la tarde. Ardo en deseos de probar esta combinación, que presumo mortal de necesidad.

Ya en el monte cerrado, Alex y Floren salen hacia su puesto, mientras que David y yo hacemos lo propio. Este silencioso compañero tiene la gentileza de subir conmigo a la mancha para asistirme con el foco, puesto que, de momento, mi arco carece de sistema de iluminación. Aquí se cazan el jabalí y el venado prácticamente de noche, previa autorización administrativa que permite el uso de luces, por un lado, y a la recogía, es decir, al amanecer, por el otro. Dado que atacamos el asunto de noche, parece necesario tirar de luces para ver a la presa en el momento del disparo.

Le comento a Floren que no quiero cazar desde un puesto elevado, por muy productiva que esta modalidad pueda resultar. No hay nada más emocionante que cazar el jabalí de noche y desde el mismísimo suelo que cazador y cazado pisan al alimón. Es más fácil que el animal te detecte, lo que sin duda ennoblece y dificulta el lance, además de añadirle un cierto tufillo de peligro que no deja de atraerme.

A las ocho menos cuarto, el monte comienza a moverse. Ladran y gañen perros a lo lejos, lo que no es mala señal. Me acomodo sobre una peña, mientras David corta matorrales e improvisa una pantalla con ellos a mi izquierda, controlando su altura para que no me estorbe si hay ocasión de disparar por ese lado.castaño (93) castaño (94)

Y a las nueve y veinte, los sonidos y los colores de este hermosísimo ecosistema, de este monte cerrado y húmedo, ya han comenzado a diluirse en las sombras que nos rodean casi por completo. A esa hora mágica del crepúsculo, cuando la naturaleza toda parece contener el aliento ante la llegada de la dama oscura, los ruidos de la noche ocupan sus posiciones, dispuestos ya a celebrar los ritos de vida y de muerte que las tinieblas esconden y amparan. El lento coro de los grillos se eleva poco a poco desde el sotobosque, indeciso y discordante al principio, hipnótico, monocorde y sincronizado poco después.

Estamos cazando en los conejales, que es así como mis amigos llaman a esta zona de su coto, por motivos obvios. En el momento en que ando más perdido en el laberinto de mis recuerdos, tres pelotas peludas saltan hacia el claro que tengo enfrente. Cierto; hace un momento que he oído gruñir a un jabalí adulto, de modo y manera que no tiene nada de particular que tres simpáticos marranetes, tres rayones, entren en escena. Me levanto sigilosamente y me acerco al matorral que nos separa del claro por la izquierda, esperando la inevitable aparición de la jabalina, que jamás abandona a sus crías. No llego a distinguirla, y David me comenta, algo más tarde, que la cochina ha doblado hacia el sur, alejándose de nosotros en un intento por llamar nuestra atención sobre ella, en defensa de su prole. De cualquier manera, sobran esas artes con nosotros: no pensaba ni por asomo en intentar el lance, claro está. Con los rayones, por demasiado pequeños; con la madre, porque acabar con ella significaría liquidar, con una sola flecha, a ella y a sus hijos, lo que no es de recibo en absoluto. Así pues, a criar al monte, y ya nos veremos en otra ocasión. Sigo esperando, a ver si algún  otro ejemplar busca el embroque.

Ya son, entre bromas y veras, las doce de la noche, y ninguna otra presa se ha hecho notar. De repente, vemos un par de haces de luz frente a nosotros, y sabemos que la espera ha terminado, puesto que Floren y Alex se dirigen hacia nuestro puesto para recogernos. Pero no acaban de llegar y comenzamos a barruntar que algo sucede. Posiblemente, Alex ha tenido oportunidad de tirar; vamos a enterarnos muy pronto, porque salimos del puesto y nos encaminamos hacia las luces.

Encontramos a nuestros compañeros excitados y contentos, porque Alex ha conseguido tirar sobre una presa. Me muestra una flecha completamente empapada en sangre muy limpia, con burbujas, claramente pulmonar, brillante bajo la luz de las linternas. Le felicito calurosamente, porque la ocasión lo merece. La flecha ha atravesado de parte a parte al animal, de manera que suponemos que ha cumplido su objetivo con creces, llevando la muerte al corazón del bosque. No sé por qué pienso en un jabalí, cuando mi amigo me aclara, muy ilusionado, que era un bonito venado de diez puntas. Doble alegría para nosotros, puesto que se trataría del primer ciervo abatido con arco tradicional en el coto de nuestros anfitriones. castaño (113)

Acabadas las felicitaciones, hay que ponerse al tajo inmediatamente: la noche es impresionante. La niebla, tan típica de esta zona, se ha levantado en silencio desde el suelo empapado y lo invade todo arteramente. Nada escapa a su lento avance, que nos va aislando poco a poco en la profundidad de la espesura que nos rodea.

Floren y David han salido escopetados tras la pista del ciervo; para algo conocen el terreno circundante mucho mejor que nosotros. Alex y yo hacemos lo propio con toda celeridad. El pisteo nocturno de una pieza de caza mayor herida es un arte apasionante y antiguo. Requiere paciencia, habilidad, buena vista y conocimiento, a ser posible,  del terreno; aunque nos falta ir bien servidos en alguno de tales requisitos, en lo tocante a habilidad y paciencia andamos sobrados, la verdad sea dicha. Una pieza de estas características herida y acorralada no es un asunto baladí, así que también hay que tirar de una cierta prudencia para evitar un disgusto serio.castaño (105)

Avanzamos despacio, temiendo la posible llegada de la lluvia, que lavaría alevosamente cualquier vestigio de sangre, y con él, las posibilidades de cobrar la pieza. Volteamos hojas, en busca del rojo líquido de la vida; intentamos localizar gotas direccionales que nos indiquen el rumbo de la presa en su huida, y se nos alegra el corazón al comprobar que el rastro de sangre se extiende a derecha y a izquierda, por estar el animal atravesado completamente, lo que siempre es una buena noticia. No sería la primera vez que avanzamos a cuatro patas o reptando bajo la cubierta vegetal  durante un rastreo particularmente complejo, pero no parece que en esta ocasión vaya a ser necesario.

castaño (108)Después de una cincuentena de metros, más o menos, el rastro se corta completamente, desapareciendo del terreno como por ensalmo. Nos separamos para intentar recuperarlo, pero no hay forma humana de conseguirlo. Floren y David están tan desesperados como nosotros, porque han llegado a idéntico punto. Más compañeros se suman a la búsqueda, aunando voluntades y esfuerzos en la tarea, intentando a toda costa localizar a la pieza herida, en estricto cumplimiento de las reglas del arte que nos apasiona: un cazador y un caballero hará lo humanamente posible por dignificar la muerte de su presa compartiendo carne y cuero con sus hermanos, dando así un mínimo sentido al lance que acaba suprimiendo una vida.castaño (103)

Son ya las tres de la mañana y seguimos en lo alto del risco, de suelo quebrado, duro y difícil de caminar, al que nos ha conducido el rastro del animal que perseguimos. En lo profundo del bosque , la vegetación es enmarañada y espesa, dificultando aún más el avance de nuestra búsqueda. Sumidos en una espesa niebla, entre una terrible humedad que cala hasta los huesos y un frío ya intenso, los haces de luz de nuestras linternas tejen una fantasmagórica danza entre las ramas de los árboles, hendiendo el espacio denso y amenazador, la lóbrega masa que rechaza nuestros afanes una y otra vez.

Desdichadamente, y a falta de un perro de sangre adulto- Pirata anda por allí para que se vaya fogueando, pero, perrillo joven, está más asustado por la oscuridad que atento a su tarea-   es hora de volver al cortijo, comer algo y acostarse. Son las cuatro de la mañana  y la lluvia arrecia con furia, de manera que habrá que dejar el rastreo para mañana, aunque con pocas esperanzas de éxito, la verdad sea dicha.

Llegamos al refugio reventados de cansancio. Me pesan las piernas y la espalda, y me tortura cruelmente la rodilla derecha, impidiéndome agacharme, pero hemos hecho lo que había de hacerse, contra viento y marea. Cenamos, y al catre, bien abrigados en los sacos de dormir y sobre los variopintos colchones de los que disponemos. Llueve con fuerza, pero mañana habrá de ser, forzosamente, otro día.

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