Megaloceros

Megaloceros giganteus, ciervo de las turberas, titán desaparecido y magnífico…

Comenzaba a nevar copiosamente.

Desde lo más profundo del valle, el gran ciervo de las turberas brama su celo, su ansia de amor. Nuestro hombre está expectante. Todas las fibras de su ser atienden a la llamada de la presa deseada, del trofeo que le devolverá el prestigio que hoy está en el alero.Mientras se prepara para iniciar el duro descenso hacia el valle, tras repasar su equipo para asegurarse de que todo está en su lugar, rememora los hechos que le han traído hasta aquí, todavía cercanos en el tiempo.

Estamos en lo que hoy conoceríamos como septiembre tardío. La vida en el poblado comienza a agitarse; llega el festival de invierno, esos días en los que, bajo la experta dirección del chamán de la tribu, hombres y mujeres renuevan sus votos con la Madre Tierra: fertilidad, buena caza, amor, suerte en la batalla. Cada cual tiene sus propias metas, cada cual busca satisfacer su más íntimos deseos, sus necesidades más arraigadas.

Al finalizar una larga y fructífera jornada de caza, el líder del grupo emprende el regreso al poblado, satisfecho de sí mismo y de sus compañeros de aventura. Todos ellos arrastran trabajosamente fardos repletos de carne y de pieles sin que la ardua tarea haga mella en el ánimo de los cazadores. La pesada carga contiene vida, calor, alimento y materia prima para los utensilios del quehacer cotidiano de la tribu, dones de la naturaleza conquistados con valor y serenidad, bienes imprescindibles para hacer frente a la dureza de la estación que ya comienza a teñir el cielo con colores grises y amenazadores.

El jefe de la partida de caza piensa, no sin cierto orgullo, que el éxito de la expedición reposa en gran medida en su propia experiencia, en ese saber hacer que ha ido tiñendo sus maneras de cazador con el correr de los años. Pese a la juventud de sus compañeros, hombres fuertes y resistentes, rápidos en la carrera y hábiles en el manejo del arco y las flechas, ninguno de los muchos lances a los que se han ido enfrentando en el transcurso de su batida habría llegado a buen fin sin el concurso de sus habilidades a la hora de leer en el monte, sin su maestría para el rastreo, sin su sentido del viento, sin su conocimiento, en fin, del comportamiento de sus presas. Casi milagrosamente, y gracias a él, ninguno de sus compañeros ha recibido más allá de algunas contusiones y arañazos en el transcurso del azaroso viaje. Este silencioso miembro del clan cuenta ya treinta y seis primaveras: a estas alturas de la historia de la Humanidad, es un anciano venerable, una excepción que confirma la regla. Aún así, se siente fuerte y sano, y sabe que todavía tiene mucho que ofrecer a su tribu; un maestro de cazadores como él no es algo que se encuentre todos los días; el tesoro de sus conocimientos es como un seguro de vida para su gente, y él lo sabe.

Pero mientras llegan al poblado, y tras penetrar en él, extrañas sensaciones le abordan. Entre el bullicio de la bienvenida, las risas, los abrazos y los cánticos con los que el pueblo recibe alborozado a sus cazadores, nota que algo no va como debería. Acostumbrado a percibir y a anticipar las reacciones de los animales salvajes, las emociones humanas guardan escasos secretos para él. Y ahí están. En lo que a él respecta, el recibimiento no es ya tan caluroso como en otras ocasiones. Las miradas de admiración ya no poseen el brillo de antaño, no reflejan ya el respeto que siempre mereció. Son sus hombres, más jóvenes, quienes cosechan el tributo de su gente, el aplauso y el agradecimiento de la mayoría de los habitantes del poblado.Conoce los motivos, y los asume, muy a su pesar. Hace tiempo que estaba esperando un momento como este. Los años no pasan en vano; sus músculos, su coordinación y su vista ya no son lo que eran: la edad no perdona, y eso es algo que nuestro protagonista acepta, con un cierto alejamiento filosófico y un encogimiento de hombros que tiene mucho de resignación.

Pero ese no es el principal problema, porque sus éxitos como cazador aún le garantizan un cierto reconocimiento por parte de su pueblo, que le respeta como experto en la materia. El peligro le  acecha entre su propia tribu y viene hacia él desde las más altas jerarquías. Hace tiempo que sabe que el hijo del chamán ambiciona su puesto; hace tiempo que conoce el apoyo que el padre presta al hijo. En la última expedición no han contado con la asistencia del huraño joven, quien, aconsejado por su taimado padre, ha alegado una enfermedad para evitar el viaje, guardando así sus energías a la espera del momento más favorable para conseguir su objetivo.El chamán es, al igual que nuestro hombre, una persona de avanzada edad, al menos según los cánones de la época. Si en su juventud fue bendecido con una fuerte conexión espiritual, con una particularísima relación con el otro mundo y sus habitantes, lo cierto es que sus habilidades se han ido apagando muy poco a poco, sin que él sepa por qué. Pese a que sigue paseando descalzo por las praderas y valles que rodean su hogar, ya no siente las líneas de fuerza que recorren la faz del planeta; aunque es un experto sacrificador, sus rituales carecen de resultados: no contempla ya, sobrecogido de divino terror, las señales que le envían sus dioses, tan necesarias para dirigir los destinos de su tribu. En silencio, sobrelleva la pérdida de sus poderes con una mezcla de furia y de tristeza que le convierte en un hombre peligroso e iracundo, de manera que sus actuales ambiciones tienen muy poco que ver con cuestiones místicas.

El jefe de cazadores cree intuir esta situación, presagia las dificultades y peligros que se ciernen sobre él a causa de la nueva orientación del chamán, del nuevo rumbo que han tomado sus pensamientos. Y precisamente por todo ello, sabe que ha llegado su hora. Necesita imperiosamente afianzar su posición entre los suyos, retrasar el siempre doloroso instante del adiós a las responsabilidades mayores que todo hombre debe de afrontar, tarde o temprano, desde que el mundo es mundo. La ocasión está cercana, y coincidirá con la reunión tribal en la que los cazadores relatan sus hazañas ante un público arrobado, embelesado y agradecido por el trabajo de sus bravos miembros, que les regala nueva vida en forma de alimentos, pieles y tendones. Es muy posible que el chamán, aprovechando esa situación, reclame para su hijo el nuevo cargo que asegurará el suyo propio, poniéndole a salvo de las iras y sospechas de la tribu: nuestro hombre no debe permitir que eso ocurra.

De modo que, mientras uno de los cazadores que alardea con razón de sus habilidades como bardo desgrana magistralmente el relato de uno de los lances más emocionantes de la partida, el jefe de cazadores se adelanta hacia el centro del claro en cuyos alrededores la tribu escucha, complacida, la narración del poeta. Se hace el silencio entre los habitantes del poblado cuando el cazador llega a los pies de la enorme hoguera que ilumina dramáticamente la escena, llenándola de duros perfiles, de afiladas fisonomías. Intrigados, los miembros de la tribu intuyen que algo muy serio está a punto de ocurrir: nadie se atrevería a interrumpir el relato del bardo, un hombre también cercano a los dioses, sin una importante razón. Y así es; reclamando la atención de los presentes, y dirigiendo su discurso al jefe de la tribu y al chamán, el jefe de cazadores formula una insólita petición: desea dar caza, en solitario, al gran ciervo de las turberas, y desea hacerlo, además, en pleno festival de invierno, lo que confiere al asunto un grave matiz: si falla en su hazaña, pueden abatirse sobre la tribu serios pesares, grandes desgracias; cazar al enorme animal durante una celebración sagrada no es un asunto baladí. Por el contrario, si es capaz de regresar con el trofeo, las bendiciones de la tierra se derramarán abundantemente sobre los animales, las plantas y los vientres de las mujeres de la tribu… sin contar con que nuestro hombre será jefe de cazadores hasta su muerte, quedando sus hijos en una inmejorable posición para acceder al cargo y suceder así al padre. Afirma, para justificar su petición, que durante la partida de caza ha percibido ciertos signos en la naturaleza, , que le revelan, como experto cazador que es, la llegada del momento más propicio para intentar esa gran aventura, que muy pocos han tenido los arrestos de afrontar, según recuerda la tribu. Y mientras argumenta sus deseos, reza en silencio para sí, pidiendo perdón a sus dioses por la mentira de la que acaba de servirse para intentar alcanzar su meta. Le consta que nadie, ni siquiera el chamán, que se mueve nervioso en su asiento, será capaz de poner en tela de juicio sus percepciones sobre tan crucial asunto. Tras formular su petición queda erguido, orgulloso e impávido ante la tribu, esperando el veredicto del hombre santo y del jefe de guerra.

El chamán no esperaba semejante situación. Acariciaba un futuro mejor para su hijo y para sí mismo, por lo que el cazador, al adelantarse a sus propias intenciones, le ha cogido desprevenido. Pero es un hombre astuto, lleno de recursos y que no se rinde con facilidad.Calcula, a la velocidad del rayo, las consecuencias que acarrearía un éxito del cazador, que le mira burlón; sabe que el hombre que se yergue ante él es perfectamente capaz de llevar a buen puerto la aventura que se propone en solitario, frustrando así sus planes; por otra parte, conoce la peligrosidad del lance y los enormes riesgos que comporta, así como los beneficios que a no dudar le reportaría el fracaso de su enemigo. Sea, pues; puesto en pie, sin dejar que sus emociones le traicionen, concede su plácet ante la tribu entera, que prorrumpe en apasionado griterío: la noche está resultando de lo más emocionante para los habitantes del poblado quienes, con el alma en vilo, dirigen a continuación sus miradas hacia el jefe de guerra, cuchicheando nerviosamente entre sí.

El jefe del poblado, que también lo es de la guerra, observa al cazador, un tanto sorprendido por su arrogante petición. Hombre acostumbrado a resolver los problemas de un modo más bien práctico, roza con peligrosa facilidad la violencia. No entiende nada de cuestiones espirituales, de conexiones místicas ni de todos esos asuntos a los que tanta atención parecen prestar sus otros colegas; para él, tan sólo son susurros de hombres débiles, que a nada claro conducen… como no sea a intentos, a veces infructuosos, de perpetuación en según qué cargos. Sin embargo, no puede por menos que admirar la valentía de quien en este momento permanece en pie ante él; su propio carácter le hace proclive a disfrutar de hazañas similares a la que acaba de proponer su jefe de cazadores: vencer a la fiera, hacer correr su sangre, triunfar sobre el poder de la naturaleza salvaje… y, aunque él no acaba de creer a ciencia cierta en semejantes pamemas, si el solitario cazador triunfa la tribu estará contenta y tranquila durante una buena temporada, ahorrándole así sinsabores y esfuerzos como jefe que es. Y, por otra parte, si el bravo perece en el intento, no faltarán jóvenes valerosos que ocupen de inmediato su lugar, manteniendo a su gente bien alimentada y surtida. Muy bien; evaluada políticamente la situación, levantándose de su trono y empuñando su lanza ritual, el jefe concede su permiso: parte en pos de tu presa y regresa victorioso, sano y salvo, cazador. Haz que un nuevo y brillante futuro derrame sus venturas sobre nosotros.

Ahora sí que se desata una verdadera tempestad de gritos, aplausos y exclamaciones entre todos los miembros de la tribu. Absolutamente olvidados de los peligros y de las desgracias que atraería sobre el poblado el fracaso de nuestro hombre, le vitorean, le abrazan, le sonríen, en un baño de multitudes que conforta al cazador como el más dulce de los licores, que hace crecer su orgullo y su determinación. Zafándose como puede de sus enfebrecidos vecinos, endereza sus pasos hacia su cabaña: tiene que preparar con rapidez su equipo, puesto que su salida es inmediata, y deberá producirse antes del amanecer. Su mujer le está esperando en el umbral de la vivienda, dos ojos azules y suaves que le acompañan desde hace ya mucho tiempo, que le han dado pasión, apoyo y calor durante muchas estaciones. Le miran ahora llenos de temor, pero también de orgullo, aunque bañados en lágrimas. Sabedora de los planes de su hombre, pues él nunca tuvo secretos para ella, ha dispuesto, tras escurrirse silenciosamente de la reunión tribal, el equipo de viaje de su marido, colocándolo en perfecto orden sobre el lecho, a excepción de los trebejos de caza, que son competencia exclusiva del hombre que comparte sus días y sus noches. Un hacha de cobre y pedernal, con mango de tejo; un cuchillo de pedernal, con empuñadura de fresno, hongos de abedul y musgo de pantano; pedernal y pirita; carne seca de gamuza y de ciervo, pan y endrinos. Objetos para quitar la vida; objetos para preservarla. Todo ello colocado con primor en una bolsa de piel impermeable. 

Mientras el cazador comienza a recoger su equipo, le mira en silencio, con infinita ternura, deseando sentir la caricia de la esperanza. Necesita creer en su vuelta, sano y salvo, una vez más. Observa los tatuajes de muñecas, espalda y piernas, y desea fervientemente que protejan a su esposo de todo mal. Sin embargo, sus premoniciones de hembra madura y sabia no funcionan en este momento; no ve más que tiniebla y negrura, alzándose amenazadoras en el camino de su hombre. Mueve la cabeza como negándose a sí misma esa visión, como queriendo desprenderse de ella, alejarla de sí. Se abraza a la fuerte espalda y apoya la cabeza sobre los largos rizos de la cabellera de su marido, en completo silencio.

Trabajosamente, el hombre se deshace del abrazo y prosigue su tarea; no es momento de dejarse embargar por sus sentimientos, ahora a flor de piel; debe centrarse en la misión que le aguarda. Toma su gran arco y su carcaj, repleto de flechas con punta de pedernal y astiles de viburno; viste su capa, su chaleco, sus pantalones y sus zapatos de cuero, cálidos y confortables, hechos de piel de oso y de ciervo. Abraza con amor a sus dos hijos, que le contemplan gravemente. Poco les falta ya para su primera partida de caza, y con un poco de suerte, piensa nuestro hombre, él será quien les inicie y dirija en las artes venatorias, allanando el camino para que, en su día, uno de ellos ocupe su puesto. Ya preparado para la partida, se para en el umbral de su casa y contempla, emocionado, a su familia. En ese momento, su mujer se acerca para besarle por última vez, para desearle buena suerte. Poco me importa el destino de la tribu; no me preocupan los tiempos que habrán de llegar. Para mí, ese gran ciervo de las turberas, que con tanto afán persigues, carece de significado; solamente deseo que vuelvas a mí cuanto antes, ileso, alto y orgulloso como el primer día en que te vi, como el momento en el que decidí que serías mío para siempre. Parte pues, y afronta tu destino con honor, ya que yo no seré capaz de detenerte, como sería mi deseo.

Dicen que un gran viaje comienza con el primer paso, y que si la travesía es lo suficientemente importante, el peregrino que la inicia desconoce su final. El cazador, en estos momentos, siente con claridad algo parecido, mientras deja a sus espaldas a aquellos a quienes ama. Un torbellino de sensaciones y sentimientos encontrados bulle en su interior, pero avanza con paso firme y decidido hacia lo desconocido, hacia la culminación de muchos años de experiencia cinegética. Abandona el pueblo bajo las luces inciertas del amanecer; muchos vecinos le saludan con la mano y le desean suerte en su empeño, pero no todos los habitantes de la aldea albergan semejante afecto. Durante la noche, absorto en el arcano sortilegio que emana de las llamas de su hogar y en completo silencio, el chamán ha tomado una determinación. Le preocupa que sus taimados cálculos sean erróneos; le amarga la posibilidad de que el cazador se salga con la suya. Poco antes de las primeras luces, sale en busca de dos de sus discípulos, jóvenes de ojos afiebrados y expresión enloquecida, como si se hallasen en continua contemplación de los misterios del Otro Lado. Sabe que puede contar con ellos, que le prestarán fanática obediencia, de modo que las instrucciones son breves y concisas: el jefe de cazadores no debe triunfar en su empeño; sus flechas no han de conseguir cobrarse la vida del gigante de las turberas; deben hacerle fracasar… a cualquier precio. Los ojos del chamán despiden chispas de ira; sus discípulos asienten, obedientes y aterrados ante la cólera del maestro, que ha susurrado sus deseos entre dientes, silbando como una serpiente. Así pues, parten tras el cazador como dos sombras siniestras, abandonando la aldea por otros caminos y manteniéndose a una prudencial distancia del hombre que, ajeno al peligro, avanza hacia las alturas cercanas al poblado. Tras ellas, el inmenso valle, repleto de coníferas, donde pasta el gigante objeto de los desvelos de nuestro protagonista.

Han pasado ya varios días desde que el hombre dejó atrás su aldea. El tiempo es relativamente plácido, propio de la época del año, pero está comenzando a empeorar con rapidez. Ya es necesario hacer fuego para poder dormir con cierta comodidad, y resulta imprescindible caminar envuelto en el cálido manto de piel de oso que porta consigo nuestro hombre. Ha iniciado el descenso hacia el valle tras superar un par de puertos de montaña, y está empezando a disfrutar realmente de su viaje, de la soledad que le envuelve. Marcha observando los alrededores con suma atención, mientras redescubre aspectos de su entorno que creía olvidados, pero su concentración, paradójicamente, le impide percibir que los esbirros del chamán le siguen muy de cerca. Hábiles escaramuzadores, no han perdido su pista ni por un solo momento, y saben que no han sido descubiertos por el cazador. Deslizándose tras él, extreman las precauciones y esperan su oportunidad como lobos al acecho. Cuando las fuerzas flaquean, toman un bocado frío, mezclado con una sustancia preparada por su amo, que altera su estado consciente y les imbuye de una nueva fuerza, atroz e implacable.

Mientras tanto, los recuerdos del viajero acaban por conducirle al actual momento. En efecto, así discurrió la cadena de acontecimientos que le ha traído hasta aquí, asiente el cazador.  Ya se encuentra en las estribaciones de las montañas, entrando en el valle. La nieve está cayendo plácidamente, con lentitud pero en gruesos copos, que hacen presagiar lo peor. Disminuye su ritmo, camina en completo silencio y comienza a escrutar con paciencia infinita el nevado paisaje que le rodea, en busca de una pista que le conduzca hacia su presa. Oye a un macho bramar a lo lejos, presa ya de sus ansias de hembra, y su aguda visión le ayuda a distinguir una enorme cuerna entre los árboles cercanos. Parece ser que su propietario se dirige a plantar cara al macho al que acaba de escuchar; aunque ha perdido de vista la arboladura, se imagina al gran venado mientras éste avanza enfebrecido hacia su rival: ojos inyectados en sangre, el cuello poblado por una espesa barba, los ijares resollantes, cubiertos de su propio orín para acentuar su calidad como macho.

Aprovechando la distracción de su pieza, sale tras ella a la carrera, agachado y manteniendo las distancias; sabe que el ciervo se detendrá de vez en cuando para pistear de nuevo a su rival, y en una de esas ocasiones es posible que ofrezca un buen ángulo de tiro para sus flechas, que se mueven acompasadamente en su carcaj, esperando su momento. El gran macho hace un alto en su camino; inclina la poderosa cuerna como para tomar aliento, y olfatea el frío aire. Brama con fuerza, respondiendo a la llamada del enemigo, y avanza su pata delantera izquierda al tiempo que gira la cabeza hacia la derecha, descubriendo limpiamente el codillo. En ese instante, y con la velocidad que da la práctica, nuestro hombre ya está tendiendo el arco, absolutamente concentrado en una mancha de pelaje de distinto color que ha visto en el costado de su presa. A unos veinte metros de la misma, se sabe mortal de necesidad. Cuando está relajando los dedos que tiran de la cuerda, para lograr una suelta lo más limpia y precisa posible, siente más que oye un movimiento a su espalda, que automáticamente le pone en guardia. Pero es demasiado tarde.

Una maza de guerra golpea con violencia sus riñones, haciéndole caer al suelo, dolorido y desconcertado. Se gira sobre sí mismo a tiempo para contemplar a uno de los discípulos del chamán, que se le echa encima como una exhalación, dispuesto a rematar el macabro encargo de su amo. El cazador tantea instintivamente el suelo a su alrededor, buscando con desespero algo para defenderse, cuando su mano se cierra sobre la flecha, que ha caído del arco, en apariencia inofensiva. En el instante en que su atacante alza los brazos para descargar el golpe definitivo, nuestro hombre se incorpora a medias y con gran rapidez, al tiempo que hunde con ambas manos la flecha de caza en el corazón de su enemigo. Con una desagradable expresión de sorpresa y de rabia asomando a su semblante, el asesino se desploma calladamente, sangrando en abundancia por la boca. Cae de rodillas y de cara contra el suelo, enfrentándose ya cara a cara con las escalofriantes visiones que contempló en vida.

El cazador se masajea la zona herida, temiéndose lo peor. En efecto, el tremendo mazazo le ha roto la clavícula y un agudo dolor comienza a invadirle, inutilizándole. Mientras lucha contra las nauseas que le asedian, su mente, cargada de adrenalina, ata cabos con rapidez. El chamán, su ambición, su miedo a que la tribu descubra que ha perdido sus poderes…Lenta, dolorosamente, se inclina sobre el cadáver del enemigo, que ya comienza a enfriarse. Con esfuerzo, recupera la punta de caza que sobresale de la espalda del atacante; es su punta favorita, afilada y en perfecto estado, bendecida en incontables ocasiones con la sangre de la presa; algo le impulsa a conservarla cerca de sí, como si fuera capaz de protegerle, de preservar su vida.

Pero un terrible sentimiento de tristeza le invade de súbito: no le importa morir lejos de su hogar y de los suyos, no le concede importancia alguna al hecho de servir de pasto a los lobos. Al fin y al cabo, ese es el destino de todo hombre, y conoce formas infinitamente peores de morir. Lo que ensombrece su alma en ese tremendo instante es la sensación de inevitable fracaso, el conocimiento cierto, cristalino como una hoja de hielo y cortante como ella, de que no podrá cumplir con la tarea que le ha traído hasta estas inhóspitas soledades. Con esa atroz sensación en su cabeza, entiende que ha llegado el momento de emprender el regreso a casa, aun sabiendo que es muy posible que no logre llegar. La herida es grave, pese a que no sangra demasiado, y el dolor le recorre la espalda y el pecho en oleadas lacerantes. Aplica un emplasto de musgo de pantano sobre el tremendo golpe y lo sujeta trabajosamente con unos trozos de tela.Comienza a abandonar el valle con pasos lentos, con gran esfuerzo, pensando en los venados que quedan atrás, azacaneados en sus amorosas tareas, del todo ajenos a la tragedia que acaba de acontecer en sus salvajes territorios. Al llegar a los pies de las montañas, que empiezan a alzarse con fiereza ante él, hace un alto en el camino para recuperar el resuello y estirar su dolorida anatomía.

De repente, siente un golpe seco en la espalda, como un ligero empujón, casi al mismo tiempo que escucha el sisear de una flecha en el aire y el grito de triunfo del enemigo. Así es. El segundo atacante, que decidió reservar sus fuerzas por si fuera necesario otro intento para cumplir con su misión, acaba de alojar una saeta en los pulmones del cazador, que se dobla de dolor mientras intenta alcanzar vanamente el astil que sobresale de su espalda. Cae al suelo boca abajo y percibe el acercamiento del enemigo, que camina en su dirección visiblemente satisfecho y convencido de su éxito. Se le nubla la vista y sangra sin parar; sabe que se muere, que le quedan escasos instantes de vida, y lo asume en completo silencio sin emitir queja alguna. Pero cuando nota la sombra del homicida junto a él, sin apenas mirarle le hiere fieramente con la punta de caza, que ha estado en su mano derecha desde que abandonó el valle. Expira casi sonriente, mientras oye el alarido de dolor del discípulo, que ha recibido un feo y profundo corte en el gemelo de su pierna derecha. Tampoco llegará a dar cuenta del éxito de su trabajo a su artero jefe. Morirá a pocas jornadas del lugar donde cayó nuestro hombre, víctima de una infección en la sangre.

Comenzaba a nevar copiosamente. 

El titán frente al gnomo; fuerza bruta frente a inteligencia…

El arco, eterno compañero del hombre en la caza y en la guerra, en la vida y en la muerte, desde el amanecer de los tiempos. La flecha, complemento del arco, ying del yang, feroz mensajera alada…

Las últimas investigaciones sobre el asunto apuntan a que Ötzi, el cazador milagrosamente recuperado del hielo en los Alpes Italianos, murió asesinado; quizá su vida se entretejió con aconteceres como los que acabamos de narrar, por qué no…

De cualquier manera, y desde hace 25.000 años, nuestra arma favorita está presente entre nosotros, para bien y para mal, para la caza y para la guerra. Vayan mi respeto y mi admiración para ella y para quienes hacen de su uso cinegético una razón más para adorar la salvaje Naturaleza de las cosas.

Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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