Sobreviviendo al invierno

 

Durante los últimos coletazos del invierno y los primeros días de la primavera, las inclemencias del tiempo en el monte son una más de las molestias que nos acechan a los cazadores mientras practicamos nuestra afición favorita. Ya sea cuando paseamos por el campo por el puro placer de hacerlo o según nos encontramos preparando la temporada, el montaje de puestos, la observación de huellas y de vestigios del paso y de la vida de nuestras presas, se verán siempre entorpecidos por la lluvia, el viento y la nieve en estos días. Es ley de vida, porque estas circunstancias climatológicas, que a veces pueden resultar muy amargas, son compañeras inseparables de nuestro devenir en los bosques.

En semejantes ocasiones, cuando el frío te inmoviliza en el puesto, cuando las piernas te pesan a la hora de recechar y el vapor de tu aliento te delata, no tiene nada de particular que te preguntes cómo se las arreglan los animales salvajes para sobrevivir ante el embate del mal tiempo que, evidentemente, a nadie respeta ni da tregua.

Suelo andar casi siempre a la búsqueda y captura de datos curiosos y útiles sobre los animales que me gusta cazar, entre otras cosas porque entiendo que la acumulación de semejante conocimiento me puede convertir en un cazador mejor, más eficaz y preparado. En concreto, me preguntaba qué estrategias despliegan los venados, animales de apariencia algo frágil, para hacer frente a la dureza del clima invernal en nuestras latitudes, y me apresuro a compartir con vosotros algunas reflexiones que he obtenido, cómo no, en la red de redes.

Aclaremos, para empezar, que lo que aquí se va a exponer puede predicarse tanto del venado rojo europeo como del venado colablanca americano, porque se trata de estudios llevados a cabo tanto en nuestro continente como en los Estados Unidos, y de alguna manera quiero suponer que estos datos pueden proporcionarnos igualmente algunas pistas sobre las estrategias de supervivencia de otras especies.

En primer lugar, ciertas adaptaciones físicas resultan primordiales en las líneas de defensa de los ciervos frente al frío; veámoslas.

El tamaño de los cuerpos aumenta según nos acercamos al norte; un cuerpo  mayor supone una proporción superficie/masa, lo que conserva la energía con mayor facilidad. Por otra parte, el pelaje de invierno, más tupido que el de verano, está compuesto por pelos huecos y una densa borra, factores ambos que inciden en el aislamiento. En este sentido, destaquemos que los ciervos poseen una musculatura especial en la piel que les permite ajustar el ángulo de sus pelos para proporcionarles el mejor aislamiento. Así pues, los venados cuyo hábitat se encuentra más al norte, normalmente más expuesto a las bajas temperaturas, ya presentan, “de serie”, esta particularidad.

En otoño, como sabemos, los ciervos se preparan para el invierno añadiendo nuevas capas de grasa. Dichas reservas resultan críticas durante el invierno. Una vez que este llega,  cerca del 25 por ciento de su  peso corporal es grasa. Por ejemplo, según las tablas invernales de pesos de The Deer-Forest Blog, de la universidad Penn State, una magnífica fuente de información gratuita que reúne incesantemente datos científicos y hechos comprobados sobre los colablancas, el peso máximo se alcanza a primeros de octubre. Por eso es tan importante la cantidad de bellotas que puedan consumir en septiembre.

Tras esas fechas de octubre, los ciervos pierden mucho peso debido al celo y a los rigores del invierno. Aproximadamente en marzo, comienzan a ganar peso nuevamente. Lo mismo ocurre con las hembras, aunque ellas alcanzan su peso máximo en enero antes de empezar a perderlo. Eso significa que los machos dependen de sus reservas de grasas al menos el doble que las hembras antes de que llegue la primavera. Los autores del blog sugieren que esta puede ser la razón de que los machos sean más proclives que las hembras a morir de inanición. Como podemos comprobar, los machos siempre estamos en inferioridad de condiciones frente a nuestras compañeras, el supuesto sexo débil… ¿o no?

Hasta aquí, las principales claves que utilizan nuestros queridos astados para capear el invierno. Pero hay otros componentes en su elaborada estrategia de supervivencia, que pasamos a examinar en detalle.

Por ejemplo, cuando un ciervo está en reposo, su índice metabólico depende de la estación. Podríamos pensar que este índice aumentaría en invierno para mantener al animal caliente, pero lo que ocurre es justamente lo contrario: el ritmo metabólico disminuye en invierno. Recientes investigaciones realizadas sobre el ciervo europeo indican que reducen su ritmo cardíaco incluso más que si no estuvieran alimentándose correctamente. En este sentido, existe una correlación entre la temperatura de la panza y el ritmo cardiaco.

Si las cosas se ponen feas de verdad, los ciervos reducen su temperatura corporal junto con su ritmo cardíaco, lo que reduce el gasto energético (el ritmo cardíaco de un ciervo en reposo es de 40-50 latidos por minuto. El nuestro es ligeramente mayor, aunque hay grandes atletas que tienen menos de 50 por minuto, afortunados mortales…).

Pero ¿los ciervos conservan deliberadamente la energía o estos cambios están provocados de manera automática por la escasez de comida? Los investigadores europeos afirman que, con independencia de los aportes alimenticios que se produzcan, mayores o menores, todos los individuos estudiados reducían sus frecuencias cardíacas en invierno. Eso tiene lógica, especialmente cuando la nieve alcanza mucha altura, puesto que en semejantes condiciones obtener comida comporta un gasto energético que la cantidad de comida hallada probablemente no compense . De este modo, disminuir la temperatura en patas y orejas ralentiza las funciones corporales tales como la digestión, lo que facilita la supervivencia.

Otro hecho curioso es que los ciervos, en condiciones realmente extremas, se “aparcan” (practican lo que los yanquis llaman “Yarding up”), es decir, apenas se mueven de ciertos santuarios naturales que les permiten esquivar de alguna manera el viento y la nieve. Permanecerán allí entre uno y tres meses, normalmente. Por ejemplo, los fondos de los valles poblados por coníferas son un excelente refugio para ellos. Los cedros, abetos, pinos y piceas les ayudan a defenderse de la nieve, y se dice que semejante hábitat tiene un 40 por ciento menos de nieve que los bosques poblados por otras especies vegetales más frondosas.

Tengamos en cuenta, además, que cuando los ciervos disminuyen su gasto energético, incluso ante cantidades limitadas de comida su peso corporal comienza a subir en los últimos días del invierno. Sí, yo no me he equivocado y tú  lo has leído bien. La investigación sobre el ciervo europeo demostró que los individuos aumentaban mucho de peso durante la primavera, incluso con bajas ingestas diarias de comida: cuando el frío cesa todo vuelve a su ser, liberado del silencioso puño de hierro del invierno.

Esa es la explicación de divisar venados con poco peso en esa estación, a pesar de que podamos verlos comer continuamente. Todo tiene que ver, como decimos, con la estrategia alimentaria y el metabolismo. La pregunta que se hace el ciervo es ¿puedo permitirme gastar una cantidad de  energía en localizar comida y en digerirla para  acabar obteniendo  a través de dicha comida y de su digestión una cantidad de energía menor a la invertida en el proceso?

Pues parece ser que los ciervos han dado con la respuesta a lo largo de su historia como especie: comen lo suficiente como para mantenerse vivos, se mueven muy poco y sobreviven así al invierno. Aunque hay dos factores que pueden cambiarlo todo y causar mortandad entre ellos: el primero es la disponibilidad de alimento en otoño, que puede verse afectada por las prolongadas sequías estivales, justo en el momento en el que los ciervos necesitan acumular, como sabemos, mas grasa corporal; la segunda es la duración y severidad del invierno: si las condiciones climáticas se endurecen bruscamente y/o antes de tiempo y llegan hasta la primavera, pueden producirse numerosas bajas.

De hecho, a eso se debe que las agencias de medio ambiente norteamericanas alimenten a sus poblaciones de colablanca en contadas ocasiones, muy en contra de su habitual política de laissez faire. Todas ellas desaconsejan a los ciudadanos que alimenten a los ciervos durante el invierno; sin embargo, cuando el asunto se pone de color de hormiga, algunas de ellas actúan en consecuencia.

En fin, parece claro que los humanos lo tenemos mucho más fácil cuando llega la hora de soportar los crueles ataques de las bajas temperaturas y de todos los fenómenos meteorológicos que suelen acompañarlas. Para eso contamos con una gigantesca industria textil y del calzado especializada en hacernos más llevaderas las horas pasadas entre las breñas, los bosques y las montañas, siempre con un arco de caza en la mano y el corazón pleno de ilusiones.

Hasta otra y buena caza.

 

Leizael

Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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