Venados, gamos y cochinos, final.

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-!Vamos, bonito; busca, busca, buuuuscaaaa…¡ !Ale Pipooooo

Pipo se mueve como un rabo de lagartija entre las numerosas matas de monte bajo que tapizan la enorme pradera. Bajo una lluvia persistente, engañosamente fina, obedece las órdenes de Carlos, su amo, mientras se deja el alma en localizar las codornices.

Hace unas cuantas horas, Alejandro ha sembrado esta zona del coto con un par de docenas de estas aves. Dejándolas a su aire, tranquilas, durante un cierto período de tiempo, se puede disfrutar luego de cazarlas tirándolas al vuelo en condiciones que recuerdan a una auténtica cacería de aves salvajes. Esta difícil modalidad, de gran belleza plástica, requiere del concurso de un perro de caza perfectamente entrenado, que controle su nervio y que siga al pie de la letra las órdenes de su dueño.

A primeras horas del día, y tras una breve presentación de las puntas que mi amigo Ángel Barrón fabrica, las ya famosas Barrón Birds, nos encaminamos al coto sin perder ni un momento. Lo cierto es que la mañana estaba un tanto enfadada y era más que probable que el agua hiciera acto de presencia, como así ha sido. Al llegar a la amplia explanada, Ángel saca de su coche una pequeña máquina lanzadora de pelotas de tenis de su invención, y comenzamos a tirar ávidamente contra las bolas amarillas, que salen a toda velocidad. Resulta complejo y desafiante impactarlas, pero al mismo tiempo es sumamente divertido y sirve de entrenamiento pensando en la caza real.

Y después de una hora a tiro limpio, se impone una pequeña pausa. Repasamos los equipos y los amos sacan a los perros de los coches y comienzan a jalearlos. Contamos con Pipo, con nuestro encantador Rufo  y con un drahthaar que no recuerdo cómo se llama, aunque estos últimos desempeñarán un papel menor en la partida que estamos a punto de jugar.

En caza al vuelo es muy común que dos compañeros tiren en collera, auxiliados por un solo perro. Recorriendo lentamente el cazadero, han de prestar minuciosa atención al comportamiento del animal, que señalará mediante su muestra la presencia de las presas. Hasta aquí, todo igual que en la caza menor con arma de fuego. Pero cuando nuestro inapreciable auxiliar se queda inmóvil al tiempo que mira fijamente al suelo, con una pata delantera levantada y ofreciendo una espléndida imagen, llena de emoción, fuerza y plasticidad en espera de la orden final de su dueño, las cosas toman un cariz distinto. La diferente naturaleza del arma que empuñamos se impone y modula la reacción del cazador y el resultado del lance, que se inclina muchas veces a favor de la pieza.

Ángel y Carlos tienen reflejos muy rápidos, fruto de la práctica continuada. Como todo lo que tiene que ver con el tiro puramente instintivo, se trata de lograr una perfecta coordinación entre nuestros movimientos para ejecutar el disparo y la localización del objetivo a abatir, en tanto dejamos al cerebro que se ponga de acuerdo con el ojo para lograrlo. Y el secreto para adquirir semejante habilidad se halla, cómo no, en la práctica, en el entrenamiento constante de esa habilidad que todo ser humano posee en mayor o menor grado y que conocemos como “memoria muscular”. Esta característica es la principal responsable de los éxitos deportivos de los grandes tenistas, futbolistas y golfistas, por citar algunos deportes en los que la coordinación ojo-cerebro desempeña un papel crucial.

El único inconveniente en la partida de esta mañana radica en que somos muchos tiradores los allí presentes. Formamos dos grupos de cinco cazadores y un perro, pero con estos números resulta muy complicado evitar tiros cruzados y situaciones potencialmente peligrosas. Andamos con cien ojos y las codornices van cayendo poco a poco, si bien es cierto que unas cuantas logran escapar a la indudable habilidad de Pipo y a nuestra perseverancia.

La lluvia arrecia con ganas; Pipo parece un pequeño fantasma, blanco y empapado de agua por los cuatro costados, pero está feliz. Quedan aún algunas codornices que se escabullen trabajosamente entre las matas de rastreras, pero la mano va tocando a su fin. Mientras mis colegas siguen tirando las últimas flechas, me siento tranquilamente en el coche y aprovecho para relajarme un ratito, tanto que casi me quedo del todo frito. Me deshago del fino chubasquero de emergencia del que he echado mano ante la que se nos venía encima; parezco un enorme tele tubby de color verde y he pagado el precio de mi aspecto en sonoras carcajadas de todos los queridos zulúes que me acompañan. Al poco, encuentro un magnífico poncho de lona verde, camuflado en OptiFade… en el fondo de mi mochila y sin estrenar. En fin, esto es así.

Bueno, la cosa no va mal. Le he acertado a un par de pelotas de tenis y a una codorniz; un resultado medianamente digno si tenemos en cuenta mi absoluta falta de práctica en este estilo de tiro. Hace ya muchos años, en la primera FIVAC a la que asistí como dueño de Arcozenter, tiré al plato en collera indoor junto a José Manuel Cusí Battle, un clásico de la arquería catalana, y mis resultados fueron bastante más notables, pero… han pasado eones desde entonces.

Hoy comemos en el campo nuevamente, aunque con todo lo que el cielo está dejando caer sobre nosotros lo hacemos a cubierto, en la casona que funciona como nuestra base de operaciones. Allí dentro, en su comedor, ya está el fuego ensimismado en su danza. La chimenea irradia una potente y cálida luminosidad que ilumina la estancia al tiempo que la puebla de movedizos espectros. Casi todo el mundo se descalza y se quita algo de ropa; colgadas de los clavos de la pared o extendidas sobre los bancos de piedra de la estancia, nuestras prendas humean siseantes. Es fundamental que se sequen bien antes de subir al monte a la caída de la tarde, porque la sombra aguarda pacientemente allí arriba para dejarnos sin aliento a golpe de frío. Hoy tenemos luna llena, si bien no sabemos si su mágica luz podrá visitarnos; tendrá antes que atravesar un espeso dosel de nubes que se resisten a desaparecer del cielo.

Tras la comida, saboreamos plácidamente el café en animada charleta. Se juzgan los lances de la mano que acabamos de vivir, se celebran y se comentan con guasa, en castellano y en inglés; se habla del magnífico trabajo de Pipo, de su resistencia y de su nervio; se disfruta, en fin, de esa entrañable camaradería que se desprende de una jornada de caza entre hermanos de afición. Todos los aquí presentes somos nómadas, razón de más para sentirnos estrechamente relacionados.

Y llega el momento definitivo, otra vez. Me pongo las botas con tranquilidad, ya perfectamente seca toda mi indumentaria. Me las he quitado por estirar los pies; mis viejas compañeras Bestard, engrasadas y limpias, siguen dando la talla en condiciones de frío y humedad, de manera que el agua no ha llegado a mojarme los pies en ningún momento. Chaqueta abrochada, mochila al hombro; recojo el arco y me dirijo hacia mi todoterreno habitual. En cuestión de minutos, los embarrados vehículos avanzan por una resbaladiza pista que divide un gran campo de cultivo. A derecha e izquierda, y cercando la extensión de tierra, un bosque espeso y silencioso, parapetado tras bancales de la niebla que lleva todo el día arrastrándose por estos pagos.

Llegamos a destino. Como siempre, me bajo el primero del vehículo para ocupar mi lugar siguiendo las instrucciones de Juancho. Me sitúo en una pequeña elevación del terreno. Un estrecho y empinado valle se abre frente a mi puesto y a mano derecha; por su fondo discurre una vereda abierta por el continuo paso de la fauna salvaje. Está repleta de huellas de distinta antigüedad, pero es claro que los animales la recorren con harta frecuencia. Estoy cómodamente sentado junto a un gran pino, cuyo tronco protege casi por completo mi flanco izquierdo, donde se halla el alimento; el gran matorral que se abre a mi alrededor y en cuyo centro me hallo, cuenta con muchas posibilidades de tiro y no ofrece problema alguno para abrir el arco. Ensayo el disparo varias veces sin levantarme de la silla y todo parece cuadrar a la perfección. Empezamos bien.

Ya a solas con el monte, oigo muchos crujidos en medio del impresionante silencio que cubre la sierra por entero. Pese a que bastantes de ellos obedecen a la actividad de pájaros de gran tamaño, aves de presa en su mayor parte, escucho chasquidos de ramas al romperse que nada tienen que ver con mis alados vecinos. Suenan desde mi derecha, provinientes de la cuesta que baja hacia el vallecillo que tengo enfrente. De momento, sin embargo, ningún ser vivo hace acto de presencia. Monto una flecha por si acaso; nunca está de más ahorrar movimientos con una presa entrando en el apostadero, de manera que resulta prudente anticipar algunos de ellos.

La luz está bajando muy deprisa. Tal y como me temía, la luna solamente es capaz de dejarse ver durante breves instantes, muy espaciados entre sí. En esos intervalos, la senda del valle resplandece como un hilo de limpia plata, empapada por el agua caída, y  en la semioscuridad que me circunda y me contempla calladamente, creo adivinar alguna que otra presencia. Una fría y deliciosa fragancia a tierra mojada sube desde el suelo impregnándolo todo con su húmeda bendición.

Estoy mirando al cielo en busca de algo más de luz cuando oigo un chasquido más fuerte que los demás. Afino todo lo que puedo mis deficientes oídos y consigo captar el discretísimo rumor de unos cuidadosos pasos. Forzando la vista al máximo, distingo, recortándose apenas contra el suelo, la silueta de un animal. Completamente inmóvil, me aparto la bufanda de la boca para que mi barba no haga el menor ruido que me pueda delatar; casi dejo de respirar para evitar la columna de vapor que sale de mi nariz, visible a la perfección en aquella media luz.

El animal avanza un poco más, sin abandonar la cautela que le mantiene vivo. Le tengo ahora a unos veinte metros y por fin le veo con alguna claridad. Es una gama de buen tamaño que se mueve hacia los jugosos haces de hierba; si cede a la tentación de su embriagador aroma, el capricho le puede costar un grave disgusto. Con la cabeza baja, olisquea el terreno; se para, mira alrededor y camina un par de pasos más. Si se mueve otros tres o cuatro metros, podré disparar contra ella. Localizo la ventana de tiro y empuño el arco con firmeza, dispuesto para reaccionar en cuestion de segundos y con el corazón saliéndoseme por la boca.

Repentinamente, algo la entretiene. Se desvía hacia su derecha y sube un tanto por la ladera de ese lado del valle hasta perderse de vista. Las barbaridades que me vienen a los labios no son para reproducir aquí, claro está. Y en mitad del cabreo sordo que me estoy agarrando, la veo salir de nuevo entre los árboles que tengo justo frente a mí. Quién dijo miedo. Comienzo a abrir el arco tan lentamente como el frío y mis músculos, algo entumecidos, me permiten. Escucho el roce de la flecha en el reposaflechas de pelo de mi arco y mi aliento ya calienta mi mano mientras estoy llegando a mi punto de anclaje. Una, dos y… una nube enorme cubre el cielo, dejándome tan ciego como un topo segundos antes de soltar el tiro. El contraste es tan brutal que no veo absolutamente nada de nada. Eso sí, oigo moverse a mi amable visitante, y por la velocidad que lleva ya me supongo que se acabó lo que se daba.

Cuando la luna vuelve a visitarme, muy poco después, evidentemente ya solo quedamos en ese lugar del monte mi arco, ella y yo. Nuevamente, la naturaleza salvaje no ha consentido que le arrebatase la vida de una de sus hijas; por algo será. Seguramente le asisten motivos de peso que están más allá de mi parco entendimiento de ser humano. Bien, aún es posible que aparezca por allí algún que otro caminante descarriado; sigamos a lo nuestro.

Pero ya han pasado tres horas y la cosa no tiene buen pronóstico. El aire helado me trae el rumor del coche que viene a recogerme, avanzando trabajosamente por la pista forestal que lleva hasta el mismo borde de la espesura. Juancho y Alejandro no han visto nada, así que, de alguna manera, tengo que darme por satisfecho con mi magro resultado.

Es posible que algún compañero cazador que lea estas líneas se estremezca pensando en la idea de estar cinco días sin soltar un solo tiro contra una pieza de caza. Si se trata de alguien que maneja un arma de fuego para dar rienda suelta a su afición, lo puedo comprender. Entiéndaseme bien; no le estoy quitando valor alguno al hecho de cazar con ese tipo de instrumento. Simplemente digo que las coordenadas de ese hipotético compañero y las mías no pueden coincidir más que lejanamente en este asunto. El arma que yo manejo exige de mi la concurrencia de toda una serie de factores positivos para poder liberar el poder letal de una flecha de caza contra un ser vivo, y a lo largo de estos magníficos días en el Alto Tajo, no se ha dado esa circunstancia. Ya lo siento. Eso me servirá como excusa para volver por estas tierras muy en breve, por aquello de extraer una consecuencia positiva de un hecho que no lo es.

De vuelta en el hotel, y tras el consabido té que me saque el frío de los huesos, subo a mi habitación mientras se va pergeñando la cena. Voy haciendo maletas y recogiendo aparejos con tranquilidad. No tenemos prisa alguna para regresar, ni hoy ni mañana, pero me gusta guardar mi equipo con calma y pensando en dónde coloco cada objeto. Hace unos años, hubiera sido el momento ideal para encender un cigarrillo sentado en mi habitación e ir decidiendo cómo hacer las cosas. Hoy contemplo mis trastos desparramados por la habitación sin el misericordioso auxilio del tabaco para hacer frente a la tarea, pero empacar es el preludio de la inevitable vuelta a la realidad, a los quehaceres, a las miserias y a las grandezas cotidianas, allá en la lejana y caótica urbe a la que no le importa si vivimos o morimos en la distancia.

Me voy muy contento de esta preciosa parte de España. He hecho nuevas amistades, he refrescado otras antiguas, estrechándolas más si cabe. He conocido parajes de emocionante belleza bajo la luz aún brillante de este noviembre recién estrenado. He sido testigo de la vida que desborda el bosque, que obedece calladamente sus leyes y que me desafía con soberbia galanura en cada ocasión en que me atrevo a intentar cobrarme el tributo que como cazador me debe, para acabar demostrándome, con sabia altanería, que yo pasaré y ella trascenderá.

Quizá sea esa una parte importante de las lecciones que me llevo en el morral al acabar este viaje: recojo el guante. Mientras me quede un atisbo de vida, seguiré subiendo al monte con tanta ilusión como el primer día. Pasaré noches en vela, ya sea en el apostadero, ya al amor de la lumbre; ya solo, ya en compañía de mis iguales, de mis hermanos. Resistiré el frío cruel y el calor abrasador de mis jornadas de caza y jamás cejaré en el empeño de perseguir ese sueño maravilloso que espera a cada hombre en el corazón de la umbría.

Volveré.

 

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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