Venados, gamos y cochinos, iv

Corzo 2

Para mi tío Jesús Gómez García, mi fan número uno. Un abrazo fuerte, chaval.

Checa, Coto del Villarejo, 3 de noviembre de 2017

Un silencio espectral me rodea por doquier. Son las cinco y media de la tarde y nos hemos internado en lo profundo del bosque. Nos dirigimos hacia los puestos que vamos a utilizar en la tarde de hoy para hacer una espera.

Después de seguir durante unos veinte minutos la pista que nos ha ido conduciendo hacia el corazón de la espesura, diviso desde el coche una torre metálica que se yergue en el borde de un claro, imposible de distinguir apenas unos metros antes. El todoterreno penetra lentamente en la zona y nos bajamos procurando hacer el mínimo ruido.

Lo cierto es que para un arquero tradicional como yo resulta del todo imposible utilizar la torre que se alza frente a mí a unos quince metros de altura. A simple vista, es evidente que el interior del habitáculo es estrechísimo y muy bajo, de tal suerte que no se puede abrir con la imprescindible comodidad un arco del tamaño del que yo uso. En el mejor de los casos, habría que sacar medio cuerpo fuera por la ventana de la torre e intentar hacer puntería sujetándose fuertemente con las piernas. Para un cazador de arma de fuego o de poleas, la cosa tendría otro cariz, pero para un nómada como quien esto suscribe es impensable. Esta muy claro que algún poder superior no quiere verme cazando por las alturas, así que me dispongo a esperar como hago casi siempre, a ras del suelo. Posiblemente sea un método menos eficaz, porque a las presas les resulta más fácil localizar al cazador, pero, sin duda alguna, resulta mucho más emocionante poder vislumbrar al animal casi a la misma altura de sus ojos.

A la izquierda del camino que nos ha llevado al claro en cuestión hay un macizo de espinos de mediano tamaño, mezclados con algún que otro pimpollo de corta edad. La parte trasera de esta mancha de vegetación está resguardada por un par de enormes pinos, que además de cortar ligeramente el viento que ya comienza a levantarse, disimularán mi silueta. Cojo mi silla y me planto junto a uno de los árboles, no sin antes abrirme camino entre los espinos procurando no hacer un ruido excesivo y alterando lo menos posible mi entorno. El olor a savia fresca de ramas recién cortadas o la visión de las blancas fibras vegetales del interior de cualquiera de las plantas que me rodean, es perfectamente capaz de poner en guardia a los animales cuya presencia ansío: al fin y al cabo, son auténticos profesionales de la supervivencia, y se trata de no ponerles las cosas fáciles. Elimino algún que otro estorbo más para abrir sin problemas el arco y me siento, dispuesto a echarle paciencia al asunto, ingrediente del todo imprescindible en el currículo de cualquier cazador.

En el centro del claro, y a una distancia prudencial de la torreta, hay un comedero automático cargado hasta arriba con grano y con maíz. Ha habido que cambiarlo de lugar porque la lumbrera que diseñó el puesto lo situó demasiado cerca de la torre. El ángulo de tiro resultaba, por lo tanto, en exceso agudo, lo que provocaba tiros que alcanzasen un solo pulmón o que fallasen estrepitosamente en el mejor de los casos. Muy de cuando en cuando, el plato giratorio del comedero se pone en marcha y esparce en círculo el preciado alimento. Observo a la bandada de pájaros que, extrañamente silenciosos, son de momento los únicos clientes que están comiendo gratis. Sus evoluciones me recuerdan que estos alegres habitantes de la foresta delatarán mi posición sin el menor inconveniente y en el instante menos oportuno de todos, así que procuro permanecer completamente inmóvil y en silencio.

Las sombras están comenzando a alargarse con lentitud y la temperatura empieza a bajar aviesamente. Estoy tan quieto que no muevo ni los ojos; en consecuencia, mis alrededores pierden nitidez. Los contornos de los objetos se difuminan y se mezclan los unos con los otros; lo que percibo es muy similar a un patrón de camuflaje, grandes manchas irregulares de colores que se alternan unas con otras. Si algo se mueve en mi radio de visión, la mixtura que contemplo se desintegra de inmediato, al captar mi cerebro ese movimiento y situarlo con la rapidez del rayo en mis coordenadas sensoriales. Los pájaros me sacan con frecuencia de esa especie de abstracción en la que me mantengo, que puede pasar fácilmente a convertirse en un sueño ligero, muy agradable pero más que suficiente para echar a perder la espera. Intento, así, no amodorrarme, aunque me cuesta un cierto trabajo.

En ese combate ando cuando distingo una mancha de color más oscuro que el fondo  boscoso recortada contra el mismo. Es un precioso corzo del año pasado, con su espeso pelaje de invierno. No tiene un gran trofeo pero es tan elegante y engañosamente delicado como cualquier otro. Se mueve con mucha lentitud y en sin provocar ni un solo ruido según se va acercando al borde del claro y al comedero. Llegado al depósito, se pone de costado hacia mi y comienza a comer, algo inquieto. Me está ofreciendo un disparo de libro; procuro agitarme lo menos posible y bajar un tanto la mirada; noto el corazón en el pecho y el pulso me retumba en las sienes.  Mi presa interrumpe con frecuencia su alimentación para pasear una mirada llena de desconfianza por los alrededores; está claro que hay algo que no acaba de encajarle en la escena y que muy posiblemente ese algo sea este cura.

Pero tendré que contentarme, claro está, con admirar a esta mágica criatura del bosque. Hoy no supongo amenaza alguna para su vida, dado que no estamos en temporada hábil para intentar su caza. De haber llevado encima una cámara fotográfica, sin duda hubiera podido tomar excelentes instantáneas, pero no es el caso. El pequeño rumiante sigue comiendo, lo deja y da un par de vueltas alrededor del comedero, husmea el aire y vuelve a la comida. Repite esta rutina un par de veces hasta que, súbitamente, levanta la corta cola y suelta un par de roncos ladridos: ya tiene claro que le acecha un peligro inminente, aunque juraría que no me ha visto. Recula hacia la espesura sin dejar de ladrar y en un par de saltos desaparece de mi vista, internándose a toda velocidad entre pinos y robles. Todavía le oigo alborotar la quebrada quietud de la tarde durante un rato, mientras ladra en la lejanía. El muy ladino me va a poner en pie de guerra a toda la población animal de las cercanías; veremos.

Vuelta a empezar. Aprovecho el mutis del fantasma que acabo de contemplar para estirarme un rato. Me pongo de pie y escucho todo un repertorio de crujidos que proviene, cómo no, de mi anatomía, largo tiempo inmóvil, así que el estirón me sabe a gloria bendita. Y tras sentarme de nuevo, cuando la luz que queda ya presagia la llegada inminente de la oscuridad, una corza irrumpe en el claro con idénticas precauciones a las adoptadas por el macho que he visto hace un rato. Es muy bonita y joven; menea sus orejas con rapidez y escruta detenidamente la zona antes de proseguir con su acercamiento. Me entretengo con esta nueva visita, carente de todo interés cinegético pero plena de belleza salvaje, de naturaleza sin mancillar. Cuando la dama se aburre, después de comer bastante menos que su compañero, da media vuelta y se esfuma en la creciente tiniebla como si nunca hubiera estado allí. Se acabó la gentil visita.

Ambos animales han entrado en el claro de una forma tan discreta que no me han llamado en ningún momento la atención. De haber estado situado en el interior de la torreta, es posible que les hubiera visto llegar. Pero, dado que estoy a ras de suelo, su pequeño tamaño y su silencioso deambular han estado a punto de jugármela: no he advertido su presencia hasta que no les he tenido prácticamente encima.

El día ha sido bastante completo, he de reconocerlo. Por la mañana, y después del madrugón acostumbrado del desayuno reglamentario, hemos saltado a los coches para partir en dirección a otra zona del enorme coto. En la mañana de hoy, vamos a dar un par de pequeños ganchos entre nosotros. Lo normal sería que algunos esperasen mientras otros baten monte, pero Juancho, Pablo y Alejandro se adjudican este segundo papel como es lógico, de manera que el resto podremos esperar cómodamente.

Tras un buen rato de camino, subimos por una estrecha pista que lleva hacia la parte más alta de la sierra. Toca caminar un pequeño trecho, hasta que llegamos a una meseta que se abre a los pies de un gran barranco. La mañana está nublada y fría, pero es una delicia estar en el campo en esos momentos. Pinos, robles y vegetación rastrera lo inundan todo, componiendo un bello paisaje con sus innumerables combinaciones de colores y de formas. Los roquedales de granito relucen de humedad y el vaho de nuestro aliento se eleva hacia el cielo gris mientras buscamos acomodo entre las manchas de vegetación y el arbolado. Me coloco junto a un gran pino, cuya base está forrada por una gran rastrera que se extiende a su alrededor. Soy el primero de la cuerda y mis compañeros se van colocando algo más arriba; mantenemos unos veinte o treinta metros entre cada uno de nosotros y divisamos perfectamente al compañero que tenemos a derecha e izquierda (tan solo a la derecha en mi caso). No hay lance de caza tan importante como para olvidar en ningún momento el crucial asunto de la seguridad, por descontado.

Después de un rato de tranquilidad, el monte comienza a agitarse. A lo lejos, se oye perfectamente la algarabía de nuestros batidores. Avanzan lentamente entre los árboles y la densa vegetación, dando voces y gritando para levantar la caza. Ante mi se abre una lengua de tierra que baja desde lo alto del barranco para acabar por desaparecer en el frondoso pinar que hay a mi izquierda. Estoy a unos quince metros de esa franja, de manera que si algo aparece por ahí es posible que pueda dejarlo cumplir y ejecutar un buen disparo.

Oigo algún ladrido de corzo que se entremezcla con las voces de mis amigos, pero nada más. Aprovecho la calma casi total que se respira para aliviar mi vejiga y al poco rato, escucho que algo rompe el monte y, efectivamente, dos grandes pepas asoman por el borde del barranco mientras corren a toda velocidad. Ni intento abrir el arco; ambas hembras galopan tan deprisa que las tengo encima en un santiamén frente a mi. Pasan como una exhalación, perseguidas por el ruido de los perros y de los batidores; en cuestión de segundos, ya se han internado en el monte de nuevo. Con un arma de fuego el lance no habría acabado tan bien para ellas, ni mucho menos, pero esto es lo que hay. En una batida para arqueros, lo lógico es escoger para el tiro a animales que entren en el apostadero trotando suavemente o caminando con lentitud para intentar despistar al cazador, que también los hay. De otra manera, las posibilidades de éxito son más bien escasas, al menos a mi modo de ver.

Cuando veo pasar a los batidores frente a mi, me relajo y me siento un rato bajo el pino. Apoyado en mi mochila, espero a que los compañeros vayan desandando lo andado para regresar juntos a los coches. Otra mancha nos espera para una nueva batida.

Dicho y hecho. Llegamos a otro punto, una amplia y seca extensión entre pinos puros y duros, y echamos a andar cuesta arriba. El asunto consiste en apostarnos en diversos puntos de una ladera cuajada de esbeltos y altos pinos negrales. Entre ellos, se entrecruzan una cantidad inverosímil de pistas y de caminos, esculpidos en el suelo por nuestras presas a golpe de pezuña. Es fácil determinar dónde han saltado, dónde se han detenido y dónde han dado la vuelta; el húmedo suelo, tapizado por una gruesa capa de excrementos, retiene con facilidad sus huellas.

Nuevamente me quedo el primero en cuanto la ladera comienza a empinarse. Me duele horrores la rodilla derecha, debilitada toda esa pierna por el coma en el que estuve durante tres meses. Iniciaré un programa de ejercicios, sugerido por mi fisio, en cuanto vuelva a Madrid con el fin de recuperar su musculatura, de manera que no quiero forzarla ahora.

Aquí es complicado esconderse. Los troncos de los pinos son poco corpulentos, haciendo imposible guarecerse tras ellos. Se trata, sin duda, de divisar a las posibles piezas cuanto antes y de disparar contra ellas cuando comiencen a subir hacia la cima del monte en cuya ladera aguardamos; si se aproximan demasiado, es seguro que nos distinguirán con facilidad.

En esta ocasión, y debido a la vegetación de este área, mucho menos densa que la anterior, los ruidos del monte me llegan con asombrosa nitidez. Rufino, el padre de Aitor, se ha apuntado al grupo de los batidores, y su voz se escucha claramente en el aire de la mañana. Pero todos los esfuerzos son vanos. Ningún animal ha irrumpido en mi amplio campo visual. Espero a que mis amigos bajen del monte y a que lleguen los batidores. Nos toca aguardar un rato más a Rufino, que se ha despistado un poco. Su sordera ha hecho que se despistase un poco; no se ha enterado de que los otros le estaban buscando, pero aparece al final tan feliz entre los pinos.

De semejante manera ha transcurrido el día, y ando enfrascado en estos recuerdos cuando aparecen Juancho y Alejandro a recogerme. Nos encaminamos hacia nuestros cuarteles para disfrutar de un té bien cargado y de la cena que nos ofrece Verónika. Ya que hemos repetido comida campestre, es muy agradable sentarnos a cenar cómodamente. El primer plato es una sopa borsch, típicamente soviética. Está hecha a base de remolacha y parte de su gracia consiste en degustarla con un vaso de vodka. Me conformo con probarla sin el licor y no me desagrada en absoluto; por otra parte, y dada la temperatura exterior, cualquier brebaje caliente es bienvenido.

En nuestra ausencia han llegado al hotel Ángel Barrón y Carlos Álvarez, compañeros de cacerío inseparables. Tiran caza al vuelo en collera, y lo hacen muy bien, auxiliados por Pipo, un inquieto español bretón que no para ni cinco minutos, y utilizan para ello las puntas tipo Snaro Bird que Ángel fabrica y comercializa a través de su firma, Barrón Birds. A la mañana siguiente podré comprobar la eficacia de dichas puntas y el magnífico trabajo del perrillo de la pareja.

De momento, y tras la cena, improvisamos una rápida charla de unos quince minutos con Juancho, Pablo, Ángel y Carlos. Les entrevistamos Alejandro y yo grabando toda la conversación en un nuevo podcast de Nómadas, que podéis escuchar aquí.

Poco después, aterrizamos en la piltra como auténticas avionetas. El día ha sido intenso y el esfuerzo realizado nos pasa amable factura. Mañana, codornices al vuelo nada más desayunar; a la tarde, volveremos al monte cerrado para otra espera.

¿Qué nos deparará la oscura masa boscosa que nos observa en completo silencio?

Anuncios

Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
Esta entrada fue publicada en Viajes y etiquetada , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s