Venados, gamos y cochinos.

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Madrid, a 31 de octubre de 2017

Estrenar un automóvil siempre es motivo de alegría, a poco que te gusten estas curiosas bestias, como es mi caso. Alejandro me pasa a recoger en su flamante coche nuevo, que acaba de sacar del concesionario hace un par de horas. El bautismo de fuego de este compañero de andanzas será de lo más aventurero: nos dirigimos a Checa, un pueblo de la provincia de Guadalajara enclavado en el corazón del Parque Nacional del Alto Tajo. Vamos de caza, por supuesto. De caza con arco, faltaría más.

Y es que asistimos encantados a la celebración del V Encuentro Nacional de Arqueros Tradicionales, organizado por la orgánica Sierra de la Madera. Seremos diecisiete cazadores arqueros, aunque no todos estaremos presentes durante los cinco días que dura la convocatoria. Obviamente son números modestos, pero entre nosotros, los arqueros que preferimos cazar con equipo poco sofisticado, se trata de un acontecimiento esperado y deseado, de ahí nuestra ilusión por este viaje.

Juancho Requena y Pablo Martínez, propietarios de la gestora, son dos cazadores arqueros  ya más que cuajados; llevan muchos años manejando todas las armas posibles para dar rienda suelta a su afición, incluyendo los arcos de poleas, aunque han acabado decantándose por el equipo tradicional de un modo casi definitivo. Ambos socios  -y sin embargo amigos-  son perfectamente distintos entre sí; a pesar de semejante diferencia, o quizá gracias a ella, funcionan sin fisura alguna como equipo. Juancho es un hombre reflexivo, no muy hablador, aunque no le tiene miedo ni a la charla ni a la guasa; Pablo, calvorota como este cura, es bastante más expansivo, se expresa siempre con mayor vehemencia que su amigo, con mayor rotundidad y en voz más alta. Sin embargo, les une con claridad ese hilo conductor que supone la pasión por la caza, ese demonio que muerde por dentro y que no te deja parar quieto, ese deseo intemporal de perseguir a la pieza que tan bien conocemos los cazadores y que tan difícil de entender resulta para quienes no lo son.

Estos amigos ya comienzan a ser una firma de referencia en el peculiar universo de la caza con arco, después de seis u ocho años trabajando con distintas fincas en diferentes zonas del país. Su catálogo de abates cubre todas las especies cinegéticas de la península más el boc balear, de manera que las presentes jornadas prometen ser de lo más emocionante, sin duda. Sierra de la Madera gestiona más de diez mil hectáreas en abierto entre Cuenca, Guadalajara y Valencia, más otras tres mil en fincas privadas valladas, y en muchas de ellas la caza se practica exclusivamente con arco, sin recechar con rifle o montear. Con semejantes mimbres no es de extrañar que estemos deseando llegar a aquellas tierras. Podemos abatir venado, gamo y cochino, especies todas que supuestamente abundan en el coto que visitaremos. El corzo, ni tocarlo; no está en época hábil.

Dado que las fechas del encuentro coinciden con la festividad de Todos Los Santos, Alejandro y yo salimos un día antes para evitar problemas en la carretera. Ya he hablado con el hotel en el que nos alojaremos durante todo el evento, para comentarle a su directora nuestras intenciones.

Y así ruedan sin parar los kilómetros. Vamos charlando animadamente, como siempre, y haciendo chistes malos sobre la multitud de dispositivos que equipa el nuevo coche de mi compañero, nacido en plena era digital. Todo tipo de lucecitas, pitidos y mecánicas voces de mujer nos torpedean inclementes a cada paso. Nos cuesta un congo averiguar por qué coño el coche emite una señal acústica cada dos por tres, hasta que nos damos cuenta de que lo hace cada vez que mi amigo cambia de carril… sin utilizar el intermitente. En fin, absurdos de la tecnología de vanguardia, del repulsivo espíritu paternalista que nadie ha pedido, que satura y que aburre so capa de primar ante todo la seguridad cuando lo que busca con total descaro es el ahorro en vidas humanas no por su valor intrínseco, sino como mano de obra, como carne de cañón. ¿Afirmación políticamente incorrecta, conspiranoia de viejo profesional del Derecho? Me la suda, francamente. Es lo que pienso.

Tras dos horas y media de viaje, parada para el té incluida, llegamos a Checa. Aparecemos ante la puerta del hotel La Gerencia después de dar un par de vueltas por el pueblo -gracias, míster GPS-  y aparcamos junto al mismo. En la recepción, nos atiende Veronika Efremova, una amable joven moscovita que dirige el establecimiento. Durante los días que allí permaneceremos, su simpatía y su estupenda cocina contribuirán a hacer la estancia mucho más placentera.

Decargamos el coche, que llevamos hasta los topes de equipaje, y tomamos posesión de la habitación. Andamos siempre enredando con la polémica de la impedimenta; intentamos por sistema aminorar la cantidad de maletas y de bolsas con la que nos desplazamos, pero normalmente el empeño suele ser vano; a última hora, lo de siempre: ¿lloverá, hará frío?¿lucirá un sol espléndido? ¿rececharemos más que esperaremos o será todo lo contrario? ¿boats de agua, botas de monte? Y al final, dado que la edad te vuelve precavido -por decirlo de una manera suave- y las dudas se multiplican, la misma tendencia siguen los trastos. Bueno, es lo que hay. Al fin y al cabo, el coche carga con ellos por nosotros, no los llevamos al hombro, aunque nos ha tocado subirlos hasta la segunda planta del hotel por la escalera del mismo, como es lógico.

Esta primera noche dormiremos en una pieza un poco más modesta de lo que nos corresponderá en adelante; Veronika se disculpa porque el cuarto carece de televisión, pero eso es algo que para nosotros no tiene mayor importancia. Acostumbrados como estamos a acostarnos temprano y a levantarnos de la misma manera cuando salimos de caza, son detalles que no nos preocupan en absoluto, por no abundar en lo higiénico que será desconectar de lo cotidiano durante unos días.

Paseamos tranquilamente por Checa, por aquello de que hay que conocer el terreno. Es una situación curiosa para mí: el segundo apellido de mis dos hijos es, precisamente, Checa, y su abuelo materno nació a pocos kilómetros de aquí, en una pequeña aldea llamada Cobeta. Visité esta zona hace muchos años, aunque sin pararme en ella el tiempo suficiente como para recordarla con detalle, de modo que esta es una buena oportunidad para enmendar esa falta.

Localizado en el Señorío De Molina de Aragón-Alto Tajo, el pueblo cuenta con 287 habitantes censados. Dos altos cerros, el Picorzo y el Pedro Maza, flanquean el valle en el que se asienta, y cuenta con un bello pinar, la llamada Dehesa de La Espineda. Forma parte, desde 1998, del Parque Natural del Alto Tajo, por lo que su riqueza natural en flora y en fauna queda fuera de toda duda. Se encuentra en la parte castellana del Sistema Ibérico, en la zona en la que la sierra de Albarracín toca a la serranía de Cuenca. Su clima es mediterráneo tipo húmedo, de manera que los veranos son frescos y de corta duración y los inviernos pueden resultar durísimos: en 1952, el termómetro marcó 28 grados bajo cero. Si no fuera por el cambio climático que sin discusión alguna estamos viviendo, a estas alturas del mes de octubre y a esta hora del día  -son las ocho de la tarde-, estaríamos chupándonos los codos de frío, pero nada de eso. Lo cierto es que hace una noche magnífica, que aprovechamos para seguir paseando tras tomar un té en uno de los dos bares del pueblo, porque el otro está cerrado.

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Contemplamos casas muy altas, hasta de seis alturas, y con estrechas fachadas de hermosa piedra de la zona o pintadas de blanco. Ya que el pueblo tiene una gran tradición maderera, abundan las puertas realizadas en este material y labradas con primor, siempre en casas señoriales, muy numerosas. El río Cabrillas atraviesa apaciblemente la población, y en sus aguas frías y limpias chapotean para nuestra sorpresa algunos ánsares caretos. La parte del pueblo que flanquea más de cerca el río resulta ser la más pintoresca, la más típica y la más bella, con un barranco en cuya margen derecha una estupenda terraza para los saraos de verano resulta ser la parte de atrás de nuestro hotel, a la que podemos acceder desde el barrio en el que nos hallamos mediante una escalera metálica de cierta altura. Supongo que este artilugio sustituye a una escalera de piedra, sin duda víctima de los años y de las inclemencias del tiempo. Algunas de las casas están excavadas en una roca rojiza y frágil, que se deshace entre las manos al aplicarle presión. Hay cuatro o cinco casas devoradas por la ruina que amenazan con venirse abajo, para quedar sepultadas silenciosamente entre los restos de sí mismas flotando en la tiniebla del olvido. Todo el pueblo desprende humedad, y sus calles perfectamente adoquinadas y muy empinadas, deben ser peligrosas y traicioneras para el caminante cuando cierre el invierno y la nieve y el hielo golpeen sin misericordia la zona. En las afueras, una gran cantidad de apriscos y de encerraderos para el ganado, algunos de los cuales muestran en sus fachadas alegres carteles, como señal inequívoca de que han sido tomados por la alegre barahúnda de las peñas de la juventud del pueblo.

Volvemos al hotel para la cena y para un té ruso que, según Veronika, es muy fuerte para los españoles. Adoro el té y adoro los desafíos, de manera que me falta tiempo para aceptar su proposición, y la experiencia es francamente agradable. Es un té negro y robusto, un té de caravana realizado con la parte superior de las hojas de la planta, con un sabor potente y redondo. Durante los días que dure nuestra estancia, lo consumiré con agrado ante la mirada divertida de nuestra anfitriona, que al final lo preparará por teteras porque algunos compañeros se apuntarán a degustarlo.

Después de cenar, y a despecho de los supuestos efectos de la teína, que no suelen ir conmigo, más té. Ya he hablado con Juancho, que me comenta que llegará mañana al mediodía, al igual que casi todos los demás asistentes al acontecimiento, con la salvedad de un par de compañeros que vendrán de Extremadura el sábado por la mañana. No tenemos demasiado sueño. El pequeño bar del hotel está completamente desierto. Un grupo de rusos se marcha a las seis y media de la mañana, de manera que el edificio se encuentra silencioso y acogedor.

Alejandro y yo nos estamos en un par de sillones de orejas que rodean una pequeña mesa y una lámpara de pie, mientras conforman un pequeño rincón propicio para la charla nocherniega, campera, cazadora. Solamente falta una chimenea que ilumine y de calidez a la escena, pero por lo demás el lugar es perfecto. Nos darán las tres de la mañana hablando de lo que siempre hablamos, antes de que aterricemos en las cómodas camas.

Mañana es otro día, mañana comienza la caza. Me duermo con una sonrisa, como si fuera un niño que sueña con su juguete favorito, con ese oso de peluche, ya viejo y medio tuerto, que se resiste a abandonar: atesora el muñeco tanta dedicación, tanto cariño. que ya casi forma parte del niño, de todo su ser.

 

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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4 respuestas a Venados, gamos y cochinos.

  1. Angel Barron dijo:

    Estupenda,detallada y fresca descripcion del primer dia en Checa.

    Me gusta

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