En tierra de arqueros, final

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Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 7 de octubre de 2015

Esta noche pasada ha llovido un buen rato, aunque efectivamente he dormido como un niño. El persistente repiqueteo del agua sobre el tejado de uralita nos ha acompañado hasta algo antes del amanecer, y con las luces del día, los crujidos del techo, dilatándose bajo los rayos del sol, han sustituido a la suave conversación de las gotas de lluvia.

Volvemos a levantarnos sin prisa alguna, deleitándonos con un buen desayuno a base de aceite de oliva, jamón y tomate estrujado con ajo sobre una generosa rebanada de pan de pueblo. Como para resucitar a un muerto, vaya.

Tras el potente ágape, pasamos a la parte de atrás de nuestra cabaña para liarnos a tiros con las dianas allí dispuestas. Ni que decir tiene que el que más y mejor tira es, cómo no, el incansable Floren, pero tanto Alejandro como un servidor nos defendemos con harta dignidad y muy notables resultados. La adrenalina sube como la espuma; deseamos con fervor recibir la visita de nuestras adoradas presas durante la espera de la tarde, que se va acercando inexorablemente.

Sube la temperatura y aprieta el calor. Mientras tomo mis notas, Alex juega con Pirata, que lógicamente es un año más viejo aunque no más listo: todavía no ha salido de la categoría de cachorrete y zangolotea a nuestro alrededor a las primeras de cambio, saltando sin parar y moviendo las orejotas. Lo único que ha aprendido es a no traspasar los umbrales del hotel, por mucho que le puedan tentar los olores que de allí salen.

Y es que, mientras esperamos a Manolo y a Lepe, compañero de Floren, nuestro anfitrión se ha enredado a cocinar un gigantesco cocido a la manera de la zona, guiso en el que no falta absolutamente de nada. Tan es así que esa misma noche nos apretaremos una generosa ración de densa sopa con sus correspondientes fideos, amén del consabido jamón, y cuando nos vayamos la gran cantidad de comida restante irá a parar a las tragaderas del amigo Pirata, mal que le pese a su compungido dueño.

Ya han aparecido Manolo y Lepe, y nos sentamos a comer tranquilamente. Claro está, los efectos del pantagruélico festín no se hacen esperar, y al rato Alex y yo estamos descabezando un breve sueñecillo, que nos permitirá aguantar más fácilmente la tentación, la necesidad de cerrar los ojos cuando las sombras de la noche nos sorprendan en el monte, y su serena quietud nos envuelva. Es algo similar a sumergirse en un verde y salvaje tanque de aislamiento sensorial, de cuyas entrañas emerges renovado al final, y siempre alerta a los menores indicios de presencia de vida salvaje mientras dura el tratamiento, por así decirlo.

A poco de desperezarnos, aparecen Pepe y Juan, que quieren subirse a lo alto de la sierra en busca de los venados. Cuando Pepe, alto y grandote,  se entera de que me apetece cazar el ciervo tanto o más que el jabalí, me propone acompañarle, pero ya está Floren al quite. Según él, me voy a emboscar en uno de los puestos más hermosos y productivos de la sierra. Dadme un amén, hermanos; a ver quién es el guapo que le lleva la contraria al imparable presidente del club y del coto… Además, esto es caza, no tiro al blanco y, tal y como luego se verá, es algo tan impredecible como debe ser.

Dicho y hecho. Sobre las siete y media nos ponemos en marcha, y en breve espacio de tiempo estamos en el Valle de los Perales, la zona que me toca en la tarde de hoy. Mi puesto es, efectivamente, precioso y prometedor; a muy pocos metros del camino, y cuesta arriba, se halla inmediatamente detrás de un muro de piedra. En él, un par de portillos  -es decir, pasos-  que presentan claros rasgos de actividad, conducen hacia el monte, que se espesa abruptamente a muy pocos metros de distancia. Me oculto tras unos helechos y contra la tapia; los tiros, de presentarse, serán a unos escasos diez metros, si lo que cuentan las pistas de las piezas sobre el suelo responde a la realidad. Alejandro sonríe al verme vestido completamente del auténtico camuflaje Trebark, que hace mucho que no se fabrica. Comprueba que encaja perfectamente con el medio que nos rodea y me tira un par de fotos diciendo, como siempre, aquello de que soy un clásico entre clásicos. Cosas de mi buen amigo.

Con todo lo que voy a necesitar al alcance de la mano, me acomodo para comenzar la larga espera. Tengo la costumbre de abrir siempre la mochila con la que subo al puesto y de colocar estratégicamente a mi alrededor cuantos achiperres pueden resultarme útiles durante la jornada. Ropa de abrigo, prismáticos, linterna y demás trastos, bien cerca y preparados, de manera que pueda localizarlos fácilmente incluso en medio de la más densa oscuridad y sin alborotar el cotarro en demasía. Los ruidos que puedan proceder del entorno alertan menos a los animales salvajes, pero los sonidos metálicos, el subir de una cremallera o una tos inoportuna, pueden arruinar todo el trabajo de una espera en segundos, todos nosotros lo sabemos bien.

Mientras acaricio la empuñadura del magnífico Bowie que llevo en la caña de la bota izquierda, y cuando la luz es ya muy escasa, veo por el rabillo del ojo un bulto de mediano tamaño detrás de mí. Ha salido del boscaje del otro lado del camino y comienza a subir la cuesta que conduce a la salida del valle. Me parece de color claro, así que descarto que se trate de maese jabalí; me vuelvo suavemente para procurar seguirle, pero desaparece de súbito. Cuando mi torso vuelve con lentitud a su posición inicial, distingo a mi derecha y por el camino, aunque esta vez hacia el fondo del valle, el mismo bulto que se aleja en silencio y con rapidez. Creo que se trata de un zorro, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para comprobarlo, claro está.

Pasan las horas lentamente; se alargan sus alas como solamente pueden hacerlo en la tersa quietud de la noche campera. Me asaltan continuamente oleadas de sonidos sospechosos que examino sin cesar en busca del fallo delator que me entregará a la presa soñada; mis oídos, muy dañados por mi tratamiento, luchan con denuedo para procesar la información con la precisión necesaria para actuar en rápida consecuencia. Pero nada interrumpe la calma de mi apostadero. Bien es verdad que oigo perfectamente algún que otro gruñido sordo en las inmediaciones y el chasquido seco que produce la madera al partirse, más ninguna res rompe monte en mi dirección, y el astuto hocicudo se cuida muy mucho de ofrecerme el flanco.

Cuando me quiero dar cuenta, mis compañeros ya suben valle arriba para recogerme, después de cuatro horas de espera. Ellos tampoco han tenido éxito, aunque Alex ha visto fugazmente lo que parecía ser un cochino de buen tamaño, que ha salido como alma que lleva el diablo en cuanto ha divisado la luz del arco de mi amigo. Para joder más el pasodoble, Floren no se encuentra ni medio bien. Parece estar incubando algo más fuerte que un simple resfriado, de manera que se impone una retirada de inmediato. Por mi parte, estoy perfectamente envuelto en varias capas de ropa, incluyendo interior térmica y un excelente cortavientos regalo de Alejandro. Además, gorro de densa lana y tupida braga a juego, tejidos ambos por mi gata bandolera, que no es cosa de andar jugando con las amenazas del monte en pie de guerra. Es muy hermoso contemplar desde estas alturas la luz inefable de las estrellas, pero la aventura se disfruta mucho más sin exponerse a riesgos innecesarios. IMG_1098

Llegando al refugio, Floren se toma la sopa del cocido y se encama  como el rayo; no va a pasar muy buena noche, como era de esperar. Manolo no clarea, así que supongo que el todoterreno que he oído al poco de aparecer en la cabaña era él dirigiéndose al pueblo. Alex está igualmente muy cansado, así que enderezamos con cierta rapidez hacia los sacos. Al poco, llaman a la puerta y me tiro de la cama para abrirles la puerta a Pepe y a Juan. Pepe ha abatido un estupendo venado  -sí, yo también pensé lo que tú piensas ahora mismo, amigo-  y Juan se ha venido de vacío, como el resto. Qué le vamos a hacer, así es la caza. Ha llamado al teléfono de Floren varias veces para comunicarle la noticia e invitarnos a contemplar su presa, pero nuestro afiebrado anfitrión no le ha respondido.

Y a la mañana siguiente, nuevamente sin prisa. Acabamos de recoger tardísimo, sobre las cuatro, y bajamos al pueblo, a tomar un té en casa de mi maltrecho amigo y a despedirnos nuevamente de estos soberbios parajes. Ni siquiera nos paramos a comer; le dejamos con un abrazo fuerte y camino de una buena ducha, desde la que saltará directamente a la cama; en dos días, acaban sus vacaciones. Por no darle más la tabarra, seguimos con las uñas de luto y con una estupenda olisma que nos precede treinta pasos; nos lavaremos ya en casa, aunque yo no puedo evitar una visita al cuarto de baño para satisfacer necesidades bastante más apremiantes que una larga ducha.

Desaparecen de nuevo los kilómetros bajo nuestros cansados pies. El asfalto se desliza siseando claramente, como si de un  negro áspid se tratase. Avanzamos de regreso al hogar, con las mochilas repletas otra vez de recuerdos, aunque sin el preciado trofeo, al igual que en nuestro anterior viaje.

Da igual, da lo mismo, aunque a nadie le amargue un dulce. Algún día narraré un relato distinto; en algún momento, habré de contar un lance dramático ocurrido bajo la sombra de estos castaños centenarios. A base de amor y de constancia, este territorio feraz y lujurioso acabará por rendirse a mí, y tendré el privilegio de llevarme conmigo la vida de uno de sus hijos, para que revierta nuevamente en la vida de los míos, de mis seres queridos. Me esperan en la lejanía, ávidos de noticias, mientras las oscuras y rasgadas alturas de estas sierras se van diluyendo en una distancia azul detrás de nosotros.

Volveré.

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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