En tierra de arqueros

Extractado de mi diario de caza.

Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 6 de octubre de 2015.

Estoy sentado en una silla de tijera de madera, que sujeta mi espalda y mis riñones, algo maltrechos ya. Frente a mí, una alambrada que separa el castañar en el que me hallo apostado de una mancha de monte magnífica, espesa y oscura. Llena de los sonidos que el bosque emite a la caída de la tarde, presagia emocionantes encuentros entre mi presa y yo. En la valla metálica, y a unos quince metros escasos,  se abren un par de colás, como llaman aquí a lo que en mi tierra llamamos gatera o coladero. Es de esperar que los taimados cochinos asomen, si se deciden a hacerlo, por tales vías, que por supuesto ellos mismos han abierto. La proximidad de multitud de piedras junto a las colás hace presumir que podré escuchar algún ruido delator cuando la luz se haya ido, cediendo su lugar a la lóbrega noche. IMG_1078

Un viento continuo y fresco me acaricia la cara. Con el correr de las horas, me hará pasar frío, ciertamente, aunque la ventaja consiste en que no estoy cargando el aire, lo cual siempre resulta de agradecer. Y dejo ir mis pensamientos, como no podía ser de otra manera, mientras a mi derecha esta soberbia tierra me obsequia con un atardecer que se incendia suavemente, lleno con los múltiples tonos del amarillo y del naranja, del violeta y del rosa.

Ayer mismo, mi buen amigo Alejandro y yo nos metimos entre pecho y espalda, y casi del tirón, la eterna distancia que separa nuestro hogar de esta bellísima serranía de Huelva. Los nómadas somos así. Jamás dudamos ante la llamada de un compañero, de un hermano de armas. Y además, ciertamente, ya es hora de volver a escuchar al viento cantando quedamente entre castaños, robles y encinas.

Llegamos a estos parajes sobre las ocho de la tarde, para encontrarnos con un Floren en plena efervescencia, para no variar. Ya había dispuesto prácticamente todo lo necesario para la logística de estos tres días de caza, de manera que después de tres botellines acompañados con queso y jamón, subimos al hotel sin perder ni un minuto.

En cuanto llegamos a la cabaña que tan bien conocemos ya, nos hacemos unas fotos con el excelente vino que tan generosamente ha traído Alejandro, las magníficas amanitas cesáreas que abundan en la zona y una buena paletilla de cebo, oriunda de Jabugo, claro. Rematan el improvisado bodegón un par de hermosos racimos de uvas de Peñafiel recién cosechadas, aportadas también por Alejandro. La cosa de le bowhunting gastronomique, disparate idiomático que nos divierte, reflejando lo que tanto nos gusta…

Para cenar, una buena ensalada, jamón y pluma de cerdo, todo ello regado con ese Ribera de Duero que nos ha acompañado desde Madrid. Menudean las copas en animada conversación, y se nos vienen encima con rapidez las dos de la mañana. Seguimos de chachareta ya en los sacos de dormir, y yo, siguiendo mi inveterada costumbre con la famosa prima nocte de todos mis viajes de caza, apenas pego ojo hasta que el día comienza a clarear… Poco después de las diez, me despiertan las voces de los buscadores de setas que trufan durante estos días la sierra, en pos de los variados y sabrosos frutos del bosque.

De manera que me cuesta un cierto esfuerzo mantener los ojos perfectamente abiertos, sobre todo cuando la noche se va apoderando lentamente del paisaje que me rodea. Manolo el de la miel, otro buen amigo, me ha acercado hasta el puesto en su todo terreno, y me comenta que también es posible que me entre algún venado, y que él mismo les ha oído berrear no lejos de allí. Las ceremonias amorosas de estos nobles animales se han retrasado un tanto este año debido al intenso calor y a la falta de lluvia, así que aún no han acabado los desafíos y los reñidos combates, si bien van perdiendo en intensidad poco a poco. Buenas noticias, a fe mía; no tengo inconveniente alguno en tropezarme con uno de estos enfebrecidos monarcas en medio de la espesura, para librar ese combate que nos ha traído hasta aquí.

Pero pasan las horas, y tan sólo he escuchado a un cochino gruñir sordamente detrás de mí y a la izquierda. Calculo que le habrá llegado mi olor, con lo que no hay nada que hacer. Repentinamente, una mirla me sobresalta de veras, con un improvisado y estridente recital; salto en la silla e intento perforar la total oscuridad con los ojos y con los oídos, suponiendo que alguna pieza de mayor calibre ha sacado de su sueño inquieto a la ruidosa ave. Nada asoma en las cercanías de mi puesto, aunque se dejan escuchar algunos crujidos suaves cerca de la colá de mi izquierda.

De súbito, la escena se ilumina quedamente, pero con la suficiente fuerza como para notar la diferencia entre ambas luces. Veo con claridad mis manos y a un metro o metro y medio de distancia, aunque la luna no ha hecho su aparición. Son las estrellas que tachonan el limpísimo cielo de esta tierra, y que derraman su argentino silencio sobre mí. Y a pesar de que no he avistado pieza alguna, a despecho de que la espera ya toca a su fin, me siento un hombre afortunado: estoy solo en plena naturaleza salvaje, bien abrigado y con mi arco de caza en la mano. Espero, en cualquier momento, ese embroque fugaz y terrible que puede producirse entre mi objetivo y yo, sacándome el corazón por la boca de pura emoción; echo de menos, por supuesto, a algún ser querido, pero ese es el único pensamiento dulce y triste que atraviesa mi magín. Comienzo a pensar, tan rodeado de esa sonora soledad del monte en la noche, que soy dueño de mi destino, siquiera sea un ápice, y que vuelvo, poco a poco, a sujetar las riendas de mi vida con cierta firmeza.

¿”Qué tal, Mariano? ¿Has tirado, has visto algo?” La voz y la linterna de Manolo me sacan de mi ensueño, y dirigimos nuestros pasos al hotel. Hay que cenar, nos lo merecemos. La temperatura está bajando con celeridad y nos esperan unas botellas de vino y los restos del delicioso solomillo de jabalí con patatas y setas que Floren cocinó para comer esta mañana.

Me creo que voy a dormir como un  tronco esta noche; veremos.

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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2 respuestas a En tierra de arqueros

  1. Alejandro dijo:

    Fantástico. Me repito en los calificativos, pero es así. Felicidades

    Me gusta

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