Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas…

Aunque el genial poeta andaluz hubiera escrito inteligencia con j, según su particular forma de ver la gramática castellana, me da exactamente lo mismo. Me apunto, definitivamente, al ruego del inventor de Platero.

Llevo dando tumbos por este particular cosmos de la caza con arco muchos años ya y, pese a que ha habido de todo en mi largo peregrinar, una pregunta me asalta continuamente desde el principio de mis días como cazador arquero, o como aprendiz de semejante apelativo, por ser algo más exacto, como hubiera preferido el maestro de Moguer.

Mi amigo Paul Gladish, un argentino grandote y socarrón, con un divertido acento porteño, solía decirme, entre cerveza y cerveza: “Marianito, ¿vos sabés en qué se parece el mundo del jazz al de la caza con arco, flaco?”. Yo, invariablemente, y por seguir la guasa, le contestaba: “Ni idea, amigo; vos dirás por qué”, en un lamentable remedo de su habla. Tan invariable como mi contestación lo era la suya: “Fácil; en que en ninguno de los dos hay hijos de puta; ¿vihte, loco?”. Aquella tesis era propia de los tiempos que corrían, que hoy ya forman parte de la prehistoria de la caza con arco en España… más o menos como yo.

Pero lo cierto y verdad es que, pese a que ambos conocíamos la gracieta, yo, en el fondo, nunca me la creí; él, sí, a pies juntillas. Lamentablemente, le perdí de vista hace más de veinte años, y no he vuelto a saber nada más de él. Y lo siento, de corazón.

Lo siento, primero y principal, por perder a un amigo, aunque espero y confío en  que la vida le haya sonreído con plenitud, porque se lo merecía, como casi todas las personas que me han honrado con su amistad. Y vuelvo a sentirlo porque hoy, con más canas en la cabeza y en el corazón, y apeteciéndome muy poco, me hubiera tocado rebatir su chanza y su creencia. “Querido bigotes”, le diría, “lamento decirte que la pregunta que me atormenta desde el principio de los días y supongo que hasta su fin, choca frontalmente con tu afirmación y con tu noble opinión. Así pues, ¿por qué hay tanta gentuza entre nosotros, que somos cuatro gatos?; ¿por qué tanta mala baba, tanta mala entraña?; ¿qué está en juego aquí, como no sea la práctica de un hermoso y ancestral arte cinegético?; ¿de dónde nace la envidia, esa amarga flor tan española?”.

Supongo que después de semejante andanada por mi parte, se hubiera atusado sus grandes bigotes, habría levantado las cejas y encogiéndose de hombros me contestaría: “No sé, flaco; el gashego sos vos, no yo, ¿vihte?”. Pues no, querido Paul, no es cuestión de raza, sexo, religión ni afiliación política.

Me ha costado muchos años dar con el quid de la cuestión. Siempre me quedaba con cara de vaca viendo pasar el tren, como suele decirse, ante el alud de lindezas que se desencadenaba cada dos por tres entre nuestra propia gente. Volaban los navajazos traperos con una terrible abundancia, tan silenciosos como copos de nieve, pero con mucha peor intención, por bien dirigidos. Pensaba yo que ser latino y cazador, siendo la caza algo que se siente desde las entrañas o no se siente en modo alguno, era un peligroso cóctel, lo quisiéramos o no, pero… tampoco es eso.

Hoy, después de contemplar lo que he contemplado, tras ver relucir por última vez  -de momento- las traidoras cachicuernas, tengo, por fin, la tan ansiada respuesta a la duda que me arrebataba el sueño, y la he resuelto, como por ensalmo, mientras releía algunas páginas del nobel andaluz. Resulta ser que la raíz griega de la palabra “arco”, es decir “tóxon”, es exactamente la misma que la de la palabra “tóxico”, con todo lo que ello implica. Gracias, Juan Ramón; tu afilado uso de nuestra lengua, tu ruego a la Inteligencia, me ha sacado del infierno de la continua duda.

Ya ves, querido Paul, al fin y a la postre vas a tener razón. Claro, tu porteño sentido común no podía marrar el tiro; el mío, madrileño y gashego de paso, erró la diana por muchos metros, pobre de mí. Aclarada la duda, recuperado el sueño, pasado el mal trago: en el reducido paisanaje de la caza con arco no hay gentuza, ni mala leche ni peor intención, salpimentada con una generosa dosis de envidia y de mediocridad: la culpa la tiene el puñetero arma que adoramos, el arco, que es veneno puro y duro, ay de nosotros los cazadores arqueros. Ya me he quedado mucho más tranquilo, amigo…

Joder, qué escalofrío acabo de sentir, recorriéndome la espalda… El veneno no es contagioso, ¿verdad? ¿O sí?

Se acabó de nuevo el dormir por las noches, y creo que esto no lo arregla ya ni Juan Ramón.

Hasta otra y buena caza.

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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