Fisiología del celo

La adolescencia puede ser, física y mentalmente, un período difícil en la vida del hombre. Comenzamos nuestra existencia libres de miedos, dolores y complejos y… surgen de repente cambios físicos y químicos, nos sentimos alarmados y confusos, tanto más cuanto que no conocemos la naturaleza del cambio. Es hora ya de afrontar la vida por nosotros mismos, de plantar cara a los peligros del mundo y de cumplir con nuestro propósito como especie: reproducirnos y asegurar nuestro propio material genético, alojándolo en la vida de seres humanos distintos a nosotros. Para ello, hay que buscar pareja, con todos los inconvenientes, desvelos y dificultades que ello representa, al menos a nivel de especie animal pura y dura. ¿Me querrá? ¿No me querrá? ¿Es apropiada/o para mi?

Afortunadamente, sólo tenemos que enfrentarnos a esa difícil situación una vez en la vida  -algunos…-  , aunque no por ello va a resultarnos más fácil. Imaginemos ahora que, al igual que los animales a los que damos caza, tuviéramos que atravesar ese inquietante período una vez al año durante todos los años de nuestra vida. Pues bien, poco más o menos, ese es el panorama que aguarda a nuestras queridas presas.

Hace poco cayó en mis manos un estudio sobre el celo del colablanca (Odocoyleus virginianus), realizado por el doctor Karl Miller, de la Universidad de Georgia. Para aquellos que no estén informados sobre el particular, debo decir que el ciervo colablanca es la pieza más perseguida en el mundo de la caza con arco, aunque solamente sea por el hecho de que es la presa favorita de los cazadores arqueros norteamericanos, que son, desde luego, legión. Como además se da la circunstancia de que este bello animal es pariente muy cercano de nuestro corzo, me parece interesante reparar detenidamente en el contenido del citado estudio, así que allá vamos.

El fin supremo de ese extraño estado que conocemos como celo, es, según el doctor  Miller, “…maximizar los resultados reproductivos de la especie durante la primavera”. Y todo este proceso se dispara, sorprendentemente, de acuerdo con la reducción del  fotoperíodo, es decir, con la disminución de la duración de la luz solar que se produce cuando el otoño se encamina hacia el invierno. La luz entra por la retina, enviando una señal hasta el hipotálamo a través del nervio óptico, señal que acaba llegando a la glándula pineal, inhibiendo la producción de melatonina. Durante las horas de oscuridad nocturna, este impulso de inhibición se detiene y la melatonina se descarga al torrente sanguíneo. El incremento gradual de melatonina, debido a las noches cada vez más largas, estimula el hipotálamo y la glándula pituitaria, que responden a dicho estímulo segregando estrógenos y testosterona, es decir, las hormonas del celo.

Miller afirma que el fotoperíodo es un desencadenante de este proceso que funciona con mayor precisión en los territorios norteños de los Estados Unidos, por lo que el celo en aquellas zonas está siempre más sincronizado, por así decirlo, que en otras partes del continente americano. Dichas regiones tienen un rango más amplio y acusado de fotoperíodo, disminuyendo éste casi tres minutos por día durante el otoño. Lo mismo ocurre con el rango de temperaturas de aquellas tierras, con grandes diferencias térmicas entre el verano y el invierno. Con semejantes diferencias de todo tipo, resulta absolutamente crítico que las crías nazcan en un entorno favorable, al menos en lo que a términos de temperatura, seguridad, refugio y alimento se refiere, de modo que puedan desarrollarse al máximo antes de la llegada del siguiente invierno. Todo ello significa, igualmente, que las hembras han de quedar preñadas en el momento óptimo.

Numerosos estudios han demostrado que los picos del celo y la cubrición de las hembras en los territorios del norte son sorprendentemente consistentes. Casi de modo unánime, biólogos de Estados Unidos y de Canadá afirman que tales momento del celo se producen prácticamente en las mismas fechas año tras año, a despecho de las fases lunares, patrones climatológicos o cualesquiera otros factores.

La disminución del fotoperíodo que afecta a las zonas sureñas es mucho menos dramática, y el clima menos severo, de modo que las crías nacidas lejos de los momentos pico a los que hacíamos referencia, tienen muchas más posibilidades de sobrevivir. Sin embargo, la sincronía tiene, sin lugar a dudas, sus ventajas. Produciéndose todos los nacimientos prácticamente al mismo tiempo, las hembras “emborrachan” a los predadores a base de ofrecerles infinidad de presas, lo que redunda en una mejora de las posibilidades de supervivencia de cada cría.

Si la fecha pico de nacimientos se produce prácticamente en el mismo momento, es lógico suponer que las actuaciones conducentes a ese nacimiento ocurren, del mismo modo, en la misma fecha. El incremento del flujo de testosterona al que hacíamos mención, deriva en el corte de la circulación que irriga las cuernas; el terciopelo o borra se cae, y los colablancas comienzan a frotarlas contra los árboles y a combatir entre ellos, como si fueran niños peleando entre sí. Los grupos de jóvenes machos aún se mantienen cohesionados, pero esa situación no durará mucho. El nivel de agresividad va aumentando hasta llegar a un nivel puramente demostrativo, momento en el que los machos comienzan a tener clara la jerarquía del grupo. La adolescencia ha comenzado para ellos. Los machos subordinados todavía no han huido del grupo, pero ya muestran su sumisión a los líderes de la manada.

Mientras tanto, el marcado con las cuernas comienza a adquirir mayor importancia. A través de las secreciones de sus glándulas craneanas, los machos dominantes comunican a los demás su status. Según Miller, un solo macho puede hacer más de mil marcas de este tipo a lo largo de un período de noventa días durante cada otoño. De este modo, los machos se muestran más intolerantes entre sí, comenzando a buscar la presencia de las hembras. Técnicamente, entramos de lleno en el celo propiamente dicho.

La siguiente fase consiste en establecer marcas de orín, que facilitan diversas funciones. Proveen a quien se acerque a ellas con abundante información sobre su autor, incluyendo su identidad individual, edad, estado de salud y disposición al apareamiento. Ayudan también a sincronizar la fisiología del apareamiento. Las sustancias químicas contenidas en la orina y en las secreciones de las glándulas olorosas del macho estimulan el sistema reproductivo de la hembra, provocando, entre otras cosas, el desarrollo de sus ovarios. de acuerdo con el doctor Miller, si alejamos a los machos maduros, el apareamiento pierde sincronía, que es a menudo lo que ocurre en zonas con fuerte presión cinegética, muy abundantes en machos jóvenes.

Sin perder de vista el hecho de que todos estos datos se refieren a territorios muy distintos a los nuestros, y a una especie con la que por desdicha no contamos en nuestro país, lo cierto y verdad es que los datos que acabamos de repasar no dejan de ser interesantes, sobre todo si reparamos en las aplicaciones prácticas que para nosotros, cazadores arqueros, se pueden derivar de los mismos. No creo que en España contemos con estudios tan completos, zonificados, sobre el celo de nuestras presas, pero, sin duda, acceder a ese tipo de investigaciones nos ayudaría sobremanera a planear estrategias cinegéticas con mayores posibilidades de éxito.

Hasta otra y buena caza.

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Acerca de Leizael

Abogado, juntaletras, cazador arquero apasionado... y muy poca cosa más, creo.
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