En tierra de arqueros, final

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Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 7 de octubre de 2015

Esta noche pasada ha llovido un buen rato, aunque efectivamente he dormido como un niño. El persistente repiqueteo del agua sobre el tejado de uralita nos ha acompañado hasta algo antes del amanecer, y con las luces del día, los crujidos del techo, dilatándose bajo los rayos del sol, han sustituido a la suave conversación de las gotas de lluvia.

Volvemos a levantarnos sin prisa alguna, deleitándonos con un buen desayuno a base de aceite de oliva, jamón y tomate estrujado con ajo sobre una generosa rebanada de pan de pueblo. Como para resucitar a un muerto, vaya.

Tras el potente ágape, pasamos a la parte de atrás de nuestra cabaña para liarnos a tiros con las dianas allí dispuestas. Ni que decir tiene que el que más y mejor tira es, cómo no, el incansable Floren, pero tanto Alejandro como un servidor nos defendemos con harta dignidad y muy notables resultados. La adrenalina sube como la espuma; deseamos con fervor recibir la visita de nuestras adoradas presas durante la espera de la tarde, que se va acercando inexorablemente.

Sube la temperatura y aprieta el calor. Mientras tomo mis notas, Alex juega con Pirata, que lógicamente es un año más viejo aunque no más listo: todavía no ha salido de la categoría de cachorrete y zangolotea a nuestro alrededor a las primeras de cambio, saltando sin parar y moviendo las orejotas. Lo único que ha aprendido es a no traspasar los umbrales del hotel, por mucho que le puedan tentar los olores que de allí salen.

Y es que, mientras esperamos a Manolo y a Lepe, compañero de Floren, nuestro anfitrión se ha enredado a cocinar un gigantesco cocido a la manera de la zona, guiso en el que no falta absolutamente de nada. Tan es así que esa misma noche nos apretaremos una generosa ración de densa sopa con sus correspondientes fideos, amén del consabido jamón, y cuando nos vayamos la gran cantidad de comida restante irá a parar a las tragaderas del amigo Pirata, mal que le pese a su compungido dueño.

Ya han aparecido Manolo y Lepe, y nos sentamos a comer tranquilamente. Claro está, los efectos del pantagruélico festín no se hacen esperar, y al rato Alex y yo estamos descabezando un breve sueñecillo, que nos permitirá aguantar más fácilmente la tentación, la necesidad de cerrar los ojos cuando las sombras de la noche nos sorprendan en el monte, y su serena quietud nos envuelva. Es algo similar a sumergirse en un verde y salvaje tanque de aislamiento sensorial, de cuyas entrañas emerges renovado al final, y siempre alerta a los menores indicios de presencia de vida salvaje mientras dura el tratamiento, por así decirlo.

A poco de desperezarnos, aparecen Pepe y Juan, que quieren subirse a lo alto de la sierra en busca de los venados. Cuando Pepe, alto y grandote,  se entera de que me apetece cazar el ciervo tanto o más que el jabalí, me propone acompañarle, pero ya está Floren al quite. Según él, me voy a emboscar en uno de los puestos más hermosos y productivos de la sierra. Dadme un amén, hermanos; a ver quién es el guapo que le lleva la contraria al imparable presidente del club y del coto… Además, esto es caza, no tiro al blanco y, tal y como luego se verá, es algo tan impredecible como debe ser.

Dicho y hecho. Sobre las siete y media nos ponemos en marcha, y en breve espacio de tiempo estamos en el Valle de los Perales, la zona que me toca en la tarde de hoy. Mi puesto es, efectivamente, precioso y prometedor; a muy pocos metros del camino, y cuesta arriba, se halla inmediatamente detrás de un muro de piedra. En él, un par de portillos  -es decir, pasos-  que presentan claros rasgos de actividad, conducen hacia el monte, que se espesa abruptamente a muy pocos metros de distancia. Me oculto tras unos helechos y contra la tapia; los tiros, de presentarse, serán a unos escasos diez metros, si lo que cuentan las pistas de las piezas sobre el suelo responde a la realidad. Alejandro sonríe al verme vestido completamente del auténtico camuflaje Trebark, que hace mucho que no se fabrica. Comprueba que encaja perfectamente con el medio que nos rodea y me tira un par de fotos diciendo, como siempre, aquello de que soy un clásico entre clásicos. Cosas de mi buen amigo.

Con todo lo que voy a necesitar al alcance de la mano, me acomodo para comenzar la larga espera. Tengo la costumbre de abrir siempre la mochila con la que subo al puesto y de colocar estratégicamente a mi alrededor cuantos achiperres pueden resultarme útiles durante la jornada. Ropa de abrigo, prismáticos, linterna y demás trastos, bien cerca y preparados, de manera que pueda localizarlos fácilmente incluso en medio de la más densa oscuridad y sin alborotar el cotarro en demasía. Los ruidos que puedan proceder del entorno alertan menos a los animales salvajes, pero los sonidos metálicos, el subir de una cremallera o una tos inoportuna, pueden arruinar todo el trabajo de una espera en segundos, todos nosotros lo sabemos bien.

Mientras acaricio la empuñadura del magnífico Bowie que llevo en la caña de la bota izquierda, y cuando la luz es ya muy escasa, veo por el rabillo del ojo un bulto de mediano tamaño detrás de mí. Ha salido del boscaje del otro lado del camino y comienza a subir la cuesta que conduce a la salida del valle. Me parece de color claro, así que descarto que se trate de maese jabalí; me vuelvo suavemente para procurar seguirle, pero desaparece de súbito. Cuando mi torso vuelve con lentitud a su posición inicial, distingo a mi derecha y por el camino, aunque esta vez hacia el fondo del valle, el mismo bulto que se aleja en silencio y con rapidez. Creo que se trata de un zorro, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para comprobarlo, claro está.

Pasan las horas lentamente; se alargan sus alas como solamente pueden hacerlo en la tersa quietud de la noche campera. Me asaltan continuamente oleadas de sonidos sospechosos que examino sin cesar en busca del fallo delator que me entregará a la presa soñada; mis oídos, muy dañados por mi tratamiento, luchan con denuedo para procesar la información con la precisión necesaria para actuar en rápida consecuencia. Pero nada interrumpe la calma de mi apostadero. Bien es verdad que oigo perfectamente algún que otro gruñido sordo en las inmediaciones y el chasquido seco que produce la madera al partirse, más ninguna res rompe monte en mi dirección, y el astuto hocicudo se cuida muy mucho de ofrecerme el flanco.

Cuando me quiero dar cuenta, mis compañeros ya suben valle arriba para recogerme, después de cuatro horas de espera. Ellos tampoco han tenido éxito, aunque Alex ha visto fugazmente lo que parecía ser un cochino de buen tamaño, que ha salido como alma que lleva el diablo en cuanto ha divisado la luz del arco de mi amigo. Para joder más el pasodoble, Floren no se encuentra ni medio bien. Parece estar incubando algo más fuerte que un simple resfriado, de manera que se impone una retirada de inmediato. Por mi parte, estoy perfectamente envuelto en varias capas de ropa, incluyendo interior térmica y un excelente cortavientos regalo de Alejandro. Además, gorro de densa lana y tupida braga a juego, tejidos ambos por mi gata bandolera, que no es cosa de andar jugando con las amenazas del monte en pie de guerra. Es muy hermoso contemplar desde estas alturas la luz inefable de las estrellas, pero la aventura se disfruta mucho más sin exponerse a riesgos innecesarios. IMG_1098

Llegando al refugio, Floren se toma la sopa del cocido y se encama  como el rayo; no va a pasar muy buena noche, como era de esperar. Manolo no clarea, así que supongo que el todoterreno que he oído al poco de aparecer en la cabaña era él dirigiéndose al pueblo. Alex está igualmente muy cansado, así que enderezamos con cierta rapidez hacia los sacos. Al poco, llaman a la puerta y me tiro de la cama para abrirles la puerta a Pepe y a Juan. Pepe ha abatido un estupendo venado  -sí, yo también pensé lo que tú piensas ahora mismo, amigo-  y Juan se ha venido de vacío, como el resto. Qué le vamos a hacer, así es la caza. Ha llamado al teléfono de Floren varias veces para comunicarle la noticia e invitarnos a contemplar su presa, pero nuestro afiebrado anfitrión no le ha respondido.

Y a la mañana siguiente, nuevamente sin prisa. Acabamos de recoger tardísimo, sobre las cuatro, y bajamos al pueblo, a tomar un té en casa de mi maltrecho amigo y a despedirnos nuevamente de estos soberbios parajes. Ni siquiera nos paramos a comer; le dejamos con un abrazo fuerte y camino de una buena ducha, desde la que saltará directamente a la cama; en dos días, acaban sus vacaciones. Por no darle más la tabarra, seguimos con las uñas de luto y con una estupenda olisma que nos precede treinta pasos; nos lavaremos ya en casa, aunque yo no puedo evitar una visita al cuarto de baño para satisfacer necesidades bastante más apremiantes que una larga ducha.

Desaparecen de nuevo los kilómetros bajo nuestros cansados pies. El asfalto se desliza siseando claramente, como si de un  negro áspid se tratase. Avanzamos de regreso al hogar, con las mochilas repletas otra vez de recuerdos, aunque sin el preciado trofeo, al igual que en nuestro anterior viaje.

Da igual, da lo mismo, aunque a nadie le amargue un dulce. Algún día narraré un relato distinto; en algún momento, habré de contar un lance dramático ocurrido bajo la sombra de estos castaños centenarios. A base de amor y de constancia, este territorio feraz y lujurioso acabará por rendirse a mí, y tendré el privilegio de llevarme conmigo la vida de uno de sus hijos, para que revierta nuevamente en la vida de los míos, de mis seres queridos. Me esperan en la lejanía, ávidos de noticias, mientras las oscuras y rasgadas alturas de estas sierras se van diluyendo en una distancia azul detrás de nosotros.

Volveré.

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En tierra de arqueros

Extractado de mi diario de caza.

Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 6 de octubre de 2015.

Estoy sentado en una silla de tijera de madera, que sujeta mi espalda y mis riñones, algo maltrechos ya. Frente a mí, una alambrada que separa el castañar en el que me hallo apostado de una mancha de monte magnífica, espesa y oscura. Llena de los sonidos que el bosque emite a la caída de la tarde, presagia emocionantes encuentros entre mi presa y yo. En la valla metálica, y a unos quince metros escasos,  se abren un par de colás, como llaman aquí a lo que en mi tierra llamamos gatera o coladero. Es de esperar que los taimados cochinos asomen, si se deciden a hacerlo, por tales vías, que por supuesto ellos mismos han abierto. La proximidad de multitud de piedras junto a las colás hace presumir que podré escuchar algún ruido delator cuando la luz se haya ido, cediendo su lugar a la lóbrega noche. IMG_1078

Un viento continuo y fresco me acaricia la cara. Con el correr de las horas, me hará pasar frío, ciertamente, aunque la ventaja consiste en que no estoy cargando el aire, lo cual siempre resulta de agradecer. Y dejo ir mis pensamientos, como no podía ser de otra manera, mientras a mi derecha esta soberbia tierra me obsequia con un atardecer que se incendia suavemente, lleno con los múltiples tonos del amarillo y del naranja, del violeta y del rosa.

Ayer mismo, mi buen amigo Alejandro y yo nos metimos entre pecho y espalda, y casi del tirón, la eterna distancia que separa nuestro hogar de esta bellísima serranía de Huelva. Los nómadas somos así. Jamás dudamos ante la llamada de un compañero, de un hermano de armas. Y además, ciertamente, ya es hora de volver a escuchar al viento cantando quedamente entre castaños, robles y encinas.

Llegamos a estos parajes sobre las ocho de la tarde, para encontrarnos con un Floren en plena efervescencia, para no variar. Ya había dispuesto prácticamente todo lo necesario para la logística de estos tres días de caza, de manera que después de tres botellines acompañados con queso y jamón, subimos al hotel sin perder ni un minuto.

En cuanto llegamos a la cabaña que tan bien conocemos ya, nos hacemos unas fotos con el excelente vino que tan generosamente ha traído Alejandro, las magníficas amanitas cesáreas que abundan en la zona y una buena paletilla de cebo, oriunda de Jabugo, claro. Rematan el improvisado bodegón un par de hermosos racimos de uvas de Peñafiel recién cosechadas, aportadas también por Alejandro. La cosa de le bowhunting gastronomique, disparate idiomático que nos divierte, reflejando lo que tanto nos gusta…

Para cenar, una buena ensalada, jamón y pluma de cerdo, todo ello regado con ese Ribera de Duero que nos ha acompañado desde Madrid. Menudean las copas en animada conversación, y se nos vienen encima con rapidez las dos de la mañana. Seguimos de chachareta ya en los sacos de dormir, y yo, siguiendo mi inveterada costumbre con la famosa prima nocte de todos mis viajes de caza, apenas pego ojo hasta que el día comienza a clarear… Poco después de las diez, me despiertan las voces de los buscadores de setas que trufan durante estos días la sierra, en pos de los variados y sabrosos frutos del bosque.

De manera que me cuesta un cierto esfuerzo mantener los ojos perfectamente abiertos, sobre todo cuando la noche se va apoderando lentamente del paisaje que me rodea. Manolo el de la miel, otro buen amigo, me ha acercado hasta el puesto en su todo terreno, y me comenta que también es posible que me entre algún venado, y que él mismo les ha oído berrear no lejos de allí. Las ceremonias amorosas de estos nobles animales se han retrasado un tanto este año debido al intenso calor y a la falta de lluvia, así que aún no han acabado los desafíos y los reñidos combates, si bien van perdiendo en intensidad poco a poco. Buenas noticias, a fe mía; no tengo inconveniente alguno en tropezarme con uno de estos enfebrecidos monarcas en medio de la espesura, para librar ese combate que nos ha traído hasta aquí.

Pero pasan las horas, y tan sólo he escuchado a un cochino gruñir sordamente detrás de mí y a la izquierda. Calculo que le habrá llegado mi olor, con lo que no hay nada que hacer. Repentinamente, una mirla me sobresalta de veras, con un improvisado y estridente recital; salto en la silla e intento perforar la total oscuridad con los ojos y con los oídos, suponiendo que alguna pieza de mayor calibre ha sacado de su sueño inquieto a la ruidosa ave. Nada asoma en las cercanías de mi puesto, aunque se dejan escuchar algunos crujidos suaves cerca de la colá de mi izquierda.

De súbito, la escena se ilumina quedamente, pero con la suficiente fuerza como para notar la diferencia entre ambas luces. Veo con claridad mis manos y a un metro o metro y medio de distancia, aunque la luna no ha hecho su aparición. Son las estrellas que tachonan el limpísimo cielo de esta tierra, y que derraman su argentino silencio sobre mí. Y a pesar de que no he avistado pieza alguna, a despecho de que la espera ya toca a su fin, me siento un hombre afortunado: estoy solo en plena naturaleza salvaje, bien abrigado y con mi arco de caza en la mano. Espero, en cualquier momento, ese embroque fugaz y terrible que puede producirse entre mi objetivo y yo, sacándome el corazón por la boca de pura emoción; echo de menos, por supuesto, a algún ser querido, pero ese es el único pensamiento dulce y triste que atraviesa mi magín. Comienzo a pensar, tan rodeado de esa sonora soledad del monte en la noche, que soy dueño de mi destino, siquiera sea un ápice, y que vuelvo, poco a poco, a sujetar las riendas de mi vida con cierta firmeza.

¿”Qué tal, Mariano? ¿Has tirado, has visto algo?” La voz y la linterna de Manolo me sacan de mi ensueño, y dirigimos nuestros pasos al hotel. Hay que cenar, nos lo merecemos. La temperatura está bajando con celeridad y nos esperan unas botellas de vino y los restos del delicioso solomillo de jabalí con patatas y setas que Floren cocinó para comer esta mañana.

Me creo que voy a dormir como un  tronco esta noche; veremos.

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Tres, tria, tribu

Hoy hemos echado a andar nuestras tertulias SBC,una de las últimas piezas de la filosofía de los nómadas, que parece haber prendido con fuerza entre nuestra gente, entre arqueros cazadores y arqueros a secas, que tanto monta. Nos hemos reunido Arturo Herráez Sepúlveda, un muy antiguo amigo, veterano en nuestras lides, Octavio García Pérez, tirador y una nueva amistad en mi caso, y este cura, servidor de ustedes. La charla ha discurrido con facilidad, con entusiasmo, como cuadra a los arqueros apasionados, que sienten muy de cerca toda la riqueza que a sus vidas aporta un universo tan magnífico y fecundo como es el tiro con arco. Hemos visto la película “The Black Beast”, rodada en Francia y dedicada a esa pieza magnífica y anhelada que es el jabalí.

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De cualquier manera, y según comentaba en otros foros, la película no ha sido más que una excusa. La hemos comentado, cómo no, y la hemos saboreado. Pero nos guiaba -y nos guía- la intención de conocer, compartir y aprender; nos llama la idea de expandir los conocimientos propios de nuestro deporte y de hacer ver a quienes lo practican y a quienes no, que su esencia no está restringida, ni mucho menos, al mero hecho de soltar una cuerda que empuja una flecha. Es más, mucho más, y oculta un tesoro de posibilidades de comunicación y de disfrute de la vida que está al alcance de cualquiera.

Nos gustaría, además, revivir la tertulia en vivo y en directo, prescindiendo de los medios electrónicos que todos conocemos y utilizamos. Son excelentes canales de comunicación, pero entendemos que no pueden sustituir al contacto ocular directo ni a la charla visceral y animada, españolísima y repleta de matices que se pierden ante un teclado de ordenador.

Y en ello estamos, sin prisa pero sin pausa. Tres, tria, tribu. Mañana, o pasado, declinaremos, con toda seguridad, otro número más elevado.

Un abrazo y buena caza.

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Lobos y abejorros.

Un día divertido y fructífero en Calzada de Calatrava, gracias a la amabilidad de Elfo Golferas y del Club Abejorros. Nos desplazamos Jander y yo hasta allí para probar los nuevos modelos de longbow híbrido Lobo de Hunters Niche/Predator Bows para este año, al tiempo que recopilábamos mucho material gráfico y rodábamos un par de vídeos para presentar al público estos magníficos arcos. Ya colgaremos los vídeos acabados en cuanto salgan de la factoría de imágenes de ese gran profesional que es el amigo Elfo.

IMG_4539 IMG_4495 IMG_4473 IMG_4465 IMG_4444 IMG_4358 IMG_4360 IMG_4376 IMG_4378 IMG_4394 IMG_4347 IMG_4331 IMG_4001De paso, probamos y presentamos  también el modelo Cobra, del maestro arquero alemán Rudi Weick, nueva marca que importa en exclusiva Arcodos. El tiempo nos acompañó todo el día, y tuvimos la oportunidad de conocer el campo de tiro del club, llamado “El Comendador”, un magnífico entorno natural donde soltar un buen número de flechas con los nuevos arcos.

Después de una estupenda comida, seguimos tirando y tomando fotos en un pabellón deportivo cuyo uso ha cedido a nuestros amigos el ayuntamiento de la localidad. Más flechas, más diversión y más arcos, incluyendo los Taxus, tradicionales de calidad que está comenzando a fabricar mi amigo Juanjo Caballero Manzaneque, y que sin duda darán mucho que hablar. Aparecieron más tarde Carlos, presidente del club, y José, otro socio del mismo.

Un par de cervezas y de vuelta para Madrid, con la satisfacción del trabajo bien hecho y de haber conocido a más compañeros de afición… y de pasión.

Un abrazo fuerte, nómadas.

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Nómadas del sur, final.

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20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

Días de mucho, vísperas de poco. Desde el amanecer, comienzan a partir los compañeros, encaminándose cada mochuelo a su olivo, que mañana es día de escuela. Van desapareciendo, disolviéndose en la niebla de esta temprana mañana de domingo; van cabizbajos y callados, porque saben que retornan a la prosaica realidad de la semana laboral, de las prisas, de los atascos, de los jefes irascibles; van tristes, en suma, porque abandonan el refugio que cobija sus ilusiones y sus alegrías, la compañía de quienes les estiman, les comprenden y comparten tantas cosas con ellos, el vano espejismo que oculta el desagradable rostro de lo cotidiano.

Desayunamos tranquilamente Manolo, Floren, Alex y yo, después de apañar los dos cochinos. Joaquín ha hecho lo propio con su venado en lo alto del monte, ante la dificultad que ofrecía el traslado de la pieza. Bajamos a Alájar, con el fin de podernos dar una buena ducha, que resulta ser ya mucho más que necesaria. Huelo como una cabra vieja a treinta pasos, y las uñas de mis manos llevan tres días de luto riguroso; me muero por un sorbito de civilización, y creo que mis amigos se encuentran en una situación similar.

castaño  (528)Mientras comemos, se desata nuevamente una tremenda tormenta; aunque amainará sobre las siete y media, es más que suficiente para acabar con todas nuestras aspiraciones cinegéticas. Manolo se retira a su casa y nosotros tres tomamos el camino del cortijo. Sigue lloviendo desaforadamente, así que optamos por tomar una serie de fotos de interior para futuros artículos. Cuando escampa, soltamos unos cuantos tiros y poca cosa más queda por hacer, me temo. No sabíamos, recién levantados, si subir a los puestos o si visitar una finca cercana que Floren lleva, cuajada de venados, y decidimos quedarnos por aquí, equivocándonos de medio a medio. Qué le vamos a hacer, así es la caza.

Mientras Alex ultima unos asuntos con Floren, comienzo a recoger el equipaje, por aquello de ganar tiempo a la hora de salir mañana.

castaño  (311)Un atardecer suave y rosado, casi completamente silencioso, húmedo y fresco, se abate sobre nosotros y sobre estas sierras mientras contemplo los espesos castañares que nos rodean.

He vuelto a coleccionar recuerdos, ya que los más codiciados trofeos se han negado a compartir conmigo su leyenda, su gloria innegable, la eterna canción del bosque que nos llama desde hace ya tantos años. Aumenta el número de mis amigos y conocidos, por lo que me siento un hombre afortunado. Será cuestión de volver a perdernos cuanto antes bajo la sombra venerable de los alcornoques, que se visten de rojizo marrón hasta la cintura, privados de su valiosa corteza. Necesario será volver a hollar estas duras lejanías en pos de nuevas aventuras, sabiendo siempre, sintiendo siempre en las entrañas, que ese trofeo inigualable, ese lance supremo, puede aguardar detrás del siguiente castaño, a la vuelta de la jara más espesa o a la vera de un arroyo rumoroso y alegre.

Volveré, sin lugar a dudas.

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Nómadas del sur, y IV

20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

castaño  (598)Ruidosa amanecida, con todos los socios en pie de guerra: que si comida, que si cena, que si caza… El cortijo que aloja a esta alegre compañía hierve de actividad  en la fresca mañana de hoy.

Cada uno cumple aquí con su papel buscando el bien común  -al menos en teoría-  como no podía ser menos. Floren anda buscando rastros recientes por mejor organizar el cacerío de la tarde, mientras Joaquín hace la compra y Manolo y David atienden al mantenimiento y limpieza del albergue. Antonio se ha hecho con los mandos de la cocina y se halla muy azacaneado aviando siete palomas que Juanma trajo, de manera que un arroz aderezado con estas sabrosas aves se adivina en el horizonte. Personalmente, no me gusta en absoluto esa carne negruzca y ácida, pero habrá que hacerle los honores al arroz, por aquello de no despreciar el trabajo de un amigo y probar, de paso, una receta cinegética que desconozco.

He descansado muy bien, y tras el desayuno, potente como siempre, damos la bienvenida a Francisco, tesorero del club y experto en armas blancas. Los bolsillos de sus pantalones, amplios y abultados, rebosan navajas, cuchillos y diversos útiles de afilado. Todo compañero que pasa a su lado tira de cuchillería propia y, como el que no quiere la cosa, sin ni siquiera mirarle, le tiende a Francisco el arma en cuestión para que éste repase con mimo sus filos, asunto al que se pone de inmediato, con fervor y con conocimiento de causa. Apaña los jamoneros de la casa, entre otras cosas, hasta que los largos cuchillos cortan más que las palabras de una mujer despechada, y sonríe satisfecho para sí mientras prueba los crueles filos.

castaño  (574)Despachado ya el arroz  -excelente, por cierto, con un delicioso toque de pimienta y fuerte sabor a monte-  comenzamos de inmediato a pensar en el reparto de los puestos, que es tanto como pensar en repartir las oportunidades de dispensar la muerte, de participar en el juego salvaje y ancestral que nos ha traído hasta aquí, tan lejos de nuestro hogar. Brillan los ojos al escuchar la suerte de cada uno, el destino que el alegre y ajeno azar depara a cada quién; hay quien rumia su mala fortuna y hay quien celebra el resultado a grandes voces. Yo contemplo en silencio la escena, porque sé positivamente, al igual que mis compañeros de afición, que es Fortuna quien hace girar las ruedas del mundo, y que ni el puesto más querencioso del magnífico coto habrá de rendir dividendos si la alegre dama no tiene a bien sonreír para la ocasión. Cuento con la ventaja, creo yo, de que semejante convicción empapa mis días y mis noches, rigiendo en todos los ámbitos de mi vida, de modo y manera que los reveses de la esquiva diosa, sus carantoñas y sus desprecios, no me pillan descuidado ni de lejos. No me dañan, no me complacen, no me sacan de mis casillas, no me entristecen ni me alegran; tan aceptado tengo mi papel en el mundo como tengo el suyo.

Me toca, en esta ocasión, un puesto con dos pequeñas bañas en la mismísima cuerda de una de las muchas sierras que contiene el coto. Trepamos hasta las cercanías del puesto a lomos de todoterreno y a continuación emprendemos un descenso de unos seiscientos metros hasta el puesto como tal, franqueando una alambrada que me ofrece alguna resistencia, dado mi atlético estado de forma. El esperadero es conocido como el del camino sin salida, y allí me dispongo a montar mi jornada de caza.

A la derecha hay un camino, por el que hemos accedido al puesto. Una vez en la cuerda, a la izquierda y a unos seis metros escasos, hay dos bañas, a las que no se puede llegar más que saltando una barrera metálica, coronada con alambre de espinos. Un par de árboles flanquean las bañas, y detrás de ellos se abre una enorme barranca, desde la que pueden llegar las presas. Nada más sentarme en una silla plegable que me ha prestado Juanma, comienzo a  cargar viento a tope, si bien es cierto que me tranquiliza pensar que no contaminaré ni la barranca ni las bañas, puesto que me hallo en la cuerda de una sierra y no en el llano.

Son las siete y media de la tarde y un sol magnífico agoniza en la quietud del monte, tan hermoso, tan salvaje, cuando ya me hallo perfectamente instalado en mi puesto. Oigo un burro rebuznando con espléndidos pulmones, niños y perros jugando en la lejanía, y, para mi sorpresa, prolongados toques de lo que me parece, contra todo pronóstico, una caracola de caza. Más tarde, David me aclarará que una comuna hippie que hay por allí cerca se entretiene en semejantes menesteres a la caída de la tarde, quiero suponer que a falta de asuntos de más enjundia. Mi compañero se va a colocar, en esta ocasión, muy por debajo de mi, ya que mis problemas con la luz están solventados, gracias a una potente linterna que Alex me ha montado, habilidosamente, en el puente del arco.

castaño  (550)Hasta las doce menos veinte de la noche, tan sólo me acompañan un par de chotacabras, que se aproximan en un silencioso vuelo por mi derecha y por mi izquierda, hasta acabar casi encima de mí. El espeluznante ulular de esta fea ave, en medio de la sierra, de noche cerrada y en completa soledad, es capaz de acojonar al más pintado, o al espectador que carezca de la costumbre de montear a deshoras y sin luz. Afortunadamente, no es mi caso, de manera que dejo pasar a los animalejos sin mover un músculo y continuo engolfado en mis pensamientos y atento, a la vez, a la jugada que me ocupa.

A la hora antedicha, algo pasa muy deprisa por el camino de mi derecha. Juraría que se trata de un venado, por el ruido que oigo, pero cuando utilizo el foco ya no distingo nada que se mueva por los alrededores. Silencio total de nuevo.

Al filo de las doce y media, oigo a mi izquierda varios gruñidos bajos y sordos, pero los jabalíes que los emiten no acaban de clarear. No me gusta el tono de sus voces; me da la impresión de que me han olido, porque es imposible que me hayan visto u oído, tal es la inmovilidad que mantengo desde hace muchas horas, con contadas excepciones. En eso de quedarme como una piedra tengo pocos rivales, a decir verdad. Lo cierto es que me cuesta horrores, en muchas ocasiones, mantenerme despierto; tal es la concentración que el pongo al asunto.

Y así se va resolviendo, para mi frustración, la espera. La verdad es que estar sentado en una silla me viene muy bien. Me cuesta un congo levantarme desde el suelo, y mucho más en la oscuridad. Los dedos de mis pies intentan compensar el destrozo de mi sistema vestibular, muy afectado por la quimio y la radio, y se mueven con desesperación, buscando ansiosamente el equilibrio, perfectamente dañado por mis problemas de salud, o por mejor decir, por la solución de los mismos. Consigo no caerme en cada ocasión a duras penas, o esa es la sensación que percibo, pero es lo que hay.

castaño  (548)Cuando David pasa a recogerme, me comenta que Joaquín acaba de matar un venado de diez puntas, que Antonio ha tirado sobre dos cochinos y que Manolo ha disparado contra otros dos. Las perspectivas son, así pues, excelentes; veremos en qué queda el asunto.

La noche es magnífica, fresca, callada, quieta. No se mueve ni una triste hoja y ni siquiera los grillos cantan de continuo, como si no quisieran taladrar el espectral silencio del cielo nocturno. Posiblemente no se atrevan a hacernos llegar su particular sonsonete, aterrados ante la tragedia que se acaba de desarrollar en las tinieblas que ya nos rodean, asustados por las noticias de vida y de muerte que llegan hasta nosotros desde la cercana espesura.

Mientras descendemos hasta el cortijo, al teléfono de mi compañero van llegando más noticias sobre los acontecimientos de esta noche. Definitivamente, Manolo ha matado un jabalí y el otro ha escapado sin daños; Antonio ha fallado uno y herido de muerte al otro, mientras que Joaquín ha cobrado su ciervo tras un laborioso rastreo. Parece, por tanto, que se avecina una larga noche de trabajo de campo.

Nos acercamos al puesto de Antonio, que está como una moto, y comenzamos a pistear al animal. El rastro es flojo, escaso, difícil de localizar a la luz de las linternas; Juanma tira de Friki, a ver si el perro, pese a su juventud, se comporta como todos esperamos. Lo hace regular el chuchillo, y tras unos doscientos metros, divisamos un túnel que se abre en la espesura que festonea los campos de labor en los que nos estamos moviendo. Conduce el hueco, cuesta abajo, al corazón de la mancha de la que el cochino ha salido, enredada,  oscura y amenazadora bajo la luz de las estrellas, que apenas basta para perforar la espesura que todo lo invade. Herido de muerte, el animal ha vuelto a su querencia, al lugar en el que se sabe seguro, aunque no sea más que para morir lejos del alcance de la bestia suprema, del gran depredador, del terrible ser humano, dificultando así el cobro, como si de una postrera venganza se tratase.

David, joven y absolutamente envenenado por la caza, no lo duda. Se introduce a cuatro patas por la estrecha gatera, maniobra ciertamente peligrosa si se realiza en pos de un cochino herido y en plena noche. Al rato, cantan victoria mis amigos, ya que Juanma y Antonio se han introducido en la misma mancha por camino distinto al tomado por David. Toan el animal por la boca con un útil preparado ad hoc hasta el mismo borde del camino, donde espera ya un todoterreno con el motor en marcha.

Mis piernas no dan para más después del rastreo del día anterior, subiendo y bajando aquel duro risco, y de la caminata de vuelta a la civilización tras las seis horas de espera de hoy. Con las ganas de haber pisteado en la espesura junto con mis amigos, me doy el último paseo hasta el cortijo y espero más noticias con un refresco bien frío en la mano. Entre bromas y veras, ya son las tres de la madrugada, otra vez.

Y el resto de la partida está igual de cansado que yo, problemas de salud aparte. Acabada o acabándose la conversación, y ya los dos jabalíes en el cortijo, todo el mundo se va yendo castaño  (580)al cuquero más bien deprisa. De momento, parece claro que la fauna andaluza no quiere nada conmigo, qué le vamos a hacer. Tanto los jabalíes como el venado tendrán que esperar hasta mañana para que los aviemos, dejándolos así listos para aprovechar su excelente carne.

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Nómadas del sur, y III

19 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.castaño (73)

Hacía años que no dormía tan bien en el monte. Supongo que el cansancio, en perfecta conjunción con el colchón y con la agradable temperatura, jugó su papel, pero más allá de suposiciones, lo cierto es que me he levantado como nuevo.

No ha parado de llover en toda la noche, de modo que la niebla es aún espesa a las diez de la mañana, cosa que no presagia nada bueno para la caza, me creo…

Desayunamos como auténticos salvajes, al uso de esta tierra y de estas buenas gentes, metidas en esta clase de harina. Una tostada con jamón, tomate y ajo, que en principio pudiera parecer poca cosa. El asunto cambia cuando la tostada que te metes entre pecho y espalda consiste en una tremenda rebanada de un no menos tremendo pan de pueblo, rebosante de un excelente jamón de recebo recién cortado, que casi flota sobre una generosa capa de aceite de oliva, tomate restregado y ajo. Me aprieto la tostadita muy gustosamente junto con una buena taza de té, al que mis compañeros son francamente aficionados… siguiendo el ritmo de Floren, que adora esta bebida. Ni influencia inglesa en Andalucía ni tales acuerdos; simple y llanamente, son cosas del incansable Floren.

Se saben cuidar estos mis nuevos amigos. Desde el mismo momento de nuestra llegada, no hemos dejado de echarnos al coleto guisos, platillos y ensaladas de toda clase y condición ni un solo día. Los arroces y la carne de caza, lógicamente, junto con los excelentes pescados de la cercana Huelva, desfilan de continuo por nuestra mesa, que de humilde tiene tan sólo la apariencia. Tampoco desdeñan, como es de rigor, los buenos caldos y la cerveza bien fría, excelentes compañeros de una gastronomía diversa y rica. Casi todos estos cazadores enredan poco o mucho con la cocina, y no lo hacen, en términos generales, nada mal.castaño  (82)

A poco de desayunar, y siempre a merced del terrible Floren, cómo no, nos liamos a tiros para pasar el rato. Pruebo las puntas de caza y confirmo, contento, que las flechas van rectas como velas, siempre y cuando abra el arco como debe de hacerse, claro está.

Tras la potente comida, tan abundante como siempre, Alex tira del muestrario de ropa que hemos traído, a petición del respetable, y comienza a desgranar sus propiedades y particularidades. Manolo se presta a la guasa y montamos, en un instante, un desfile de moda cinegética de padre y muy señor mío. Llueve si Dios tiene un qué, de manera casi continua, inmisericorde, cruelmente abundante. En vista de lo visto, tiramos de informática para medir las curvas de potencia de nuestras armas. Para este menester, nos acompaña desde Madrid un completo equipo, que se revela perfectamente inútil cuando nos damos cuenta de que el adaptador para el cable com no tiene nada que ver con la configuración del puerto que debe recibirlo. En otra ocasión habrá de ser…castaño  (148)

Joaquín, Juanma y Antonio llegan a media tarde desde Sevilla, con unas ganas de guerra de agárrate y no te menees, como es lógico. Han recorrido los cien kilómetros escasos que nos separan de la bellísima capital a toda pastilla, bajo la lluvia, ansiosos por disfrutar del mundo apasionante que se oculta bajo la espesura de castaños, alcornoques, helechos  y zarzas, ya expectante ante nuestra presencia. El resto de la partida tenía dudas sobre si cazar hoy o no hacerlo, a merced de la espantosa climatología, pero los recién llegados alborotan el cotarro de tal manera que, al final, nos vestimos todos de romanos, nos subimos a los todoterreno y enderezamos hacia la foresta, que nos contempla con mirada torva, rezumando humedad.

Llevo al cinto a Colmillo, un pequeño cuchillo de estilo nórdico, algo más grande que un puko, regalo de mi querido amigo Capi. Me entretengo jugueteando con su excelente hoja, mientras reparo en que mis flechas pesan unos 610 grains. Aunque no he tenido tiempo de calcular la energía cinética de mi particular setup, entiendo a bote pronto que es más que suficiente para entendérselas con un venado o con un cochino; veremos si la oportunidad se presenta.

Volvemos a dar la mancha de los conejales, por aquello de que los cazadores, al igual que nuestras presas, tenemos nuestras propias querencias, por inexplicables que puedan resultar en algunas ocasiones. El resto de mis amigos ser va desperdigando por el enorme coto, en busca cada uno de ellos de su postura ideal. Bajamos del vehículo y enderezamos la marcha por un camino liso, rojizo y embarrado ligeramente, casi cerrado por la abundante vegetación que nos roza desde ambos lados de la senda. Confirmo mis anteriores impresiones: sigue siendo un paisaje, un entorno perfectamente norteño, con un verdor y una humedad que al observador poco avezado pueden parecerle por completo fuera de lugar.castaño  (494)

Llegamos a un claro bordeado por media docena de enormes castaños; el camino desemboca en una hermosa casa de campo, solitaria en mitad de la silenciosa espesura. David y yo nos quedamos a la derecha del camino, junto a una más que clara trocha de jabalí. Nos sentamos en el centro de un improvisado blind, consistente en un hueco practicado en una masa de zarzas que se encuentra a los pies de uno de los grandes castaños. A las ocho y cuarto estamos ya sentados, y a eso de las nueve menos veinte, una guarra comienza a gruñir sordamente justo detrás de nosotros. El viento, que en un principio sopla del lado adecuado, nos traiciona alevosamente, con los resultados que son de esperar.

Mientras tanto, una larga sucesión de relámpagos se adivina a través del espeso toldo de negras nubes que encapota ominosamente el cielo nocturno. La espera de esta tarde es, técnicamente, compleja y estresante a partes iguales, y ello por diversas razones. Para empezar, la inacabable lluvia, que lleva abrumándonos desde el momento en que llegamos a estas tierras, ha empapado de tal manera la gruesa capa de hojas y de humus que ya cubre el suelo, que los animales entrarán “muy sordos” al puesto, como dicen por aquí, queriendo significar con semejante canallada lingüística que será muy difícil oírles. Para seguir, todas y cada una de las hojas que a millones cuelgan de la vegetación de la zona, gotean sin parar sobre el suelo y sobre sus compañeras, poblando la noche de sonidos diversos y sospechosos. Si bien es cierto que el ruido procedente de un animal de caza mayor que entra al puesto es, a los pocos segundos de captarlo con claridad, casi inconfundible, las especiales circunstancias de la noche de hoy requieren por nuestra parte una atención muy especial y continuada, que acaba fatigando al más templado. Pero es lo que hay. Así es la caza y así debe de ser; nunca fácil, exigiendo siempre la cuota de sacrificio que la hace apasionante, visceral, insustituible.

Comienza a llover otra vez a las once y media, rompiéndose la frágil tregua entre el clima y nosotros con un magnífico y muy breve chaparrón, de manera que busco mi paraguas. Como no soy capaz de encontrarlo, porque lo he olvidado en el cortijo, y como es más que probable que ya ninguna presa acuda a la cita en un plazo de tiempo digerible para mi paciencia, David y yo nos vamos al coche.castaño  (205)

Poco después, pasa Floren, que sube por la vereda para recoger a Alejandro, colocado más cerca de la casa que nosotros. Nuevamente de camino al cortijo, comprobamos que los demás compañeros aún siguen en los puestos, si bien es verdad que con nulos resultados, como más tarde comprobaremos.

Aprovecho para saludar a Friki, un bonito teckel de pelo corto propiedad de Juanma; la presencia del perrillo  -año y medio nada más-  hace renacer por un momento la esperanza de recuperar el venado que tiró Alex. No obstante, Floren jura y perjura que no hay nada que hacer ante la inmensa cantidad de agua que ha caído, de manera que renunciamos a poner a prueba la legendaria capacidad de estos bravos perros de sangre, aún dudando de la de Friki por su corta edad. Otra vez será, compañero.castaño  (373)

Cenamos un poco de todo, y la gente va desapareciendo en dirección a los sacos de dormir. Al final, y al calor del aguardiente de hierbas, tan sólo Manolo, Antonio y yo quedamos de pie, dándole a la sin hueso apasionadamente, como cuadra a los asuntos que a colación salen, y de la mano de tan cuajados cazadores, cansados y algo pasados de copas, claro que sí.

Dado que ya son las cuatro de la mañana, parece lo suyo cobijarse para pasar cómodamente lo poco que de noche queda, y así lo hacemos. El cielo está muy hermoso, estrellado y limpio, y la lluvia y el viento nos dan un respiro. Parece como si las nubes se hubieran agotado por completo, tras dejar caer la impresionante cortina de agua con la que llevan días castigándonos. Esperemos que mañana las cosas pinten de otra manera.

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Nómadas del sur, y II

18 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

Siempre he afirmado que de la mesa y del lecho hay que levantarse con ganas de más. mucho antes de quedar ahíto de todo. Y en la mañana de hoy me encuentro de frente con mis propias contradicciones, sin duda. No he pegado ojo hasta las ocho de la mañana, supongo que debido, entre otras cosas, a la pantagruélica cena que anoche nos metimos entre pecho y espalda. Bueno, ya descansaré en su momento. De cualquier manera, es casi tradición en mis correrías no dormir bien durante la primera noche de cada una de ellas.

castaño (50)A las doce de la mañana estoy de pie, después de haber oído perfectamente cantar al gallo por primera vez sobre las cinco y veinte de la mañana. Ducha, tostada con pan de pueblo y taza de humeante rooibos, esta vez sin azúcar ni otras zarandajas por el estilo. Mientras tomo el té, me asomo al pueblo por el balcón de la cocina de mi amigo. Alájar se abre ante mis ojos como una blanca joya en las faldas de la sierra de Aracena, encastrado en un imponente mar de verdor que parece no tener fin, encajado en esa lujuriosa masa glauca como a machamartillo. Reluce el pueblo, empinado, difícil de caminar,  bajo la potente luz de este día de septiembre, difuminada por el sospechoso manto de nubes que cubre cielo y horizonte. Sobre los blancos edificios, manchas de verde y marrón por doquier, fruto de la tremenda humedad que impregna el aire. Llueve copiosamente, y llegamos a temer que la empresa se torne imposible ante la avalancha de agua que se nos viene encima. Es algo perfectamente lógico, aunque llamativo porque choca frontalmente con la idea que casi todo el mundo tiene sobre la Andalucía rural. Nos encontramos en el corazón de la comarca de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, que da nombre también al parque natural que aquí se enclava. Esta zona  ocupa la parte occidental de Sierra Morena, donde los vientos húmedos del Atlántico cumplen con su salvífica función con una frecuencia que extraña al visitante. Floren mira al cielo y nos tranquiliza: según él, la tormenta amainará en breve. Veremos. Finalmente, sobre las tres de la tarde, cesa el agua y comienza a clarear, al menos a ratos.

En esta zona, blancos pueblos de calles empedradas extienden sus estrechas arterias entre amplias dehesas de encinas y alcornoques, olivares ecológicos, huertas y castaños. Aunque otra cosa pudiera parecer, tengo la sensación de que nos encontramos en algún lugar del norte de España.

Las amplias dehesas, y su particular climatología,  que predominan en este entorno serrano han favorecido la cría del cerdo ibérico, alrededor de la cual se ha levantado una industria que sustenta la economía de pueblos como el de Cumbres Mayores o Jabugo, a escasos veinte kilómetros de donde nos hallamos. La tradición chacinera de estos lugares castaño (124) castaño (126) es apabullante, corriendo pareja con la calidad de sus productos; doy cumplida fe de ello.

El paisaje cambia en función de la altitud y humedad. Las dehesas pobladas de encinas son sustituidas por alcornoques en unas zonas, mientras que en las de mayor altitud son frecuentes los bosques de robles rebollos, como en el paraje de la Solana de los Bonales; en cambio, en poblaciones como Fuenteheridos, Galaroza o Castaño del Robledo, donde se encuentra el coto en el que cazareemos, el paisaje está conformado por castaños; y en cauces de ríos como el Múrtigas por bosques galerías donde abundan árboles de gran porte como chopos, fresnos, sauces y alisos, junto con zarzas y plantas trepadoras.

La pizarra que la compone da a esta sierra un carácter alomado, de pendientes suaves, donde grandes valles adehesados alternan con cimas coronadas por bosques cerrados y barrancos encajados, casi mágicos, por los que discurren los principales ejes fluviales: Ribera del Chanza, Múrtigas y Ribera de Huelva. En las cotas más elevadas, donde la caliza toma protagonismo, aparecen las formas geológicas más singulares, como la Gruta de las Maravillas en Aracena, o los travertinos de Alájar y Zufre, vinculados a surgencias de agua. También está presente el granito, como en el batolito de las Peñas de Aroche, cuya existencia está conectada a la de  a los ricos filones metálicos que han condicionado la intensa actividad minera de la comarca: Minas de Cala o el Coto Minero de Teuler.

Tales son, a vuelapluma, los parajes que nos aguardan, expectantes. Tras saludar a la madre de Floren, abordamos una serie de tareas mañaneras, que incluyen dar de comer a caballos y cerdos, comprar cinta americana y enganchar el remolque al todoterreno de mi amigo, que quedará cargado hasta los topes con nuestra impedimenta y las muchas viandas que hay que subir a la sierra. De hecho, sin el concurso de dicho remolque, habría sido imposible atacar nuestro destino en un solo viaje: entre provisiones y la impedimenta propia de la pasión que nos ha traído hasta aquí, la cosa sin duda pinta en bastos.

El entorno en el que nos vamos adentrando es realmente magnífico. Proliferan los castaños más que centenarios, de troncos retorcidos e inmensos, cargados de frutos que se encierran en multitud de espinas. Se trata de un ecosistema que inyecta vida, prosperidad y trabajo en los pueblos de la comarca. Después de avanzar algunos kilómetros por caminos aparentemente imposibles, llegamos al hotel, que es como llaman estos nómadas del sur al refugio de caza, con guasa muy andaluza. Estamos a 812 metros de altitud, y entre zarzas, helechos, castaños y sotobosque muy cerrado, una construcción de piedra se alza en medio de una ladera, esperándonos. Antigua cochiquera, está perfectamente acondicionada para alojar con cierta comodidad a unas doce personas, y se halla dividida en dos estancias. La primera es la cocina/salón comedor, con su chimenea y sus aperos para atender al asunto gastronómico; la segunda, mucho más amplia, recoge en su interior camas y colchones de muy diverso pelaje y toda una galaxia de trastos propios de nuestra peculiar interpretación de la caza, dianas 3d incluidas. La nevera de gas y la falta de agua corriente y de sanitario alguno ya nos hablan de las jornadas difíciles que esperan al urbanita que hasta aquí llega. Pero para esto hemos venido, para compartir la dureza del monte y de la caza en nuestro país, para generar recuerdos que nos acompañen ya para siempre, empequeñeciendo y disipando las incomodidades y las molestias necesarias para que nuestra afición prospere.castaño (51) castaño (52) castaño (54) castaño (77)

Para empezar a hablar, Floren, David, Manolo, Roberto  -los tres últimos llegados al grupo- y Alex, ya descargado el remolque y colocados los trastos, comienzan a condimentar un arroz con costillas; veremos los resultados. Escribo, mientras tanto, estas líneas: mi condición de cronista del viaje y mis nulas habilidades gastronómicas me eximen de ciertas servidumbres inevitables para mis compañeros de aventuras, qué le vamos a hacer. Cada hombre, en su noche; es lo justo.

Delicioso de veras ese arroz. Repito plato, muy a gusto, y me río con ganas a base de contemplar las andanzas de Pirata, un precioso cachorro de sabueso de Baviera, de cuatro meses, que resulta ser la última adquisición de Floren, tras la muerte de su querido Pincho. Es divertido y muy inteligente, y nos hemos tomado ley nada más vernos, de manera que disfrutamos de nuestra mutua compañía, como no podía ser de otra manera entre perros, claro. Me muerde complacido y ansioso, con sus dientes nuevos y resplandecientes, que le molestan a rabiar, lo que le induce a intentar masticar, como buen cachorro, todo lo que encuentra a su paso. Acaba por obedecerme, muy serio, cuando le doy un par de toques en el hocico y le digo secamente que no me muerda, acentuando el tono de la voz en el “no”. Se tumba boca arriba e intenta hacer las paces conmigo dándome suaves golpecillos con su pata delantera, el muy ladino.castaño (68)

Después del inevitable té, comenzamos una ronda de entrenamiento. Me defiendo con mi recurvado con una cierta tranquilidad, lo que me alegra el corazón y me da esperanzas a la hora del lance.

A las siete y media en punto, partimos hacia el monte, que no en vano Floren se gana la vida como guardia civil. Voy vestido completamente de Trebark, como el clásico que soy, evidentemente. Salvo Alex, que es el otro abuelo de la expedición, nadie conoce este patrón de camuflaje, como es lógico. Mochila de asalto preparada y revisada, acabo de apañarme y cojo a mi amigo Rain Dancer, mi bello recurvado Predator. Alex me ha preparado una docena de tubos de aluminio Easton XX75 Autumn Orange 2219, emplumados en natural helicoidal diestra y en corte shield, europeo, como corresponde. Son vestigios de mi tienda y de tiempos mejores, y para celebrar el reencuentro las equipo con puntas de caza Silver Flame de 150 grains, fabricadas por German Kinetics. Puro acero alemán, calidad Solingen, que brilla maligno bajo la cálida media luz de la tarde. Ardo en deseos de probar esta combinación, que presumo mortal de necesidad.

Ya en el monte cerrado, Alex y Floren salen hacia su puesto, mientras que David y yo hacemos lo propio. Este silencioso compañero tiene la gentileza de subir conmigo a la mancha para asistirme con el foco, puesto que, de momento, mi arco carece de sistema de iluminación. Aquí se cazan el jabalí y el venado prácticamente de noche, previa autorización administrativa que permite el uso de luces, por un lado, y a la recogía, es decir, al amanecer, por el otro. Dado que atacamos el asunto de noche, parece necesario tirar de luces para ver a la presa en el momento del disparo.

Le comento a Floren que no quiero cazar desde un puesto elevado, por muy productiva que esta modalidad pueda resultar. No hay nada más emocionante que cazar el jabalí de noche y desde el mismísimo suelo que cazador y cazado pisan al alimón. Es más fácil que el animal te detecte, lo que sin duda ennoblece y dificulta el lance, además de añadirle un cierto tufillo de peligro que no deja de atraerme.

A las ocho menos cuarto, el monte comienza a moverse. Ladran y gañen perros a lo lejos, lo que no es mala señal. Me acomodo sobre una peña, mientras David corta matorrales e improvisa una pantalla con ellos a mi izquierda, controlando su altura para que no me estorbe si hay ocasión de disparar por ese lado.castaño (93) castaño (94)

Y a las nueve y veinte, los sonidos y los colores de este hermosísimo ecosistema, de este monte cerrado y húmedo, ya han comenzado a diluirse en las sombras que nos rodean casi por completo. A esa hora mágica del crepúsculo, cuando la naturaleza toda parece contener el aliento ante la llegada de la dama oscura, los ruidos de la noche ocupan sus posiciones, dispuestos ya a celebrar los ritos de vida y de muerte que las tinieblas esconden y amparan. El lento coro de los grillos se eleva poco a poco desde el sotobosque, indeciso y discordante al principio, hipnótico, monocorde y sincronizado poco después.

Estamos cazando en los conejales, que es así como mis amigos llaman a esta zona de su coto, por motivos obvios. En el momento en que ando más perdido en el laberinto de mis recuerdos, tres pelotas peludas saltan hacia el claro que tengo enfrente. Cierto; hace un momento que he oído gruñir a un jabalí adulto, de modo y manera que no tiene nada de particular que tres simpáticos marranetes, tres rayones, entren en escena. Me levanto sigilosamente y me acerco al matorral que nos separa del claro por la izquierda, esperando la inevitable aparición de la jabalina, que jamás abandona a sus crías. No llego a distinguirla, y David me comenta, algo más tarde, que la cochina ha doblado hacia el sur, alejándose de nosotros en un intento por llamar nuestra atención sobre ella, en defensa de su prole. De cualquier manera, sobran esas artes con nosotros: no pensaba ni por asomo en intentar el lance, claro está. Con los rayones, por demasiado pequeños; con la madre, porque acabar con ella significaría liquidar, con una sola flecha, a ella y a sus hijos, lo que no es de recibo en absoluto. Así pues, a criar al monte, y ya nos veremos en otra ocasión. Sigo esperando, a ver si algún  otro ejemplar busca el embroque.

Ya son, entre bromas y veras, las doce de la noche, y ninguna otra presa se ha hecho notar. De repente, vemos un par de haces de luz frente a nosotros, y sabemos que la espera ha terminado, puesto que Floren y Alex se dirigen hacia nuestro puesto para recogernos. Pero no acaban de llegar y comenzamos a barruntar que algo sucede. Posiblemente, Alex ha tenido oportunidad de tirar; vamos a enterarnos muy pronto, porque salimos del puesto y nos encaminamos hacia las luces.

Encontramos a nuestros compañeros excitados y contentos, porque Alex ha conseguido tirar sobre una presa. Me muestra una flecha completamente empapada en sangre muy limpia, con burbujas, claramente pulmonar, brillante bajo la luz de las linternas. Le felicito calurosamente, porque la ocasión lo merece. La flecha ha atravesado de parte a parte al animal, de manera que suponemos que ha cumplido su objetivo con creces, llevando la muerte al corazón del bosque. No sé por qué pienso en un jabalí, cuando mi amigo me aclara, muy ilusionado, que era un bonito venado de diez puntas. Doble alegría para nosotros, puesto que se trataría del primer ciervo abatido con arco tradicional en el coto de nuestros anfitriones. castaño (113)

Acabadas las felicitaciones, hay que ponerse al tajo inmediatamente: la noche es impresionante. La niebla, tan típica de esta zona, se ha levantado en silencio desde el suelo empapado y lo invade todo arteramente. Nada escapa a su lento avance, que nos va aislando poco a poco en la profundidad de la espesura que nos rodea.

Floren y David han salido escopetados tras la pista del ciervo; para algo conocen el terreno circundante mucho mejor que nosotros. Alex y yo hacemos lo propio con toda celeridad. El pisteo nocturno de una pieza de caza mayor herida es un arte apasionante y antiguo. Requiere paciencia, habilidad, buena vista y conocimiento, a ser posible,  del terreno; aunque nos falta ir bien servidos en alguno de tales requisitos, en lo tocante a habilidad y paciencia andamos sobrados, la verdad sea dicha. Una pieza de estas características herida y acorralada no es un asunto baladí, así que también hay que tirar de una cierta prudencia para evitar un disgusto serio.castaño (105)

Avanzamos despacio, temiendo la posible llegada de la lluvia, que lavaría alevosamente cualquier vestigio de sangre, y con él, las posibilidades de cobrar la pieza. Volteamos hojas, en busca del rojo líquido de la vida; intentamos localizar gotas direccionales que nos indiquen el rumbo de la presa en su huida, y se nos alegra el corazón al comprobar que el rastro de sangre se extiende a derecha y a izquierda, por estar el animal atravesado completamente, lo que siempre es una buena noticia. No sería la primera vez que avanzamos a cuatro patas o reptando bajo la cubierta vegetal  durante un rastreo particularmente complejo, pero no parece que en esta ocasión vaya a ser necesario.

castaño (108)Después de una cincuentena de metros, más o menos, el rastro se corta completamente, desapareciendo del terreno como por ensalmo. Nos separamos para intentar recuperarlo, pero no hay forma humana de conseguirlo. Floren y David están tan desesperados como nosotros, porque han llegado a idéntico punto. Más compañeros se suman a la búsqueda, aunando voluntades y esfuerzos en la tarea, intentando a toda costa localizar a la pieza herida, en estricto cumplimiento de las reglas del arte que nos apasiona: un cazador y un caballero hará lo humanamente posible por dignificar la muerte de su presa compartiendo carne y cuero con sus hermanos, dando así un mínimo sentido al lance que acaba suprimiendo una vida.castaño (103)

Son ya las tres de la mañana y seguimos en lo alto del risco, de suelo quebrado, duro y difícil de caminar, al que nos ha conducido el rastro del animal que perseguimos. En lo profundo del bosque , la vegetación es enmarañada y espesa, dificultando aún más el avance de nuestra búsqueda. Sumidos en una espesa niebla, entre una terrible humedad que cala hasta los huesos y un frío ya intenso, los haces de luz de nuestras linternas tejen una fantasmagórica danza entre las ramas de los árboles, hendiendo el espacio denso y amenazador, la lóbrega masa que rechaza nuestros afanes una y otra vez.

Desdichadamente, y a falta de un perro de sangre adulto- Pirata anda por allí para que se vaya fogueando, pero, perrillo joven, está más asustado por la oscuridad que atento a su tarea-   es hora de volver al cortijo, comer algo y acostarse. Son las cuatro de la mañana  y la lluvia arrecia con furia, de manera que habrá que dejar el rastreo para mañana, aunque con pocas esperanzas de éxito, la verdad sea dicha.

Llegamos al refugio reventados de cansancio. Me pesan las piernas y la espalda, y me tortura cruelmente la rodilla derecha, impidiéndome agacharme, pero hemos hecho lo que había de hacerse, contra viento y marea. Cenamos, y al catre, bien abrigados en los sacos de dormir y sobre los variopintos colchones de los que disponemos. Llueve con fuerza, pero mañana habrá de ser, forzosamente, otro día.

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Nómadas del sur.

17 de Septiembre de 2014.
Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.
En las Navidades del 2012, de muy amargo recuerdo para quien esto suscribe, mi gata bandolera me regaló un magnífico cuaderno, forrado en cuero de potro gallego salvaje, con la sana intención de que exorcizase los demonios de mi enfermedad a base de contar lo que sentía, lo que me iba ocurriendo, que no otra es la tarea de quien ama poner negro sobre blanco todo aquello que atraviesa su caletre.
En un principio, no me pareció mala idea, pero más tarde decidí que honraría su regalo y su recuerdo, afortunadamente tan siempre junto a mi, estas páginas blancas y este soberbio cuero, con andanzas felices. Concretamente, me propuse reflejar en él mis viajes de caza, mis esperas, mis cursos y mis recechos, mis apresurados paseos por el arte que amo, con independencia de que más tarde los incorporase a mi blog, mutatis mutandis.
Es posible que, al pasarlas a formato digital, pierdan mis pobres palabras algo de la fuerza primigenia con que las haya escrito por vez primera. Es probable que, al igual que unos buenos apuntes universitarios, la versión original  sea la más pura y auténtica, pero espero que lo registrado en el blog pueda contar con el sabor acentuado y peculiar que tienen las cosas reposadas, ya pasadas por el tamiz poderoso del sueño.
Y hoy, casi dos años más tarde, inicio este proyecto con una letra aún más espantosa e ilegible de lo habitual, y con el plebeyo bolígrafo sustituyendo a la noble pluma. Aún así, todo se andará; al menos, eso espero.

castaño (3)El potente motor del coche de Alejandro ronronea de firme, como un gran gato azulado, mientras devora discretamente kilómetro tras kilómetro. Alex y yo nos conocemos hace ya una infinidad de años. Hemos llegado juntos a ese estadio en el que dos viejos amigos se entienden sobradamente con la mirada, de modo y manera que son muchos los silencios amables entre nosotros durante un viaje tan largo como el que hoy hemos emprendido.

Mientras los kilómetros se deslizan con engañosa rapidez bajo las ruedas del automóvil, me reclino cómodamente en mi asiento y dejo vagar mis recuerdos, mirando sin ver en el zaguán de mi memoria a través de una espectacular cortina de agua, que nos va a acompañar durante todo el viaje como un perro fiel que alborota feliz junto a los pies de su amo.

Esta expedición, que llevamos planeando cinco o seis meses ya, obedece a la cordial invitación que nos hizo el Club Cárabo, uno de los más grandes y mejor organizados del país, a través de su presidente, Florentín García González, o por mejor decir, mi amigo Floren. Dueño del blog Regreso al Orígen, Floren es un andaluz alto, fuerte y joven, un excelente tirador y mejor cazador, un hombre inquieto y mucho me temo que francamente feliz, para alegría de sus amigos, que somos muchos, y escarnio de sus enemigos, que son bastantes menos. Le encanta compartir lo suyo, y en este caso nos hace partícipes de las maravillas naturales que el club atesora con celo. Claro está, no soy yo hombre al que haya que tentar dos veces con según qué cosas, y ni una sola de aquéllas es necesaria si de caza con arco hablamos.

Yo era partidario de tomar el AVE hasta Sevilla, pero ha prevalecido la opinión de Alex, acertada si tenemos en cuenta la cantidad de material que acarreamos y el hecho de que le ahorramos a Floren un viaje de ida y vuelta hasta la capital, es decir, unos doscientos kilómetros. Definitivamente, salimos de Madrid con un retraso de más de una hora sobre el horario previsto; ponemos en marcha el motor a las dos y media de la tarde. La cosa no tiene mayor importancia porque no tenemos prisa alguna, dada nuestra condición laboral. Así pues, emprendemos camino, o por mejor decir, pasamos de la potencia al acto.

Tras un viaje algo más largo de lo esperado, gracias a nuestro proverbial despiste, Floren nos recibe en su pueblo, Alájar, con un abrazo de amigo. Es ya muy tarde para subir al monte; durante estos días, vamos a alojarnos en un albergue para cazadores en el mismo coto en el que cazaremos, El Castaño, muy cerca del pueblo de mi amigo. Hoy pernoctaremos en casa de Floren y mañana Dios dirá.castaño (14)

Cenamos pluma de cerdo, deliciosa aún no siendo de bellota, que todavía no ha caído, patatas fritas y un par de botellas de un buen rioja. Al calor postrero de una taza de rooibos, traído directamente de Sudáfrica por Floren, nos dan las tantas conversando y viendo vídeos sobre la caza del venado, ese magnífico enemigo, esa pieza soñada en lo más recóndito de la foresta. Es el ciervo rojo el epítome de la belleza y de la elegancia en las dehesas españolas, y será muy posible que, si maese jabalí lo tiene a bien, le prestemos atención uno de estos días, a costa de hacer algunos kilómetros más, para visitar otra nueva finca de las que Floren gestiona. Veremos.castaño (41)

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En el corazón de Baviera.

Nuremberg (1)Nuremberg, o Nürnberg en tudesco, es una ciudad en la región de Baviera, Alemania, Franconia Central, a orillas del río Pegnitz, con medio millón largo de habitantes. Fundada en 1050 d. C., se puede llegar a ella por vía fluvial, terrestre o aérea, ya que cuenta con un puerto y un aeropuerto internacional. Creció alrededor de un interesante y muy bien conservado casco histórico, rodeado por la muralla medieval construida en 1325, tercera que se levantó debido al incremento de su población. En su interior, conviven restos de la primera y segunda muralla junto con edificios restaurados tras la Segunda Guerra Mundial, que redujo a escombros gran parte de la ciudad, y elegantes edificios burgueses de los siglos XVII y XVIII, igualmente remozados.

Tristemente famosa por ser el centro indiscutible de la coreografía nazi, ciudad donde se celebraban los congresos del siniestro NSDAP, sus atildadas calles vieron desfilar a los adeptos del Führer mientras el genio de Lili Riesenthal filmaba con propagandística eficacia los excesos del dictador y de sus huestes. La “…ciudad más alemana de todo el país y la más leal al partido Nazi”, según las autoridades municipales de aquel oscuro entonces,  alberga aún la réplica del Coliseo romano que la locura mesiánica de Hitler ordenó construir allí, destinado a las celebraciones del partido, hecho que quizá explica que solamente Dresde resultase más castigada por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial. Y, finalmente, en la famosa Sala 600 de su Palacio de Justicia, las autoridades aliadas orquestaron el definitivo crepúsculo de los dioses, tras del cual la ciudad se sumió en una profunda depresión postbélica, atenazada por la angustia y el horror, al igual que el resto del país y del mundo.

Mar de nubes sobre Grenoble.

Mar de nubes sobre Grenoble.

Pero, con independencia de estos amargos recuerdos, que la ciudad pelea por olvidar, dejando aparte su magnífico mercado navideño, que durante las cuatro semanas en que tiene lugar es visitado por más de dos millones de personas de todo el mundo, y además de contar con una larga tradición artesanal y comercial desde la Edad Media y destacar actualmente en la industria gráfica y en campos tales como  la tecnología informática, el desarrollo de soluciones técnicas en las áreas de transporte, energía y técnica para la medicina, hay un algo especial que desde hace 1973 atrae a cazadores de todo el mundo durante unos días al año. La “Nürnberg Messe”, organismo municipal que gestiona más de 12o ferias al año, posee, entre las más famosas de ellas, la IWA Outdoors Classic, dedicada por completo a las armas de caza, a sus complementos y a todas las actividades relacionadas con el tiro deportivo y cinegético y la seguridad pública y privada. Cazadores, policías, militares y demás gremios relacionados con el objeto de la feria, se dan cita en sus inmensos pabellones  -hasta nueve dedicó este año al evento- para hacer negocios al frenético ritmo que este tipo de acontecimientos impone. Desde luego, resulta ser la feria más importante de Europa sin paliativos, y desconozco si el Shot Show de Las Vegas es capaz de hacerle sombra; la ATA, absolutamente centrada en nuestro particular universo cinegético, la caza con arco, es una simple hermana pequeña comparada con la enormidad germana, si bien es cierto que IWA es generalista, lo que indudablemente juega a su favor en lo que a números se refiere.

Una de las muchas iglesias del casco antiguo.

Una de las muchas iglesias del casco antiguo.

Así pues, cuando mi querido Jander me propuso visitar tal feria para ponernos al día sobre las tendencias del sector, no me lo pensé dos veces. Quién dijo miedo… Tomamos el avión el día 6 de marzo por la tarde, y tras una larga espera en Zurich, llegamos a destino sobre las nueve y media de la noche. A la mañana siguiente, atacaríamos la feria. Como no podía ser menos, nos llamó poderosamente la atención lo bien organizado que estaba el evento y la enorme afluencia de visitantes de todos los países. En poco tiempo, andábamos ya metidos hasta la cintura en charlas con proveedores, cargados de documentación y perfectamente conscientes de que para completar una detenida tourneé por las entrañas de la bestia, necesitaríamos bastante tiempo más del previsto. Por suerte, Jander se había preparado con la debida antelación todas las visitas a nuestros proveedores y amigos, con lo cual pudimos racionalizar nuestros interminables paseos por los nueve pabellones destinados a la feria. De cualquier manera, resultó poco menos que imposible no quedarse enganchado con la brutal e interminable serie de productos francamente interesantes que allí podían contemplarse, así que surgió también un buen número de visitas no programadas, que esperamos rindan sus frutos en breve.

Perdidos en la inmensidad germana...

Perdidos en la inmensidad germana…

Muy pronto, os presentaré una serie de productos que me he traído debajo del brazo para todos vosotros. Con sinceridad, jamás había contemplado stands tan suntuosos, tan bien montados, tan elegantes… y tan bien atendidos por toda una pléyade de bellezas germanas, todo hay que decirlo. Saltaba a la vista la magnífica maquinaria logística oculta tras semejante despliegue: montar y desmontar tal inmensidad deben de ser tareas casi titánicas.

Me resultó un tanto chocante la notable ausencia de la arquería de caza en la feria, pese a que el sector de complementos da por descontado el triunfo de nuestra disciplina en Europa y oferta a los profesionales líneas completas de productos pensados para nosotros, cazadores arqueros. Salvando algunas potentes empresas generalistas, con gran capacidad de compra, más interesadas en la cantidad que en la calidad, no pude ver prácticamente nada que me llamase la atención, con algunas excepciones no demasiado honrosas: captaron mi interés precisamente por su aparatosa falta de calidad, pero ya se sabe, no es oro todo lo que reluce…

Jander en plena acción...

Jander en plena acción…

Comimos y cenamos dentro y fuera de la feria, y lo cierto es que tampoco tuvimos ni el tiempo ni la intención de probar algunas de las delicatessen de la tierra, que también las hay. Eso sí, catamos un par de cervezas más que aceptables, como no podía ser menos, y los gin-tonics nocturnos cayeron en un agradable bar turco que había junto al hotel, donde no podías consumir otra cosa que no fuera agua o cerveza… Están locos estos germanos… También probamos unas pequeñas salchichas llamadas nürnberger rostbratwurst, que datan del año 1300, elaboradas con cerdo, tocino, sal, pimienta y orégano, francamente sabrosas, y contemplamos un tanto ojipláticos a los habitantes de la ciudad degustando  en plena calle cerveza y comida en los biergarten, o “jardines de cerveza”, a temperaturas más bien delicadas y sin estufas de aire libre…

El colofón es claro y evidente: por una parte, el sector que contempla la feria  -bien es cierto que muy amplio en su definición y contenidos-  goza de una envidiable salud para los tiempos siniestros que nos ha tocado vivir; por otra parte, y lo comento como visitante  asiduo y como profesional que fui, asistiendo a innumerables eventos, en nuestro querido país hay un inmenso trecho que recorrer para conseguir celebrar una feria de estas características que merezca la pena recorrer detenidamente. Desde luego, las comparaciones son siempre odiosas, máxime cuando el balance es tan estrepitosamente desfavorable a nuestros propios intereses.

Gin-tonics a la turca...

Gin-tonics a la turca…

Mucho ha llovido desde la época en la que tuve el placer de formar parte del Comité Directivo de la FIVAC, feria de armas de Valencia, por gentil invitación de su entonces directora, doña Amparo Pelegrí Galiana, pero poco hemos aprendido  -tengo la triste impresión-  después de tamaña cortina de agua.

Y, por favor, que se abstengan aquellos de mis queridos lectores que, para explicar las insondables diferencias entre aquella feria y las nuestras, vayan a echar mano del consabido argumentario sobre la eficacia y la laboriosidad germana, comparadas con el dolce far niente latino, la afición por la siesta y demás memeces. Sobre semejantes particulares, magníficos topicazos, tengo también una opinión más que fundada. Pero esa es otra historia, como diría el amigo Tolkien.

Hasta otra y buena caza.

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