La Vie en Rose

Son las ocho de la tarde y llueve como si no hubiera un mañana. Cae agua con una furia ciega; parece que el cielo tiene prisa por volcar todo el líquido que le sobra encima de nuestras cabezas. El gran voladizo bajo el que me hallo tiene alguna que otra sutil gotera, y de vez en cuando alguna gota traviesa me golpea, haciéndome respingar con su agradable frescor. Frente a mi, unos cuantos currantes del complejo en el que me alojo recogen apresuradamente unos instrumentos musicales y tapan con fundas los amplificadores y micrófonos. De momento, nada de conciertos; el agua no quiere oír más ruido que el de sus gruesas y cálidas gotas al golpetear alegres contra el suelo.

Pero ninguno de los numerosos clientes que abarrotan las sillas y mesas de la galería cubierta se inmuta lo más mínimo. Tienen claro que la actuación tendrá lugar en breve, en cuanto escampe: esto es el Caribe, señores, y aquí los aguaceros copiosos y pasajeros son cosa de todos los días durante todo el año. Efectivamente, a los diez minutos escasos, ni una sola nube enturbia el azul Prusia del cielo. Una luna redonda y limpia se deja ver con plateada claridad; su luz recorta nítidamente las siluetas de las palmeras, que agitan sus largas melenas verdes con un ritmo tranquilo y sincopado. Estamos a veintiocho grados, y la escala higrométrica marca un setenta y cinco por ciento de humedad, de manera que el calor está presente por todas partes, acompañado por una sensación de densidad que es común a estos tipos de clima. En lo que a mi respecta, sin problemas. Cada vez me atrae más el buen tiempo, sentir el sol sobre la piel y disfrutar de la alegría que proporciona la justa cantidad de calor. Adoro enterrar los pies en la arena de la playa y tostarme concienzudamente bajo la alegre luz del sol como un lagarto viejo y rancio, pero lagarto al fin. Pese a mis viajes de caza y a la pasión que siento por el monte, la edad no perdona. Supongo que mi afición a los climas cálidos viene también dictada por los años que voy cumpliendo, qué le vamos a hacer.

Pero lo que en realidad importa, por supuesto, es que he vuelto al Caribe. Llegué ayer a la República Dominicana, después de un largo y aburrido viaje en avión. Gracias al cariño y a la generosidad de mi hermano Luis, ando de nuevo por estos pagos. Me he acostado tardísimo, a la una de la tarde hora española, porque tenía trabajo que entregar sin demora alguna. Dado que el día anterior en España tampoco había dormido nada, en cuanto he cerrado los ojos me han dado las uvas descansando. Hoy no he disfrutado del día porque lo he empleado en reparar el viejo andamio que sujeta mi devenir. Me he levantado sin prisa, me he dado una buena ducha y he bajado a comer con mi hermano sobre las cinco y media de la tarde hora local. Bueno, yo he comido y él ha mirado, porque como es lógico Luis ha seguido su horario de todos los días.

Comemos en un estupendo restaurante italiano y saboreo con placer los platos que he encargado. El chef, atento a la jugada, ha salido a saludarnos y a preguntar qué había pedido, por aquello del lucimiento personal con el hermano del director. Y se nota su esmero y su buena intención, sin duda alguna. Entran tres músicos de la tierra con la sana intención de ganarse un dinerito y amenizarnos la velada. Perfectamente entrenado su instinto de supervivencia, se dirigen casi sin dudarlo a una mesa a la que se sientan cuatro parejas de americanos maduros, que cenan entre risas y brindis con copas rebosantes de vino. Uno de los morenos ataca, con buena voz, La Vie en Rose, perfectamente traducida al español, mientras dedica la canción con simpático descaro a una de las comensales que, muy ruborosa, atiende al cantante cruzando las manos tímidamente sobre su regazo. De súbito, oigo al Ruiseñor de Montmartre con toda claridad, y distingo tu rostro querido muy, muy lejos, en algún punto de la inmensidad azulada que ahora nos separa. Por extraño que parezca, te siento cerca de mi.

Después de la cena, Luis se va a la fiesta de empleados del hotel, porque aunque parezca mentira bajo estas palmeras y con este calor, estamos en Navidades aquí también. Para mi serán venturosas hasta mi vuelta a España; aquí me ahorro los continuos anuncios de perfumes, ropa y juguetes, los inanes mensajes de paz en la tierra y demás soplapolleces que nadie se cree y las continuas carcajadas demenciales del pederasta barbudo vestido de rojo, viejo y gordo, epítome de lo que es un rubicundo tonto del ciruelo. Sí, adoro la puta Navidad, su parafernalia y su insufrible mercantilismo de tercera.

Y no es que en esta tierra extraña y soleada no la celebren. En realidad, cualquier excusa es buena para que estos amables isleños se líen a festejar, cantar, bailar y, sobre todo, beber y aparearse, cosa que adoran y que hacen a las mil maravillas. Además, como los clientes americanos son mayoría en este hotel y en todos los de la isla, hay que hacerles el rendibú y celebrar estas fiestas con la cursilería que estos niños grandes adoran. De cualquier manera, el cambio de paisaje y de paisanaje priva de algunas de sus mejores armas a esta fiesta lamentable, esa es la verdad: no logro creerme el mes en el que estoy cuando veo muy cerca de mi una bella playa, una orgía de azul, verde y blanco que acaricia los sentidos. La Navidad la dejo aparcada hasta dentro de quince días, algo es algo.

Sorbo despacio un sabroso té helado -a la fuerza ahorcan- mientras contemplo las evoluciones del grupo de músicos que, pasado el chaparrón, atacan de nuevo su tarea. Limpian el escenario con una cantidad inverosímil de papel de cocina en grandes rollos; me da la impresión de que van a desgastar en poco tiempo la gran tarima elevada, porque siguen enjuagando un agua ya evaporada durante cinco minutos largos. En fin, cosas del Caribe. Más que seco ya el asunto, destapan sus instrumentos y se enredan con agradables versiones de temas rockeros y latinos. Claro, no puede faltar el insufrible Despacito, pero es lo que hay. Dos o tres parejas de yanquis mamados hasta las trancas intentan unos torpes pasos de baile, iniciativa que al poco abandonan entre carcajadas, vista su imposibilidad. Tan solo dos abueletes siguen entregados al asunto, con el torpe fervor que los ancianos le ponen a estas cosas. El abuelo gira y gira, la camisa abierta hasta la cintura, los pantalones flojos, mientras la suave brisa le despeina los cuatro pelos que le quedan. Parece un sabio loco feliz y desinhibido, y sonríe sin mirar a nadie en particular a través de sus sucias gafas, siguiendo el ritmo de la música con la cabeza. Se siente poderoso y joven, arropado por el alcohol que circula por sus viejas tuberías. Viéndole moverse, da la impresión de que está bailando otra canción distinta a la que ahora suena, pero eso da igual. Brindo por él y por sus ancianas pelotas, por su épica carencia de sentido del ridículo. Su compañera, algo más comedida -mujer al fin-, baila también sin parar, aunque para ella está claro que el asunto consiste en una prueba de fondo: administra cuidadosamente su fuelle porque sabe que la noche es larga,, mucho más en el Caribe.

Después de otro té, emprendo la vuelta a mi hotel. Carricoches de ocho o diez plazas circulan continuamente por las entrañas de este enorme complejo hotelero. Llevan a los clientes de una parte a otra, de una a otra atracción, saltando con rapidez entre los puntos de interés del resort. Pero prefiero ir dando un tranquilo paseo por la gran avenida que, festoneada de grandes palmeras y cuidado césped, me llevará hasta mi habitación. Todas estas palmeras están forradas, hasta casi la mitad de la altura de sus troncos, de pequeñas luces blancas, azules y malvas. El efecto es muy agradable, casi relajante: luces que brillan con intensidad en el húmedo ambiente de la noche del trópico, en una atmósfera densa que huele a selva y a sal, indicando al viajero el camino a casa. Si las pierde de vista, el cercano manglar, que abre sus oscuras fauces a pocos metros de distancia, espera paciente al descarriado para coronarle de algas y de nenúfares en su seno oscuro.

Mañana, cuando el sol golpee frenético mi ventanal, será un día distinto y nuevo. Me esperan la piscina, el mar susurrante, la playa resplandeciente de puro blanco, y quién sabe cuántas cosas hermosas más. Vivir es un magnífico deporte, aunque a veces resulte un poco agotador.

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Venados, gamos y cochinos, iii

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Checa, Coto del Villarejo, 2 de noviembre de 2017

Vuelan flechas por todas partes hace ya un rato. Llenan el aire quieto de la soleada mañana alcarreña con zumbidos secos, con ese siseo que tan grato nos es a los cazadores arqueros. Juancho y Pablo han dispuesto ocho o diez dianas de foam a distintas distancias en la pradera que se abre frente al casón que hay en mitad del coto. Las estamos acribillando sin prisa pero sin pausa, probando nuestras habilidades frente a nosotros mismos y frente a los demás. Cuesta siempre un poco arrancarse ante personas a las que no conoces, la verdad, pero es una sensación que se disipa con rapidez  para ser sustituida por un agradable y cálido sentimiento de camaradería dentro del cual me encuentro muy cómodo cuando comienzan a impactar las primeras flechas.  Se cruzan miradas y comentarios entre nosotros, los arqueros; evaluamos el arma, el estilo y la suelta del compañero más cercano; sonreímos y bromeamos, aliviados, al percibir que todos hablamos una lingua franca más sonora y rica que cualquier idioma del mundo, más expresiva que su conjunto: la atávica comunión de la antigua tribu, de los nómadas primitivos que vagaban por la Tierra durante los primeros pasos de una humanidad aún vacilante, con sus armas de guerra y de caza. En momentos como este sientes perfectamente todo el poder del binomio arco y flechas, su magia arcana e indiscutible, su capacidad para eliminar barreras de cualquier tipo entre las personas. Me resultan instantes impagables porque me confirman lo acertado de la elección vital que hice en un día ya muy lejano, recién amanecida mi juventud, elección de la que nunca me he arrepentido.

Y como prueba de ese hechizo que emana de la caza con arco, ayer por la tarde han aparecido nuevos compañeros extranjeros: Hans y Gerard, holandeses, y Bryan padre, Bryan hijo y Phillip, ingleses. Todos ellos tradicionales como nosotros, y ya clientes de la orgánica hace algunos años. No se pierden una y no les duelen prendas para tomar el avión y luego el coche con tal de venir a caza a estas preciosas tierras españolas. Les damos la bienvenida y aprovecho para practicar mi inglés, que todavía mantiene su filo bien cortante, según puedo comprobar.

Se trata hoy de desentumecer músculos y cerebro, de trabajar un poco la coordinación y la memoria muscular, esas dos asignaturas siempre e inevitablemente pendientes en la formación y en la carrera de todo cazador arquero tradicional digno de ese nombre. Hay que calentar un poco, hay que desperezarse y repasar nuevamente las habilidades antes de enfrentarnos a la caza real.  Nos hemos levantado más pronto que ayer, para desayunar a eso de las ocho y media de esta hermosa mañana y salir rápidamente hacia el coto, que urge aprovechar el tiempo. Comeremos aquí en el monte, a base de unos tremendos bocadillos que nos ha preparado Veronika, algo de fruta y un poco de chocolate, ideal para reponer fuerzas y entrar en calor. Circulan las cervezas y yo me agarro a mis botellas de agua como si me fuera la vida en ello… bueno, algo de eso hay, la verdad.

La sobremesa es tranquila, amena. Nos hemos acomodado en sillas plegables y en tocones de madera alrededor de una gran mesa redonda que hemos situado junto a la casona, de la que han salido como por ensalmo los trastos necesarios para la comida. Luego, un buen café caliente, porque pese a que el día es muy luminoso y el cielo está del todo despejado, se adivina el frío que trae consigo la sombra y que sin duda nos alcanzará cuando caiga la luz. Aunque esa bebida tiene sus inconvenientes; es sencillo acomodarse y dejarse ganar por el suave sopor de estas horas del día y por el cansancio acumulado debido a las pocas horas dormidas. Resultaría peligrosamente fácil quedarse tan traspuesto que ni la misma Reina de Saba, famosa por su sensualidad y belleza, fuera capaz de hacernos levantar de nuestras sillas.

De manera que sobre las tres de la tarde Juancho da la orden de marcha. Ya del todo equipados para el aguardo, saltamos a los coches que nos irán dejando en los puestos poco a poco. Subo a la pickup de Juancho junto con Alejandro y con Brian hijo. Iniciamos la marcha a través del hermoso coto para dejar a Brian en la misma cuerda de la sierra que lo domina. Allí, en un tree-stand colocado a cuatro metros de altura, aguardará nuestro joven amigo inglés. Leñador de profesión, tiene una técnica muy depurada y una suelta limpísima, y llegados a su puesto trepa al árbol con un facilidad digna de envidia. Desaparece entre las ramas y le deseamos suerte. Ahora me colocaré yo, y Alejandro seguirá camino con Juancho para bajarse el último del todoterreno.

Llegamos a un pequeño valle por cuyo centro discurre una pista en bastante buen estado. Súbitamente, distingo el puesto a mi derecha: se abre sobre el centro del valle y apuntando a un pequeño claro entre las jaras, donde se distingue una gran mancha de harina. Juancho se baja conmigo armado de un azadón, porque el puesto está situado en una de las laderas del valle y conviene hacer una pequeña plataforma para que la silla se mantenga recta sobre el suelo a la hora de sentarse. Cargo con una silla plegable que tiene respaldo, porque necesito sujetarme la espalda con algo. Cosas de la edad.

Aplanada la zona, planto la silla y me despido sigilosamente de Juancho, que me levanta un pulgar en señal de suerte. Me acomodo con tranquilidad y comienzo a inspeccionar el puesto y sus alrededores. Estoy situado a unos veinte metros del comedero, que puedo ver a través de una oquedad abierta en el armazón de ramas cortadas que camuflan el apostadero. Dos ramas más gruesas que el resto bajan en diagonal y dejan un espacio entre sí más que suficiente para ver; toca comprobar si se puede apuntar y tirar a su través y en qué postura. Lo ideal, a mi juicio, es poder disparar sentado con comodidad, girando el cuerpo hacia un lateral, o levantarse por completo y tirar a la manera clásica; creo que en estas posibilidades radica, en gran parte, el éxito en las esperas.

Para tirar sentado tengo que incorporarme a medias, lo cual no es ni cómodo ni estable, pero es lo que hay. La ventana del puesto sería ideal para un arco de poleas o para un arma de fuego; para un recurvado como el mío, el asunto deja un poco que desear. Y en cuanto a tirar de pie, imposible del todo; si me incorporo, el ramaje del puesto me impide tanto la visión como el disparo. Bueno, al fin y al cabo, uno es perro viejo. Adelante con la espera; veremos cómo disparamos cuando entren las piezas. De algo tiene que valer llevar ya tantos tiros a la espalda, digo yo. En el peor de los casos, tengo salida a derecha y a izquierda, y desde los dos lados veo el claro con el comedero desde la protección del bosque y de la ladera detrás de mi, que estará en sombras, de manera que ya veremos qué ocurre. Nunca es una buena idea abandonar el puesto cuando las piezas están cumpliendo o en mitad de la espera, por supuesto, pero cuando lleguemos a ese río cruzaremos ese puente si fuera menester.

Cuando ya me he ubicado a mi gusto, y sin que la luz haya bajado ni un ápice aún, comienza a dejarse sentir un frío pelón. Parece mentira que sean las cuatro menos cuarto de la tarde y que el sol brille todavía con ganas, pero lo cierto es que tengo que empezar a abrigarme porque me estoy quedando tieso. En pocos minutos, parezco un Michelín de camuflaje, pero no estoy dispuesto a pasar más penalidades de las estrictamente necesarias, esa es la verdad.

El monte sigue tan silencioso como el día anterior. No se mueve ni una hoja. El aire está en completa calma, y cuando sopla ligeramente noto su frescor en el rostro. Esperemos que no cambie de rumbo para no estropear la espera. Y comienzan a pasar los minutos muy despacio. En medio de semejante quietud, es inevitable que tus pensamientos tomen la dirección que ellos deseen. Suelo repasar mi vida, pasado y presente, mis metas logradas y mi inevitable ración de empresas malogradas, de sueños rotos que yacen desparramados a mi alrededor como las piezas de un reloj descompuesto. De vez en cuando, compruebo si mis músculos responden con claridad, porque el frío es mal enemigo: es perfectamente capaz de inmovilizarte sin previo aviso y no es la primera vez que no puedo abrir mi arco después de unas horas de espera a temperaturas bajo cero. No creo que ese sea el caso hoy, pero no me cuesta nada cerciorarme de que todo marcha según lo previsto.

Sobre las cinco y media de la tarde comienza a descender la luz inequívocamente. Nos acercamos a esa hora extraña, entre el día y la noche, en la que las sombras se agigantan, cambian de forma y de sitio para confundir al cazador. El bosque protege a sus criaturas sin ejercer violencia alguna; se limita a susurrar sus hechizos al oído del hombre mientras intenta despertar el miedo atávico a la oscuridad que subyace en todos nosotros, agitando frente al ser humano su amplio repertorio de espantajos. Bien es verdad que hoy carece de una de sus armas fundamentales, los ruidos nocturnos, que habitualmente restallan por doquier con la intensidad de cañonazos y confunden los sentidos y el ánimo del valiente que espera a su presa oculto en la espesura. No obstante, la sensación de estar solo por completo, aunque sea en silencio,  sumergido en una oscuridad densa y fría, que solamente cede bajo los rayos ocasionales de la linterna o los focos del coche que te viene a recoger, rara vez deja de resultar imponente . Lo curioso del asunto es que, en circunstancias similares, la criatura más peligrosa que esconde el bosque es, sin lugar a dudas, el propio humano. Pero esto es así. Siempre se me viene a la cabeza la misma escena en situaciones como esta: una cueva llena de neandertales, amontonados los unos junto a los otros para no perder el calor, mientras fuera de la caverna llueve sin tregua y el macairodo ruge feroz su ira y su hambre: desde los orígenes de la humanidad, el hombre ha aprendido a convivir con el miedo y a superarlo, pero este enemigo incansable siempre está al acecho, buscando un mínimo resquicio para lanzarse sobre el iluso que cree haberse desprendido de él definitivamente.

En semejantes cuitas ando cuando comienzo a oír con claridad gruñidos que provienen de mi derecha. Los patas largas no han hecho acto de presencia, pero me dispongo, satisfecho, a enfrentarme con maese jabalí, un animal que parece hecho a la medida de los cazadores arqueros; al menos, eso parecen indicar los ruidos que oigo.

No muevo ni las pestañas y estoy del todo embutido en mis ropas. Ya no se ve prácticamente nada y el frío muerde con saña entre los matorrales. Los gruñidos se sienten cada vez más cerca y principian a escucharse los chasquidos de las abundantes ramitas que tapizan el suelo al romperse. Se trata de una piara, sin duda. Oigo distintos gruñidos a la vez y me relamo de gusto pensando que el espectáculo está servido. Aún no han aparecido en el comedero, pero están muy cerca, entretenidos hozando el suelo en busca de su pitanza, incansables y nocherniegos. Poco a poco, sus oscuras siluetas se asoman delante de mi puesto, apenas recortadas contra el suelo, de color más claro bajo la escasísima luz que reina en la escena. Bien, la cosa promete.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, ahí están. Siempre discutiendo entre ellos en voz baja, irascibles, valientes y gruñones, los cerdos salvajes hacen su aparición. Incorporándome un poco, puedo distinguirlos a duras penas, pero ahí están. Comen a toda velocidad, ruidosos y glotones. No son excesivamente grandes; se trata de ejemplares del año anterior como mucho, de manera que difícilmente superan los treinta o cuarenta kilos, pero eso carece de importancia. Están frente a mi, los tengo delante; animales salvajes en plenitud de facultades a los que yo, un pobre humano, tengo que conseguir engañar para arrebatar una de sus vidas; esa es la hazaña a lograr, en resumidas cuentas. Presto una meticulosa atención a las sombras que envuelven el claro; estoy convencido de que una jabalina vieja acompaña a la piara y esa debería ser mi principal preocupación y mi presa por defecto. Puede irrumpir ante mi en cualquier momento, porque es muy posible que esté contemplando el desarrollo de los acontecimientos agazapada entre la maleza. Veremos.

Aunque hay que empezar a pensar en el disparo. Me incorporo a medias, muy lentamente, y conecto mi luz roja: imposible ver nada, los bordes del foco de luz chocan contra las ramas de la ventana del puesto y no me permiten atisbar el exterior del mismo.  Tengo que acercarme más a la pared de camuflaje y repetir la maniobra, con el consiguiente riesgo de que las piezas se asusten y salgan escopetadas hacia la espesura. Pero no tengo otro remedio, de modo que así lo hago. Tan solo un par de ellos miran el haz de luz; sus ojos brillan en la oscuridad. Ninguno se alborota ni se inquieta, buena señal. Pero los muy ladinos se alejan un tanto del comedero, es como si se pusiesen de frente a mi en vez de darme el costado. Siguen revolviéndose, comiendo y gruñendo, no obstante. Vuelvo a incorporarme a medias y comienzo a abrir el arco antes de conectar la luz; cuando ya estoy en posición, enciendo la linterna y escojo mi presa. Vano intento, ahora sí que se mosquean y corretean nerviosos por el claro. Cierro el arco y vuelta a la silla, con el corazón pegándome saltos en el pecho.

Y a la tercera va la vencida. Repito la maniobra tan despacio como me es posible y cuando me estoy centrando de nuevo en elegir mi víctima descubro que se han alejado lo suficiente como para dificultarme sobremanera el tiro, o al menos eso es lo que creo percibir. De soltar la flecha, nada; habrá que esperar un poco más. Pero la piara comienza la retirada con tanta rapidez como ha aparecido. Ni rastro de la supuesta jabalina; me muevo ligeramente hacia la izquierda del puesto, unos tres metros, sin perder de vista el claro; ya no me importa que puedan verme, oírme u olerme, pero las sombras oscuras que eran mis presas  se han ido, dejándome con las ganas una vez más. Hablando más tarde con Juancho, coincidimos en que las huellas en el suelo indican que la piara se hallaba, a última hora, a menos distancia de la que me pareció apreciar, error muy común en las esperas nocturnas. De cualquier manera, prefiero no disparar sin tener la relativa seguridad de herir correctamente a la presa. Esa es la ley entre nosotros y ha de ser acatada siempre.

Al rato, ya noche cerrada, los faros del coche de Juancho perforan la densa tiniebla que me  arropa. Agradezco el calor del interior del automóvil y mientras charlo con mi amigo vamos recorriendo el monte para recoger a Alejandro y a Bryan, que han visto caza pero tampoco han podido disparar. Así es esta nuestra afición: nada que ver con el tiro al blanco, como se verá.

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De regreso en el hotel, nadie ha soltado una flecha, aunque casi todos han visto u oído animales en mayor o menor número. Después de la cena, Juancho y Pablo nos entregan unos obsequios y Jorge nos presenta una colección de artículos de la marca Kuiu, para la cual trabaja. Son prendas de altísima calidad, muy abrigadas y ligeras, con un tamaño y un peso que las hacen ideales para llenar una mochila sin tener que pensar en el peso que le estamos añadiendo. José despliega toda su panoplia de productos de cuero español, magníficamente cosidos y hechos a mano al cien por cien: guantes, protectores, carcajs de distinta capacidad acoplables al arco, en fin, una variedad de artículos hechos con mucho cariño por este amigo logroñés.

Y acabadas infusiones y copas, llega la hora de decir hasta mañana. Habrá que volver a levantarse pronto; hay que desayunar y hacer acopio de fuerzas porque mañana tenemos por delante otra jornada de vida en el monte: tan solo nosotros y nuestros arcos para vivir un lance que puede devenir en el más intenso de nuestras vidas, por qué no.

 

Nota: la segunda foto de esta entrada es cortesía de Alberto Amador. Gracias, amigo.

 

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Venados, gamos y cochinos, ii

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Checa, Guadalajara, a 1 de Noviembre de 2017.

Ha amanecido limpísimo y despejado este Día de Difuntos. Por aquello de hacer las cosas como han de hacerse, nos hemos levantado para desayunar a las nueve de la mañana. No es que haya prisa de ningún tipo; hemos dormido muy bien, aunque en exceso cerca del campanario de la iglesia del pueblo, creo, y nuestros amigos comenzarán a llegar a eso del mediodía. De todos modos, como hay que cambiar de habitación hoy mismo, preferimos facilitarle el asunto a Veronika y, en mi caso al menos, retomar la costumbre de madrugar ligeramente. Alejandro es pájaro mañanero, por lo que no le cuesta demasiado trabajo tirarse de la cama mientras escuchamos la monserga de las noticias políticas, centrada como es lógico en el desastre catalán.

Un buen desayuno salado y un par de tazas de té después, salimos a dar un breve paseo matutino, que no hace sino confirmar la impresión que el pueblo me causó ayer con bastante menos luz. Nos sentamos a charlar apaciblemente en la terraza del hotel cuando Veronika nos confirma que nuestra nueva habitación ya está lista. Subimos y colocamos mal que bien nuestras numerosas pertenencias. Acabo de comprarme un magnífico pantalón Hillman para esperas, acolchado pero ligero y cómodo, que complemento con ropa interior térmica de la misma marca y que puede vestirse también en plan forro polar exterior. Es muy cálida y cuenta con hilos de plata y carbón activo para evitar la acumulación de malos olores. Como siempre, Alejandro solamente trabaja con magníficos artículos en su tienda; es una gran ventaja contar con un experto como él a la hora de completar el vestuario para cazar, sin duda. Un colosal tres cuartos con idéntico camuflaje y similares propiedades aguarda en mi armario por si llego a necesitarlo. Una docena de flechas nuevas, emplumadas diestramente por mi amigo y regalo de mi querida gata bandolera, esperan ansiosas su turno para hendir el aire, para llevar la muerte al corazón de la presa. En la penumbra de la habitación, relucen malévolas las puntas de caza.

Poco después de que acabemos de ordenar nuestro equipaje, llega Juancho, acompañado de Alejandro, guarda de la finca en la que cazaremos e inestimable colaborador de Sierra de la Madera. Es un hombre de mediana edad, muy castellano, muy callado, muy eficaz. Se mantiene siempre en segundo plano y está continuamente atento a cualquier detalle que se les pueda escapar a sus jefes. Encargado de mantener los puestos del coto en perfecto estado de revista, de su trabajo depende en gran parte que logremos el éxito o no durante las esperas. Junto a ambos viaja Rufo, un precioso sabueso de Baviera, tranquilote y simpático, que ayudará en el rastreo de las piezas si se da la circunstancia. No le oiré ladrar ni una sola vez durante toda nuestra estancia, ni siquiera en los momentos de mayor excitación, lo que para mi es del todo impresionante: adoro a los perros silenciosos, rara avis, claro está.

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Tras los saludos iniciales, aparecen un par de coches más en los que viajan nuestros amigos vascos: Jorge y Alberto Amador; los Pozuelo, Aitor “Wild Turkey” y Rufino, padre e hijo, y José Ortega Subirana, logroñés de pro. Jorge Amador viene, entre otras cosas, a presentarnos artículos de la firma Kuiu, para la cual trabaja, y José Ortega nos mostrará sus artículos en cuero español, primorosamente cosidos y libres de cromo durante su curado. Aitor y Rufino vienen nada más y nada menos que a cazar apasionadamente, como debe ser. Es un placer contemplar a padre e hijo unidos en idéntico afán, disfrutando de las mismas cosas y fortaleciendo su mutua relación a base de momentos camperos y cinegéticos como los que vamos a vivir.

Un par de cervezas, nos sentamos a comer y rápidamente salimos hacia el monte. Es tarde, son ya casi las dos, de manera que poca cosa podremos hacer antes de que caiga la luz, pero eso no es obstáculo para nuestras ganas de campo. Subimos a los coches y enfilamos hacia las afueras del pueblo. Nuestro destino se halla a escasos kilómetros de la población; llegaremos en pocos minutos.

Al tomar las pistas forestales que se adentran en el coto, avanzamos levantando una enorme nube de polvo. La atroz sequía que estamos atravesando también deja ver su reseca mano aquí, pese a la gran cantidad de agua que atesora esta zona, tanto por cuestiones hidrográficas como climáticas. A veces, hay que detener el vehículo para mantener una distancia de seguridad con los otros coches que tan solo podemos intuir, tan densa es la polvareda que producimos.

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Pocos minutos después, tras pasar un pequeño puente que salva un riachuelo completamente exhausto, Alejandro y yo bajamos de nuestro vehículo. Comenzaremos a recechar los primeros, mientras Juancho y el guarda van situando al resto de nuestros compañeros en distintos puntos del coto. A nuestra izquierda, un empinado cerro de laderas muy cubiertas, que aloja en su cumbre un espeso bosque de pinos negrales, jaras y sabinas rastreras, estas últimas abundantísimas en la zona y muy típicas de ella. El riachuelo es uno de los límites del coto; podemos cazar en su margen derecha, nunca en su parte izquierda. Mientras bajamos del automóvil, nos llama poderosamente la atención el completo silencio que se percibe a nuestro alrededor. El bosque está muy quieto, muy parado; se diría que nos observase detenidamente, como si estuviera valorando la extraña presencia que lo invade para tomar una decisión con respecto a ella. Le comento mis sensaciones a Juancho y me contesta que él también lo ha notado, que llevan ya varios días así. Ni un solo pájaro rompe el espeso silencio que se alza frente a nosotros. Impresiona de verdad, es imponente; forma parte de la maravillosa sensación de poder vivir el monte, la naturaleza salvaje con todas sus características sin adulterar, sin envilecer de manera alguna.

Echamos a andar por el sendero de la ribera del río y en pocos metros nos desviamos hacia la izquierda para comenzar a tomar altura. El terreno está en condiciones difíciles para el rececho: seco, crujiente y lleno de ramitas quebradizas que traicionan nuestro paso una y otra vez con chasquidos que se nos antojan auténticos cañonazos, tal es el silencio que nos envuelve. Estamos practicando el rececho continuo, de manera que nos movemos con toda la lentitud que podemos lograr, cosa que no resulta tan sencilla como parece: hay que tener un cierto sentido del equilibrio y una buena musculatura en piernas, cintura y caderas para poder avanzar hurtando el cuerpo y con el sigilo y la precisión necesarias, lo que a la larga provoca un cansancio que parece inexplicable, porque no se tiene la sensación de haber hecho un ejercicio físico extenuante. Añadamos el peso de la inevitable mochila y el del arco et voilà, el esfuerzo está servido. Noto lo bien que me viene el gimnasio y lo hecho polvo que tengo el sistema vestibular de mi oído izquierdo; me cuesta un severo esfuerzo mantenerme equilibrado en ciertas zonas; tengo que posar el pie con mucha precaución para no hacer ruido y para no dar con toda mi osamenta en el suelo, pero es lo que hay. No me queda otra que aceptar mis limitaciones y seguir practicando el deporte que amo contra viento y marea.

Al cabo de unos cientos de metros, cambiamos de estrategia: Alejandro se dirigirá hacia la izquierda, tratando de rodear el bosque ceñido a su borde; yo tiraré hacia la derecha para atravesarlo en línea más o menos recta, doblando al final nuevamente hacia la derecha para encontrarnos ambos junto al coche. El viento sopla con suavidad sobre nuestros rostros y seguirá haciéndolo durante el resto de la jornada; por ese lado no tenemos nada que temer.

Sigo ascendiendo muy despacio, deteniéndome cada dos por tres para revisar los alrededores. No llevo los prismáticos, pero en realidad poco jugo les sacaría en un entorno como este. Es un bosque que cada vez se va espesando más, así que hay que estar atento a distinguir una mancha de piel o la punta de un cuerno entre la maleza en vez de otear a largas distancias. El oído juega sin duda un papel igualmente primordial aquí, y, salvando mis queridos acúfenos, que me complican un tanto la vida, lo cierto es que aún me defiendo en ese terreno. Noto a la perfección cómo me martillea el pulso en la sien y procuro no enredar el arco con la maleza que me va rodeando, cada vez más densa.

Algunos mirlos se levantan escandalosamente a mi izquierda  y me sobresaltan, quiéralo o no; por mucho que estés esperando la decisión del bosque sobre tu persona, esa sentencia que siempre acaba por producirse y que siempre contiene idéntico fallo, no es posible dejar de pegar un respingo cuando esta llega. A unos treinta metros frente a mi, unas jaras se agitan varias veces antes de volver a quedarse inmóviles; me agacho muy despacio, tomo una piedra y la lanzo contra ese punto, pero nada sucede. Algún conejo, alguna pequeña criatura del bosque habrá movido la planta; nada cercano a las grandes presas en cuya busca partimos.

Mis pasos me llevan hasta un hermoso claro, tapizado por hierba verde y fresca, fragante. La piso con placer; está mullida y no me devuelve ruido alguno cuando avanzo; así da gusto. Escucho una carrera muy lejana a mi derecha, esta vez sí. Sin duda, un venado rompiendo monte; sea lo que fuere, ni siquiera se ha molestado en ladrar; ha puesto tierra de por medio y se acabó la presente historia.

La luz comienza a bajar con vertiginosa rapidez. Ya estoy muy dentro del bosque que tapiza la cima del cerro en cuyas laderas hemos iniciado la marcha, de manera que las sombras se alargan arteramente a mi alrededor. Me quedo muy quieto, en completo silencio. Hace unos años, me hubiera fumado un pitillo muy a gusto en un momento como este, sin que se me diera una higa el asunto del olor del tabaco, tan placentero me resultaba consumirlo en circunstancias similares a esta: solo, alejado de la vida cotidiana y de sus obligaciones; en lo alto del monte con la única compañía de mi más duro juez y empuñando mi arma favorita, el noble instrumento de guerra y de caza cuyas bellas líneas han marcado mi devenir bajo el cielo desde hace ya más de treinta años como si de una hermosa y fatal mujer se tratase. Reparo entonces en que el arco ha sido una presencia constante a lo largo de mi vida de adulto; me ha acompañado siempre y en todo lugar, me ha abierto puertas a la aventura, a mi propio conocimiento y a la amistad de muchas personas inolvidables y me ha obsequiado con los regalos más maravillosos que he recibido y con las circunstancias más amargas que me ha tocado vivir, profesionalmente hablando. Me ha traído hasta aquí y confío en que aún me lleve mucho más lejos, siempre en pos de esa última frontera que se oculta tras el velo azul de la lejanía que solamente se rasga para el ser humano durante los últimos instantes de su vida. Soy un hombre muy afortunado, no me cabe duda alguna, y así me siento hoy, aquí, ahora.

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Respiro a todo pulmón el aire frío y limpio de esta sierra agreste y despiadada, que ya se agazapa poco a poco en la oscuridad, y mientras doblo hacia mi derecha comienzo el descenso. No quiero quedarme sin luz aquí arriba, porque mi proverbial despiste me ha hecho olvidar la linterna en el pueblo y porque mi pierna derecha aún responde fatal en las bajadas, así que camino ligero y aprieto los dientes: un dolor más o menos no me va a fastidiar el pasodoble, después de todo lo que he sufrido el año pasado. Vamos, un pie detrás del otro, poco a poco, sin miedo.

Voy descendiendo sin demasiados problemas. Bajo la vacilante luz, aún distingo a la perfección la gran cantidad de signos y de huellas de todo tipo que delatan la anhelada y huidiza presencia de nuestras presas. Una auténtica alfombra de excrementos de venado y de gamo, algunos realmente frescos, cubre el suelo; infinidad de pistas de subida y de bajada se cruzan en mi camino, repletas de los pezuñazos que los patas largas dan para tomar impulso en las laderas. Pese a que no he podido ver caza a distancia de tiro, es evidente que este coto hierve de animales; para mi, eso es, en principio, más que suficiente.

Llego el primero al coche, y pocos minutos después lo hace Alejandro. Al igual que yo, ha oído cosas interesantes, pero sin llegar a tener a tiro nada digno de mención. El rececho es, a mi juicio, la forma más noble y emocionante de cazar, pero es compleja y poco productiva salvo contadas excepciones. Bueno, qué más da; monte, caza, buena compañía, arcos y flechas; nada hay que objetar. Quedan por delante muchos días aún.

Al rato, Jorge y Aitor nos cuentan que han visto una pelota de pepas bajando hacia la casona que hay en el centro del coto y han salido tras ellas, pero con idéntico resultado que nosotros; los demás, sin novedad. A los coches y al pueblo; nos esperan unas cervezas frescas -en fin, un te para mí- y una buena cena servida por Veronika. Todos estamos cansados pero con ganas de conversación, como debe ser; la sobremesa se prolonga hasta las once y media o doce, momento en el cual cada mochuelo se va a su olivo. Bien; mañana tenemos que seguir conquistando el monte, de manera que nos retiramos a nuestras habitaciones para soñar con ese venado que brama en la oscuridad mientras nos reta a un encuentro postrero y mortal en el corazón de la espesura.

Nota: Las fotografías de este capítulo son propiedad de Alberto Amador, a quien agradezco desde aquí su gentileza. Un saludo, amigo.

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Venados, gamos y cochinos.

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Madrid, a 31 de octubre de 2017

Estrenar un automóvil siempre es motivo de alegría, a poco que te gusten estas curiosas bestias, como es mi caso. Alejandro me pasa a recoger en su flamante coche nuevo, que acaba de sacar del concesionario hace un par de horas. El bautismo de fuego de este compañero de andanzas será de lo más aventurero: nos dirigimos a Checa, un pueblo de la provincia de Guadalajara enclavado en el corazón del Parque Nacional del Alto Tajo. Vamos de caza, por supuesto. De caza con arco, faltaría más.

Y es que asistimos encantados a la celebración del V Encuentro Nacional de Arqueros Tradicionales, organizado por la orgánica Sierra de la Madera. Seremos diecisiete cazadores arqueros, aunque no todos estaremos presentes durante los cinco días que dura la convocatoria. Obviamente son números modestos, pero entre nosotros, los arqueros que preferimos cazar con equipo poco sofisticado, se trata de un acontecimiento esperado y deseado, de ahí nuestra ilusión por este viaje.

Juancho Requena y Pablo Martínez, propietarios de la gestora, son dos cazadores arqueros  ya más que cuajados; llevan muchos años manejando todas las armas posibles para dar rienda suelta a su afición, incluyendo los arcos de poleas, aunque han acabado decantándose por el equipo tradicional de un modo casi definitivo. Ambos socios  -y sin embargo amigos-  son perfectamente distintos entre sí; a pesar de semejante diferencia, o quizá gracias a ella, funcionan sin fisura alguna como equipo. Juancho es un hombre reflexivo, no muy hablador, aunque no le tiene miedo ni a la charla ni a la guasa; Pablo, calvorota como este cura, es bastante más expansivo, se expresa siempre con mayor vehemencia que su amigo, con mayor rotundidad y en voz más alta. Sin embargo, les une con claridad ese hilo conductor que supone la pasión por la caza, ese demonio que muerde por dentro y que no te deja parar quieto, ese deseo intemporal de perseguir a la pieza que tan bien conocemos los cazadores y que tan difícil de entender resulta para quienes no lo son.

Estos amigos ya comienzan a ser una firma de referencia en el peculiar universo de la caza con arco, después de seis u ocho años trabajando con distintas fincas en diferentes zonas del país. Su catálogo de abates cubre todas las especies cinegéticas de la península más el boc balear, de manera que las presentes jornadas prometen ser de lo más emocionante, sin duda. Sierra de la Madera gestiona más de diez mil hectáreas en abierto entre Cuenca, Guadalajara y Valencia, más otras tres mil en fincas privadas valladas, y en muchas de ellas la caza se practica exclusivamente con arco, sin recechar con rifle o montear. Con semejantes mimbres no es de extrañar que estemos deseando llegar a aquellas tierras. Podemos abatir venado, gamo y cochino, especies todas que supuestamente abundan en el coto que visitaremos. El corzo, ni tocarlo; no está en época hábil.

Dado que las fechas del encuentro coinciden con la festividad de Todos Los Santos, Alejandro y yo salimos un día antes para evitar problemas en la carretera. Ya he hablado con el hotel en el que nos alojaremos durante todo el evento, para comentarle a su directora nuestras intenciones.

Y así ruedan sin parar los kilómetros. Vamos charlando animadamente, como siempre, y haciendo chistes malos sobre la multitud de dispositivos que equipa el nuevo coche de mi compañero, nacido en plena era digital. Todo tipo de lucecitas, pitidos y mecánicas voces de mujer nos torpedean inclementes a cada paso. Nos cuesta un congo averiguar por qué coño el coche emite una señal acústica cada dos por tres, hasta que nos damos cuenta de que lo hace cada vez que mi amigo cambia de carril… sin utilizar el intermitente. En fin, absurdos de la tecnología de vanguardia, del repulsivo espíritu paternalista que nadie ha pedido, que satura y que aburre so capa de primar ante todo la seguridad cuando lo que busca con total descaro es el ahorro en vidas humanas no por su valor intrínseco, sino como mano de obra, como carne de cañón. ¿Afirmación políticamente incorrecta, conspiranoia de viejo profesional del Derecho? Me la suda, francamente. Es lo que pienso.

Tras dos horas y media de viaje, parada para el té incluida, llegamos a Checa. Aparecemos ante la puerta del hotel La Gerencia después de dar un par de vueltas por el pueblo -gracias, míster GPS-  y aparcamos junto al mismo. En la recepción, nos atiende Veronika Efremova, una amable joven moscovita que dirige el establecimiento. Durante los días que allí permaneceremos, su simpatía y su estupenda cocina contribuirán a hacer la estancia mucho más placentera.

Decargamos el coche, que llevamos hasta los topes de equipaje, y tomamos posesión de la habitación. Andamos siempre enredando con la polémica de la impedimenta; intentamos por sistema aminorar la cantidad de maletas y de bolsas con la que nos desplazamos, pero normalmente el empeño suele ser vano; a última hora, lo de siempre: ¿lloverá, hará frío?¿lucirá un sol espléndido? ¿rececharemos más que esperaremos o será todo lo contrario? ¿boats de agua, botas de monte? Y al final, dado que la edad te vuelve precavido -por decirlo de una manera suave- y las dudas se multiplican, la misma tendencia siguen los trastos. Bueno, es lo que hay. Al fin y al cabo, el coche carga con ellos por nosotros, no los llevamos al hombro, aunque nos ha tocado subirlos hasta la segunda planta del hotel por la escalera del mismo, como es lógico.

Esta primera noche dormiremos en una pieza un poco más modesta de lo que nos corresponderá en adelante; Veronika se disculpa porque el cuarto carece de televisión, pero eso es algo que para nosotros no tiene mayor importancia. Acostumbrados como estamos a acostarnos temprano y a levantarnos de la misma manera cuando salimos de caza, son detalles que no nos preocupan en absoluto, por no abundar en lo higiénico que será desconectar de lo cotidiano durante unos días.

Paseamos tranquilamente por Checa, por aquello de que hay que conocer el terreno. Es una situación curiosa para mí: el segundo apellido de mis dos hijos es, precisamente, Checa, y su abuelo materno nació a pocos kilómetros de aquí, en una pequeña aldea llamada Cobeta. Visité esta zona hace muchos años, aunque sin pararme en ella el tiempo suficiente como para recordarla con detalle, de modo que esta es una buena oportunidad para enmendar esa falta.

Localizado en el Señorío De Molina de Aragón-Alto Tajo, el pueblo cuenta con 287 habitantes censados. Dos altos cerros, el Picorzo y el Pedro Maza, flanquean el valle en el que se asienta, y cuenta con un bello pinar, la llamada Dehesa de La Espineda. Forma parte, desde 1998, del Parque Natural del Alto Tajo, por lo que su riqueza natural en flora y en fauna queda fuera de toda duda. Se encuentra en la parte castellana del Sistema Ibérico, en la zona en la que la sierra de Albarracín toca a la serranía de Cuenca. Su clima es mediterráneo tipo húmedo, de manera que los veranos son frescos y de corta duración y los inviernos pueden resultar durísimos: en 1952, el termómetro marcó 28 grados bajo cero. Si no fuera por el cambio climático que sin discusión alguna estamos viviendo, a estas alturas del mes de octubre y a esta hora del día  -son las ocho de la tarde-, estaríamos chupándonos los codos de frío, pero nada de eso. Lo cierto es que hace una noche magnífica, que aprovechamos para seguir paseando tras tomar un té en uno de los dos bares del pueblo, porque el otro está cerrado.

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Contemplamos casas muy altas, hasta de seis alturas, y con estrechas fachadas de hermosa piedra de la zona o pintadas de blanco. Ya que el pueblo tiene una gran tradición maderera, abundan las puertas realizadas en este material y labradas con primor, siempre en casas señoriales, muy numerosas. El río Cabrillas atraviesa apaciblemente la población, y en sus aguas frías y limpias chapotean para nuestra sorpresa algunos ánsares caretos. La parte del pueblo que flanquea más de cerca el río resulta ser la más pintoresca, la más típica y la más bella, con un barranco en cuya margen derecha una estupenda terraza para los saraos de verano resulta ser la parte de atrás de nuestro hotel, a la que podemos acceder desde el barrio en el que nos hallamos mediante una escalera metálica de cierta altura. Supongo que este artilugio sustituye a una escalera de piedra, sin duda víctima de los años y de las inclemencias del tiempo. Algunas de las casas están excavadas en una roca rojiza y frágil, que se deshace entre las manos al aplicarle presión. Hay cuatro o cinco casas devoradas por la ruina que amenazan con venirse abajo, para quedar sepultadas silenciosamente entre los restos de sí mismas flotando en la tiniebla del olvido. Todo el pueblo desprende humedad, y sus calles perfectamente adoquinadas y muy empinadas, deben ser peligrosas y traicioneras para el caminante cuando cierre el invierno y la nieve y el hielo golpeen sin misericordia la zona. En las afueras, una gran cantidad de apriscos y de encerraderos para el ganado, algunos de los cuales muestran en sus fachadas alegres carteles, como señal inequívoca de que han sido tomados por la alegre barahúnda de las peñas de la juventud del pueblo.

Volvemos al hotel para la cena y para un té ruso que, según Veronika, es muy fuerte para los españoles. Adoro el té y adoro los desafíos, de manera que me falta tiempo para aceptar su proposición, y la experiencia es francamente agradable. Es un té negro y robusto, un té de caravana realizado con la parte superior de las hojas de la planta, con un sabor potente y redondo. Durante los días que dure nuestra estancia, lo consumiré con agrado ante la mirada divertida de nuestra anfitriona, que al final lo preparará por teteras porque algunos compañeros se apuntarán a degustarlo.

Después de cenar, y a despecho de los supuestos efectos de la teína, que no suelen ir conmigo, más té. Ya he hablado con Juancho, que me comenta que llegará mañana al mediodía, al igual que casi todos los demás asistentes al acontecimiento, con la salvedad de un par de compañeros que vendrán de Extremadura el sábado por la mañana. No tenemos demasiado sueño. El pequeño bar del hotel está completamente desierto. Un grupo de rusos se marcha a las seis y media de la mañana, de manera que el edificio se encuentra silencioso y acogedor.

Alejandro y yo nos estamos en un par de sillones de orejas que rodean una pequeña mesa y una lámpara de pie, mientras conforman un pequeño rincón propicio para la charla nocherniega, campera, cazadora. Solamente falta una chimenea que ilumine y de calidez a la escena, pero por lo demás el lugar es perfecto. Nos darán las tres de la mañana hablando de lo que siempre hablamos, antes de que aterricemos en las cómodas camas.

Mañana es otro día, mañana comienza la caza. Me duermo con una sonrisa, como si fuera un niño que sueña con su juguete favorito, con ese oso de peluche, ya viejo y medio tuerto, que se resiste a abandonar: atesora el muñeco tanta dedicación, tanto cariño. que ya casi forma parte del niño, de todo su ser.

 

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En tierra de arqueros, final

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Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 7 de octubre de 2015

Esta noche pasada ha llovido un buen rato, aunque efectivamente he dormido como un niño. El persistente repiqueteo del agua sobre el tejado de uralita nos ha acompañado hasta algo antes del amanecer, y con las luces del día, los crujidos del techo, dilatándose bajo los rayos del sol, han sustituido a la suave conversación de las gotas de lluvia.

Volvemos a levantarnos sin prisa alguna, deleitándonos con un buen desayuno a base de aceite de oliva, jamón y tomate estrujado con ajo sobre una generosa rebanada de pan de pueblo. Como para resucitar a un muerto, vaya.

Tras el potente ágape, pasamos a la parte de atrás de nuestra cabaña para liarnos a tiros con las dianas allí dispuestas. Ni que decir tiene que el que más y mejor tira es, cómo no, el incansable Floren, pero tanto Alejandro como un servidor nos defendemos con harta dignidad y muy notables resultados. La adrenalina sube como la espuma; deseamos con fervor recibir la visita de nuestras adoradas presas durante la espera de la tarde, que se va acercando inexorablemente.

Sube la temperatura y aprieta el calor. Mientras tomo mis notas, Alex juega con Pirata, que lógicamente es un año más viejo aunque no más listo: todavía no ha salido de la categoría de cachorrete y zangolotea a nuestro alrededor a las primeras de cambio, saltando sin parar y moviendo las orejotas. Lo único que ha aprendido es a no traspasar los umbrales del hotel, por mucho que le puedan tentar los olores que de allí salen.

Y es que, mientras esperamos a Manolo y a Lepe, compañero de Floren, nuestro anfitrión se ha enredado a cocinar un gigantesco cocido a la manera de la zona, guiso en el que no falta absolutamente de nada. Tan es así que esa misma noche nos apretaremos una generosa ración de densa sopa con sus correspondientes fideos, amén del consabido jamón, y cuando nos vayamos la gran cantidad de comida restante irá a parar a las tragaderas del amigo Pirata, mal que le pese a su compungido dueño.

Ya han aparecido Manolo y Lepe, y nos sentamos a comer tranquilamente. Claro está, los efectos del pantagruélico festín no se hacen esperar, y al rato Alex y yo estamos descabezando un breve sueñecillo, que nos permitirá aguantar más fácilmente la tentación, la necesidad de cerrar los ojos cuando las sombras de la noche nos sorprendan en el monte, y su serena quietud nos envuelva. Es algo similar a sumergirse en un verde y salvaje tanque de aislamiento sensorial, de cuyas entrañas emerges renovado al final, y siempre alerta a los menores indicios de presencia de vida salvaje mientras dura el tratamiento, por así decirlo.

A poco de desperezarnos, aparecen Pepe y Juan, que quieren subirse a lo alto de la sierra en busca de los venados. Cuando Pepe, alto y grandote,  se entera de que me apetece cazar el ciervo tanto o más que el jabalí, me propone acompañarle, pero ya está Floren al quite. Según él, me voy a emboscar en uno de los puestos más hermosos y productivos de la sierra. Dadme un amén, hermanos; a ver quién es el guapo que le lleva la contraria al imparable presidente del club y del coto… Además, esto es caza, no tiro al blanco y, tal y como luego se verá, es algo tan impredecible como debe ser.

Dicho y hecho. Sobre las siete y media nos ponemos en marcha, y en breve espacio de tiempo estamos en el Valle de los Perales, la zona que me toca en la tarde de hoy. Mi puesto es, efectivamente, precioso y prometedor; a muy pocos metros del camino, y cuesta arriba, se halla inmediatamente detrás de un muro de piedra. En él, un par de portillos  -es decir, pasos-  que presentan claros rasgos de actividad, conducen hacia el monte, que se espesa abruptamente a muy pocos metros de distancia. Me oculto tras unos helechos y contra la tapia; los tiros, de presentarse, serán a unos escasos diez metros, si lo que cuentan las pistas de las piezas sobre el suelo responde a la realidad. Alejandro sonríe al verme vestido completamente del auténtico camuflaje Trebark, que hace mucho que no se fabrica. Comprueba que encaja perfectamente con el medio que nos rodea y me tira un par de fotos diciendo, como siempre, aquello de que soy un clásico entre clásicos. Cosas de mi buen amigo.

Con todo lo que voy a necesitar al alcance de la mano, me acomodo para comenzar la larga espera. Tengo la costumbre de abrir siempre la mochila con la que subo al puesto y de colocar estratégicamente a mi alrededor cuantos achiperres pueden resultarme útiles durante la jornada. Ropa de abrigo, prismáticos, linterna y demás trastos, bien cerca y preparados, de manera que pueda localizarlos fácilmente incluso en medio de la más densa oscuridad y sin alborotar el cotarro en demasía. Los ruidos que puedan proceder del entorno alertan menos a los animales salvajes, pero los sonidos metálicos, el subir de una cremallera o una tos inoportuna, pueden arruinar todo el trabajo de una espera en segundos, todos nosotros lo sabemos bien.

Mientras acaricio la empuñadura del magnífico Bowie que llevo en la caña de la bota izquierda, y cuando la luz es ya muy escasa, veo por el rabillo del ojo un bulto de mediano tamaño detrás de mí. Ha salido del boscaje del otro lado del camino y comienza a subir la cuesta que conduce a la salida del valle. Me parece de color claro, así que descarto que se trate de maese jabalí; me vuelvo suavemente para procurar seguirle, pero desaparece de súbito. Cuando mi torso vuelve con lentitud a su posición inicial, distingo a mi derecha y por el camino, aunque esta vez hacia el fondo del valle, el mismo bulto que se aleja en silencio y con rapidez. Creo que se trata de un zorro, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para comprobarlo, claro está.

Pasan las horas lentamente; se alargan sus alas como solamente pueden hacerlo en la tersa quietud de la noche campera. Me asaltan continuamente oleadas de sonidos sospechosos que examino sin cesar en busca del fallo delator que me entregará a la presa soñada; mis oídos, muy dañados por mi tratamiento, luchan con denuedo para procesar la información con la precisión necesaria para actuar en rápida consecuencia. Pero nada interrumpe la calma de mi apostadero. Bien es verdad que oigo perfectamente algún que otro gruñido sordo en las inmediaciones y el chasquido seco que produce la madera al partirse, más ninguna res rompe monte en mi dirección, y el astuto hocicudo se cuida muy mucho de ofrecerme el flanco.

Cuando me quiero dar cuenta, mis compañeros ya suben valle arriba para recogerme, después de cuatro horas de espera. Ellos tampoco han tenido éxito, aunque Alex ha visto fugazmente lo que parecía ser un cochino de buen tamaño, que ha salido como alma que lleva el diablo en cuanto ha divisado la luz del arco de mi amigo. Para joder más el pasodoble, Floren no se encuentra ni medio bien. Parece estar incubando algo más fuerte que un simple resfriado, de manera que se impone una retirada de inmediato. Por mi parte, estoy perfectamente envuelto en varias capas de ropa, incluyendo interior térmica y un excelente cortavientos regalo de Alejandro. Además, gorro de densa lana y tupida braga a juego, tejidos ambos por mi gata bandolera, que no es cosa de andar jugando con las amenazas del monte en pie de guerra. Es muy hermoso contemplar desde estas alturas la luz inefable de las estrellas, pero la aventura se disfruta mucho más sin exponerse a riesgos innecesarios. IMG_1098

Llegando al refugio, Floren se toma la sopa del cocido y se encama  como el rayo; no va a pasar muy buena noche, como era de esperar. Manolo no clarea, así que supongo que el todoterreno que he oído al poco de aparecer en la cabaña era él dirigiéndose al pueblo. Alex está igualmente muy cansado, así que enderezamos con cierta rapidez hacia los sacos. Al poco, llaman a la puerta y me tiro de la cama para abrirles la puerta a Pepe y a Juan. Pepe ha abatido un estupendo venado  -sí, yo también pensé lo que tú piensas ahora mismo, amigo-  y Juan se ha venido de vacío, como el resto. Qué le vamos a hacer, así es la caza. Ha llamado al teléfono de Floren varias veces para comunicarle la noticia e invitarnos a contemplar su presa, pero nuestro afiebrado anfitrión no le ha respondido.

Y a la mañana siguiente, nuevamente sin prisa. Acabamos de recoger tardísimo, sobre las cuatro, y bajamos al pueblo, a tomar un té en casa de mi maltrecho amigo y a despedirnos nuevamente de estos soberbios parajes. Ni siquiera nos paramos a comer; le dejamos con un abrazo fuerte y camino de una buena ducha, desde la que saltará directamente a la cama; en dos días, acaban sus vacaciones. Por no darle más la tabarra, seguimos con las uñas de luto y con una estupenda olisma que nos precede treinta pasos; nos lavaremos ya en casa, aunque yo no puedo evitar una visita al cuarto de baño para satisfacer necesidades bastante más apremiantes que una larga ducha.

Desaparecen de nuevo los kilómetros bajo nuestros cansados pies. El asfalto se desliza siseando claramente, como si de un  negro áspid se tratase. Avanzamos de regreso al hogar, con las mochilas repletas otra vez de recuerdos, aunque sin el preciado trofeo, al igual que en nuestro anterior viaje.

Da igual, da lo mismo, aunque a nadie le amargue un dulce. Algún día narraré un relato distinto; en algún momento, habré de contar un lance dramático ocurrido bajo la sombra de estos castaños centenarios. A base de amor y de constancia, este territorio feraz y lujurioso acabará por rendirse a mí, y tendré el privilegio de llevarme conmigo la vida de uno de sus hijos, para que revierta nuevamente en la vida de los míos, de mis seres queridos. Me esperan en la lejanía, ávidos de noticias, mientras las oscuras y rasgadas alturas de estas sierras se van diluyendo en una distancia azul detrás de nosotros.

Volveré.

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En tierra de arqueros

Extractado de mi diario de caza.

Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 6 de octubre de 2015.

Estoy sentado en una silla de tijera de madera, que sujeta mi espalda y mis riñones, algo maltrechos ya. Frente a mí, una alambrada que separa el castañar en el que me hallo apostado de una mancha de monte magnífica, espesa y oscura. Llena de los sonidos que el bosque emite a la caída de la tarde, presagia emocionantes encuentros entre mi presa y yo. En la valla metálica, y a unos quince metros escasos,  se abren un par de colás, como llaman aquí a lo que en mi tierra llamamos gatera o coladero. Es de esperar que los taimados cochinos asomen, si se deciden a hacerlo, por tales vías, que por supuesto ellos mismos han abierto. La proximidad de multitud de piedras junto a las colás hace presumir que podré escuchar algún ruido delator cuando la luz se haya ido, cediendo su lugar a la lóbrega noche. IMG_1078

Un viento continuo y fresco me acaricia la cara. Con el correr de las horas, me hará pasar frío, ciertamente, aunque la ventaja consiste en que no estoy cargando el aire, lo cual siempre resulta de agradecer. Y dejo ir mis pensamientos, como no podía ser de otra manera, mientras a mi derecha esta soberbia tierra me obsequia con un atardecer que se incendia suavemente, lleno con los múltiples tonos del amarillo y del naranja, del violeta y del rosa.

Ayer mismo, mi buen amigo Alejandro y yo nos metimos entre pecho y espalda, y casi del tirón, la eterna distancia que separa nuestro hogar de esta bellísima serranía de Huelva. Los nómadas somos así. Jamás dudamos ante la llamada de un compañero, de un hermano de armas. Y además, ciertamente, ya es hora de volver a escuchar al viento cantando quedamente entre castaños, robles y encinas.

Llegamos a estos parajes sobre las ocho de la tarde, para encontrarnos con un Floren en plena efervescencia, para no variar. Ya había dispuesto prácticamente todo lo necesario para la logística de estos tres días de caza, de manera que después de tres botellines acompañados con queso y jamón, subimos al hotel sin perder ni un minuto.

En cuanto llegamos a la cabaña que tan bien conocemos ya, nos hacemos unas fotos con el excelente vino que tan generosamente ha traído Alejandro, las magníficas amanitas cesáreas que abundan en la zona y una buena paletilla de cebo, oriunda de Jabugo, claro. Rematan el improvisado bodegón un par de hermosos racimos de uvas de Peñafiel recién cosechadas, aportadas también por Alejandro. La cosa de le bowhunting gastronomique, disparate idiomático que nos divierte, reflejando lo que tanto nos gusta…

Para cenar, una buena ensalada, jamón y pluma de cerdo, todo ello regado con ese Ribera de Duero que nos ha acompañado desde Madrid. Menudean las copas en animada conversación, y se nos vienen encima con rapidez las dos de la mañana. Seguimos de chachareta ya en los sacos de dormir, y yo, siguiendo mi inveterada costumbre con la famosa prima nocte de todos mis viajes de caza, apenas pego ojo hasta que el día comienza a clarear… Poco después de las diez, me despiertan las voces de los buscadores de setas que trufan durante estos días la sierra, en pos de los variados y sabrosos frutos del bosque.

De manera que me cuesta un cierto esfuerzo mantener los ojos perfectamente abiertos, sobre todo cuando la noche se va apoderando lentamente del paisaje que me rodea. Manolo el de la miel, otro buen amigo, me ha acercado hasta el puesto en su todo terreno, y me comenta que también es posible que me entre algún venado, y que él mismo les ha oído berrear no lejos de allí. Las ceremonias amorosas de estos nobles animales se han retrasado un tanto este año debido al intenso calor y a la falta de lluvia, así que aún no han acabado los desafíos y los reñidos combates, si bien van perdiendo en intensidad poco a poco. Buenas noticias, a fe mía; no tengo inconveniente alguno en tropezarme con uno de estos enfebrecidos monarcas en medio de la espesura, para librar ese combate que nos ha traído hasta aquí.

Pero pasan las horas, y tan sólo he escuchado a un cochino gruñir sordamente detrás de mí y a la izquierda. Calculo que le habrá llegado mi olor, con lo que no hay nada que hacer. Repentinamente, una mirla me sobresalta de veras, con un improvisado y estridente recital; salto en la silla e intento perforar la total oscuridad con los ojos y con los oídos, suponiendo que alguna pieza de mayor calibre ha sacado de su sueño inquieto a la ruidosa ave. Nada asoma en las cercanías de mi puesto, aunque se dejan escuchar algunos crujidos suaves cerca de la colá de mi izquierda.

De súbito, la escena se ilumina quedamente, pero con la suficiente fuerza como para notar la diferencia entre ambas luces. Veo con claridad mis manos y a un metro o metro y medio de distancia, aunque la luna no ha hecho su aparición. Son las estrellas que tachonan el limpísimo cielo de esta tierra, y que derraman su argentino silencio sobre mí. Y a pesar de que no he avistado pieza alguna, a despecho de que la espera ya toca a su fin, me siento un hombre afortunado: estoy solo en plena naturaleza salvaje, bien abrigado y con mi arco de caza en la mano. Espero, en cualquier momento, ese embroque fugaz y terrible que puede producirse entre mi objetivo y yo, sacándome el corazón por la boca de pura emoción; echo de menos, por supuesto, a algún ser querido, pero ese es el único pensamiento dulce y triste que atraviesa mi magín. Comienzo a pensar, tan rodeado de esa sonora soledad del monte en la noche, que soy dueño de mi destino, siquiera sea un ápice, y que vuelvo, poco a poco, a sujetar las riendas de mi vida con cierta firmeza.

¿”Qué tal, Mariano? ¿Has tirado, has visto algo?” La voz y la linterna de Manolo me sacan de mi ensueño, y dirigimos nuestros pasos al hotel. Hay que cenar, nos lo merecemos. La temperatura está bajando con celeridad y nos esperan unas botellas de vino y los restos del delicioso solomillo de jabalí con patatas y setas que Floren cocinó para comer esta mañana.

Me creo que voy a dormir como un  tronco esta noche; veremos.

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Tres, tria, tribu

Hoy hemos echado a andar nuestras tertulias SBC,una de las últimas piezas de la filosofía de los nómadas, que parece haber prendido con fuerza entre nuestra gente, entre arqueros cazadores y arqueros a secas, que tanto monta. Nos hemos reunido Arturo Herráez Sepúlveda, un muy antiguo amigo, veterano en nuestras lides, Octavio García Pérez, tirador y una nueva amistad en mi caso, y este cura, servidor de ustedes. La charla ha discurrido con facilidad, con entusiasmo, como cuadra a los arqueros apasionados, que sienten muy de cerca toda la riqueza que a sus vidas aporta un universo tan magnífico y fecundo como es el tiro con arco. Hemos visto la película “The Black Beast”, rodada en Francia y dedicada a esa pieza magnífica y anhelada que es el jabalí.

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De cualquier manera, y según comentaba en otros foros, la película no ha sido más que una excusa. La hemos comentado, cómo no, y la hemos saboreado. Pero nos guiaba -y nos guía- la intención de conocer, compartir y aprender; nos llama la idea de expandir los conocimientos propios de nuestro deporte y de hacer ver a quienes lo practican y a quienes no, que su esencia no está restringida, ni mucho menos, al mero hecho de soltar una cuerda que empuja una flecha. Es más, mucho más, y oculta un tesoro de posibilidades de comunicación y de disfrute de la vida que está al alcance de cualquiera.

Nos gustaría, además, revivir la tertulia en vivo y en directo, prescindiendo de los medios electrónicos que todos conocemos y utilizamos. Son excelentes canales de comunicación, pero entendemos que no pueden sustituir al contacto ocular directo ni a la charla visceral y animada, españolísima y repleta de matices que se pierden ante un teclado de ordenador.

Y en ello estamos, sin prisa pero sin pausa. Tres, tria, tribu. Mañana, o pasado, declinaremos, con toda seguridad, otro número más elevado.

Un abrazo y buena caza.

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Lobos y abejorros.

Un día divertido y fructífero en Calzada de Calatrava, gracias a la amabilidad de Elfo Golferas y del Club Abejorros. Nos desplazamos Jander y yo hasta allí para probar los nuevos modelos de longbow híbrido Lobo de Hunters Niche/Predator Bows para este año, al tiempo que recopilábamos mucho material gráfico y rodábamos un par de vídeos para presentar al público estos magníficos arcos. Ya colgaremos los vídeos acabados en cuanto salgan de la factoría de imágenes de ese gran profesional que es el amigo Elfo.

IMG_4539 IMG_4495 IMG_4473 IMG_4465 IMG_4444 IMG_4358 IMG_4360 IMG_4376 IMG_4378 IMG_4394 IMG_4347 IMG_4331 IMG_4001De paso, probamos y presentamos  también el modelo Cobra, del maestro arquero alemán Rudi Weick, nueva marca que importa en exclusiva Arcodos. El tiempo nos acompañó todo el día, y tuvimos la oportunidad de conocer el campo de tiro del club, llamado “El Comendador”, un magnífico entorno natural donde soltar un buen número de flechas con los nuevos arcos.

Después de una estupenda comida, seguimos tirando y tomando fotos en un pabellón deportivo cuyo uso ha cedido a nuestros amigos el ayuntamiento de la localidad. Más flechas, más diversión y más arcos, incluyendo los Taxus, tradicionales de calidad que está comenzando a fabricar mi amigo Juanjo Caballero Manzaneque, y que sin duda darán mucho que hablar. Aparecieron más tarde Carlos, presidente del club, y José, otro socio del mismo.

Un par de cervezas y de vuelta para Madrid, con la satisfacción del trabajo bien hecho y de haber conocido a más compañeros de afición… y de pasión.

Un abrazo fuerte, nómadas.

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Nómadas del sur, final.

castaño  (116)

20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

Días de mucho, vísperas de poco. Desde el amanecer, comienzan a partir los compañeros, encaminándose cada mochuelo a su olivo, que mañana es día de escuela. Van desapareciendo, disolviéndose en la niebla de esta temprana mañana de domingo; van cabizbajos y callados, porque saben que retornan a la prosaica realidad de la semana laboral, de las prisas, de los atascos, de los jefes irascibles; van tristes, en suma, porque abandonan el refugio que cobija sus ilusiones y sus alegrías, la compañía de quienes les estiman, les comprenden y comparten tantas cosas con ellos, el vano espejismo que oculta el desagradable rostro de lo cotidiano.

Desayunamos tranquilamente Manolo, Floren, Alex y yo, después de apañar los dos cochinos. Joaquín ha hecho lo propio con su venado en lo alto del monte, ante la dificultad que ofrecía el traslado de la pieza. Bajamos a Alájar, con el fin de podernos dar una buena ducha, que resulta ser ya mucho más que necesaria. Huelo como una cabra vieja a treinta pasos, y las uñas de mis manos llevan tres días de luto riguroso; me muero por un sorbito de civilización, y creo que mis amigos se encuentran en una situación similar.

castaño  (528)Mientras comemos, se desata nuevamente una tremenda tormenta; aunque amainará sobre las siete y media, es más que suficiente para acabar con todas nuestras aspiraciones cinegéticas. Manolo se retira a su casa y nosotros tres tomamos el camino del cortijo. Sigue lloviendo desaforadamente, así que optamos por tomar una serie de fotos de interior para futuros artículos. Cuando escampa, soltamos unos cuantos tiros y poca cosa más queda por hacer, me temo. No sabíamos, recién levantados, si subir a los puestos o si visitar una finca cercana que Floren lleva, cuajada de venados, y decidimos quedarnos por aquí, equivocándonos de medio a medio. Qué le vamos a hacer, así es la caza.

Mientras Alex ultima unos asuntos con Floren, comienzo a recoger el equipaje, por aquello de ganar tiempo a la hora de salir mañana.

castaño  (311)Un atardecer suave y rosado, casi completamente silencioso, húmedo y fresco, se abate sobre nosotros y sobre estas sierras mientras contemplo los espesos castañares que nos rodean.

He vuelto a coleccionar recuerdos, ya que los más codiciados trofeos se han negado a compartir conmigo su leyenda, su gloria innegable, la eterna canción del bosque que nos llama desde hace ya tantos años. Aumenta el número de mis amigos y conocidos, por lo que me siento un hombre afortunado. Será cuestión de volver a perdernos cuanto antes bajo la sombra venerable de los alcornoques, que se visten de rojizo marrón hasta la cintura, privados de su valiosa corteza. Necesario será volver a hollar estas duras lejanías en pos de nuevas aventuras, sabiendo siempre, sintiendo siempre en las entrañas, que ese trofeo inigualable, ese lance supremo, puede aguardar detrás del siguiente castaño, a la vuelta de la jara más espesa o a la vera de un arroyo rumoroso y alegre.

Volveré, sin lugar a dudas.

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Nómadas del sur, y IV

20 de Septiembre.

Alájar, Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Huelva.

castaño  (598)Ruidosa amanecida, con todos los socios en pie de guerra: que si comida, que si cena, que si caza… El cortijo que aloja a esta alegre compañía hierve de actividad  en la fresca mañana de hoy.

Cada uno cumple aquí con su papel buscando el bien común  -al menos en teoría-  como no podía ser menos. Floren anda buscando rastros recientes por mejor organizar el cacerío de la tarde, mientras Joaquín hace la compra y Manolo y David atienden al mantenimiento y limpieza del albergue. Antonio se ha hecho con los mandos de la cocina y se halla muy azacaneado aviando siete palomas que Juanma trajo, de manera que un arroz aderezado con estas sabrosas aves se adivina en el horizonte. Personalmente, no me gusta en absoluto esa carne negruzca y ácida, pero habrá que hacerle los honores al arroz, por aquello de no despreciar el trabajo de un amigo y probar, de paso, una receta cinegética que desconozco.

He descansado muy bien, y tras el desayuno, potente como siempre, damos la bienvenida a Francisco, tesorero del club y experto en armas blancas. Los bolsillos de sus pantalones, amplios y abultados, rebosan navajas, cuchillos y diversos útiles de afilado. Todo compañero que pasa a su lado tira de cuchillería propia y, como el que no quiere la cosa, sin ni siquiera mirarle, le tiende a Francisco el arma en cuestión para que éste repase con mimo sus filos, asunto al que se pone de inmediato, con fervor y con conocimiento de causa. Apaña los jamoneros de la casa, entre otras cosas, hasta que los largos cuchillos cortan más que las palabras de una mujer despechada, y sonríe satisfecho para sí mientras prueba los crueles filos.

castaño  (574)Despachado ya el arroz  -excelente, por cierto, con un delicioso toque de pimienta y fuerte sabor a monte-  comenzamos de inmediato a pensar en el reparto de los puestos, que es tanto como pensar en repartir las oportunidades de dispensar la muerte, de participar en el juego salvaje y ancestral que nos ha traído hasta aquí, tan lejos de nuestro hogar. Brillan los ojos al escuchar la suerte de cada uno, el destino que el alegre y ajeno azar depara a cada quién; hay quien rumia su mala fortuna y hay quien celebra el resultado a grandes voces. Yo contemplo en silencio la escena, porque sé positivamente, al igual que mis compañeros de afición, que es Fortuna quien hace girar las ruedas del mundo, y que ni el puesto más querencioso del magnífico coto habrá de rendir dividendos si la alegre dama no tiene a bien sonreír para la ocasión. Cuento con la ventaja, creo yo, de que semejante convicción empapa mis días y mis noches, rigiendo en todos los ámbitos de mi vida, de modo y manera que los reveses de la esquiva diosa, sus carantoñas y sus desprecios, no me pillan descuidado ni de lejos. No me dañan, no me complacen, no me sacan de mis casillas, no me entristecen ni me alegran; tan aceptado tengo mi papel en el mundo como tengo el suyo.

Me toca, en esta ocasión, un puesto con dos pequeñas bañas en la mismísima cuerda de una de las muchas sierras que contiene el coto. Trepamos hasta las cercanías del puesto a lomos de todoterreno y a continuación emprendemos un descenso de unos seiscientos metros hasta el puesto como tal, franqueando una alambrada que me ofrece alguna resistencia, dado mi atlético estado de forma. El esperadero es conocido como el del camino sin salida, y allí me dispongo a montar mi jornada de caza.

A la derecha hay un camino, por el que hemos accedido al puesto. Una vez en la cuerda, a la izquierda y a unos seis metros escasos, hay dos bañas, a las que no se puede llegar más que saltando una barrera metálica, coronada con alambre de espinos. Un par de árboles flanquean las bañas, y detrás de ellos se abre una enorme barranca, desde la que pueden llegar las presas. Nada más sentarme en una silla plegable que me ha prestado Juanma, comienzo a  cargar viento a tope, si bien es cierto que me tranquiliza pensar que no contaminaré ni la barranca ni las bañas, puesto que me hallo en la cuerda de una sierra y no en el llano.

Son las siete y media de la tarde y un sol magnífico agoniza en la quietud del monte, tan hermoso, tan salvaje, cuando ya me hallo perfectamente instalado en mi puesto. Oigo un burro rebuznando con espléndidos pulmones, niños y perros jugando en la lejanía, y, para mi sorpresa, prolongados toques de lo que me parece, contra todo pronóstico, una caracola de caza. Más tarde, David me aclarará que una comuna hippie que hay por allí cerca se entretiene en semejantes menesteres a la caída de la tarde, quiero suponer que a falta de asuntos de más enjundia. Mi compañero se va a colocar, en esta ocasión, muy por debajo de mi, ya que mis problemas con la luz están solventados, gracias a una potente linterna que Alex me ha montado, habilidosamente, en el puente del arco.

castaño  (550)Hasta las doce menos veinte de la noche, tan sólo me acompañan un par de chotacabras, que se aproximan en un silencioso vuelo por mi derecha y por mi izquierda, hasta acabar casi encima de mí. El espeluznante ulular de esta fea ave, en medio de la sierra, de noche cerrada y en completa soledad, es capaz de acojonar al más pintado, o al espectador que carezca de la costumbre de montear a deshoras y sin luz. Afortunadamente, no es mi caso, de manera que dejo pasar a los animalejos sin mover un músculo y continuo engolfado en mis pensamientos y atento, a la vez, a la jugada que me ocupa.

A la hora antedicha, algo pasa muy deprisa por el camino de mi derecha. Juraría que se trata de un venado, por el ruido que oigo, pero cuando utilizo el foco ya no distingo nada que se mueva por los alrededores. Silencio total de nuevo.

Al filo de las doce y media, oigo a mi izquierda varios gruñidos bajos y sordos, pero los jabalíes que los emiten no acaban de clarear. No me gusta el tono de sus voces; me da la impresión de que me han olido, porque es imposible que me hayan visto u oído, tal es la inmovilidad que mantengo desde hace muchas horas, con contadas excepciones. En eso de quedarme como una piedra tengo pocos rivales, a decir verdad. Lo cierto es que me cuesta horrores, en muchas ocasiones, mantenerme despierto; tal es la concentración que el pongo al asunto.

Y así se va resolviendo, para mi frustración, la espera. La verdad es que estar sentado en una silla me viene muy bien. Me cuesta un congo levantarme desde el suelo, y mucho más en la oscuridad. Los dedos de mis pies intentan compensar el destrozo de mi sistema vestibular, muy afectado por la quimio y la radio, y se mueven con desesperación, buscando ansiosamente el equilibrio, perfectamente dañado por mis problemas de salud, o por mejor decir, por la solución de los mismos. Consigo no caerme en cada ocasión a duras penas, o esa es la sensación que percibo, pero es lo que hay.

castaño  (548)Cuando David pasa a recogerme, me comenta que Joaquín acaba de matar un venado de diez puntas, que Antonio ha tirado sobre dos cochinos y que Manolo ha disparado contra otros dos. Las perspectivas son, así pues, excelentes; veremos en qué queda el asunto.

La noche es magnífica, fresca, callada, quieta. No se mueve ni una triste hoja y ni siquiera los grillos cantan de continuo, como si no quisieran taladrar el espectral silencio del cielo nocturno. Posiblemente no se atrevan a hacernos llegar su particular sonsonete, aterrados ante la tragedia que se acaba de desarrollar en las tinieblas que ya nos rodean, asustados por las noticias de vida y de muerte que llegan hasta nosotros desde la cercana espesura.

Mientras descendemos hasta el cortijo, al teléfono de mi compañero van llegando más noticias sobre los acontecimientos de esta noche. Definitivamente, Manolo ha matado un jabalí y el otro ha escapado sin daños; Antonio ha fallado uno y herido de muerte al otro, mientras que Joaquín ha cobrado su ciervo tras un laborioso rastreo. Parece, por tanto, que se avecina una larga noche de trabajo de campo.

Nos acercamos al puesto de Antonio, que está como una moto, y comenzamos a pistear al animal. El rastro es flojo, escaso, difícil de localizar a la luz de las linternas; Juanma tira de Friki, a ver si el perro, pese a su juventud, se comporta como todos esperamos. Lo hace regular el chuchillo, y tras unos doscientos metros, divisamos un túnel que se abre en la espesura que festonea los campos de labor en los que nos estamos moviendo. Conduce el hueco, cuesta abajo, al corazón de la mancha de la que el cochino ha salido, enredada,  oscura y amenazadora bajo la luz de las estrellas, que apenas basta para perforar la espesura que todo lo invade. Herido de muerte, el animal ha vuelto a su querencia, al lugar en el que se sabe seguro, aunque no sea más que para morir lejos del alcance de la bestia suprema, del gran depredador, del terrible ser humano, dificultando así el cobro, como si de una postrera venganza se tratase.

David, joven y absolutamente envenenado por la caza, no lo duda. Se introduce a cuatro patas por la estrecha gatera, maniobra ciertamente peligrosa si se realiza en pos de un cochino herido y en plena noche. Al rato, cantan victoria mis amigos, ya que Juanma y Antonio se han introducido en la misma mancha por camino distinto al tomado por David. Toan el animal por la boca con un útil preparado ad hoc hasta el mismo borde del camino, donde espera ya un todoterreno con el motor en marcha.

Mis piernas no dan para más después del rastreo del día anterior, subiendo y bajando aquel duro risco, y de la caminata de vuelta a la civilización tras las seis horas de espera de hoy. Con las ganas de haber pisteado en la espesura junto con mis amigos, me doy el último paseo hasta el cortijo y espero más noticias con un refresco bien frío en la mano. Entre bromas y veras, ya son las tres de la madrugada, otra vez.

Y el resto de la partida está igual de cansado que yo, problemas de salud aparte. Acabada o acabándose la conversación, y ya los dos jabalíes en el cortijo, todo el mundo se va yendo castaño  (580)al cuquero más bien deprisa. De momento, parece claro que la fauna andaluza no quiere nada conmigo, qué le vamos a hacer. Tanto los jabalíes como el venado tendrán que esperar hasta mañana para que los aviemos, dejándolos así listos para aprovechar su excelente carne.

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