Cazando desde un blind elevado.

climbing-buck-palace-hunting-blind-stairs_f4256f05-7a75-4d41-8b57-33a92b7761e7_2000xMuchos de nuestros compañeros de afición pasan la mayor parte del tiempo que dedican a la caza sentados sobre tree stands portátiles y de los modelos más ligeros a los que les sea posible acceder. Pese a las ventajas que ofrece su diseño, es precisamente ese factor el que los convierte en chismes francamente incómodos. La desagradable verdad es que tampoco existen muchas otras opciones, como no sea la de cazar desde el suelo, situación esta que comporta claras desventajas si la comparamos con la anterior, a pesar de lo cual otros muchos cazadores -entre los cuales me incluyo- prefieren acechar a sus presas con los pies firmemente asentados sobre la tierra. Para gustos, colores.

Pero existe una opción intermedia, por así decirlo, que podría conjugar lo mejor de ambos mundos: cazar desde un blind cerrado y situado a determinada altura. Me parece que ya sufrimos bastante cazando con arco como para no lanzarnos como gatos monteses hambrientos sobre una oportunidad de cazar con algo más de comodidad en cuanto la distingamos.

Hay que admitir, no obstante, que se produce una cierta desconexión cuando te encuentras sentado en una de estas pequeñas cabinas, como casas en miniatura, esperando a un venado o a un jabalí. No estás expuesto a los elementos e incluso las mejor diseñadas de ellas cuentan con una ventana que solamente te ofrece una parte de la vista de la que puedes disfrutar desde un tree stand normal. De todos modos, lo que perdemos en ángulo de visión lo ganamos en libertad de movimientos. Puedes tomarte un cafetito sin un miedo excesivo a ser visto o estirarte tranquilamente sin preocuparte por el movimiento a realizar. Y, aceptémoslo, al ir cumpliendo años el hecho de encontrarte lo más cómodo posible durante tantas horas como seas capaz de aguantar cazando es algo francamente muy valioso, un factor a tener muy en cuenta, sin duda alguna.

Los mejores blinds de este tipo están diseñados perfectamente, aunque resultan algo caros; no obstante, creo honradamente que la inversión puede merecer la pena. Si te parece interesante cazar desde uno de estos puestos, lo primero y principal es repasar muy detenidamente los puntos calientes del coto, las rutas que utilizan las piezas para moverse, los comederos y bebederos y, en general, cualquier otra zona que por una u otra causa resulte interesante para nuestras presas. Y lo digo porque, una vez instalados firmemente, no apetece nada de nada tener que desmontar el blind y volver a empezar en otra localización distinta. Escoge la situación del puesto con tranquilidad y sin prisa. Un buen comienzo puede consistir en colocarse cerca de un comedero, siempre y cuando situemos el invento de forma que no carguemos los vientos dominantes, obvio es decirlo. Este tipo de montaje es muy adecuado también para cazar con arma de fuego, que nos permite disparar sobre cualquier pieza que entre al comedero desde casi cualquier distancia.

Pero los cazadores arqueros planteamos las cosas de otra manera. Si colocarnos junto a un comedero es una buena idea, situarnos en la ruta que lleva hasta él es todavía una mejor opción. Si conocemos alguna mancha de vegetación o un punto específico que los animales utilicen para llegar hasta la comida, colocarnos a distancia de tiro en ese lugar es perfecto, y si hay algo de agua en las cercanías, entonces puede ser la bomba.

Recalquemos la importancia del agua. Hay quien prefiere un escenario que la contenga sobre cualquier otro panorama a la hora de cazar, con arco y sin él. Todos los animales necesitan beber a diario, y si el agua escasea, no hay mejor localización para un puesto que una buena charca.

Por supuesto, una vez que tengamos claro dónde colocar nuestro puesto, es igualmente importante considerar cómo llegamos hasta él y cómo salimos del mismo, extremos estos que muchas veces no reciben la atención necesaria pese a su trascendencia. Lo lógico, como podemos suponer, es aprovechar la cobertura natural de la zona para poder entrar y salir del blind de la forma más discreta y sutil posible, aunque no falta quien coloca su puesto en terreno abierto para poder ver más y mejor. En fin, cuestión de gustos. No hay que olvidar, sea cual fuere la opción que elijamos, que es necesario que los animales se acostumbren a la voluminosa presencia del puesto, presencia que sin lugar a dudas llamará su atención y despertará su curiosidad durante algunos días.

A continuación, y sin ánimo de exhaustividad -ni de hacer publicidad para nadie, palabra- os adjunto fotografías y direcciones web de los modelos más populares en los Estados Unidos.

Hasta otra y buena caza.

 

Una estupenda solución es la que ofrece Cabela´s con su modelo Blade ‘N’ Bullet, fácilmente desmontable. Sin duda, es la opción más barata de todas; pueden adquirirse toldos de repuesto y existen versiones mejor aisladas del mismo.

 

Southern Outdoor Technologies ofrece una excelente opción para nosotros con su modelo The Bow Condo.

 

 

Blind fabricado por Redneck Blinds. El tope de gama para cazadores arqueros es el Buck Palace Platinum 360, aunque hay muchos otros perfectos para nosotros y bastante más baratos.

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A cámara lenta

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Recientes investigaciones por parte de un organismo llamado Laboratorio para los Cérvidos de la Universidad de Georgia, Estados Unidos, comparten con nosotros un punto de vista muy llamativo sobre un peculiar asunto: la velocidad a la que un ciervo cola blanca -pariente cercano de nuestro corzo, como sabemos- procesa las imágenes que su vista capta y cómo perciben su entorno. Que no os despiste ni os haga dudar lo chusco del nombre de dicha institución, hermanos, aunque podría entender vuestras dudas.

Al turrón. Parece ser que los ciervos reciben información visual a mucha mayor velocidad que nosotros, lo que les hace más sensibles al movimiento. Ven cualquier tipo de movimiento como a cámara lenta, hecho que les permite reaccionar a mucha mayor velocidad. Y, siendo esto cierto a cualquier hora del día, la diferencia con la capacidad de reacción de los seres humanos llega a ser cuatro veces superior durante el amanecer y el ocaso, es decir, los períodos de mayor actividad de los venados y las horas que los cazadores preferimos para el rececho y el aguardo. Malas noticias, me temo.

Bien. Ahora que sabemos que nuestros cérvidos nos ven a través de su propia app de cámara lenta, se nos ocurren para empezar dos cosas: a) esto es una faena de las buenas, y b) nos acordamos con total y dolorosa claridad del corzo que fallamos la temporada pasada porque esquivó la flecha: un maestro del string jumping, que dirían nuestros compañeros de afición americanos.

Así que, como no es que podamos hacer gran cosa para que nuestra arma favorita dispare más deprisa, puede que sea prudente charlar un poco sobre algunas cosas que nos ayudarán a camuflar nuestros movimientos de camino al puesto, mientras estemos en él y al salir hacia nuestro vehículo, ya acabada la espera. No espereis descubrimientos de la misma importancia que el de las sopas de ajo, pero nunca está de más reflexionar detenidamente sobre nuestros hábitos en esta materia.

1.- Plantado de pantallas: se ha escrito mucho sobre este asunto en las revistas del sector, y es algo que parece funcionar. Un buen macizo de árboles, arbustos o matorrales densos, plantado en los alrededores de nuestro puesto favorito para bloquear la visión de nuestra presa, puede ser realmente eficaz, siempre y cuando tengamos líneas de tiro despejadas a través del mismo. Si no los hemos plantado, podemos también cortar ramas de distinto tamaño, atarlas en brazadas y colocarlas por los alrededores haciendo montones, con la debida antelación.

2.- Estudio del terreno: La topografía es un gran invento, sin duda. Usándola, podemos reconocer los tipos de plantas, arbustos y árboles que más les gustan a los ciervos, hecho que afecta indirectamente a sus desplazamientos y a su forma de comportarse. De este modo, y a partir de un simple mapa topográfico y de una fotografía aérea de la misma zona, podemos visualizar, a grandes rasgos, los patrones de movimiento de nuestros objetivos. Cierto, analizar e interpretar acertadamente estos datos requiere determinada experiencia, pero con el tiempo desarrollaremos nuestra intuición y la habilidad de predecir con posibilidades de acierto dónde estarán los ciervos, hacia dónde querrán ir y cómo se las ingeniarán para llegar hasta allí. Llegados a ese punto, podremos utilizar las particularidades del terreno a nuestro favor, procurando no espantar a los animales y permanecer tan a cubierto como sea posible mientras entramos y salimos del apostadero.

Dado que los venados siguen el camino que menos dificultades les ofrece -como todo hijo de vecino- , parece lógico hacer justo lo contrario. Hay que caminar atravesando los sembrados y manteniéndonos perpendiculares a sus bordes. Hay que aprovechar las zonas de poca altura y las depresiones naturales para evitar que nos vean. También es prudente utilizar los lechos de los arroyos y otras torrenteras cuando nos sea posible, que además nos ofrecen la ventaja añadida de controlar nuestro olor a base de caminar por el agua tanto como podamos.

3.- Abrir sendas por adelantado: Si existen obstáculos naturales que dificultan nuestro avance hacia el puesto, lo mejor es abrir un camino a través de ellos basándonos en nuestro conocimiento del comportamiento de los venados. Y hay que hacerlo adelantándonos lo suficiente a la temporada, lógicamente, para evitar cualquier actividad que espante a la caza en el peor de los momentos. Conozco a alguno que llega a utilizar un soplador como los que usan los barrenderos para limpiar el camino de hojas tanto como pueda, asegurándose así de caminar en completo silencio, pero supongo que la cosa no es para tanto. Por cierto, atentos al asunto porque puede ocurrir, tarde o temprano, que los ciervos se acostumbren a aprovechar las sendas que abramos, así que hay que estar preparados para explorar y abrir nuevos caminos si eso llega a ocurrir.

4.- Dar un rodeo es algo muy sano: A lo mejor ni habría que explicar esto, pero hay que evitar los lugares en los que los ciervos quieren estar en el momento en el que puedan estar, según lo que sabemos de ellos. Así que evitemos pasearnos por medio de sus zonas de alimentación o de los cebaderos  a las horas en las que se alimentan, por ejemplo. Nos costará un poco más de tiempo y de planificación entrar y salir de los puestos, pero puede merecer la pena si conseguimos engañar a nuestras escurridizas piezas.

Esto por lo que respecta a los momentos que pasamos dirigiéndonos hacia el puesto. Una vez cómodamente instalados en el mismo, sigamos tomando precauciones.

5.- Enciérrate: Sí, lo has entendido bien. No uses un stand, me permito aconsejarte. Los blinds de suelo o elevados, hechos a mano o comprados, tienen paredes, que nos ofrecen una valiosísima ventaja frente a nuestras presas. Asegurémonos, eso sí, de instalarlos con una cierta anticipación para que los ciervos se acostumbren a su presencia. Los venados no son idiotas. Están diseñados para la supervivencia y contemplar un nuevo objeto en su panorama habitual, como un blind saliendo de la nada, desencadenará en ellos una natural reacción de curiosidad. Aunque precisamente por ello es posible que alguno caiga en nuestras garras, lo más clásico, según la infame ley de Murphy, será que ese hecho provoque un cambio significativo en la conducta de los animales y de su comportamiento en la zona, lo que puede reducir nuestras posibilidades de éxito.

6.- Cobertura natural: Cuando estemos explorando para montar un nuevo puesto, ya se trate de un blind, de un puesto de suelo o de un tree stand, hay que prestar atención a la posibilidad de usar la naturaleza para romper nuestra silueta y evitar que se recorte contra el cielo o contra zonas despejadas. Localizar árboles con más de un tronco, árboles de gran diámetro, grupos de vegetación densos y árboles altos mezclados con matorrales de tamaño medio en cuyas inmediaciones podamos colocar los puestos, nos ayudará a camuflar nuestra presencia. El asunto consiste en intentar visualizar desde los puntos por los que suponemos que pueden entrar en el apostadero los venados la apariencia general del mismo, asegurándonos de que no destaca en absoluto en la escena.

7.- Cobertura artificial: Ni que decir tiene que, a falta de cobertura natural, podemos echar mano de una buena lona de camuflaje para rodear minuciosamente nuestro puesto o bien crear uno a base de un soporte de madera y planchas de madera de balsa o similar, convenientemente pintadas.

8.- Múevete despacio, nada más: Y finalmente, el que sin duda es el mejor consejo de todos, repetido hasta la saciedad: hay que moverse muy despacio, como si estuviéramos atravesando un campo de minas. Hay que permanecer concentrado a tope en el entorno y pensar, simple y llanamente, que cada vez que nos rasquemos la nariz, comprobemos el WhatsApp o echemos mano de los binoculares para  inspeccionar la zona, nos pueden ver a la perfección. Cada uno de nuestros movimientos tiene que tener un propósito y debemos realizarlo al menos cinco veces más despacio de lo que lo haríamos en otra situación. Esto es crucialmente cierto cuando nos ponemos en posición de tiro, al agarrar el arco o iniciar la apertura.

En fin, no se trata más que de utilizar el sentido común, que por otra parte es el menos común de los sentidos, como todo el mundo sabe. Pero la verdad es que una especial atención al detalle durante la planificación y la ejecución de nuestras jornadas de caza puede suponer la vital diferencia entre el triunfo y el fracaso.

Un abrazo y buena caza.

Somos nómadas, somos tribu.

 

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Venados, gamos y cochinos, final.

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-!Vamos, bonito; busca, busca, buuuuscaaaa…¡ !Ale Pipooooo

Pipo se mueve como un rabo de lagartija entre las numerosas matas de monte bajo que tapizan la enorme pradera. Bajo una lluvia persistente, engañosamente fina, obedece las órdenes de Carlos, su amo, mientras se deja el alma en localizar las codornices.

Hace unas cuantas horas, Alejandro ha sembrado esta zona del coto con un par de docenas de estas aves. Dejándolas a su aire, tranquilas, durante un cierto período de tiempo, se puede disfrutar luego de cazarlas tirándolas al vuelo en condiciones que recuerdan a una auténtica cacería de aves salvajes. Esta difícil modalidad, de gran belleza plástica, requiere del concurso de un perro de caza perfectamente entrenado, que controle su nervio y que siga al pie de la letra las órdenes de su dueño.

A primeras horas del día, y tras una breve presentación de las puntas que mi amigo Ángel Barrón fabrica, las ya famosas Barrón Birds, nos encaminamos al coto sin perder ni un momento. Lo cierto es que la mañana estaba un tanto enfadada y era más que probable que el agua hiciera acto de presencia, como así ha sido. Al llegar a la amplia explanada, Ángel saca de su coche una pequeña máquina lanzadora de pelotas de tenis de su invención, y comenzamos a tirar ávidamente contra las bolas amarillas, que salen a toda velocidad. Resulta complejo y desafiante impactarlas, pero al mismo tiempo es sumamente divertido y sirve de entrenamiento pensando en la caza real.

Y después de una hora a tiro limpio, se impone una pequeña pausa. Repasamos los equipos y los amos sacan a los perros de los coches y comienzan a jalearlos. Contamos con Pipo, con nuestro encantador Rufo  y con un drahthaar que no recuerdo cómo se llama, aunque estos últimos desempeñarán un papel menor en la partida que estamos a punto de jugar.

En caza al vuelo es muy común que dos compañeros tiren en collera, auxiliados por un solo perro. Recorriendo lentamente el cazadero, han de prestar minuciosa atención al comportamiento del animal, que señalará mediante su muestra la presencia de las presas. Hasta aquí, todo igual que en la caza menor con arma de fuego. Pero cuando nuestro inapreciable auxiliar se queda inmóvil al tiempo que mira fijamente al suelo, con una pata delantera levantada y ofreciendo una espléndida imagen, llena de emoción, fuerza y plasticidad en espera de la orden final de su dueño, las cosas toman un cariz distinto. La diferente naturaleza del arma que empuñamos se impone y modula la reacción del cazador y el resultado del lance, que se inclina muchas veces a favor de la pieza.

Ángel y Carlos tienen reflejos muy rápidos, fruto de la práctica continuada. Como todo lo que tiene que ver con el tiro puramente instintivo, se trata de lograr una perfecta coordinación entre nuestros movimientos para ejecutar el disparo y la localización del objetivo a abatir, en tanto dejamos al cerebro que se ponga de acuerdo con el ojo para lograrlo. Y el secreto para adquirir semejante habilidad se halla, cómo no, en la práctica, en el entrenamiento constante de esa habilidad que todo ser humano posee en mayor o menor grado y que conocemos como “memoria muscular”. Esta característica es la principal responsable de los éxitos deportivos de los grandes tenistas, futbolistas y golfistas, por citar algunos deportes en los que la coordinación ojo-cerebro desempeña un papel crucial.

El único inconveniente en la partida de esta mañana radica en que somos muchos tiradores los allí presentes. Formamos dos grupos de cinco cazadores y un perro, pero con estos números resulta muy complicado evitar tiros cruzados y situaciones potencialmente peligrosas. Andamos con cien ojos y las codornices van cayendo poco a poco, si bien es cierto que unas cuantas logran escapar a la indudable habilidad de Pipo y a nuestra perseverancia.

La lluvia arrecia con ganas; Pipo parece un pequeño fantasma, blanco y empapado de agua por los cuatro costados, pero está feliz. Quedan aún algunas codornices que se escabullen trabajosamente entre las matas de rastreras, pero la mano va tocando a su fin. Mientras mis colegas siguen tirando las últimas flechas, me siento tranquilamente en el coche y aprovecho para relajarme un ratito, tanto que casi me quedo del todo frito. Me deshago del fino chubasquero de emergencia del que he echado mano ante la que se nos venía encima; parezco un enorme tele tubby de color verde y he pagado el precio de mi aspecto en sonoras carcajadas de todos los queridos zulúes que me acompañan. Al poco, encuentro un magnífico poncho de lona verde, camuflado en OptiFade… en el fondo de mi mochila y sin estrenar. En fin, esto es así.

Bueno, la cosa no va mal. Le he acertado a un par de pelotas de tenis y a una codorniz; un resultado medianamente digno si tenemos en cuenta mi absoluta falta de práctica en este estilo de tiro. Hace ya muchos años, en la primera FIVAC a la que asistí como dueño de Arcozenter, tiré al plato en collera indoor junto a José Manuel Cusí Battle, un clásico de la arquería catalana, y mis resultados fueron bastante más notables, pero… han pasado eones desde entonces.

Hoy comemos en el campo nuevamente, aunque con todo lo que el cielo está dejando caer sobre nosotros lo hacemos a cubierto, en la casona que funciona como nuestra base de operaciones. Allí dentro, en su comedor, ya está el fuego ensimismado en su danza. La chimenea irradia una potente y cálida luminosidad que ilumina la estancia al tiempo que la puebla de movedizos espectros. Casi todo el mundo se descalza y se quita algo de ropa; colgadas de los clavos de la pared o extendidas sobre los bancos de piedra de la estancia, nuestras prendas humean siseantes. Es fundamental que se sequen bien antes de subir al monte a la caída de la tarde, porque la sombra aguarda pacientemente allí arriba para dejarnos sin aliento a golpe de frío. Hoy tenemos luna llena, si bien no sabemos si su mágica luz podrá visitarnos; tendrá antes que atravesar un espeso dosel de nubes que se resisten a desaparecer del cielo.

Tras la comida, saboreamos plácidamente el café en animada charleta. Se juzgan los lances de la mano que acabamos de vivir, se celebran y se comentan con guasa, en castellano y en inglés; se habla del magnífico trabajo de Pipo, de su resistencia y de su nervio; se disfruta, en fin, de esa entrañable camaradería que se desprende de una jornada de caza entre hermanos de afición. Todos los aquí presentes somos nómadas, razón de más para sentirnos estrechamente relacionados.

Y llega el momento definitivo, otra vez. Me pongo las botas con tranquilidad, ya perfectamente seca toda mi indumentaria. Me las he quitado por estirar los pies; mis viejas compañeras Bestard, engrasadas y limpias, siguen dando la talla en condiciones de frío y humedad, de manera que el agua no ha llegado a mojarme los pies en ningún momento. Chaqueta abrochada, mochila al hombro; recojo el arco y me dirijo hacia mi todoterreno habitual. En cuestión de minutos, los embarrados vehículos avanzan por una resbaladiza pista que divide un gran campo de cultivo. A derecha e izquierda, y cercando la extensión de tierra, un bosque espeso y silencioso, parapetado tras bancales de la niebla que lleva todo el día arrastrándose por estos pagos.

Llegamos a destino. Como siempre, me bajo el primero del vehículo para ocupar mi lugar siguiendo las instrucciones de Juancho. Me sitúo en una pequeña elevación del terreno. Un estrecho y empinado valle se abre frente a mi puesto y a mano derecha; por su fondo discurre una vereda abierta por el continuo paso de la fauna salvaje. Está repleta de huellas de distinta antigüedad, pero es claro que los animales la recorren con harta frecuencia. Estoy cómodamente sentado junto a un gran pino, cuyo tronco protege casi por completo mi flanco izquierdo, donde se halla el alimento; el gran matorral que se abre a mi alrededor y en cuyo centro me hallo, cuenta con muchas posibilidades de tiro y no ofrece problema alguno para abrir el arco. Ensayo el disparo varias veces sin levantarme de la silla y todo parece cuadrar a la perfección. Empezamos bien.

Ya a solas con el monte, oigo muchos crujidos en medio del impresionante silencio que cubre la sierra por entero. Pese a que bastantes de ellos obedecen a la actividad de pájaros de gran tamaño, aves de presa en su mayor parte, escucho chasquidos de ramas al romperse que nada tienen que ver con mis alados vecinos. Suenan desde mi derecha, provinientes de la cuesta que baja hacia el vallecillo que tengo enfrente. De momento, sin embargo, ningún ser vivo hace acto de presencia. Monto una flecha por si acaso; nunca está de más ahorrar movimientos con una presa entrando en el apostadero, de manera que resulta prudente anticipar algunos de ellos.

La luz está bajando muy deprisa. Tal y como me temía, la luna solamente es capaz de dejarse ver durante breves instantes, muy espaciados entre sí. En esos intervalos, la senda del valle resplandece como un hilo de limpia plata, empapada por el agua caída, y  en la semioscuridad que me circunda y me contempla calladamente, creo adivinar alguna que otra presencia. Una fría y deliciosa fragancia a tierra mojada sube desde el suelo impregnándolo todo con su húmeda bendición.

Estoy mirando al cielo en busca de algo más de luz cuando oigo un chasquido más fuerte que los demás. Afino todo lo que puedo mis deficientes oídos y consigo captar el discretísimo rumor de unos cuidadosos pasos. Forzando la vista al máximo, distingo, recortándose apenas contra el suelo, la silueta de un animal. Completamente inmóvil, me aparto la bufanda de la boca para que mi barba no haga el menor ruido que me pueda delatar; casi dejo de respirar para evitar la columna de vapor que sale de mi nariz, visible a la perfección en aquella media luz.

El animal avanza un poco más, sin abandonar la cautela que le mantiene vivo. Le tengo ahora a unos veinte metros y por fin le veo con alguna claridad. Es una gama de buen tamaño que se mueve hacia los jugosos haces de hierba; si cede a la tentación de su embriagador aroma, el capricho le puede costar un grave disgusto. Con la cabeza baja, olisquea el terreno; se para, mira alrededor y camina un par de pasos más. Si se mueve otros tres o cuatro metros, podré disparar contra ella. Localizo la ventana de tiro y empuño el arco con firmeza, dispuesto para reaccionar en cuestion de segundos y con el corazón saliéndoseme por la boca.

Repentinamente, algo la entretiene. Se desvía hacia su derecha y sube un tanto por la ladera de ese lado del valle hasta perderse de vista. Las barbaridades que me vienen a los labios no son para reproducir aquí, claro está. Y en mitad del cabreo sordo que me estoy agarrando, la veo salir de nuevo entre los árboles que tengo justo frente a mí. Quién dijo miedo. Comienzo a abrir el arco tan lentamente como el frío y mis músculos, algo entumecidos, me permiten. Escucho el roce de la flecha en el reposaflechas de pelo de mi arco y mi aliento ya calienta mi mano mientras estoy llegando a mi punto de anclaje. Una, dos y… una nube enorme cubre el cielo, dejándome tan ciego como un topo segundos antes de soltar el tiro. El contraste es tan brutal que no veo absolutamente nada de nada. Eso sí, oigo moverse a mi amable visitante, y por la velocidad que lleva ya me supongo que se acabó lo que se daba.

Cuando la luna vuelve a visitarme, muy poco después, evidentemente ya solo quedamos en ese lugar del monte mi arco, ella y yo. Nuevamente, la naturaleza salvaje no ha consentido que le arrebatase la vida de una de sus hijas; por algo será. Seguramente le asisten motivos de peso que están más allá de mi parco entendimiento de ser humano. Bien, aún es posible que aparezca por allí algún que otro caminante descarriado; sigamos a lo nuestro.

Pero ya han pasado tres horas y la cosa no tiene buen pronóstico. El aire helado me trae el rumor del coche que viene a recogerme, avanzando trabajosamente por la pista forestal que lleva hasta el mismo borde de la espesura. Juancho y Alejandro no han visto nada, así que, de alguna manera, tengo que darme por satisfecho con mi magro resultado.

Es posible que algún compañero cazador que lea estas líneas se estremezca pensando en la idea de estar cinco días sin soltar un solo tiro contra una pieza de caza. Si se trata de alguien que maneja un arma de fuego para dar rienda suelta a su afición, lo puedo comprender. Entiéndaseme bien; no le estoy quitando valor alguno al hecho de cazar con ese tipo de instrumento. Simplemente digo que las coordenadas de ese hipotético compañero y las mías no pueden coincidir más que lejanamente en este asunto. El arma que yo manejo exige de mi la concurrencia de toda una serie de factores positivos para poder liberar el poder letal de una flecha de caza contra un ser vivo, y a lo largo de estos magníficos días en el Alto Tajo, no se ha dado esa circunstancia. Ya lo siento. Eso me servirá como excusa para volver por estas tierras muy en breve, por aquello de extraer una consecuencia positiva de un hecho que no lo es.

De vuelta en el hotel, y tras el consabido té que me saque el frío de los huesos, subo a mi habitación mientras se va pergeñando la cena. Voy haciendo maletas y recogiendo aparejos con tranquilidad. No tenemos prisa alguna para regresar, ni hoy ni mañana, pero me gusta guardar mi equipo con calma y pensando en dónde coloco cada objeto. Hace unos años, hubiera sido el momento ideal para encender un cigarrillo sentado en mi habitación e ir decidiendo cómo hacer las cosas. Hoy contemplo mis trastos desparramados por la habitación sin el misericordioso auxilio del tabaco para hacer frente a la tarea, pero empacar es el preludio de la inevitable vuelta a la realidad, a los quehaceres, a las miserias y a las grandezas cotidianas, allá en la lejana y caótica urbe a la que no le importa si vivimos o morimos en la distancia.

Me voy muy contento de esta preciosa parte de España. He hecho nuevas amistades, he refrescado otras antiguas, estrechándolas más si cabe. He conocido parajes de emocionante belleza bajo la luz aún brillante de este noviembre recién estrenado. He sido testigo de la vida que desborda el bosque, que obedece calladamente sus leyes y que me desafía con soberbia galanura en cada ocasión en que me atrevo a intentar cobrarme el tributo que como cazador me debe, para acabar demostrándome, con sabia altanería, que yo pasaré y ella trascenderá.

Quizá sea esa una parte importante de las lecciones que me llevo en el morral al acabar este viaje: recojo el guante. Mientras me quede un atisbo de vida, seguiré subiendo al monte con tanta ilusión como el primer día. Pasaré noches en vela, ya sea en el apostadero, ya al amor de la lumbre; ya solo, ya en compañía de mis iguales, de mis hermanos. Resistiré el frío cruel y el calor abrasador de mis jornadas de caza y jamás cejaré en el empeño de perseguir ese sueño maravilloso que espera a cada hombre en el corazón de la umbría.

Volveré.

 

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Venados, gamos y cochinos, iv

Corzo 2

Para mi tío Jesús Gómez García, mi fan número uno. Un abrazo fuerte, chaval.

Checa, Coto del Villarejo, 3 de noviembre de 2017

Un silencio espectral me rodea por doquier. Son las cinco y media de la tarde y nos hemos internado en lo profundo del bosque. Nos dirigimos hacia los puestos que vamos a utilizar en la tarde de hoy para hacer una espera.

Después de seguir durante unos veinte minutos la pista que nos ha ido conduciendo hacia el corazón de la espesura, diviso desde el coche una torre metálica que se yergue en el borde de un claro, imposible de distinguir apenas unos metros antes. El todoterreno penetra lentamente en la zona y nos bajamos procurando hacer el mínimo ruido.

Lo cierto es que para un arquero tradicional como yo resulta del todo imposible utilizar la torre que se alza frente a mí a unos quince metros de altura. A simple vista, es evidente que el interior del habitáculo es estrechísimo y muy bajo, de tal suerte que no se puede abrir con la imprescindible comodidad un arco del tamaño del que yo uso. En el mejor de los casos, habría que sacar medio cuerpo fuera por la ventana de la torre e intentar hacer puntería sujetándose fuertemente con las piernas. Para un cazador de arma de fuego o de poleas, la cosa tendría otro cariz, pero para un nómada como quien esto suscribe es impensable. Esta muy claro que algún poder superior no quiere verme cazando por las alturas, así que me dispongo a esperar como hago casi siempre, a ras del suelo. Posiblemente sea un método menos eficaz, porque a las presas les resulta más fácil localizar al cazador, pero, sin duda alguna, resulta mucho más emocionante poder vislumbrar al animal casi a la misma altura de sus ojos.

A la izquierda del camino que nos ha llevado al claro en cuestión hay un macizo de espinos de mediano tamaño, mezclados con algún que otro pimpollo de corta edad. La parte trasera de esta mancha de vegetación está resguardada por un par de enormes pinos, que además de cortar ligeramente el viento que ya comienza a levantarse, disimularán mi silueta. Cojo mi silla y me planto junto a uno de los árboles, no sin antes abrirme camino entre los espinos procurando no hacer un ruido excesivo y alterando lo menos posible mi entorno. El olor a savia fresca de ramas recién cortadas o la visión de las blancas fibras vegetales del interior de cualquiera de las plantas que me rodean, es perfectamente capaz de poner en guardia a los animales cuya presencia ansío: al fin y al cabo, son auténticos profesionales de la supervivencia, y se trata de no ponerles las cosas fáciles. Elimino algún que otro estorbo más para abrir sin problemas el arco y me siento, dispuesto a echarle paciencia al asunto, ingrediente del todo imprescindible en el currículo de cualquier cazador.

En el centro del claro, y a una distancia prudencial de la torreta, hay un comedero automático cargado hasta arriba con grano y con maíz. Ha habido que cambiarlo de lugar porque la lumbrera que diseñó el puesto lo situó demasiado cerca de la torre. El ángulo de tiro resultaba, por lo tanto, en exceso agudo, lo que provocaba tiros que alcanzasen un solo pulmón o que fallasen estrepitosamente en el mejor de los casos. Muy de cuando en cuando, el plato giratorio del comedero se pone en marcha y esparce en círculo el preciado alimento. Observo a la bandada de pájaros que, extrañamente silenciosos, son de momento los únicos clientes que están comiendo gratis. Sus evoluciones me recuerdan que estos alegres habitantes de la foresta delatarán mi posición sin el menor inconveniente y en el instante menos oportuno de todos, así que procuro permanecer completamente inmóvil y en silencio.

Las sombras están comenzando a alargarse con lentitud y la temperatura empieza a bajar aviesamente. Estoy tan quieto que no muevo ni los ojos; en consecuencia, mis alrededores pierden nitidez. Los contornos de los objetos se difuminan y se mezclan los unos con los otros; lo que percibo es muy similar a un patrón de camuflaje, grandes manchas irregulares de colores que se alternan unas con otras. Si algo se mueve en mi radio de visión, la mixtura que contemplo se desintegra de inmediato, al captar mi cerebro ese movimiento y situarlo con la rapidez del rayo en mis coordenadas sensoriales. Los pájaros me sacan con frecuencia de esa especie de abstracción en la que me mantengo, que puede pasar fácilmente a convertirse en un sueño ligero, muy agradable pero más que suficiente para echar a perder la espera. Intento, así, no amodorrarme, aunque me cuesta un cierto trabajo.

En ese combate ando cuando distingo una mancha de color más oscuro que el fondo  boscoso recortada contra el mismo. Es un precioso corzo del año pasado, con su espeso pelaje de invierno. No tiene un gran trofeo pero es tan elegante y engañosamente delicado como cualquier otro. Se mueve con mucha lentitud y en sin provocar ni un solo ruido según se va acercando al borde del claro y al comedero. Llegado al depósito, se pone de costado hacia mi y comienza a comer, algo inquieto. Me está ofreciendo un disparo de libro; procuro agitarme lo menos posible y bajar un tanto la mirada; noto el corazón en el pecho y el pulso me retumba en las sienes.  Mi presa interrumpe con frecuencia su alimentación para pasear una mirada llena de desconfianza por los alrededores; está claro que hay algo que no acaba de encajarle en la escena y que muy posiblemente ese algo sea este cura.

Pero tendré que contentarme, claro está, con admirar a esta mágica criatura del bosque. Hoy no supongo amenaza alguna para su vida, dado que no estamos en temporada hábil para intentar su caza. De haber llevado encima una cámara fotográfica, sin duda hubiera podido tomar excelentes instantáneas, pero no es el caso. El pequeño rumiante sigue comiendo, lo deja y da un par de vueltas alrededor del comedero, husmea el aire y vuelve a la comida. Repite esta rutina un par de veces hasta que, súbitamente, levanta la corta cola y suelta un par de roncos ladridos: ya tiene claro que le acecha un peligro inminente, aunque juraría que no me ha visto. Recula hacia la espesura sin dejar de ladrar y en un par de saltos desaparece de mi vista, internándose a toda velocidad entre pinos y robles. Todavía le oigo alborotar la quebrada quietud de la tarde durante un rato, mientras ladra en la lejanía. El muy ladino me va a poner en pie de guerra a toda la población animal de las cercanías; veremos.

Vuelta a empezar. Aprovecho el mutis del fantasma que acabo de contemplar para estirarme un rato. Me pongo de pie y escucho todo un repertorio de crujidos que proviene, cómo no, de mi anatomía, largo tiempo inmóvil, así que el estirón me sabe a gloria bendita. Y tras sentarme de nuevo, cuando la luz que queda ya presagia la llegada inminente de la oscuridad, una corza irrumpe en el claro con idénticas precauciones a las adoptadas por el macho que he visto hace un rato. Es muy bonita y joven; menea sus orejas con rapidez y escruta detenidamente la zona antes de proseguir con su acercamiento. Me entretengo con esta nueva visita, carente de todo interés cinegético pero plena de belleza salvaje, de naturaleza sin mancillar. Cuando la dama se aburre, después de comer bastante menos que su compañero, da media vuelta y se esfuma en la creciente tiniebla como si nunca hubiera estado allí. Se acabó la gentil visita.

Ambos animales han entrado en el claro de una forma tan discreta que no me han llamado en ningún momento la atención. De haber estado situado en el interior de la torreta, es posible que les hubiera visto llegar. Pero, dado que estoy a ras de suelo, su pequeño tamaño y su silencioso deambular han estado a punto de jugármela: no he advertido su presencia hasta que no les he tenido prácticamente encima.

El día ha sido bastante completo, he de reconocerlo. Por la mañana, y después del madrugón acostumbrado del desayuno reglamentario, hemos saltado a los coches para partir en dirección a otra zona del enorme coto. En la mañana de hoy, vamos a dar un par de pequeños ganchos entre nosotros. Lo normal sería que algunos esperasen mientras otros baten monte, pero Juancho, Pablo y Alejandro se adjudican este segundo papel como es lógico, de manera que el resto podremos esperar cómodamente.

Tras un buen rato de camino, subimos por una estrecha pista que lleva hacia la parte más alta de la sierra. Toca caminar un pequeño trecho, hasta que llegamos a una meseta que se abre a los pies de un gran barranco. La mañana está nublada y fría, pero es una delicia estar en el campo en esos momentos. Pinos, robles y vegetación rastrera lo inundan todo, componiendo un bello paisaje con sus innumerables combinaciones de colores y de formas. Los roquedales de granito relucen de humedad y el vaho de nuestro aliento se eleva hacia el cielo gris mientras buscamos acomodo entre las manchas de vegetación y el arbolado. Me coloco junto a un gran pino, cuya base está forrada por una gran rastrera que se extiende a su alrededor. Soy el primero de la cuerda y mis compañeros se van colocando algo más arriba; mantenemos unos veinte o treinta metros entre cada uno de nosotros y divisamos perfectamente al compañero que tenemos a derecha e izquierda (tan solo a la derecha en mi caso). No hay lance de caza tan importante como para olvidar en ningún momento el crucial asunto de la seguridad, por descontado.

Después de un rato de tranquilidad, el monte comienza a agitarse. A lo lejos, se oye perfectamente la algarabía de nuestros batidores. Avanzan lentamente entre los árboles y la densa vegetación, dando voces y gritando para levantar la caza. Ante mi se abre una lengua de tierra que baja desde lo alto del barranco para acabar por desaparecer en el frondoso pinar que hay a mi izquierda. Estoy a unos quince metros de esa franja, de manera que si algo aparece por ahí es posible que pueda dejarlo cumplir y ejecutar un buen disparo.

Oigo algún ladrido de corzo que se entremezcla con las voces de mis amigos, pero nada más. Aprovecho la calma casi total que se respira para aliviar mi vejiga y al poco rato, escucho que algo rompe el monte y, efectivamente, dos grandes pepas asoman por el borde del barranco mientras corren a toda velocidad. Ni intento abrir el arco; ambas hembras galopan tan deprisa que las tengo encima en un santiamén frente a mi. Pasan como una exhalación, perseguidas por el ruido de los perros y de los batidores; en cuestión de segundos, ya se han internado en el monte de nuevo. Con un arma de fuego el lance no habría acabado tan bien para ellas, ni mucho menos, pero esto es lo que hay. En una batida para arqueros, lo lógico es escoger para el tiro a animales que entren en el apostadero trotando suavemente o caminando con lentitud para intentar despistar al cazador, que también los hay. De otra manera, las posibilidades de éxito son más bien escasas, al menos a mi modo de ver.

Cuando veo pasar a los batidores frente a mi, me relajo y me siento un rato bajo el pino. Apoyado en mi mochila, espero a que los compañeros vayan desandando lo andado para regresar juntos a los coches. Otra mancha nos espera para una nueva batida.

Dicho y hecho. Llegamos a otro punto, una amplia y seca extensión entre pinos puros y duros, y echamos a andar cuesta arriba. El asunto consiste en apostarnos en diversos puntos de una ladera cuajada de esbeltos y altos pinos negrales. Entre ellos, se entrecruzan una cantidad inverosímil de pistas y de caminos, esculpidos en el suelo por nuestras presas a golpe de pezuña. Es fácil determinar dónde han saltado, dónde se han detenido y dónde han dado la vuelta; el húmedo suelo, tapizado por una gruesa capa de excrementos, retiene con facilidad sus huellas.

Nuevamente me quedo el primero en cuanto la ladera comienza a empinarse. Me duele horrores la rodilla derecha, debilitada toda esa pierna por el coma en el que estuve durante tres meses. Iniciaré un programa de ejercicios, sugerido por mi fisio, en cuanto vuelva a Madrid con el fin de recuperar su musculatura, de manera que no quiero forzarla ahora.

Aquí es complicado esconderse. Los troncos de los pinos son poco corpulentos, haciendo imposible guarecerse tras ellos. Se trata, sin duda, de divisar a las posibles piezas cuanto antes y de disparar contra ellas cuando comiencen a subir hacia la cima del monte en cuya ladera aguardamos; si se aproximan demasiado, es seguro que nos distinguirán con facilidad.

En esta ocasión, y debido a la vegetación de este área, mucho menos densa que la anterior, los ruidos del monte me llegan con asombrosa nitidez. Rufino, el padre de Aitor, se ha apuntado al grupo de los batidores, y su voz se escucha claramente en el aire de la mañana. Pero todos los esfuerzos son vanos. Ningún animal ha irrumpido en mi amplio campo visual. Espero a que mis amigos bajen del monte y a que lleguen los batidores. Nos toca aguardar un rato más a Rufino, que se ha despistado un poco. Su sordera ha hecho que se despistase un poco; no se ha enterado de que los otros le estaban buscando, pero aparece al final tan feliz entre los pinos.

De semejante manera ha transcurrido el día, y ando enfrascado en estos recuerdos cuando aparecen Juancho y Alejandro a recogerme. Nos encaminamos hacia nuestros cuarteles para disfrutar de un té bien cargado y de la cena que nos ofrece Verónika. Ya que hemos repetido comida campestre, es muy agradable sentarnos a cenar cómodamente. El primer plato es una sopa borsch, típicamente soviética. Está hecha a base de remolacha y parte de su gracia consiste en degustarla con un vaso de vodka. Me conformo con probarla sin el licor y no me desagrada en absoluto; por otra parte, y dada la temperatura exterior, cualquier brebaje caliente es bienvenido.

En nuestra ausencia han llegado al hotel Ángel Barrón y Carlos Álvarez, compañeros de cacerío inseparables. Tiran caza al vuelo en collera, y lo hacen muy bien, auxiliados por Pipo, un inquieto español bretón que no para ni cinco minutos, y utilizan para ello las puntas tipo Snaro Bird que Ángel fabrica y comercializa a través de su firma, Barrón Birds. A la mañana siguiente podré comprobar la eficacia de dichas puntas y el magnífico trabajo del perrillo de la pareja.

De momento, y tras la cena, improvisamos una rápida charla de unos quince minutos con Juancho, Pablo, Ángel y Carlos. Les entrevistamos Alejandro y yo grabando toda la conversación en un nuevo podcast de Nómadas, que podéis escuchar aquí.

Poco después, aterrizamos en la piltra como auténticas avionetas. El día ha sido intenso y el esfuerzo realizado nos pasa amable factura. Mañana, codornices al vuelo nada más desayunar; a la tarde, volveremos al monte cerrado para otra espera.

¿Qué nos deparará la oscura masa boscosa que nos observa en completo silencio?

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Venados, gamos y cochinos, iii

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Checa, Coto del Villarejo, 2 de noviembre de 2017

Vuelan flechas por todas partes hace ya un rato. Llenan el aire quieto de la soleada mañana alcarreña con zumbidos secos, con ese siseo que tan grato nos es a los cazadores arqueros. Juancho y Pablo han dispuesto ocho o diez dianas de foam a distintas distancias en la pradera que se abre frente al casón que hay en mitad del coto. Las estamos acribillando sin prisa pero sin pausa, probando nuestras habilidades frente a nosotros mismos y frente a los demás. Cuesta siempre un poco arrancarse ante personas a las que no conoces, la verdad, pero es una sensación que se disipa con rapidez  para ser sustituida por un agradable y cálido sentimiento de camaradería dentro del cual me encuentro muy cómodo cuando comienzan a impactar las primeras flechas.  Se cruzan miradas y comentarios entre nosotros, los arqueros; evaluamos el arma, el estilo y la suelta del compañero más cercano; sonreímos y bromeamos, aliviados, al percibir que todos hablamos una lingua franca más sonora y rica que cualquier idioma del mundo, más expresiva que su conjunto: la atávica comunión de la antigua tribu, de los nómadas primitivos que vagaban por la Tierra durante los primeros pasos de una humanidad aún vacilante, con sus armas de guerra y de caza. En momentos como este sientes perfectamente todo el poder del binomio arco y flechas, su magia arcana e indiscutible, su capacidad para eliminar barreras de cualquier tipo entre las personas. Me resultan instantes impagables porque me confirman lo acertado de la elección vital que hice en un día ya muy lejano, recién amanecida mi juventud, elección de la que nunca me he arrepentido.

Y como prueba de ese hechizo que emana de la caza con arco, ayer por la tarde han aparecido nuevos compañeros extranjeros: Hans y Gerard, holandeses, y Bryan padre, Bryan hijo y Phillip, ingleses. Todos ellos tradicionales como nosotros, y ya clientes de la orgánica hace algunos años. No se pierden una y no les duelen prendas para tomar el avión y luego el coche con tal de venir a caza a estas preciosas tierras españolas. Les damos la bienvenida y aprovecho para practicar mi inglés, que todavía mantiene su filo bien cortante, según puedo comprobar.

Se trata hoy de desentumecer músculos y cerebro, de trabajar un poco la coordinación y la memoria muscular, esas dos asignaturas siempre e inevitablemente pendientes en la formación y en la carrera de todo cazador arquero tradicional digno de ese nombre. Hay que calentar un poco, hay que desperezarse y repasar nuevamente las habilidades antes de enfrentarnos a la caza real.  Nos hemos levantado más pronto que ayer, para desayunar a eso de las ocho y media de esta hermosa mañana y salir rápidamente hacia el coto, que urge aprovechar el tiempo. Comeremos aquí en el monte, a base de unos tremendos bocadillos que nos ha preparado Veronika, algo de fruta y un poco de chocolate, ideal para reponer fuerzas y entrar en calor. Circulan las cervezas y yo me agarro a mis botellas de agua como si me fuera la vida en ello… bueno, algo de eso hay, la verdad.

La sobremesa es tranquila, amena. Nos hemos acomodado en sillas plegables y en tocones de madera alrededor de una gran mesa redonda que hemos situado junto a la casona, de la que han salido como por ensalmo los trastos necesarios para la comida. Luego, un buen café caliente, porque pese a que el día es muy luminoso y el cielo está del todo despejado, se adivina el frío que trae consigo la sombra y que sin duda nos alcanzará cuando caiga la luz. Aunque esa bebida tiene sus inconvenientes; es sencillo acomodarse y dejarse ganar por el suave sopor de estas horas del día y por el cansancio acumulado debido a las pocas horas dormidas. Resultaría peligrosamente fácil quedarse tan traspuesto que ni la misma Reina de Saba, famosa por su sensualidad y belleza, fuera capaz de hacernos levantar de nuestras sillas.

De manera que sobre las tres de la tarde Juancho da la orden de marcha. Ya del todo equipados para el aguardo, saltamos a los coches que nos irán dejando en los puestos poco a poco. Subo a la pickup de Juancho junto con Alejandro y con Brian hijo. Iniciamos la marcha a través del hermoso coto para dejar a Brian en la misma cuerda de la sierra que lo domina. Allí, en un tree-stand colocado a cuatro metros de altura, aguardará nuestro joven amigo inglés. Leñador de profesión, tiene una técnica muy depurada y una suelta limpísima, y llegados a su puesto trepa al árbol con un facilidad digna de envidia. Desaparece entre las ramas y le deseamos suerte. Ahora me colocaré yo, y Alejandro seguirá camino con Juancho para bajarse el último del todoterreno.

Llegamos a un pequeño valle por cuyo centro discurre una pista en bastante buen estado. Súbitamente, distingo el puesto a mi derecha: se abre sobre el centro del valle y apuntando a un pequeño claro entre las jaras, donde se distingue una gran mancha de harina. Juancho se baja conmigo armado de un azadón, porque el puesto está situado en una de las laderas del valle y conviene hacer una pequeña plataforma para que la silla se mantenga recta sobre el suelo a la hora de sentarse. Cargo con una silla plegable que tiene respaldo, porque necesito sujetarme la espalda con algo. Cosas de la edad.

Aplanada la zona, planto la silla y me despido sigilosamente de Juancho, que me levanta un pulgar en señal de suerte. Me acomodo con tranquilidad y comienzo a inspeccionar el puesto y sus alrededores. Estoy situado a unos veinte metros del comedero, que puedo ver a través de una oquedad abierta en el armazón de ramas cortadas que camuflan el apostadero. Dos ramas más gruesas que el resto bajan en diagonal y dejan un espacio entre sí más que suficiente para ver; toca comprobar si se puede apuntar y tirar a su través y en qué postura. Lo ideal, a mi juicio, es poder disparar sentado con comodidad, girando el cuerpo hacia un lateral, o levantarse por completo y tirar a la manera clásica; creo que en estas posibilidades radica, en gran parte, el éxito en las esperas.

Para tirar sentado tengo que incorporarme a medias, lo cual no es ni cómodo ni estable, pero es lo que hay. La ventana del puesto sería ideal para un arco de poleas o para un arma de fuego; para un recurvado como el mío, el asunto deja un poco que desear. Y en cuanto a tirar de pie, imposible del todo; si me incorporo, el ramaje del puesto me impide tanto la visión como el disparo. Bueno, al fin y al cabo, uno es perro viejo. Adelante con la espera; veremos cómo disparamos cuando entren las piezas. De algo tiene que valer llevar ya tantos tiros a la espalda, digo yo. En el peor de los casos, tengo salida a derecha y a izquierda, y desde los dos lados veo el claro con el comedero desde la protección del bosque y de la ladera detrás de mi, que estará en sombras, de manera que ya veremos qué ocurre. Nunca es una buena idea abandonar el puesto cuando las piezas están cumpliendo o en mitad de la espera, por supuesto, pero cuando lleguemos a ese río cruzaremos ese puente si fuera menester.

Cuando ya me he ubicado a mi gusto, y sin que la luz haya bajado ni un ápice aún, comienza a dejarse sentir un frío pelón. Parece mentira que sean las cuatro menos cuarto de la tarde y que el sol brille todavía con ganas, pero lo cierto es que tengo que empezar a abrigarme porque me estoy quedando tieso. En pocos minutos, parezco un Michelín de camuflaje, pero no estoy dispuesto a pasar más penalidades de las estrictamente necesarias, esa es la verdad.

El monte sigue tan silencioso como el día anterior. No se mueve ni una hoja. El aire está en completa calma, y cuando sopla ligeramente noto su frescor en el rostro. Esperemos que no cambie de rumbo para no estropear la espera. Y comienzan a pasar los minutos muy despacio. En medio de semejante quietud, es inevitable que tus pensamientos tomen la dirección que ellos deseen. Suelo repasar mi vida, pasado y presente, mis metas logradas y mi inevitable ración de empresas malogradas, de sueños rotos que yacen desparramados a mi alrededor como las piezas de un reloj descompuesto. De vez en cuando, compruebo si mis músculos responden con claridad, porque el frío es mal enemigo: es perfectamente capaz de inmovilizarte sin previo aviso y no es la primera vez que no puedo abrir mi arco después de unas horas de espera a temperaturas bajo cero. No creo que ese sea el caso hoy, pero no me cuesta nada cerciorarme de que todo marcha según lo previsto.

Sobre las cinco y media de la tarde comienza a descender la luz inequívocamente. Nos acercamos a esa hora extraña, entre el día y la noche, en la que las sombras se agigantan, cambian de forma y de sitio para confundir al cazador. El bosque protege a sus criaturas sin ejercer violencia alguna; se limita a susurrar sus hechizos al oído del hombre mientras intenta despertar el miedo atávico a la oscuridad que subyace en todos nosotros, agitando frente al ser humano su amplio repertorio de espantajos. Bien es verdad que hoy carece de una de sus armas fundamentales, los ruidos nocturnos, que habitualmente restallan por doquier con la intensidad de cañonazos y confunden los sentidos y el ánimo del valiente que espera a su presa oculto en la espesura. No obstante, la sensación de estar solo por completo, aunque sea en silencio,  sumergido en una oscuridad densa y fría, que solamente cede bajo los rayos ocasionales de la linterna o los focos del coche que te viene a recoger, rara vez deja de resultar imponente . Lo curioso del asunto es que, en circunstancias similares, la criatura más peligrosa que esconde el bosque es, sin lugar a dudas, el propio humano. Pero esto es así. Siempre se me viene a la cabeza la misma escena en situaciones como esta: una cueva llena de neandertales, amontonados los unos junto a los otros para no perder el calor, mientras fuera de la caverna llueve sin tregua y el macairodo ruge feroz su ira y su hambre: desde los orígenes de la humanidad, el hombre ha aprendido a convivir con el miedo y a superarlo, pero este enemigo incansable siempre está al acecho, buscando un mínimo resquicio para lanzarse sobre el iluso que cree haberse desprendido de él definitivamente.

En semejantes cuitas ando cuando comienzo a oír con claridad gruñidos que provienen de mi derecha. Los patas largas no han hecho acto de presencia, pero me dispongo, satisfecho, a enfrentarme con maese jabalí, un animal que parece hecho a la medida de los cazadores arqueros; al menos, eso parecen indicar los ruidos que oigo.

No muevo ni las pestañas y estoy del todo embutido en mis ropas. Ya no se ve prácticamente nada y el frío muerde con saña entre los matorrales. Los gruñidos se sienten cada vez más cerca y principian a escucharse los chasquidos de las abundantes ramitas que tapizan el suelo al romperse. Se trata de una piara, sin duda. Oigo distintos gruñidos a la vez y me relamo de gusto pensando que el espectáculo está servido. Aún no han aparecido en el comedero, pero están muy cerca, entretenidos hozando el suelo en busca de su pitanza, incansables y nocherniegos. Poco a poco, sus oscuras siluetas se asoman delante de mi puesto, apenas recortadas contra el suelo, de color más claro bajo la escasísima luz que reina en la escena. Bien, la cosa promete.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, ahí están. Siempre discutiendo entre ellos en voz baja, irascibles, valientes y gruñones, los cerdos salvajes hacen su aparición. Incorporándome un poco, puedo distinguirlos a duras penas, pero ahí están. Comen a toda velocidad, ruidosos y glotones. No son excesivamente grandes; se trata de ejemplares del año anterior como mucho, de manera que difícilmente superan los treinta o cuarenta kilos, pero eso carece de importancia. Están frente a mi, los tengo delante; animales salvajes en plenitud de facultades a los que yo, un pobre humano, tengo que conseguir engañar para arrebatar una de sus vidas; esa es la hazaña a lograr, en resumidas cuentas. Presto una meticulosa atención a las sombras que envuelven el claro; estoy convencido de que una jabalina vieja acompaña a la piara y esa debería ser mi principal preocupación y mi presa por defecto. Puede irrumpir ante mi en cualquier momento, porque es muy posible que esté contemplando el desarrollo de los acontecimientos agazapada entre la maleza. Veremos.

Aunque hay que empezar a pensar en el disparo. Me incorporo a medias, muy lentamente, y conecto mi luz roja: imposible ver nada, los bordes del foco de luz chocan contra las ramas de la ventana del puesto y no me permiten atisbar el exterior del mismo.  Tengo que acercarme más a la pared de camuflaje y repetir la maniobra, con el consiguiente riesgo de que las piezas se asusten y salgan escopetadas hacia la espesura. Pero no tengo otro remedio, de modo que así lo hago. Tan solo un par de ellos miran el haz de luz; sus ojos brillan en la oscuridad. Ninguno se alborota ni se inquieta, buena señal. Pero los muy ladinos se alejan un tanto del comedero, es como si se pusiesen de frente a mi en vez de darme el costado. Siguen revolviéndose, comiendo y gruñendo, no obstante. Vuelvo a incorporarme a medias y comienzo a abrir el arco antes de conectar la luz; cuando ya estoy en posición, enciendo la linterna y escojo mi presa. Vano intento, ahora sí que se mosquean y corretean nerviosos por el claro. Cierro el arco y vuelta a la silla, con el corazón pegándome saltos en el pecho.

Y a la tercera va la vencida. Repito la maniobra tan despacio como me es posible y cuando me estoy centrando de nuevo en elegir mi víctima descubro que se han alejado lo suficiente como para dificultarme sobremanera el tiro, o al menos eso es lo que creo percibir. De soltar la flecha, nada; habrá que esperar un poco más. Pero la piara comienza la retirada con tanta rapidez como ha aparecido. Ni rastro de la supuesta jabalina; me muevo ligeramente hacia la izquierda del puesto, unos tres metros, sin perder de vista el claro; ya no me importa que puedan verme, oírme u olerme, pero las sombras oscuras que eran mis presas  se han ido, dejándome con las ganas una vez más. Hablando más tarde con Juancho, coincidimos en que las huellas en el suelo indican que la piara se hallaba, a última hora, a menos distancia de la que me pareció apreciar, error muy común en las esperas nocturnas. De cualquier manera, prefiero no disparar sin tener la relativa seguridad de herir correctamente a la presa. Esa es la ley entre nosotros y ha de ser acatada siempre.

Al rato, ya noche cerrada, los faros del coche de Juancho perforan la densa tiniebla que me  arropa. Agradezco el calor del interior del automóvil y mientras charlo con mi amigo vamos recorriendo el monte para recoger a Alejandro y a Bryan, que han visto caza pero tampoco han podido disparar. Así es esta nuestra afición: nada que ver con el tiro al blanco, como se verá.

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De regreso en el hotel, nadie ha soltado una flecha, aunque casi todos han visto u oído animales en mayor o menor número. Después de la cena, Juancho y Pablo nos entregan unos obsequios y Jorge nos presenta una colección de artículos de la marca Kuiu, para la cual trabaja. Son prendas de altísima calidad, muy abrigadas y ligeras, con un tamaño y un peso que las hacen ideales para llenar una mochila sin tener que pensar en el peso que le estamos añadiendo. José despliega toda su panoplia de productos de cuero español, magníficamente cosidos y hechos a mano al cien por cien: guantes, protectores, carcajs de distinta capacidad acoplables al arco, en fin, una variedad de artículos hechos con mucho cariño por este amigo logroñés.

Y acabadas infusiones y copas, llega la hora de decir hasta mañana. Habrá que volver a levantarse pronto; hay que desayunar y hacer acopio de fuerzas porque mañana tenemos por delante otra jornada de vida en el monte: tan solo nosotros y nuestros arcos para vivir un lance que puede devenir en el más intenso de nuestras vidas, por qué no.

 

Nota: la segunda foto de esta entrada es cortesía de Alberto Amador. Gracias, amigo.

 

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Venados, gamos y cochinos, ii

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Checa, Guadalajara, a 1 de Noviembre de 2017.

Ha amanecido limpísimo y despejado este Día de Difuntos. Por aquello de hacer las cosas como han de hacerse, nos hemos levantado para desayunar a las nueve de la mañana. No es que haya prisa de ningún tipo; hemos dormido muy bien, aunque en exceso cerca del campanario de la iglesia del pueblo, creo, y nuestros amigos comenzarán a llegar a eso del mediodía. De todos modos, como hay que cambiar de habitación hoy mismo, preferimos facilitarle el asunto a Veronika y, en mi caso al menos, retomar la costumbre de madrugar ligeramente. Alejandro es pájaro mañanero, por lo que no le cuesta demasiado trabajo tirarse de la cama mientras escuchamos la monserga de las noticias políticas, centrada como es lógico en el desastre catalán.

Un buen desayuno salado y un par de tazas de té después, salimos a dar un breve paseo matutino, que no hace sino confirmar la impresión que el pueblo me causó ayer con bastante menos luz. Nos sentamos a charlar apaciblemente en la terraza del hotel cuando Veronika nos confirma que nuestra nueva habitación ya está lista. Subimos y colocamos mal que bien nuestras numerosas pertenencias. Acabo de comprarme un magnífico pantalón Hillman para esperas, acolchado pero ligero y cómodo, que complemento con ropa interior térmica de la misma marca y que puede vestirse también en plan forro polar exterior. Es muy cálida y cuenta con hilos de plata y carbón activo para evitar la acumulación de malos olores. Como siempre, Alejandro solamente trabaja con magníficos artículos en su tienda; es una gran ventaja contar con un experto como él a la hora de completar el vestuario para cazar, sin duda. Un colosal tres cuartos con idéntico camuflaje y similares propiedades aguarda en mi armario por si llego a necesitarlo. Una docena de flechas nuevas, emplumadas diestramente por mi amigo y regalo de mi querida gata bandolera, esperan ansiosas su turno para hendir el aire, para llevar la muerte al corazón de la presa. En la penumbra de la habitación, relucen malévolas las puntas de caza.

Poco después de que acabemos de ordenar nuestro equipaje, llega Juancho, acompañado de Alejandro, guarda de la finca en la que cazaremos e inestimable colaborador de Sierra de la Madera. Es un hombre de mediana edad, muy castellano, muy callado, muy eficaz. Se mantiene siempre en segundo plano y está continuamente atento a cualquier detalle que se les pueda escapar a sus jefes. Encargado de mantener los puestos del coto en perfecto estado de revista, de su trabajo depende en gran parte que logremos el éxito o no durante las esperas. Junto a ambos viaja Rufo, un precioso sabueso de Baviera, tranquilote y simpático, que ayudará en el rastreo de las piezas si se da la circunstancia. No le oiré ladrar ni una sola vez durante toda nuestra estancia, ni siquiera en los momentos de mayor excitación, lo que para mi es del todo impresionante: adoro a los perros silenciosos, rara avis, claro está.

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Tras los saludos iniciales, aparecen un par de coches más en los que viajan nuestros amigos vascos: Jorge y Alberto Amador; los Pozuelo, Aitor “Wild Turkey” y Rufino, padre e hijo, y José Ortega Subirana, logroñés de pro. Jorge Amador viene, entre otras cosas, a presentarnos artículos de la firma Kuiu, para la cual trabaja, y José Ortega nos mostrará sus artículos en cuero español, primorosamente cosidos y libres de cromo durante su curado. Aitor y Rufino vienen nada más y nada menos que a cazar apasionadamente, como debe ser. Es un placer contemplar a padre e hijo unidos en idéntico afán, disfrutando de las mismas cosas y fortaleciendo su mutua relación a base de momentos camperos y cinegéticos como los que vamos a vivir.

Un par de cervezas, nos sentamos a comer y rápidamente salimos hacia el monte. Es tarde, son ya casi las dos, de manera que poca cosa podremos hacer antes de que caiga la luz, pero eso no es obstáculo para nuestras ganas de campo. Subimos a los coches y enfilamos hacia las afueras del pueblo. Nuestro destino se halla a escasos kilómetros de la población; llegaremos en pocos minutos.

Al tomar las pistas forestales que se adentran en el coto, avanzamos levantando una enorme nube de polvo. La atroz sequía que estamos atravesando también deja ver su reseca mano aquí, pese a la gran cantidad de agua que atesora esta zona, tanto por cuestiones hidrográficas como climáticas. A veces, hay que detener el vehículo para mantener una distancia de seguridad con los otros coches que tan solo podemos intuir, tan densa es la polvareda que producimos.

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Pocos minutos después, tras pasar un pequeño puente que salva un riachuelo completamente exhausto, Alejandro y yo bajamos de nuestro vehículo. Comenzaremos a recechar los primeros, mientras Juancho y el guarda van situando al resto de nuestros compañeros en distintos puntos del coto. A nuestra izquierda, un empinado cerro de laderas muy cubiertas, que aloja en su cumbre un espeso bosque de pinos negrales, jaras y sabinas rastreras, estas últimas abundantísimas en la zona y muy típicas de ella. El riachuelo es uno de los límites del coto; podemos cazar en su margen derecha, nunca en su parte izquierda. Mientras bajamos del automóvil, nos llama poderosamente la atención el completo silencio que se percibe a nuestro alrededor. El bosque está muy quieto, muy parado; se diría que nos observase detenidamente, como si estuviera valorando la extraña presencia que lo invade para tomar una decisión con respecto a ella. Le comento mis sensaciones a Juancho y me contesta que él también lo ha notado, que llevan ya varios días así. Ni un solo pájaro rompe el espeso silencio que se alza frente a nosotros. Impresiona de verdad, es imponente; forma parte de la maravillosa sensación de poder vivir el monte, la naturaleza salvaje con todas sus características sin adulterar, sin envilecer de manera alguna.

Echamos a andar por el sendero de la ribera del río y en pocos metros nos desviamos hacia la izquierda para comenzar a tomar altura. El terreno está en condiciones difíciles para el rececho: seco, crujiente y lleno de ramitas quebradizas que traicionan nuestro paso una y otra vez con chasquidos que se nos antojan auténticos cañonazos, tal es el silencio que nos envuelve. Estamos practicando el rececho continuo, de manera que nos movemos con toda la lentitud que podemos lograr, cosa que no resulta tan sencilla como parece: hay que tener un cierto sentido del equilibrio y una buena musculatura en piernas, cintura y caderas para poder avanzar hurtando el cuerpo y con el sigilo y la precisión necesarias, lo que a la larga provoca un cansancio que parece inexplicable, porque no se tiene la sensación de haber hecho un ejercicio físico extenuante. Añadamos el peso de la inevitable mochila y el del arco et voilà, el esfuerzo está servido. Noto lo bien que me viene el gimnasio y lo hecho polvo que tengo el sistema vestibular de mi oído izquierdo; me cuesta un severo esfuerzo mantenerme equilibrado en ciertas zonas; tengo que posar el pie con mucha precaución para no hacer ruido y para no dar con toda mi osamenta en el suelo, pero es lo que hay. No me queda otra que aceptar mis limitaciones y seguir practicando el deporte que amo contra viento y marea.

Al cabo de unos cientos de metros, cambiamos de estrategia: Alejandro se dirigirá hacia la izquierda, tratando de rodear el bosque ceñido a su borde; yo tiraré hacia la derecha para atravesarlo en línea más o menos recta, doblando al final nuevamente hacia la derecha para encontrarnos ambos junto al coche. El viento sopla con suavidad sobre nuestros rostros y seguirá haciéndolo durante el resto de la jornada; por ese lado no tenemos nada que temer.

Sigo ascendiendo muy despacio, deteniéndome cada dos por tres para revisar los alrededores. No llevo los prismáticos, pero en realidad poco jugo les sacaría en un entorno como este. Es un bosque que cada vez se va espesando más, así que hay que estar atento a distinguir una mancha de piel o la punta de un cuerno entre la maleza en vez de otear a largas distancias. El oído juega sin duda un papel igualmente primordial aquí, y, salvando mis queridos acúfenos, que me complican un tanto la vida, lo cierto es que aún me defiendo en ese terreno. Noto a la perfección cómo me martillea el pulso en la sien y procuro no enredar el arco con la maleza que me va rodeando, cada vez más densa.

Algunos mirlos se levantan escandalosamente a mi izquierda  y me sobresaltan, quiéralo o no; por mucho que estés esperando la decisión del bosque sobre tu persona, esa sentencia que siempre acaba por producirse y que siempre contiene idéntico fallo, no es posible dejar de pegar un respingo cuando esta llega. A unos treinta metros frente a mi, unas jaras se agitan varias veces antes de volver a quedarse inmóviles; me agacho muy despacio, tomo una piedra y la lanzo contra ese punto, pero nada sucede. Algún conejo, alguna pequeña criatura del bosque habrá movido la planta; nada cercano a las grandes presas en cuya busca partimos.

Mis pasos me llevan hasta un hermoso claro, tapizado por hierba verde y fresca, fragante. La piso con placer; está mullida y no me devuelve ruido alguno cuando avanzo; así da gusto. Escucho una carrera muy lejana a mi derecha, esta vez sí. Sin duda, un venado rompiendo monte; sea lo que fuere, ni siquiera se ha molestado en ladrar; ha puesto tierra de por medio y se acabó la presente historia.

La luz comienza a bajar con vertiginosa rapidez. Ya estoy muy dentro del bosque que tapiza la cima del cerro en cuyas laderas hemos iniciado la marcha, de manera que las sombras se alargan arteramente a mi alrededor. Me quedo muy quieto, en completo silencio. Hace unos años, me hubiera fumado un pitillo muy a gusto en un momento como este, sin que se me diera una higa el asunto del olor del tabaco, tan placentero me resultaba consumirlo en circunstancias similares a esta: solo, alejado de la vida cotidiana y de sus obligaciones; en lo alto del monte con la única compañía de mi más duro juez y empuñando mi arma favorita, el noble instrumento de guerra y de caza cuyas bellas líneas han marcado mi devenir bajo el cielo desde hace ya más de treinta años como si de una hermosa y fatal mujer se tratase. Reparo entonces en que el arco ha sido una presencia constante a lo largo de mi vida de adulto; me ha acompañado siempre y en todo lugar, me ha abierto puertas a la aventura, a mi propio conocimiento y a la amistad de muchas personas inolvidables y me ha obsequiado con los regalos más maravillosos que he recibido y con las circunstancias más amargas que me ha tocado vivir, profesionalmente hablando. Me ha traído hasta aquí y confío en que aún me lleve mucho más lejos, siempre en pos de esa última frontera que se oculta tras el velo azul de la lejanía que solamente se rasga para el ser humano durante los últimos instantes de su vida. Soy un hombre muy afortunado, no me cabe duda alguna, y así me siento hoy, aquí, ahora.

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Respiro a todo pulmón el aire frío y limpio de esta sierra agreste y despiadada, que ya se agazapa poco a poco en la oscuridad, y mientras doblo hacia mi derecha comienzo el descenso. No quiero quedarme sin luz aquí arriba, porque mi proverbial despiste me ha hecho olvidar la linterna en el pueblo y porque mi pierna derecha aún responde fatal en las bajadas, así que camino ligero y aprieto los dientes: un dolor más o menos no me va a fastidiar el pasodoble, después de todo lo que he sufrido el año pasado. Vamos, un pie detrás del otro, poco a poco, sin miedo.

Voy descendiendo sin demasiados problemas. Bajo la vacilante luz, aún distingo a la perfección la gran cantidad de signos y de huellas de todo tipo que delatan la anhelada y huidiza presencia de nuestras presas. Una auténtica alfombra de excrementos de venado y de gamo, algunos realmente frescos, cubre el suelo; infinidad de pistas de subida y de bajada se cruzan en mi camino, repletas de los pezuñazos que los patas largas dan para tomar impulso en las laderas. Pese a que no he podido ver caza a distancia de tiro, es evidente que este coto hierve de animales; para mi, eso es, en principio, más que suficiente.

Llego el primero al coche, y pocos minutos después lo hace Alejandro. Al igual que yo, ha oído cosas interesantes, pero sin llegar a tener a tiro nada digno de mención. El rececho es, a mi juicio, la forma más noble y emocionante de cazar, pero es compleja y poco productiva salvo contadas excepciones. Bueno, qué más da; monte, caza, buena compañía, arcos y flechas; nada hay que objetar. Quedan por delante muchos días aún.

Al rato, Jorge y Aitor nos cuentan que han visto una pelota de pepas bajando hacia la casona que hay en el centro del coto y han salido tras ellas, pero con idéntico resultado que nosotros; los demás, sin novedad. A los coches y al pueblo; nos esperan unas cervezas frescas -en fin, un te para mí- y una buena cena servida por Veronika. Todos estamos cansados pero con ganas de conversación, como debe ser; la sobremesa se prolonga hasta las once y media o doce, momento en el cual cada mochuelo se va a su olivo. Bien; mañana tenemos que seguir conquistando el monte, de manera que nos retiramos a nuestras habitaciones para soñar con ese venado que brama en la oscuridad mientras nos reta a un encuentro postrero y mortal en el corazón de la espesura.

Nota: Las fotografías de este capítulo son propiedad de Alberto Amador, a quien agradezco desde aquí su gentileza. Un saludo, amigo.

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Venados, gamos y cochinos.

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Madrid, a 31 de octubre de 2017

Estrenar un automóvil siempre es motivo de alegría, a poco que te gusten estas curiosas bestias, como es mi caso. Alejandro me pasa a recoger en su flamante coche nuevo, que acaba de sacar del concesionario hace un par de horas. El bautismo de fuego de este compañero de andanzas será de lo más aventurero: nos dirigimos a Checa, un pueblo de la provincia de Guadalajara enclavado en el corazón del Parque Nacional del Alto Tajo. Vamos de caza, por supuesto. De caza con arco, faltaría más.

Y es que asistimos encantados a la celebración del V Encuentro Nacional de Arqueros Tradicionales, organizado por la orgánica Sierra de la Madera. Seremos diecisiete cazadores arqueros, aunque no todos estaremos presentes durante los cinco días que dura la convocatoria. Obviamente son números modestos, pero entre nosotros, los arqueros que preferimos cazar con equipo poco sofisticado, se trata de un acontecimiento esperado y deseado, de ahí nuestra ilusión por este viaje.

Juancho Requena y Pablo Martínez, propietarios de la gestora, son dos cazadores arqueros  ya más que cuajados; llevan muchos años manejando todas las armas posibles para dar rienda suelta a su afición, incluyendo los arcos de poleas, aunque han acabado decantándose por el equipo tradicional de un modo casi definitivo. Ambos socios  -y sin embargo amigos-  son perfectamente distintos entre sí; a pesar de semejante diferencia, o quizá gracias a ella, funcionan sin fisura alguna como equipo. Juancho es un hombre reflexivo, no muy hablador, aunque no le tiene miedo ni a la charla ni a la guasa; Pablo, calvorota como este cura, es bastante más expansivo, se expresa siempre con mayor vehemencia que su amigo, con mayor rotundidad y en voz más alta. Sin embargo, les une con claridad ese hilo conductor que supone la pasión por la caza, ese demonio que muerde por dentro y que no te deja parar quieto, ese deseo intemporal de perseguir a la pieza que tan bien conocemos los cazadores y que tan difícil de entender resulta para quienes no lo son.

Estos amigos ya comienzan a ser una firma de referencia en el peculiar universo de la caza con arco, después de seis u ocho años trabajando con distintas fincas en diferentes zonas del país. Su catálogo de abates cubre todas las especies cinegéticas de la península más el boc balear, de manera que las presentes jornadas prometen ser de lo más emocionante, sin duda. Sierra de la Madera gestiona más de diez mil hectáreas en abierto entre Cuenca, Guadalajara y Valencia, más otras tres mil en fincas privadas valladas, y en muchas de ellas la caza se practica exclusivamente con arco, sin recechar con rifle o montear. Con semejantes mimbres no es de extrañar que estemos deseando llegar a aquellas tierras. Podemos abatir venado, gamo y cochino, especies todas que supuestamente abundan en el coto que visitaremos. El corzo, ni tocarlo; no está en época hábil.

Dado que las fechas del encuentro coinciden con la festividad de Todos Los Santos, Alejandro y yo salimos un día antes para evitar problemas en la carretera. Ya he hablado con el hotel en el que nos alojaremos durante todo el evento, para comentarle a su directora nuestras intenciones.

Y así ruedan sin parar los kilómetros. Vamos charlando animadamente, como siempre, y haciendo chistes malos sobre la multitud de dispositivos que equipa el nuevo coche de mi compañero, nacido en plena era digital. Todo tipo de lucecitas, pitidos y mecánicas voces de mujer nos torpedean inclementes a cada paso. Nos cuesta un congo averiguar por qué coño el coche emite una señal acústica cada dos por tres, hasta que nos damos cuenta de que lo hace cada vez que mi amigo cambia de carril… sin utilizar el intermitente. En fin, absurdos de la tecnología de vanguardia, del repulsivo espíritu paternalista que nadie ha pedido, que satura y que aburre so capa de primar ante todo la seguridad cuando lo que busca con total descaro es el ahorro en vidas humanas no por su valor intrínseco, sino como mano de obra, como carne de cañón. ¿Afirmación políticamente incorrecta, conspiranoia de viejo profesional del Derecho? Me la suda, francamente. Es lo que pienso.

Tras dos horas y media de viaje, parada para el té incluida, llegamos a Checa. Aparecemos ante la puerta del hotel La Gerencia después de dar un par de vueltas por el pueblo -gracias, míster GPS-  y aparcamos junto al mismo. En la recepción, nos atiende Veronika Efremova, una amable joven moscovita que dirige el establecimiento. Durante los días que allí permaneceremos, su simpatía y su estupenda cocina contribuirán a hacer la estancia mucho más placentera.

Decargamos el coche, que llevamos hasta los topes de equipaje, y tomamos posesión de la habitación. Andamos siempre enredando con la polémica de la impedimenta; intentamos por sistema aminorar la cantidad de maletas y de bolsas con la que nos desplazamos, pero normalmente el empeño suele ser vano; a última hora, lo de siempre: ¿lloverá, hará frío?¿lucirá un sol espléndido? ¿rececharemos más que esperaremos o será todo lo contrario? ¿boats de agua, botas de monte? Y al final, dado que la edad te vuelve precavido -por decirlo de una manera suave- y las dudas se multiplican, la misma tendencia siguen los trastos. Bueno, es lo que hay. Al fin y al cabo, el coche carga con ellos por nosotros, no los llevamos al hombro, aunque nos ha tocado subirlos hasta la segunda planta del hotel por la escalera del mismo, como es lógico.

Esta primera noche dormiremos en una pieza un poco más modesta de lo que nos corresponderá en adelante; Veronika se disculpa porque el cuarto carece de televisión, pero eso es algo que para nosotros no tiene mayor importancia. Acostumbrados como estamos a acostarnos temprano y a levantarnos de la misma manera cuando salimos de caza, son detalles que no nos preocupan en absoluto, por no abundar en lo higiénico que será desconectar de lo cotidiano durante unos días.

Paseamos tranquilamente por Checa, por aquello de que hay que conocer el terreno. Es una situación curiosa para mí: el segundo apellido de mis dos hijos es, precisamente, Checa, y su abuelo materno nació a pocos kilómetros de aquí, en una pequeña aldea llamada Cobeta. Visité esta zona hace muchos años, aunque sin pararme en ella el tiempo suficiente como para recordarla con detalle, de modo que esta es una buena oportunidad para enmendar esa falta.

Localizado en el Señorío De Molina de Aragón-Alto Tajo, el pueblo cuenta con 287 habitantes censados. Dos altos cerros, el Picorzo y el Pedro Maza, flanquean el valle en el que se asienta, y cuenta con un bello pinar, la llamada Dehesa de La Espineda. Forma parte, desde 1998, del Parque Natural del Alto Tajo, por lo que su riqueza natural en flora y en fauna queda fuera de toda duda. Se encuentra en la parte castellana del Sistema Ibérico, en la zona en la que la sierra de Albarracín toca a la serranía de Cuenca. Su clima es mediterráneo tipo húmedo, de manera que los veranos son frescos y de corta duración y los inviernos pueden resultar durísimos: en 1952, el termómetro marcó 28 grados bajo cero. Si no fuera por el cambio climático que sin discusión alguna estamos viviendo, a estas alturas del mes de octubre y a esta hora del día  -son las ocho de la tarde-, estaríamos chupándonos los codos de frío, pero nada de eso. Lo cierto es que hace una noche magnífica, que aprovechamos para seguir paseando tras tomar un té en uno de los dos bares del pueblo, porque el otro está cerrado.

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Contemplamos casas muy altas, hasta de seis alturas, y con estrechas fachadas de hermosa piedra de la zona o pintadas de blanco. Ya que el pueblo tiene una gran tradición maderera, abundan las puertas realizadas en este material y labradas con primor, siempre en casas señoriales, muy numerosas. El río Cabrillas atraviesa apaciblemente la población, y en sus aguas frías y limpias chapotean para nuestra sorpresa algunos ánsares caretos. La parte del pueblo que flanquea más de cerca el río resulta ser la más pintoresca, la más típica y la más bella, con un barranco en cuya margen derecha una estupenda terraza para los saraos de verano resulta ser la parte de atrás de nuestro hotel, a la que podemos acceder desde el barrio en el que nos hallamos mediante una escalera metálica de cierta altura. Supongo que este artilugio sustituye a una escalera de piedra, sin duda víctima de los años y de las inclemencias del tiempo. Algunas de las casas están excavadas en una roca rojiza y frágil, que se deshace entre las manos al aplicarle presión. Hay cuatro o cinco casas devoradas por la ruina que amenazan con venirse abajo, para quedar sepultadas silenciosamente entre los restos de sí mismas flotando en la tiniebla del olvido. Todo el pueblo desprende humedad, y sus calles perfectamente adoquinadas y muy empinadas, deben ser peligrosas y traicioneras para el caminante cuando cierre el invierno y la nieve y el hielo golpeen sin misericordia la zona. En las afueras, una gran cantidad de apriscos y de encerraderos para el ganado, algunos de los cuales muestran en sus fachadas alegres carteles, como señal inequívoca de que han sido tomados por la alegre barahúnda de las peñas de la juventud del pueblo.

Volvemos al hotel para la cena y para un té ruso que, según Veronika, es muy fuerte para los españoles. Adoro el té y adoro los desafíos, de manera que me falta tiempo para aceptar su proposición, y la experiencia es francamente agradable. Es un té negro y robusto, un té de caravana realizado con la parte superior de las hojas de la planta, con un sabor potente y redondo. Durante los días que dure nuestra estancia, lo consumiré con agrado ante la mirada divertida de nuestra anfitriona, que al final lo preparará por teteras porque algunos compañeros se apuntarán a degustarlo.

Después de cenar, y a despecho de los supuestos efectos de la teína, que no suelen ir conmigo, más té. Ya he hablado con Juancho, que me comenta que llegará mañana al mediodía, al igual que casi todos los demás asistentes al acontecimiento, con la salvedad de un par de compañeros que vendrán de Extremadura el sábado por la mañana. No tenemos demasiado sueño. El pequeño bar del hotel está completamente desierto. Un grupo de rusos se marcha a las seis y media de la mañana, de manera que el edificio se encuentra silencioso y acogedor.

Alejandro y yo nos estamos en un par de sillones de orejas que rodean una pequeña mesa y una lámpara de pie, mientras conforman un pequeño rincón propicio para la charla nocherniega, campera, cazadora. Solamente falta una chimenea que ilumine y de calidez a la escena, pero por lo demás el lugar es perfecto. Nos darán las tres de la mañana hablando de lo que siempre hablamos, antes de que aterricemos en las cómodas camas.

Mañana es otro día, mañana comienza la caza. Me duermo con una sonrisa, como si fuera un niño que sueña con su juguete favorito, con ese oso de peluche, ya viejo y medio tuerto, que se resiste a abandonar: atesora el muñeco tanta dedicación, tanto cariño. que ya casi forma parte del niño, de todo su ser.

 

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En tierra de arqueros, final

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Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 7 de octubre de 2015

Esta noche pasada ha llovido un buen rato, aunque efectivamente he dormido como un niño. El persistente repiqueteo del agua sobre el tejado de uralita nos ha acompañado hasta algo antes del amanecer, y con las luces del día, los crujidos del techo, dilatándose bajo los rayos del sol, han sustituido a la suave conversación de las gotas de lluvia.

Volvemos a levantarnos sin prisa alguna, deleitándonos con un buen desayuno a base de aceite de oliva, jamón y tomate estrujado con ajo sobre una generosa rebanada de pan de pueblo. Como para resucitar a un muerto, vaya.

Tras el potente ágape, pasamos a la parte de atrás de nuestra cabaña para liarnos a tiros con las dianas allí dispuestas. Ni que decir tiene que el que más y mejor tira es, cómo no, el incansable Floren, pero tanto Alejandro como un servidor nos defendemos con harta dignidad y muy notables resultados. La adrenalina sube como la espuma; deseamos con fervor recibir la visita de nuestras adoradas presas durante la espera de la tarde, que se va acercando inexorablemente.

Sube la temperatura y aprieta el calor. Mientras tomo mis notas, Alex juega con Pirata, que lógicamente es un año más viejo aunque no más listo: todavía no ha salido de la categoría de cachorrete y zangolotea a nuestro alrededor a las primeras de cambio, saltando sin parar y moviendo las orejotas. Lo único que ha aprendido es a no traspasar los umbrales del hotel, por mucho que le puedan tentar los olores que de allí salen.

Y es que, mientras esperamos a Manolo y a Lepe, compañero de Floren, nuestro anfitrión se ha enredado a cocinar un gigantesco cocido a la manera de la zona, guiso en el que no falta absolutamente de nada. Tan es así que esa misma noche nos apretaremos una generosa ración de densa sopa con sus correspondientes fideos, amén del consabido jamón, y cuando nos vayamos la gran cantidad de comida restante irá a parar a las tragaderas del amigo Pirata, mal que le pese a su compungido dueño.

Ya han aparecido Manolo y Lepe, y nos sentamos a comer tranquilamente. Claro está, los efectos del pantagruélico festín no se hacen esperar, y al rato Alex y yo estamos descabezando un breve sueñecillo, que nos permitirá aguantar más fácilmente la tentación, la necesidad de cerrar los ojos cuando las sombras de la noche nos sorprendan en el monte, y su serena quietud nos envuelva. Es algo similar a sumergirse en un verde y salvaje tanque de aislamiento sensorial, de cuyas entrañas emerges renovado al final, y siempre alerta a los menores indicios de presencia de vida salvaje mientras dura el tratamiento, por así decirlo.

A poco de desperezarnos, aparecen Pepe y Juan, que quieren subirse a lo alto de la sierra en busca de los venados. Cuando Pepe, alto y grandote,  se entera de que me apetece cazar el ciervo tanto o más que el jabalí, me propone acompañarle, pero ya está Floren al quite. Según él, me voy a emboscar en uno de los puestos más hermosos y productivos de la sierra. Dadme un amén, hermanos; a ver quién es el guapo que le lleva la contraria al imparable presidente del club y del coto… Además, esto es caza, no tiro al blanco y, tal y como luego se verá, es algo tan impredecible como debe ser.

Dicho y hecho. Sobre las siete y media nos ponemos en marcha, y en breve espacio de tiempo estamos en el Valle de los Perales, la zona que me toca en la tarde de hoy. Mi puesto es, efectivamente, precioso y prometedor; a muy pocos metros del camino, y cuesta arriba, se halla inmediatamente detrás de un muro de piedra. En él, un par de portillos  -es decir, pasos-  que presentan claros rasgos de actividad, conducen hacia el monte, que se espesa abruptamente a muy pocos metros de distancia. Me oculto tras unos helechos y contra la tapia; los tiros, de presentarse, serán a unos escasos diez metros, si lo que cuentan las pistas de las piezas sobre el suelo responde a la realidad. Alejandro sonríe al verme vestido completamente del auténtico camuflaje Trebark, que hace mucho que no se fabrica. Comprueba que encaja perfectamente con el medio que nos rodea y me tira un par de fotos diciendo, como siempre, aquello de que soy un clásico entre clásicos. Cosas de mi buen amigo.

Con todo lo que voy a necesitar al alcance de la mano, me acomodo para comenzar la larga espera. Tengo la costumbre de abrir siempre la mochila con la que subo al puesto y de colocar estratégicamente a mi alrededor cuantos achiperres pueden resultarme útiles durante la jornada. Ropa de abrigo, prismáticos, linterna y demás trastos, bien cerca y preparados, de manera que pueda localizarlos fácilmente incluso en medio de la más densa oscuridad y sin alborotar el cotarro en demasía. Los ruidos que puedan proceder del entorno alertan menos a los animales salvajes, pero los sonidos metálicos, el subir de una cremallera o una tos inoportuna, pueden arruinar todo el trabajo de una espera en segundos, todos nosotros lo sabemos bien.

Mientras acaricio la empuñadura del magnífico Bowie que llevo en la caña de la bota izquierda, y cuando la luz es ya muy escasa, veo por el rabillo del ojo un bulto de mediano tamaño detrás de mí. Ha salido del boscaje del otro lado del camino y comienza a subir la cuesta que conduce a la salida del valle. Me parece de color claro, así que descarto que se trate de maese jabalí; me vuelvo suavemente para procurar seguirle, pero desaparece de súbito. Cuando mi torso vuelve con lentitud a su posición inicial, distingo a mi derecha y por el camino, aunque esta vez hacia el fondo del valle, el mismo bulto que se aleja en silencio y con rapidez. Creo que se trata de un zorro, sin lugar a dudas, pero ya es muy tarde para comprobarlo, claro está.

Pasan las horas lentamente; se alargan sus alas como solamente pueden hacerlo en la tersa quietud de la noche campera. Me asaltan continuamente oleadas de sonidos sospechosos que examino sin cesar en busca del fallo delator que me entregará a la presa soñada; mis oídos, muy dañados por mi tratamiento, luchan con denuedo para procesar la información con la precisión necesaria para actuar en rápida consecuencia. Pero nada interrumpe la calma de mi apostadero. Bien es verdad que oigo perfectamente algún que otro gruñido sordo en las inmediaciones y el chasquido seco que produce la madera al partirse, más ninguna res rompe monte en mi dirección, y el astuto hocicudo se cuida muy mucho de ofrecerme el flanco.

Cuando me quiero dar cuenta, mis compañeros ya suben valle arriba para recogerme, después de cuatro horas de espera. Ellos tampoco han tenido éxito, aunque Alex ha visto fugazmente lo que parecía ser un cochino de buen tamaño, que ha salido como alma que lleva el diablo en cuanto ha divisado la luz del arco de mi amigo. Para joder más el pasodoble, Floren no se encuentra ni medio bien. Parece estar incubando algo más fuerte que un simple resfriado, de manera que se impone una retirada de inmediato. Por mi parte, estoy perfectamente envuelto en varias capas de ropa, incluyendo interior térmica y un excelente cortavientos regalo de Alejandro. Además, gorro de densa lana y tupida braga a juego, tejidos ambos por mi gata bandolera, que no es cosa de andar jugando con las amenazas del monte en pie de guerra. Es muy hermoso contemplar desde estas alturas la luz inefable de las estrellas, pero la aventura se disfruta mucho más sin exponerse a riesgos innecesarios. IMG_1098

Llegando al refugio, Floren se toma la sopa del cocido y se encama  como el rayo; no va a pasar muy buena noche, como era de esperar. Manolo no clarea, así que supongo que el todoterreno que he oído al poco de aparecer en la cabaña era él dirigiéndose al pueblo. Alex está igualmente muy cansado, así que enderezamos con cierta rapidez hacia los sacos. Al poco, llaman a la puerta y me tiro de la cama para abrirles la puerta a Pepe y a Juan. Pepe ha abatido un estupendo venado  -sí, yo también pensé lo que tú piensas ahora mismo, amigo-  y Juan se ha venido de vacío, como el resto. Qué le vamos a hacer, así es la caza. Ha llamado al teléfono de Floren varias veces para comunicarle la noticia e invitarnos a contemplar su presa, pero nuestro afiebrado anfitrión no le ha respondido.

Y a la mañana siguiente, nuevamente sin prisa. Acabamos de recoger tardísimo, sobre las cuatro, y bajamos al pueblo, a tomar un té en casa de mi maltrecho amigo y a despedirnos nuevamente de estos soberbios parajes. Ni siquiera nos paramos a comer; le dejamos con un abrazo fuerte y camino de una buena ducha, desde la que saltará directamente a la cama; en dos días, acaban sus vacaciones. Por no darle más la tabarra, seguimos con las uñas de luto y con una estupenda olisma que nos precede treinta pasos; nos lavaremos ya en casa, aunque yo no puedo evitar una visita al cuarto de baño para satisfacer necesidades bastante más apremiantes que una larga ducha.

Desaparecen de nuevo los kilómetros bajo nuestros cansados pies. El asfalto se desliza siseando claramente, como si de un  negro áspid se tratase. Avanzamos de regreso al hogar, con las mochilas repletas otra vez de recuerdos, aunque sin el preciado trofeo, al igual que en nuestro anterior viaje.

Da igual, da lo mismo, aunque a nadie le amargue un dulce. Algún día narraré un relato distinto; en algún momento, habré de contar un lance dramático ocurrido bajo la sombra de estos castaños centenarios. A base de amor y de constancia, este territorio feraz y lujurioso acabará por rendirse a mí, y tendré el privilegio de llevarme conmigo la vida de uno de sus hijos, para que revierta nuevamente en la vida de los míos, de mis seres queridos. Me esperan en la lejanía, ávidos de noticias, mientras las oscuras y rasgadas alturas de estas sierras se van diluyendo en una distancia azul detrás de nosotros.

Volveré.

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En tierra de arqueros

Extractado de mi diario de caza.

Sierra de Aracena y Picos de Aroche, a 6 de octubre de 2015.

Estoy sentado en una silla de tijera de madera, que sujeta mi espalda y mis riñones, algo maltrechos ya. Frente a mí, una alambrada que separa el castañar en el que me hallo apostado de una mancha de monte magnífica, espesa y oscura. Llena de los sonidos que el bosque emite a la caída de la tarde, presagia emocionantes encuentros entre mi presa y yo. En la valla metálica, y a unos quince metros escasos,  se abren un par de colás, como llaman aquí a lo que en mi tierra llamamos gatera o coladero. Es de esperar que los taimados cochinos asomen, si se deciden a hacerlo, por tales vías, que por supuesto ellos mismos han abierto. La proximidad de multitud de piedras junto a las colás hace presumir que podré escuchar algún ruido delator cuando la luz se haya ido, cediendo su lugar a la lóbrega noche. IMG_1078

Un viento continuo y fresco me acaricia la cara. Con el correr de las horas, me hará pasar frío, ciertamente, aunque la ventaja consiste en que no estoy cargando el aire, lo cual siempre resulta de agradecer. Y dejo ir mis pensamientos, como no podía ser de otra manera, mientras a mi derecha esta soberbia tierra me obsequia con un atardecer que se incendia suavemente, lleno con los múltiples tonos del amarillo y del naranja, del violeta y del rosa.

Ayer mismo, mi buen amigo Alejandro y yo nos metimos entre pecho y espalda, y casi del tirón, la eterna distancia que separa nuestro hogar de esta bellísima serranía de Huelva. Los nómadas somos así. Jamás dudamos ante la llamada de un compañero, de un hermano de armas. Y además, ciertamente, ya es hora de volver a escuchar al viento cantando quedamente entre castaños, robles y encinas.

Llegamos a estos parajes sobre las ocho de la tarde, para encontrarnos con un Floren en plena efervescencia, para no variar. Ya había dispuesto prácticamente todo lo necesario para la logística de estos tres días de caza, de manera que después de tres botellines acompañados con queso y jamón, subimos al hotel sin perder ni un minuto.

En cuanto llegamos a la cabaña que tan bien conocemos ya, nos hacemos unas fotos con el excelente vino que tan generosamente ha traído Alejandro, las magníficas amanitas cesáreas que abundan en la zona y una buena paletilla de cebo, oriunda de Jabugo, claro. Rematan el improvisado bodegón un par de hermosos racimos de uvas de Peñafiel recién cosechadas, aportadas también por Alejandro. La cosa de le bowhunting gastronomique, disparate idiomático que nos divierte, reflejando lo que tanto nos gusta…

Para cenar, una buena ensalada, jamón y pluma de cerdo, todo ello regado con ese Ribera de Duero que nos ha acompañado desde Madrid. Menudean las copas en animada conversación, y se nos vienen encima con rapidez las dos de la mañana. Seguimos de chachareta ya en los sacos de dormir, y yo, siguiendo mi inveterada costumbre con la famosa prima nocte de todos mis viajes de caza, apenas pego ojo hasta que el día comienza a clarear… Poco después de las diez, me despiertan las voces de los buscadores de setas que trufan durante estos días la sierra, en pos de los variados y sabrosos frutos del bosque.

De manera que me cuesta un cierto esfuerzo mantener los ojos perfectamente abiertos, sobre todo cuando la noche se va apoderando lentamente del paisaje que me rodea. Manolo el de la miel, otro buen amigo, me ha acercado hasta el puesto en su todo terreno, y me comenta que también es posible que me entre algún venado, y que él mismo les ha oído berrear no lejos de allí. Las ceremonias amorosas de estos nobles animales se han retrasado un tanto este año debido al intenso calor y a la falta de lluvia, así que aún no han acabado los desafíos y los reñidos combates, si bien van perdiendo en intensidad poco a poco. Buenas noticias, a fe mía; no tengo inconveniente alguno en tropezarme con uno de estos enfebrecidos monarcas en medio de la espesura, para librar ese combate que nos ha traído hasta aquí.

Pero pasan las horas, y tan sólo he escuchado a un cochino gruñir sordamente detrás de mí y a la izquierda. Calculo que le habrá llegado mi olor, con lo que no hay nada que hacer. Repentinamente, una mirla me sobresalta de veras, con un improvisado y estridente recital; salto en la silla e intento perforar la total oscuridad con los ojos y con los oídos, suponiendo que alguna pieza de mayor calibre ha sacado de su sueño inquieto a la ruidosa ave. Nada asoma en las cercanías de mi puesto, aunque se dejan escuchar algunos crujidos suaves cerca de la colá de mi izquierda.

De súbito, la escena se ilumina quedamente, pero con la suficiente fuerza como para notar la diferencia entre ambas luces. Veo con claridad mis manos y a un metro o metro y medio de distancia, aunque la luna no ha hecho su aparición. Son las estrellas que tachonan el limpísimo cielo de esta tierra, y que derraman su argentino silencio sobre mí. Y a pesar de que no he avistado pieza alguna, a despecho de que la espera ya toca a su fin, me siento un hombre afortunado: estoy solo en plena naturaleza salvaje, bien abrigado y con mi arco de caza en la mano. Espero, en cualquier momento, ese embroque fugaz y terrible que puede producirse entre mi objetivo y yo, sacándome el corazón por la boca de pura emoción; echo de menos, por supuesto, a algún ser querido, pero ese es el único pensamiento dulce y triste que atraviesa mi magín. Comienzo a pensar, tan rodeado de esa sonora soledad del monte en la noche, que soy dueño de mi destino, siquiera sea un ápice, y que vuelvo, poco a poco, a sujetar las riendas de mi vida con cierta firmeza.

¿”Qué tal, Mariano? ¿Has tirado, has visto algo?” La voz y la linterna de Manolo me sacan de mi ensueño, y dirigimos nuestros pasos al hotel. Hay que cenar, nos lo merecemos. La temperatura está bajando con celeridad y nos esperan unas botellas de vino y los restos del delicioso solomillo de jabalí con patatas y setas que Floren cocinó para comer esta mañana.

Me creo que voy a dormir como un  tronco esta noche; veremos.

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Tres, tria, tribu

Hoy hemos echado a andar nuestras tertulias SBC,una de las últimas piezas de la filosofía de los nómadas, que parece haber prendido con fuerza entre nuestra gente, entre arqueros cazadores y arqueros a secas, que tanto monta. Nos hemos reunido Arturo Herráez Sepúlveda, un muy antiguo amigo, veterano en nuestras lides, Octavio García Pérez, tirador y una nueva amistad en mi caso, y este cura, servidor de ustedes. La charla ha discurrido con facilidad, con entusiasmo, como cuadra a los arqueros apasionados, que sienten muy de cerca toda la riqueza que a sus vidas aporta un universo tan magnífico y fecundo como es el tiro con arco. Hemos visto la película “The Black Beast”, rodada en Francia y dedicada a esa pieza magnífica y anhelada que es el jabalí.

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De cualquier manera, y según comentaba en otros foros, la película no ha sido más que una excusa. La hemos comentado, cómo no, y la hemos saboreado. Pero nos guiaba -y nos guía- la intención de conocer, compartir y aprender; nos llama la idea de expandir los conocimientos propios de nuestro deporte y de hacer ver a quienes lo practican y a quienes no, que su esencia no está restringida, ni mucho menos, al mero hecho de soltar una cuerda que empuja una flecha. Es más, mucho más, y oculta un tesoro de posibilidades de comunicación y de disfrute de la vida que está al alcance de cualquiera.

Nos gustaría, además, revivir la tertulia en vivo y en directo, prescindiendo de los medios electrónicos que todos conocemos y utilizamos. Son excelentes canales de comunicación, pero entendemos que no pueden sustituir al contacto ocular directo ni a la charla visceral y animada, españolísima y repleta de matices que se pierden ante un teclado de ordenador.

Y en ello estamos, sin prisa pero sin pausa. Tres, tria, tribu. Mañana, o pasado, declinaremos, con toda seguridad, otro número más elevado.

Un abrazo y buena caza.

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