Un largo camino

Sí. Ha sido largo el camino, aunque afortunadamente lo voy recorriendo en excelente compañía. Un abrazo, amigos.

Dicen, y creo que dicen bien, que un largo viaje comienza con el simple gesto que supone echar a andar, un pie detrás del otro y el otro detrás del uno. Dicen, del mismo modo, que lo importante en realidad es el viaje en sí y no el destino al que nos lleva. Estoy completamente de acuerdo con semejante filosofía; ella me ha traído al punto de mi particular devenir en el que ahora me encuentro, un instante en la trayectoria de mi vida en el que es necesario echar la vista atrás cada vez con mayor frecuencia.

¿Cómo comencé mi andadura en el arte de la arquería? ¿Qué cúmulo de sucesos, de conjuras astrales se aunaron para conseguir atarme de por vida al arco y a las flechas? Tranquilos. No os voy a castigar con el anecdotario propio de alguien que comienza a hablar consigo mismo con sospechosa facilidad, en absoluto; más bien, voy a hablaros, si me lo permitís, de cómo escoger vuestro primer arco, siquiera sea porque esa es la ineluctable manera de comenzar el camino al que me refiero.

Siempre que tomo contacto con un nuevo arquero, con alguien que se acerca a mí lleno de ilusión por el arte que amamos, las primeras frases que me dirigen suelen estar cortadas por el mismo patrón: “quiero tirar con arco, pero no tengo ni idea”; “creo que me gustaría mucho el tiro con arco, pero no sé por dónde empezar”, y así hasta el infinito, en variaciones con repetición de los mismos elementos tomados a gusto del consumidor.

Y ello, aún a estas alturas de nuestra particular película en España, resulta perfectamente lógico, porque nadie nace enseñado. Desde luego, soy de la opinión de que las principales dificultades radican en la elección de un equipo para empezar a practicar: casi todo el mundo tiene bastante claro lo que desea hacer con un arco en la mano, bien sea jugarse unas cervezas con los amigos, bien acabar participando en los Juegos Olímpicos, bien protagonizar ese lance de caza tantas veces soñado.

Así que ¿cómo escoger ese primer arco y el resto del equipo que le acompaña? ¿Cómo invertir correctamente el presupuesto del que dispongamos? A bote pronto, se me ocurren tres vías hoy día, si bien es cierto que dos de ellas son añejas; funcionaban antaño, cuando yo comencé a tirar con arco, y siguen haciéndolo hogaño, en compañía de una tercera.

En primer lugar, cualquier miembro de cualquier club de tiro con arco, si realmente es digno del apelativo de arquero, estará encantado de orientar al novicio por los primeros vericuetos de la arquería, compartiendo con él sus conocimientos y experiencia y aconsejándole a la hora de adquirir su equipo de iniciación. Esta forma de aproximarse a la arquería tan solo cuenta con un inconveniente, propiciado, las más de las veces, por un exceso de cariño de los veteranos hacia el novato, que se refleja en la práctica cuando tres o cuatro personas pretenden, a la vez, enseñar al principiante los conocimientos básicos para moverse con soltura por nuestro universo. El resultado, conseguido con la mejor de las intenciones, no puede ser más contraproducente, ni el alumno, aunque se lo propusiera, puede quedar más descolocado que en ese preciso momento, con la cabeza llena de pulgadas, grains y calibres.

Por lo tanto, si ese es tu modo de aproximarte a la arquería, elige para ello a una persona que cuente con tu confianza, sea cual fuere el motivo, y solamente a ella. Con toda seguridad, habrá arqueros mucho mejores que él, pero el método ideal para abrumarse con la arquería en tus primeros compases es escuchar los consejos de todo un club a la vez. Para el arquero que tú elijas será un honor que, de su mano, te cuentes un día entre quienes le superen en conocimientos y habilidad; ello demostrará patentemente su valía como mentor y él encontrará en tu éxito su recompensa. No olvides nunca que la arquería es, en última instancia, un espejo de la vida.

La segunda manera de llegar a nosotros, los arqueros, y mi favorita sin dudarlo, es acudir al consejo de un profesional. A pesar de algunos sinvergüenzas a los que el tiempo y el mercado van poniendo en su sitio, la verdad es que en España contamos con un cierto número de comercios especializados que no tienen nada que envidiar a los del resto de Europa en lo tocante a preparación y disponibilidad de material. El interés de un auténtico profesional consiste en que hagas una compra razonable, en que adquieras un equipo ajustado realmente a tus necesidades, a tu físico y a tus posibilidades, para que cuajes así como arquero y te sientas satisfecho de sus servicios: para él, esa será la mejor de las publicidades. Te convertirás en un cliente fiel y, en algunos casos, en un amigo y compañero de aventuras.

Y la tercera manera, que con muchas dificultades adivinábamos en un lejano horizonte en los tiempos magníficos en los que yo empecé mi relación con el arco y las flechas, es desde luego la red de redes. El caudal de información que hoy día brinda internet es ciertamente monstruoso, desmedido y abrumador. Miles de textos, imágenes y vídeos esperan al otro lado de la pantalla para colmarte de conocimientos, aunque muchos de ellos sean superfluos. No hay obstáculo alguno para que te empapes hasta la saciedad de todo lo que tenga que ver con el tiro y la caza con arco, si ese es el caso. No obstante, creo honradamente que se impone, también en esta vía, la compañía de alguien que sepa más que tú, sin duda, para que no te pierdas en el vertiginoso laberinto de la red.

Así pues, supongamos que ya te hallas, solo o acompañado por tu padrino, en una tienda o frente a una web especializadas, un tanto confuso por la cantidad de material que contemplas y sin saber muy bien por dónde comenzar el asalto. Perfecto; relájate y disfruta.

PRIMER PASO, EL ARCO

Es fundamental que tengas más o menos claro desde un primer momento a qué disciplina, de las muchas que contempla la arquería, te quieres dedicar, o qué camino pretendes recorrer tirando con arco. Aunque simplemente aspires a jugarte el vermut el sábado con los amigos, este asunto es uno de los que debes comentar con el vendedor, puesto que le ayudará a aconsejarte en tu compra. Recurvado, poleas o longbow; es casi seguro que tus deseos podrán realizarse mediante el uso de todos o de cualquiera de ellos.

Determinada tu medida de apertura (draw length), valor este del que ya hablaremos más adelante, habrá que examinar qué tipo de arco prefieres.

El arco de poleas, o compuesto, goza de gran predicamento en España desde que la caza con arco llegó hasta nosotros, es decir, unos treinta años más o menos. Y ello se debe a que su apertura, merced a su mecanismo de desmultiplicación del esfuerzo, o let off, resulta sencilla y pone al alcance de casi todas las espaldas las potencias necesarias para la caza, algo elevadas. Además, dicha facilidad en la apertura permite la toma de puntería por un espacio de tiempo superior al que toleran otro tipo de arcos. Tanto la medida de su apertura como la fuerza de sus palas (draw weight) suelen ser regulables entre un mínimo y un máximo, lo que otorga al poleas una gran versatilidad, y el entrenamiento requerido para comenzar a extraer de uno de estos ingenios todo lo que lleva dentro es casi siempre inferior al requerido para el mismo menester si hablamos de arcos tradicionales, puesto que responde al esfuerzo del arquero con más prontitud que los arcos más sencillos.

Por todo ello, si vas a ser un tirador de fin de semana, si tu objetivo principal es lo que conocemos como arquería lúdica, o si, finalmente, eres un tipo tirando a cómodo, cualquier modelo de los basados en la patente de H. Wilbur Allen, del año 1966 -es decir, cualquier arco compuesto- será la eleccion adecuada para ti.

Los arcos recurvados y los longbows se conocen como arcos tradicionales, apelativo que se aplica igualmente a quien practica el tiro y la caza con arco con equipos de esta clase. Ambos resultan ser, tanto en su concepción física como en su manejo, absolutamente disímiles de sus hermanos de poleas. Estéticamente son mucho más elegantes y vistosos -al menos así me lo parece a mí- , y a la hora de entrenar con ellos te costará mucho más trabajo meterles en cintura y hacer que trabajen para ti del modo que deseas.

Si escoges un recurvado, tendrás que iniciarte con él mediante un juego de palas de escasa potencia, puesto que el único auxilio que estos arcos presentan a la hora de su apertura es, precisamente, la recurva de sus palas. En el caso de un longbow, no existe ayuda alguna cuando hay que vencer la fuerza de sus palas, por lo que estas deben ser, si cabe, más suaves aún que las del recurvado, menos pesadas. Es conveniente destacar que tanto el recurvado como el longbow exigirán mayor esfuerzo muscular cuanto más los abras, cosa que no hará el poleas, puesto que tiene una medida de apertura fija.

Así pues, palas ligeras, paciencia a raudales y práctica, sobre todo mucha practica, son los requisitos esenciales para llegar a buen puerto manejando estos artilugios. resultan ideales para la caza mayor y menor, pero los librajes que requiere la primera pueden no estar, en principio, al alcance de todo el mundo. Para mi gusto, son la expresión definitiva de todo cuanto hay de bello y de evocador en la arquería de caza, tanto por su elegante estética como por el desafío añadido que comporta su manejo.

Un apunte rápido con respecto a la potencia del arco, sea del tipo que sea: la arquería y la caza con arco son actividades para gente responsable y dueño de sus actos, no para machotes de pelo en pecho; están pensadas para disfrutarlas, no para sufrirlas, de manera que procura no integrarte en las nutridas filas de quienes aspiran a dolorosas lesiones musculares por el mero hecho de tirar -o aspirar a hacerlo- muy pasados de libraje. Si en un futuro eres capaz de dominar (dominar no es lo mismo que abrir, ojo) un titán de noventa libras, adelante con las farolas. Si no es así, tasca el freno, que todo llega en la vida… si es que tiene que llegar.

Actualmente podemos contemplar en competición estos tres tipos de arcos, si bien en el tiro olímpico tan solo encontraremos poleas y recurvados, quedando el longbow prácticamente relegado a los recorridos de bosque y de caza 3D.

Muy bien, ya hemos escogido el arco. Lo ideal sería probarlo, pero como eso no siempre es posible, puede resultar prudente probar el de algún compañero que resulte similar al arma que hemos escogido. A pesar de que eres novel en el asunto y de que cualquier arco te puede parecer imposible de tensar, es necesario que sientas la sensación que supone su manejo. El feeling que te trasmitirá, si estás a gusto con él o no, si te resulta o no demasiado pesado o ligero, si es fácil de empuñar, si es veloz, etc., etc. Aunque pueda sonarte a broma, en el futuro comprobarás que tu rendimiento con el arco en la mano está estrechamente ligado con tus sentimientos hacia él. El arquero que se siente cómodo con su equipo extrae del mismo los mejores resultados que quien se encuentra en la situación contraria.

Y AHORA, LA FLECHA

Acabada tu prueba de una manera o de otra, el profesional que te asiste deberá buscar para ti el complemento indispensable de tu arco, el ying del yang, su razón de ser: la flecha. Esta importantísima parte de tu equipo -hoy día casi más que el arco, sin duda- ha de ser objeto de una atención esmerada a la hora de completar tu configuración inicial, ya que es imprescindible que su calibre se ajuste a tus características físicas y a las del arco que pretendes adquirir, como es lógico. Quizá no sea este el momento más adecuado para abordar las numerosas complejidades por las que hay que navegar para escoger correctamente el calibre perfecto para ti, pero bástete con saber que no es un asunto en absoluto baladí y que requiere su tiempo, e incluso probar y equivocarse.

Reina hoy día de manera indiscutible el tubo de carbono entre nosotros, sea cual fuere la disciplina que practiquemos dentro del tiro con arco. Cuando yo empecé, nos encontrábamos en la era dorada del aluminio; acabábamos de dejar atrás los pesados y frágiles tubos de fibra de vidrio y el carbono comenzaba a incursionar en campos de tiro y cazaderos, ciertamente con algo de timidez al principio. La madera, magnífico material siempre vivo y cambiante, quedaba -aún queda- para los más exigentes y para los bolsillos mejor dotados, y el aluminio-carbono se enseñoreaba de las lineas de tiro, con sus finísimos y caros tubos.

Permitidme un consejo: invertid en el arco y en las flechas la mayor parte de vuestro presupuesto, y si hay que apretarse un poco el cinturón, restad del precio del arco, no del de las flechas. Ya llegará, si ese es el caso, el momento de completar el equipo buscando ciertos artículos de mayor calidad, pero por ahora lo lógico es centrarse en que el binomio arco/flechas funcione para vosotros como ha de ser, por aquello de no perder la afición a las primeras de cambio a causa de un equipo que no acaba de rendir con claridad por culpa de un excesivo ahorro en sus componentes fundamentales.

ALGUNOS CHISMES MÁS

Si a lo anterior añadimos una dactilera, suave y cómoda, y un protector, guardabrazos, brazalete o antequera -que todos esos nombres recibe-, junto con un carcaj o aljaba para las flechas, creo que podríamos dar por terminada nuestra adquisición del equipo básico para comenzar a tirar con arco. No es aconsejable comprar en un primer momento un guante de caza, porque entiendo que dificulta el aprendizaje y la mecanización de la suelta, instante crucial del disparo, como tampoco es recomendable prescindir de la dactilera o el protector; la cuerda del arco provoca con envidiable facilidad derrames internos en las articulaciones de los dedos, dolorosos y lentos de curar, y puede ocasionar espectaculares cardenales en los antebrazos de los novatos imprudentes, con herida sangrante incluida y una espléndida gama de colores violáceos.

Hay quien añade a su equipo básico una mira o visor, ya sea de caza y campo, ya de precisión. Creo que puede ser una buena medida, porque el uso de un visor contribuye a disciplinar al arquero y facilita el aprendizaje de la mecánica de tiro; aún así, haced en este sentido lo que os pida el cuerpo: el tiro instintivo puro es, con mucho, el más difícil de todos los estilos…

En fin, bienvenidos a nuestro mundo. Si vuestra afición crece y sentís la llamada del bosque, supongo que no tardaremos mucho, vosotros y yo, en compartir experiencias y recuerdos al amor de la lumbre de cualquier campamento de caza o en medio de la camaradería y el buen rollo de un recorrido 3D, siempre con nuestra arma favorita en la mano.

Hasta entonces, un saludo y buena caza.

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Mensajeras aladas

Silenciosas, letales… y tremendamente importantes.

El venado pastaba en completo silencio a veinte metros escasos de mí. La jugosa hierba le llenaba la boca golosa y el hermoso animal levantaba la cabeza de cuando en cuando para asegurarse de que no le acechaba peligro alguno. Me incorporé en mitad de la espesura para buscar una mayor comodidad en el disparo, y me dispuse a conseguir el trágico final que la ceremonia de la caza exige. Con el arco ya tendido, busqué un punto en el que concentrar mi atención, repasé mentalmente todo el ciclo de preparación del disparo y, finalmente, dejé partir la flecha… que nunca llegó a su destino. Un quiebro espectacular del gran ciervo, que tiró de toda su anatomía violentamente hacia atrás y hacia la derecha, una pequeña nube de polvo que sus cascos levantaron y catorce preciosas puntas perdiéndose a toda velocidad en lo profundo de la espesura: así acabó todo.

Sí, ya sé que no soy el único que puede firmar una historia como esta, hasta ahí podíamos llegar. Hay un muy abultado excusario a entera disposición del cazador arquero a la hora de explicar por qué hemos fallado una pieza o, peor aún, por qué hemos realizado un pésimo disparo. Entre las más populares, el tristemente clásico string jumping, el llenarse de bicho, unas ramas que no estaban allí, lo juro, y juzgar erróneamente la distancia, por citar unas pocas. Lo que nunca oiremos, casi con completa seguridad, como justificación de un error serio, es una referencia al pobre rendimiento de nuestras flechas, entre otras cosas porque semejante factor es casi imposible de conocer y porque -seamos sinceros- nunca repararíamos en algo así.

La mayoría de nosotros, camuflados mortales, asumimos que cada una de nuestras flechas es tan buena como cualquiera de las otras que pueblan nuestro carcaj, y que su vuelo será, más o menos, exactamente igual que el de sus compañeras. Y, sintiéndolo en el alma, debo decir que esa afirmación dista mucho de ser verdadera. Incluso flechas idénticas en peso y en rigidez pueden comportarse de manera distinta en el aire, hecho especialmente cierto si no nivelamos correctamente la parte del tubo donde se asentará el inserto del mismo o si el emplumado está visiblemente castigado, o si utilizas flechas absurdamente baratas, que de todo hay. Así que me parece que, entre las muchas obligaciones que la práctica de la caza con arco comporta si buscamos la máxima eficacia, este asunto reviste especial importancia.

Inclinando la balanza

El peso y la rigidez de nuestras flechas depende directamente de la configuración de nuestro arco y de nuestras dimensiones físicas. Si tiramos con 40 libras y una apertura de 26 pulgadas, está clarísimo que nuestras flechas no tendrán nada que ver con las que use un compañero que maneje 70 libras a 28 pulgadas. Dicho lo cual, la mejor apuesta para cualquier configuración resulta ser, por término general, decantarse por las flechas más pesadas y rígidas que nuestro arco pueda gestionar adecuadamente.

En el momento de escoger nuevas flechas, piensa en comprar las más pesadas de entre las que las tablas de ajuste te ofrezcan. Olvídate de lo rápido que quieres que vuelen y céntrate en cuánta energía quieres que transmitan al cuerpo del animal en el momento del choque. Personalmente, tengo muy clara la respuesta. Si impacto a una presa en un sitio no demasiado acertado, siempre habrá la posibilidad de que una flecha más pesada le cause más daño del que le produciría una más ligera. Sí, ya sabemos que la punta de caza que hayamos escogido para la tarea tiene también crucial importancia, pero esa es otra historia, como diría Tolkien; ahora mismo estamos hablando de flechas de caza y es evidente que una pesada golpea más y con más fuerza que una ligera. Creo que no hay problema alguno por cargar las tintas en este asunto del máximo peso, por no hablar del daño que puede causarle a nuestro arco tirar con flechas subcalibradas.

Gordas contra delgadas

El último grito en tubos para flechas consiste en su micro diámetro. Esto es positivo y deberíamos tenerlo en cuenta por varios motivos, primero y principal por la reducción de su superficie que ello supone. Este hecho favorece una mejor penetración en el animal y aminora los efectos que el viento puede ejercer en el vuelo de la flecha y, en consecuencia, en su punto de impacto.

Un conjunto de flechas que se hayan disparado un número suficiente de veces acabará por experimentar una degradación en su integridad, lo que significa que finalmente habrá que adquirir una nueva docenita de ellas, para alegría del gremio de fabricantes: pobrecitos, de qué iban a vivir si no. He practicado bastante con viento fuerte y se nota perfectamente su influencia en tiros sobre los cuarenta metros. Aunque eso podría no ser un problema para aquellos compañeros que cacen a menor distancia -la inmensa mayoría- eso no es óbice para que intentemos ser eficaces en casi cualquier circunstancia, más que nada porque nunca se sabe dónde y cómo se nos va a presentar la ocasión soñada o una imperiosa necesidad de abatir a la pieza. Jamás dispararía contra un venado a cincuenta metros, salvo que un nuevo impacto me asegurase evitarle a él sufrimientos innecesarios y a mí un largo y laborioso pisteo, pongo por caso.

El emplumado

El emplumado funciona haciendo girar a una flecha sobre su propio eje durante el vuelo, estabilizando así el mismo. Las plumas más populares hoy son las de dos pulgadas y perfil alto, ya sean de plástico o naturales. Funcionan a la perfección suponiendo que estén dispuestas helicoidalmente con un ángulo de tres grados, aunque siempre queda la duda: ¿mejor emplumadas en recto, mejor anguladas? Los problemas pueden aparecer al utilizar puntas de caza, claro está.

Hay muchas consideraciones a tener en cuenta a la hora de ensayar con flechas nuevas, además del tipo de emplumado y del grosor del tubo. Hace poco comentaba con otro compañero asuntos similares, y él me indicaba que había probado recientemente un juego de flechas con cuatro plumas y que el vuelo con puntas de caza le había dejado boquiabierto, tanto tratándose de puntas fijas como de mecánicas. A fuer de sincero, debo decir que no he tirado con cuatro plumas en toda mi vida, pese a que efectivamente había oído contar maravillas sobre su combinación con puntas de caza, pero… he escuchado contar tantas cosas maravillosas sobre tantos asuntos cruciales en la caza con arco, que suelo no creerme nada por sistema, de manera que me tocará probar por mí mismo en este tema, más que nada por no perderme algo bueno en caso de que sea cierto. Jamás he conseguido que todas las flechas de una docena equipada con punta de caza vuelen a la perfección, siempre hay alguna rebelde que hace de las suyas, de manera que la charla con este amigo me ha dejado sumamente intrigado, ya veremos.

De cualquier manera, está claro que hay que prestar especial atención al emplumado, porque no todas las configuraciones funcionan igual de bien o igual de mal. Si tienes la habilidad, el equipo y la paciencia necesarias para montar tus propias flechas con cierta angulación en sus plumas, adelante; a mí me resulta una actividad francamente placentera, por qué no decirlo. En caso contrario, o las encargas o las compras ya hechas, pero te tocará gastar algo más de dinero a la hora de ponerte a investigar en esta materia.

Limpiando el armero

Las flechas decentes son caras, ya lo sé. También resultan ser uno de los factores más importantes de entre los que hay que tener en cuenta cuando configuramos nuestro equipo, casi tanto como lo es la elección del propio arco: me atrevería a decir que más importante si consideramos el nivel de eficacia de los arcos modernos. Pulirse ciento cincuenta o doscientos euros en unas flechas nuevas puede ser una píldora difícil de tragar, pero con el tiempo es un gasto a todas luces inevitable, sobre todo después de someter a un considerable castigo a tus compañeras aladas. Sus tubos son sometidos un increíble nivel de estrés disparo tras disparo, de manera que su integridad -y con ella la tuya- puede degradarse. No hay más que entretenerse en ver alguno de los cientos de videos que pululan por internet y que recogen a cámara lenta cómo sale una flecha desde el arco tras la suelta. La cantidad de oscilaciones que sufren es espectacular, y el continuo estrés dinámico que experimentan en su parte trasera, junto con la flexión del tubo durante el vuelo y el impacto, pueden ejercer un efecto negativo y acumulativo sobre sus prestaciones, además del peligro que para el arquero y para el arco supone manejar flechas en mal estado.

En conclusión, piensa si te ha llegado el doloroso momento de renovar tu armero. Y si así fuera, ten en cuenta el peso y la rigidez de tus nuevas flechas, además de los diversos tipos y estilos de emplumado, para asegurarte de contar con la mayor precisión posible en tus disparos, flecha por flecha. Tus presas y tu ego te lo agradecerán, y también lo hará la caza con arco.

Hasta otra y buena caza.

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Megaloceros

Megaloceros giganteus, ciervo de las turberas, titán desaparecido y magnífico…

Comenzaba a nevar copiosamente.

Desde lo más profundo del valle, el gran ciervo de las turberas brama su celo, su ansia de amor. Nuestro hombre está expectante. Todas las fibras de su ser atienden a la llamada de la presa deseada, del trofeo que le devolverá el prestigio que hoy está en el alero.Mientras se prepara para iniciar el duro descenso hacia el valle, tras repasar su equipo para asegurarse de que todo está en su lugar, rememora los hechos que le han traído hasta aquí, todavía cercanos en el tiempo.

Estamos en lo que hoy conoceríamos como septiembre tardío. La vida en el poblado comienza a agitarse; llega el festival de invierno, esos días en los que, bajo la experta dirección del chamán de la tribu, hombres y mujeres renuevan sus votos con la Madre Tierra: fertilidad, buena caza, amor, suerte en la batalla. Cada cual tiene sus propias metas, cada cual busca satisfacer su más íntimos deseos, sus necesidades más arraigadas.

Al finalizar una larga y fructífera jornada de caza, el líder del grupo emprende el regreso al poblado, satisfecho de sí mismo y de sus compañeros de aventura. Todos ellos arrastran trabajosamente fardos repletos de carne y de pieles sin que la ardua tarea haga mella en el ánimo de los cazadores. La pesada carga contiene vida, calor, alimento y materia prima para los utensilios del quehacer cotidiano de la tribu, dones de la naturaleza conquistados con valor y serenidad, bienes imprescindibles para hacer frente a la dureza de la estación que ya comienza a teñir el cielo con colores grises y amenazadores.

El jefe de la partida de caza piensa, no sin cierto orgullo, que el éxito de la expedición reposa en gran medida en su propia experiencia, en ese saber hacer que ha ido tiñendo sus maneras de cazador con el correr de los años. Pese a la juventud de sus compañeros, hombres fuertes y resistentes, rápidos en la carrera y hábiles en el manejo del arco y las flechas, ninguno de los muchos lances a los que se han ido enfrentando en el transcurso de su batida habría llegado a buen fin sin el concurso de sus habilidades a la hora de leer en el monte, sin su maestría para el rastreo, sin su sentido del viento, sin su conocimiento, en fin, del comportamiento de sus presas. Casi milagrosamente, y gracias a él, ninguno de sus compañeros ha recibido más allá de algunas contusiones y arañazos en el transcurso del azaroso viaje. Este silencioso miembro del clan cuenta ya treinta y seis primaveras: a estas alturas de la historia de la Humanidad, es un anciano venerable, una excepción que confirma la regla. Aún así, se siente fuerte y sano, y sabe que todavía tiene mucho que ofrecer a su tribu; un maestro de cazadores como él no es algo que se encuentre todos los días; el tesoro de sus conocimientos es como un seguro de vida para su gente, y él lo sabe.

Pero mientras llegan al poblado, y tras penetrar en él, extrañas sensaciones le abordan. Entre el bullicio de la bienvenida, las risas, los abrazos y los cánticos con los que el pueblo recibe alborozado a sus cazadores, nota que algo no va como debería. Acostumbrado a percibir y a anticipar las reacciones de los animales salvajes, las emociones humanas guardan escasos secretos para él. Y ahí están. En lo que a él respecta, el recibimiento no es ya tan caluroso como en otras ocasiones. Las miradas de admiración ya no poseen el brillo de antaño, no reflejan ya el respeto que siempre mereció. Son sus hombres, más jóvenes, quienes cosechan el tributo de su gente, el aplauso y el agradecimiento de la mayoría de los habitantes del poblado.Conoce los motivos, y los asume, muy a su pesar. Hace tiempo que estaba esperando un momento como este. Los años no pasan en vano; sus músculos, su coordinación y su vista ya no son lo que eran: la edad no perdona, y eso es algo que nuestro protagonista acepta, con un cierto alejamiento filosófico y un encogimiento de hombros que tiene mucho de resignación.

Pero ese no es el principal problema, porque sus éxitos como cazador aún le garantizan un cierto reconocimiento por parte de su pueblo, que le respeta como experto en la materia. El peligro le  acecha entre su propia tribu y viene hacia él desde las más altas jerarquías. Hace tiempo que sabe que el hijo del chamán ambiciona su puesto; hace tiempo que conoce el apoyo que el padre presta al hijo. En la última expedición no han contado con la asistencia del huraño joven, quien, aconsejado por su taimado padre, ha alegado una enfermedad para evitar el viaje, guardando así sus energías a la espera del momento más favorable para conseguir su objetivo.El chamán es, al igual que nuestro hombre, una persona de avanzada edad, al menos según los cánones de la época. Si en su juventud fue bendecido con una fuerte conexión espiritual, con una particularísima relación con el otro mundo y sus habitantes, lo cierto es que sus habilidades se han ido apagando muy poco a poco, sin que él sepa por qué. Pese a que sigue paseando descalzo por las praderas y valles que rodean su hogar, ya no siente las líneas de fuerza que recorren la faz del planeta; aunque es un experto sacrificador, sus rituales carecen de resultados: no contempla ya, sobrecogido de divino terror, las señales que le envían sus dioses, tan necesarias para dirigir los destinos de su tribu. En silencio, sobrelleva la pérdida de sus poderes con una mezcla de furia y de tristeza que le convierte en un hombre peligroso e iracundo, de manera que sus actuales ambiciones tienen muy poco que ver con cuestiones místicas.

El jefe de cazadores cree intuir esta situación, presagia las dificultades y peligros que se ciernen sobre él a causa de la nueva orientación del chamán, del nuevo rumbo que han tomado sus pensamientos. Y precisamente por todo ello, sabe que ha llegado su hora. Necesita imperiosamente afianzar su posición entre los suyos, retrasar el siempre doloroso instante del adiós a las responsabilidades mayores que todo hombre debe de afrontar, tarde o temprano, desde que el mundo es mundo. La ocasión está cercana, y coincidirá con la reunión tribal en la que los cazadores relatan sus hazañas ante un público arrobado, embelesado y agradecido por el trabajo de sus bravos miembros, que les regala nueva vida en forma de alimentos, pieles y tendones. Es muy posible que el chamán, aprovechando esa situación, reclame para su hijo el nuevo cargo que asegurará el suyo propio, poniéndole a salvo de las iras y sospechas de la tribu: nuestro hombre no debe permitir que eso ocurra.

De modo que, mientras uno de los cazadores que alardea con razón de sus habilidades como bardo desgrana magistralmente el relato de uno de los lances más emocionantes de la partida, el jefe de cazadores se adelanta hacia el centro del claro en cuyos alrededores la tribu escucha, complacida, la narración del poeta. Se hace el silencio entre los habitantes del poblado cuando el cazador llega a los pies de la enorme hoguera que ilumina dramáticamente la escena, llenándola de duros perfiles, de afiladas fisonomías. Intrigados, los miembros de la tribu intuyen que algo muy serio está a punto de ocurrir: nadie se atrevería a interrumpir el relato del bardo, un hombre también cercano a los dioses, sin una importante razón. Y así es; reclamando la atención de los presentes, y dirigiendo su discurso al jefe de la tribu y al chamán, el jefe de cazadores formula una insólita petición: desea dar caza, en solitario, al gran ciervo de las turberas, y desea hacerlo, además, en pleno festival de invierno, lo que confiere al asunto un grave matiz: si falla en su hazaña, pueden abatirse sobre la tribu serios pesares, grandes desgracias; cazar al enorme animal durante una celebración sagrada no es un asunto baladí. Por el contrario, si es capaz de regresar con el trofeo, las bendiciones de la tierra se derramarán abundantemente sobre los animales, las plantas y los vientres de las mujeres de la tribu… sin contar con que nuestro hombre será jefe de cazadores hasta su muerte, quedando sus hijos en una inmejorable posición para acceder al cargo y suceder así al padre. Afirma, para justificar su petición, que durante la partida de caza ha percibido ciertos signos en la naturaleza, , que le revelan, como experto cazador que es, la llegada del momento más propicio para intentar esa gran aventura, que muy pocos han tenido los arrestos de afrontar, según recuerda la tribu. Y mientras argumenta sus deseos, reza en silencio para sí, pidiendo perdón a sus dioses por la mentira de la que acaba de servirse para intentar alcanzar su meta. Le consta que nadie, ni siquiera el chamán, que se mueve nervioso en su asiento, será capaz de poner en tela de juicio sus percepciones sobre tan crucial asunto. Tras formular su petición queda erguido, orgulloso e impávido ante la tribu, esperando el veredicto del hombre santo y del jefe de guerra.

El chamán no esperaba semejante situación. Acariciaba un futuro mejor para su hijo y para sí mismo, por lo que el cazador, al adelantarse a sus propias intenciones, le ha cogido desprevenido. Pero es un hombre astuto, lleno de recursos y que no se rinde con facilidad.Calcula, a la velocidad del rayo, las consecuencias que acarrearía un éxito del cazador, que le mira burlón; sabe que el hombre que se yergue ante él es perfectamente capaz de llevar a buen puerto la aventura que se propone en solitario, frustrando así sus planes; por otra parte, conoce la peligrosidad del lance y los enormes riesgos que comporta, así como los beneficios que a no dudar le reportaría el fracaso de su enemigo. Sea, pues; puesto en pie, sin dejar que sus emociones le traicionen, concede su plácet ante la tribu entera, que prorrumpe en apasionado griterío: la noche está resultando de lo más emocionante para los habitantes del poblado quienes, con el alma en vilo, dirigen a continuación sus miradas hacia el jefe de guerra, cuchicheando nerviosamente entre sí.

El jefe del poblado, que también lo es de la guerra, observa al cazador, un tanto sorprendido por su arrogante petición. Hombre acostumbrado a resolver los problemas de un modo más bien práctico, roza con peligrosa facilidad la violencia. No entiende nada de cuestiones espirituales, de conexiones místicas ni de todos esos asuntos a los que tanta atención parecen prestar sus otros colegas; para él, tan sólo son susurros de hombres débiles, que a nada claro conducen… como no sea a intentos, a veces infructuosos, de perpetuación en según qué cargos. Sin embargo, no puede por menos que admirar la valentía de quien en este momento permanece en pie ante él; su propio carácter le hace proclive a disfrutar de hazañas similares a la que acaba de proponer su jefe de cazadores: vencer a la fiera, hacer correr su sangre, triunfar sobre el poder de la naturaleza salvaje… y, aunque él no acaba de creer a ciencia cierta en semejantes pamemas, si el solitario cazador triunfa la tribu estará contenta y tranquila durante una buena temporada, ahorrándole así sinsabores y esfuerzos como jefe que es. Y, por otra parte, si el bravo perece en el intento, no faltarán jóvenes valerosos que ocupen de inmediato su lugar, manteniendo a su gente bien alimentada y surtida. Muy bien; evaluada políticamente la situación, levantándose de su trono y empuñando su lanza ritual, el jefe concede su permiso: parte en pos de tu presa y regresa victorioso, sano y salvo, cazador. Haz que un nuevo y brillante futuro derrame sus venturas sobre nosotros.

Ahora sí que se desata una verdadera tempestad de gritos, aplausos y exclamaciones entre todos los miembros de la tribu. Absolutamente olvidados de los peligros y de las desgracias que atraería sobre el poblado el fracaso de nuestro hombre, le vitorean, le abrazan, le sonríen, en un baño de multitudes que conforta al cazador como el más dulce de los licores, que hace crecer su orgullo y su determinación. Zafándose como puede de sus enfebrecidos vecinos, endereza sus pasos hacia su cabaña: tiene que preparar con rapidez su equipo, puesto que su salida es inmediata, y deberá producirse antes del amanecer. Su mujer le está esperando en el umbral de la vivienda, dos ojos azules y suaves que le acompañan desde hace ya mucho tiempo, que le han dado pasión, apoyo y calor durante muchas estaciones. Le miran ahora llenos de temor, pero también de orgullo, aunque bañados en lágrimas. Sabedora de los planes de su hombre, pues él nunca tuvo secretos para ella, ha dispuesto, tras escurrirse silenciosamente de la reunión tribal, el equipo de viaje de su marido, colocándolo en perfecto orden sobre el lecho, a excepción de los trebejos de caza, que son competencia exclusiva del hombre que comparte sus días y sus noches. Un hacha de cobre y pedernal, con mango de tejo; un cuchillo de pedernal, con empuñadura de fresno, hongos de abedul y musgo de pantano; pedernal y pirita; carne seca de gamuza y de ciervo, pan y endrinos. Objetos para quitar la vida; objetos para preservarla. Todo ello colocado con primor en una bolsa de piel impermeable. 

Mientras el cazador comienza a recoger su equipo, le mira en silencio, con infinita ternura, deseando sentir la caricia de la esperanza. Necesita creer en su vuelta, sano y salvo, una vez más. Observa los tatuajes de muñecas, espalda y piernas, y desea fervientemente que protejan a su esposo de todo mal. Sin embargo, sus premoniciones de hembra madura y sabia no funcionan en este momento; no ve más que tiniebla y negrura, alzándose amenazadoras en el camino de su hombre. Mueve la cabeza como negándose a sí misma esa visión, como queriendo desprenderse de ella, alejarla de sí. Se abraza a la fuerte espalda y apoya la cabeza sobre los largos rizos de la cabellera de su marido, en completo silencio.

Trabajosamente, el hombre se deshace del abrazo y prosigue su tarea; no es momento de dejarse embargar por sus sentimientos, ahora a flor de piel; debe centrarse en la misión que le aguarda. Toma su gran arco y su carcaj, repleto de flechas con punta de pedernal y astiles de viburno; viste su capa, su chaleco, sus pantalones y sus zapatos de cuero, cálidos y confortables, hechos de piel de oso y de ciervo. Abraza con amor a sus dos hijos, que le contemplan gravemente. Poco les falta ya para su primera partida de caza, y con un poco de suerte, piensa nuestro hombre, él será quien les inicie y dirija en las artes venatorias, allanando el camino para que, en su día, uno de ellos ocupe su puesto. Ya preparado para la partida, se para en el umbral de su casa y contempla, emocionado, a su familia. En ese momento, su mujer se acerca para besarle por última vez, para desearle buena suerte. Poco me importa el destino de la tribu; no me preocupan los tiempos que habrán de llegar. Para mí, ese gran ciervo de las turberas, que con tanto afán persigues, carece de significado; solamente deseo que vuelvas a mí cuanto antes, ileso, alto y orgulloso como el primer día en que te vi, como el momento en el que decidí que serías mío para siempre. Parte pues, y afronta tu destino con honor, ya que yo no seré capaz de detenerte, como sería mi deseo.

Dicen que un gran viaje comienza con el primer paso, y que si la travesía es lo suficientemente importante, el peregrino que la inicia desconoce su final. El cazador, en estos momentos, siente con claridad algo parecido, mientras deja a sus espaldas a aquellos a quienes ama. Un torbellino de sensaciones y sentimientos encontrados bulle en su interior, pero avanza con paso firme y decidido hacia lo desconocido, hacia la culminación de muchos años de experiencia cinegética. Abandona el pueblo bajo las luces inciertas del amanecer; muchos vecinos le saludan con la mano y le desean suerte en su empeño, pero no todos los habitantes de la aldea albergan semejante afecto. Durante la noche, absorto en el arcano sortilegio que emana de las llamas de su hogar y en completo silencio, el chamán ha tomado una determinación. Le preocupa que sus taimados cálculos sean erróneos; le amarga la posibilidad de que el cazador se salga con la suya. Poco antes de las primeras luces, sale en busca de dos de sus discípulos, jóvenes de ojos afiebrados y expresión enloquecida, como si se hallasen en continua contemplación de los misterios del Otro Lado. Sabe que puede contar con ellos, que le prestarán fanática obediencia, de modo que las instrucciones son breves y concisas: el jefe de cazadores no debe triunfar en su empeño; sus flechas no han de conseguir cobrarse la vida del gigante de las turberas; deben hacerle fracasar… a cualquier precio. Los ojos del chamán despiden chispas de ira; sus discípulos asienten, obedientes y aterrados ante la cólera del maestro, que ha susurrado sus deseos entre dientes, silbando como una serpiente. Así pues, parten tras el cazador como dos sombras siniestras, abandonando la aldea por otros caminos y manteniéndose a una prudencial distancia del hombre que, ajeno al peligro, avanza hacia las alturas cercanas al poblado. Tras ellas, el inmenso valle, repleto de coníferas, donde pasta el gigante objeto de los desvelos de nuestro protagonista.

Han pasado ya varios días desde que el hombre dejó atrás su aldea. El tiempo es relativamente plácido, propio de la época del año, pero está comenzando a empeorar con rapidez. Ya es necesario hacer fuego para poder dormir con cierta comodidad, y resulta imprescindible caminar envuelto en el cálido manto de piel de oso que porta consigo nuestro hombre. Ha iniciado el descenso hacia el valle tras superar un par de puertos de montaña, y está empezando a disfrutar realmente de su viaje, de la soledad que le envuelve. Marcha observando los alrededores con suma atención, mientras redescubre aspectos de su entorno que creía olvidados, pero su concentración, paradójicamente, le impide percibir que los esbirros del chamán le siguen muy de cerca. Hábiles escaramuzadores, no han perdido su pista ni por un solo momento, y saben que no han sido descubiertos por el cazador. Deslizándose tras él, extreman las precauciones y esperan su oportunidad como lobos al acecho. Cuando las fuerzas flaquean, toman un bocado frío, mezclado con una sustancia preparada por su amo, que altera su estado consciente y les imbuye de una nueva fuerza, atroz e implacable.

Mientras tanto, los recuerdos del viajero acaban por conducirle al actual momento. En efecto, así discurrió la cadena de acontecimientos que le ha traído hasta aquí, asiente el cazador.  Ya se encuentra en las estribaciones de las montañas, entrando en el valle. La nieve está cayendo plácidamente, con lentitud pero en gruesos copos, que hacen presagiar lo peor. Disminuye su ritmo, camina en completo silencio y comienza a escrutar con paciencia infinita el nevado paisaje que le rodea, en busca de una pista que le conduzca hacia su presa. Oye a un macho bramar a lo lejos, presa ya de sus ansias de hembra, y su aguda visión le ayuda a distinguir una enorme cuerna entre los árboles cercanos. Parece ser que su propietario se dirige a plantar cara al macho al que acaba de escuchar; aunque ha perdido de vista la arboladura, se imagina al gran venado mientras éste avanza enfebrecido hacia su rival: ojos inyectados en sangre, el cuello poblado por una espesa barba, los ijares resollantes, cubiertos de su propio orín para acentuar su calidad como macho.

Aprovechando la distracción de su pieza, sale tras ella a la carrera, agachado y manteniendo las distancias; sabe que el ciervo se detendrá de vez en cuando para pistear de nuevo a su rival, y en una de esas ocasiones es posible que ofrezca un buen ángulo de tiro para sus flechas, que se mueven acompasadamente en su carcaj, esperando su momento. El gran macho hace un alto en su camino; inclina la poderosa cuerna como para tomar aliento, y olfatea el frío aire. Brama con fuerza, respondiendo a la llamada del enemigo, y avanza su pata delantera izquierda al tiempo que gira la cabeza hacia la derecha, descubriendo limpiamente el codillo. En ese instante, y con la velocidad que da la práctica, nuestro hombre ya está tendiendo el arco, absolutamente concentrado en una mancha de pelaje de distinto color que ha visto en el costado de su presa. A unos veinte metros de la misma, se sabe mortal de necesidad. Cuando está relajando los dedos que tiran de la cuerda, para lograr una suelta lo más limpia y precisa posible, siente más que oye un movimiento a su espalda, que automáticamente le pone en guardia. Pero es demasiado tarde.

Una maza de guerra golpea con violencia sus riñones, haciéndole caer al suelo, dolorido y desconcertado. Se gira sobre sí mismo a tiempo para contemplar a uno de los discípulos del chamán, que se le echa encima como una exhalación, dispuesto a rematar el macabro encargo de su amo. El cazador tantea instintivamente el suelo a su alrededor, buscando con desespero algo para defenderse, cuando su mano se cierra sobre la flecha, que ha caído del arco, en apariencia inofensiva. En el instante en que su atacante alza los brazos para descargar el golpe definitivo, nuestro hombre se incorpora a medias y con gran rapidez, al tiempo que hunde con ambas manos la flecha de caza en el corazón de su enemigo. Con una desagradable expresión de sorpresa y de rabia asomando a su semblante, el asesino se desploma calladamente, sangrando en abundancia por la boca. Cae de rodillas y de cara contra el suelo, enfrentándose ya cara a cara con las escalofriantes visiones que contempló en vida.

El cazador se masajea la zona herida, temiéndose lo peor. En efecto, el tremendo mazazo le ha roto la clavícula y un agudo dolor comienza a invadirle, inutilizándole. Mientras lucha contra las nauseas que le asedian, su mente, cargada de adrenalina, ata cabos con rapidez. El chamán, su ambición, su miedo a que la tribu descubra que ha perdido sus poderes…Lenta, dolorosamente, se inclina sobre el cadáver del enemigo, que ya comienza a enfriarse. Con esfuerzo, recupera la punta de caza que sobresale de la espalda del atacante; es su punta favorita, afilada y en perfecto estado, bendecida en incontables ocasiones con la sangre de la presa; algo le impulsa a conservarla cerca de sí, como si fuera capaz de protegerle, de preservar su vida.

Pero un terrible sentimiento de tristeza le invade de súbito: no le importa morir lejos de su hogar y de los suyos, no le concede importancia alguna al hecho de servir de pasto a los lobos. Al fin y al cabo, ese es el destino de todo hombre, y conoce formas infinitamente peores de morir. Lo que ensombrece su alma en ese tremendo instante es la sensación de inevitable fracaso, el conocimiento cierto, cristalino como una hoja de hielo y cortante como ella, de que no podrá cumplir con la tarea que le ha traído hasta estas inhóspitas soledades. Con esa atroz sensación en su cabeza, entiende que ha llegado el momento de emprender el regreso a casa, aun sabiendo que es muy posible que no logre llegar. La herida es grave, pese a que no sangra demasiado, y el dolor le recorre la espalda y el pecho en oleadas lacerantes. Aplica un emplasto de musgo de pantano sobre el tremendo golpe y lo sujeta trabajosamente con unos trozos de tela.Comienza a abandonar el valle con pasos lentos, con gran esfuerzo, pensando en los venados que quedan atrás, azacaneados en sus amorosas tareas, del todo ajenos a la tragedia que acaba de acontecer en sus salvajes territorios. Al llegar a los pies de las montañas, que empiezan a alzarse con fiereza ante él, hace un alto en el camino para recuperar el resuello y estirar su dolorida anatomía.

De repente, siente un golpe seco en la espalda, como un ligero empujón, casi al mismo tiempo que escucha el sisear de una flecha en el aire y el grito de triunfo del enemigo. Así es. El segundo atacante, que decidió reservar sus fuerzas por si fuera necesario otro intento para cumplir con su misión, acaba de alojar una saeta en los pulmones del cazador, que se dobla de dolor mientras intenta alcanzar vanamente el astil que sobresale de su espalda. Cae al suelo boca abajo y percibe el acercamiento del enemigo, que camina en su dirección visiblemente satisfecho y convencido de su éxito. Se le nubla la vista y sangra sin parar; sabe que se muere, que le quedan escasos instantes de vida, y lo asume en completo silencio sin emitir queja alguna. Pero cuando nota la sombra del homicida junto a él, sin apenas mirarle le hiere fieramente con la punta de caza, que ha estado en su mano derecha desde que abandonó el valle. Expira casi sonriente, mientras oye el alarido de dolor del discípulo, que ha recibido un feo y profundo corte en el gemelo de su pierna derecha. Tampoco llegará a dar cuenta del éxito de su trabajo a su artero jefe. Morirá a pocas jornadas del lugar donde cayó nuestro hombre, víctima de una infección en la sangre.

Comenzaba a nevar copiosamente. 

El titán frente al gnomo; fuerza bruta frente a inteligencia…

El arco, eterno compañero del hombre en la caza y en la guerra, en la vida y en la muerte, desde el amanecer de los tiempos. La flecha, complemento del arco, ying del yang, feroz mensajera alada…

Las últimas investigaciones sobre el asunto apuntan a que Ötzi, el cazador milagrosamente recuperado del hielo en los Alpes Italianos, murió asesinado; quizá su vida se entretejió con aconteceres como los que acabamos de narrar, por qué no…

De cualquier manera, y desde hace 25.000 años, nuestra arma favorita está presente entre nosotros, para bien y para mal, para la caza y para la guerra. Vayan mi respeto y mi admiración para ella y para quienes hacen de su uso cinegético una razón más para adorar la salvaje Naturaleza de las cosas.

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Pecados capitales en la caza con arco

Capitales, graves, imperdonables… pero en la caza con arco, claro.

Ya supongo que semejante título le pondrá los pelos de punta a más de uno, por aquello de la nauseabunda corrección política que nos embarga, pero no he podido resistirme a la tentación de caer un poco en brazos del marketing más descarado, que no es otra cosa más que añadir un nuevo pecado a los que a continuación comentaremos, así que… es lo que hay. Si a estas alturas de mi particular devenir sobre la Tierra no puedo permitirme alguna que otra licencia, poética o no, apaga y vámonos. Y además, en lo tocante a esa citada corrección política, cualquier que me conozca sabe que me encanta pasármela por el arco del triunfo, siempre y en todo lugar.

Porque, acto seguido, vamos a hablar de los pecados capitales en la caza con arco, que serán diez, aunque bien visto también podrían ser quince, o trescientos cincuenta y seis, pongo por caso: por pecados, que no falte. Hay muchos más que cazadores arqueros, sin lugar a dudas, de modo que los que a continuación expongo no son sino una breve selección de los mismos. Sentíos en total libertad para añadir los vuestros propios, queridos pecadores. En fin, siguiendo igualmente los dictados del marketing sobre la materia, este tipo de títulos para los artículos los hacen más apetecibles, más digeribles para el lector, de manera que allá va eso.

Para abrir boca, citemos el “BUCK FEVER” que dicen nuestros compañeros yanquis, , es decir, lo que nosotros conocemos como “LLENARTE DE BICHO”. Este pecado, muy corriente entre cazadores de todo tipo y condición, estropea más tiros que cualquier otro factor, y controlarlo  del todo es virtualmente imposible. Sin embargo, podemos hacer algunas cosas para aminorar su influencia. Por ejemplo, mantener la mente ocupada en una lista de chequeo de cosas que hay que hacer antes de soltar la flecha, es una táctica que puede funcionar muy bien. Lo importante del asunto, una vez avistada la pieza, es seguir enfocados en algo más que en la presencia de ese animal, sin duda imponente. De alguna manera, ese doble enfoque puede contribuir a que nos serenemos un poco, que es de lo que se trata. Cada uno tendrá su propia lista, lógicamente; la mía es algo así:

1.- Determinar la distancia de tiro;

2.- Escoger un punto y colocar en él una pelota de golf imaginaria, o un CD, en el lugar donde quiero que impacte mi flecha, obviamente la zona vital del animal;

3.- Controlar que el supuesto recorrido de la flecha esté libre de obstáculos;

4.- Volver a visualizar la pelota de golf o el CD de marras;

5.- Controlar el ritmo respiratorio;

6.- Enfocar tu atención o tu pin correspondiente sobre la pelota de golf o el CD, con tranquilidad;

7- Relájate, sé paciente; usa la tensión dorsal; sigue con el arco ya abierto; apunta, enfócate; no sueltes la flecha aún;

8.- Aprende a distinguir el momento adecuado para soltar el tiro, bien a base de cazar tanto como puedas, que es lo ideal, o a base de imágenes mentales.

 Como es lógico, cuanto más caces mejor cazarás, mejor distinguirás el instante en el que es decisivo dejar partir la flecha, más te acostumbrarás a serenarte ante la presencia de una pieza de caza mayor. Por otra parte, tu mente acabará por tener que realizar un esfuerzo a la hora de separar tus imágenes mentales, si te ejercitas en ellas, de las situaciones reales, de manera que podrás familiarizarte por adelantado con situaciones de caza real, con la ventaja añadida de que mentalmente siempre puedes rebobinar para corregir errores y acabar obteniendo un disparo perfecto. 

Y que te conste que estas técnicas no son chorradas baratas ni milongas de barra de bar. Todos los atletas profesionales hacen uso de ellas porque funcionan realmente.

Otro pecadillo de los nuestros consiste en lo fácil que nos resulta CONFIARNOS CUANDO COMIENZA LA TEMPORADA o cuando inauguramos un nuevo coto o cazadero. ¿Por qué? Pues creo que porque tendemos a pensar que nuestros alrededores están aún frescos, sin contaminar, sin utilizar en exceso: todas las piezas están atontadas y a nuestra entera disposición, a tiro desde nuestro puesto favorito. Y claro, ocurre lo que ocurre: esperamos que los primeros días de caza sean siempre los mejores, cuando lo que hay que hacer es acostumbrarse a pensar en las oportunidades que se nos puedan presentar durante esos días como si fueran las únicas que vamos a tener en toda la temporada. Esa actitud nos mantendrá alertas y listos para reaccionar. 

Y qué decir de los recechos… más, mucho más de lo mismo, por supuesto. Lo suyo es pensar, con toda la frialdad posible, en que, literalmente, “no existe un mañana”: la lluvia, una enfermedad, un incendio, mil cosas más pueden estropear las siguientes jornadas de caza. Así que controla lo que puedes controlar: sé siempre paciente aunque agresivo cuando la situación lo requiera.  

Siguiendo con esta lista de faltas graves contra las reglas de la caza con arco, encontramos los PECADOS CONTRA EL SIGILO, muy a tener en cuenta en nuestro arte. Así es, muchos de nuestros compañeros atacan el monte como si fueran a un desfile de modelos, pensando más en que sus prendas camufladas vayan coordinadas entre sí y sean “molonas” que en su efectividad a la hora de comenzar a cazar. El resultado se traduce en una equipación abultada y ruidosa que puede dar al traste con muchas oportunidades de tirar con efectividad.  

El sigilo debe darse también cuando entramos y salimos de muestro cazadero, de camino al puesto o saliendo de él. Es  necesario asumir que podemos espantar a la caza en cualquier momento y sin previo aviso.  El silencio y la caza con arco son inseparables. Procura no cazar con achiperres o ropajes nuevos hasta que no los hayas probado dando un paseo por el monte o en caza menor. Esas pruebas te pueden ahorrar muchos disgustos cuando te enfrentes a una gran pieza de caza mayor. Como regla general, aléjate de tejidos “waterproof” o “windproof”, a no ser que tengas que cazar con un tiempo espantoso; por término medio, todas las prendas de este tipo son muy ruidosas; decántate mejor por equipación realizada en forro polar o en algodón bien suave, sin membranas del tipo anterior, y siempre específica para caza con arco.

Lo mismo podemos afirmar en relación a mochilas y demás chismes por el estilo; controla la disposición de los bolsillos y lo silencioso de las cremalleras; forra sus tiradores con plástico termorretráctil para evitar ruidos sospechosos. 

En cuanto a los tree stands, más de lo mismo. Cuelga el tuyo en cualquier árbol antes de dedicarte a cazar sobre él y busca chirridos y ruiditos inoportunos de madrugada y al anochecer, cuando las condiciones térmicas varían más drásticamente y cuando sueles estar de caza.

El asunto de pasar desapercibidos, tan crucial para nosotros, también sufre algún que otro desprecio por parte de los cazadores arqueros; de alguna manera, es imprescindible el  CONTROL DEL OLOR PERSONAL. A medida que la temporada avanza y visitamos con más frecuencia nuestros cazaderos, nuestro peculiar aroma, muy llamativo para los animales salvajes, se va extendiendo más y más e impregnando la zona, es algo inevitable. Todos los animales que crucen nuestros rastros olfativos se alarmarán ante nuestra presencia dificultando así la consecución de nuestros objetivos. 

Hay que prestar una especial atención a los vientos dominantes en cada lugar y en cada puesto, en cada rececho que vayamos a intentar. El viento nunca es consistente ni continuo y nos traiciona con facilidad y rapidez. Y cuanto más sudemos en el monte, mucho peor. Las grandes piezas han adquirido su tamaño por algo: o controlas de alguna manera el asunto del olor personal o estás perdido, así de claro. Hay quien recomienda ducharse antes de cazar con jabones y champúes sin olor, usando toallas también sin olor y descontaminar a continuación TODO nuestro equipo con productos antiolor. Una vez limpio del todo, hay que guardarlo en bolsas herméticas  sin olor… en fin, tanta precaución puede resultar, a mi juicio, exagerada, pero lo cierto y verdad es que a la hora de disimular nuestros aromas particulares no está de más calarse el gorro de pensar y examinar minuciosamente nuestra forma de actuar antes de llegar al cazadero. En este sentido, procura acostumbrarte a transportar así todo tu equipo ya en tu coche, exponiéndolo solamente a olores “naturales” y propios de cada zona de caza.  

Tremendamente grave resulta otro de nuestros pecados capitales favoritos: NO ENTRENAR CON PUNTAS DE CAZA. Dale caña a tus puntas de caza antes de la fecha de apertura de la temporada; así podrás detectar los problemas que se presenten en su vuelo con la debida antelación. Los mejores resultado se obtienen sin prisas, como tres o cuatro meses antes del día D. Así dispondrás de todo el tiempo que necesites para ajustar con precisión tu arco y buscar consejo o ayuda si ese es el caso. 

No pienses que usar puntas mecánicas te exime de esta regla. Pese a que pueden facilitar el proceso de ajuste, es perfectamente posible que tiendan a impactar en lugares distintos a tus puntas de entrenamiento. Tira con todos los tipos de puntas que que propongas utilizar antes de salir al campo en acción de caza. 

Destaquemos que, en multitud de ocasiones, las puntas de caza no hacen sino amplificar errores propios del ajuste del arco, del estilo de tiro de caza cazador y de otras cosas por el estilo, de manera que no siempre hay que buscar el fallo en ellas. En mi experiencia personal, hay que trabajar mucho hasta lograr un ajuste fino de este tipo de puntas para que funcionen en perfecta simbiosis con el arco y las flechas de neutra elección. Por eso se necesita una buena cantidad de tiempo y una total ausencia de prisas para este menester… así como un buen libro que te ayude en la tarea, como “Manual Básico de Ajuste”, de Alejandro Martín Santamaría, de venta aquí, si cazas con un arco tradicional. 

Una vez que estés conforme con el vuelo de tus puntas, y para evitar seguir pecando clamorosamente, PRACTICA CON ELLAS EN SITUACIONES CERCANAS A LA CAZA REAL, es decir, completamente equipado, vestido y calzado, y subido a un tree stand si es el caso. Y si usas una diana 3D igual a la pieza que intentas abatir y llevas a cabo estas prácticas en el momento del día en el que vayas a cazar de verdad, mejor que mejor. 

Por cierto, yo creo que debemos hablar también del asunto de LA EXPLORACIÓN INSUFICIENTE. Cualquier cazador experimentado estará de acuerdo con que hay que explorar mucho más que cazar, sin duda alguna. Cuando comience la temporada, no te puedes permitir el lujo de desconocer la localización de los puntos calientes que haya en tu coto o cazadero, así como los alrededores de tus puestos y zonas para recechar, pasos y camas. Hay que hacer que los primeros días de la temporada cuenten, según decíamos antes. Dos o tres meses de antelación -dependiendo de la cantidad de tiempo que puedas dedicarle a la caza, claro está- pueden resultar suficientes para cumplir con esta tarea. 

A nadie le gusta poner a prueba su paciencia de una manera excesiva, sobre todo sentado en un tree stand a tres o cuatro metros del suelo cuando no se mueve nada en los alrededores. Pero lo cierto y verdad es que otro pecado más o menos frecuente consiste en olvidarnos de CAZAR DURANTE LAS HORAS CENTRALES DEL DÍA, ocasiones que pueden también ofrecer resultados aunque no se trate de los momentos cinegéticos clásicos que todos conocemos. 

Durante años, y por si nos sirve de pista, las estadísticas americanas demuestran que la mayoría de piezas de caza mayor han sido abatidas durante las horas centrales del día. Así pues, salvando distancias y diferencias entre nosotros y nuestros colegas del otro lado del charco, creo que lo suyo es estar preparado para cualquier cosa en cualquier momento del día y ejercitar la paciencia: nunca sabemos cuándo va a saltar la liebre, nunca mejor dicho… 

Ni que decir tiene que para poder aguantar más horas en un puesto, está claro que hay que equiparse adecuadamente con ropa y calzado, cojines para el asunto y calentadores si fueran necesarios. Agua, algunos frutos secos y una botella vacía para poder orinar cuanto toque, son cosas siempre bienvenidas. 

Y hablando de llegar hasta tu tree stand en silencio, como antes comentábamos, aunque resulte muy cómodo desplazarnos por los bosques usando una linterna de mano o frontal, lo suyo es ACOSTUMBRARSE A MOVERSE EN LA OSCURIDAD sin ayudas de este tipo, siempre dentro de lo posible, para no alertar en absoluto a las posibles piezas. (Por cierto, para mejorar nuestra visión en la oscuridad, dos consejos básicos: dejad de fumar y consumid mucha vitamina C; los resultados son francamente llamativos, creedme).

Hay muchas personas que sienten miedo a la oscuridad, sin duda herencia ancestral de los tiempos en los que éramos piezas en la dieta de depredadores superiores. Si ese es tu caso, no hay de qué avergonzarse; utiliza una linterna con un foco rojo o verde, que hace más difícil para los animales salvajes la detección clara de la luz.  Si utilizas cuerdas o señales fosforescentes para señalizar el camino hacia tus puestos, el asunto también puede funcionar a la perfección. 

¿Y qué me dices de esas ocasiones en las que ESPERAS DEMASIADO para soltar la flecha? Este es un asunto desde luego francamente complejo, aunque, por regla general, parece una buena idea aprovechar la primera oportunidad que se presente sin que tú hayas forzado las cosas: si esperamos para ejecutar el disparo absolutamente perfecto, creo que no es necesario explicar las consecuencias.  

Si tu presa se pone a tiro, si tu flecha tiene el camino libre para alcanzarla y si el ángulo de tiro es correcto, abre el arco sin dudarlo y con la antelación necesaria, sobre todo si cazas con un poleas; con un tradicional la cosa puede variar por la naturaleza del disparo, pero será similar. 

Lo suyo es no moverse demasiado justo delante de tu pieza, obviamente. La paciencia es fundamental en la caza con arco, pero el exceso de ella puede ser tan perjudicial como el defecto. 

Observa la escena lenta y metódicamente, pero no pierdas de vista que tienes que reaccionar con rapidez cuando se presente la oportunidad que estás esperando.

Efectivamente, porque puede ser la única oportunidad que tengas en toda la temporada: recuerda que hablamos de caza, no de tiro al blanco, y encima, con arco… 

Hasta otra, nómadas, y buena caza. 

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Sobreviviendo al invierno

 

Durante los últimos coletazos del invierno y los primeros días de la primavera, las inclemencias del tiempo en el monte son una más de las molestias que nos acechan a los cazadores mientras practicamos nuestra afición favorita. Ya sea cuando paseamos por el campo por el puro placer de hacerlo o según nos encontramos preparando la temporada, el montaje de puestos, la observación de huellas y de vestigios del paso y de la vida de nuestras presas, se verán siempre entorpecidos por la lluvia, el viento y la nieve en estos días. Es ley de vida, porque estas circunstancias climatológicas, que a veces pueden resultar muy amargas, son compañeras inseparables de nuestro devenir en los bosques.

En semejantes ocasiones, cuando el frío te inmoviliza en el puesto, cuando las piernas te pesan a la hora de recechar y el vapor de tu aliento te delata, no tiene nada de particular que te preguntes cómo se las arreglan los animales salvajes para sobrevivir ante el embate del mal tiempo que, evidentemente, a nadie respeta ni da tregua.

Suelo andar casi siempre a la búsqueda y captura de datos curiosos y útiles sobre los animales que me gusta cazar, entre otras cosas porque entiendo que la acumulación de semejante conocimiento me puede convertir en un cazador mejor, más eficaz y preparado. En concreto, me preguntaba qué estrategias despliegan los venados, animales de apariencia algo frágil, para hacer frente a la dureza del clima invernal en nuestras latitudes, y me apresuro a compartir con vosotros algunas reflexiones que he obtenido, cómo no, en la red de redes.

Aclaremos, para empezar, que lo que aquí se va a exponer puede predicarse tanto del venado rojo europeo como del venado colablanca americano, porque se trata de estudios llevados a cabo tanto en nuestro continente como en los Estados Unidos, y de alguna manera quiero suponer que estos datos pueden proporcionarnos igualmente algunas pistas sobre las estrategias de supervivencia de otras especies.

En primer lugar, ciertas adaptaciones físicas resultan primordiales en las líneas de defensa de los ciervos frente al frío; veámoslas.

El tamaño de los cuerpos aumenta según nos acercamos al norte; un cuerpo  mayor supone una proporción superficie/masa, lo que conserva la energía con mayor facilidad. Por otra parte, el pelaje de invierno, más tupido que el de verano, está compuesto por pelos huecos y una densa borra, factores ambos que inciden en el aislamiento. En este sentido, destaquemos que los ciervos poseen una musculatura especial en la piel que les permite ajustar el ángulo de sus pelos para proporcionarles el mejor aislamiento. Así pues, los venados cuyo hábitat se encuentra más al norte, normalmente más expuesto a las bajas temperaturas, ya presentan, “de serie”, esta particularidad.

En otoño, como sabemos, los ciervos se preparan para el invierno añadiendo nuevas capas de grasa. Dichas reservas resultan críticas durante el invierno. Una vez que este llega,  cerca del 25 por ciento de su  peso corporal es grasa. Por ejemplo, según las tablas invernales de pesos de The Deer-Forest Blog, de la universidad Penn State, una magnífica fuente de información gratuita que reúne incesantemente datos científicos y hechos comprobados sobre los colablancas, el peso máximo se alcanza a primeros de octubre. Por eso es tan importante la cantidad de bellotas que puedan consumir en septiembre.

Tras esas fechas de octubre, los ciervos pierden mucho peso debido al celo y a los rigores del invierno. Aproximadamente en marzo, comienzan a ganar peso nuevamente. Lo mismo ocurre con las hembras, aunque ellas alcanzan su peso máximo en enero antes de empezar a perderlo. Eso significa que los machos dependen de sus reservas de grasas al menos el doble que las hembras antes de que llegue la primavera. Los autores del blog sugieren que esta puede ser la razón de que los machos sean más proclives que las hembras a morir de inanición. Como podemos comprobar, los machos siempre estamos en inferioridad de condiciones frente a nuestras compañeras, el supuesto sexo débil… ¿o no?

Hasta aquí, las principales claves que utilizan nuestros queridos astados para capear el invierno. Pero hay otros componentes en su elaborada estrategia de supervivencia, que pasamos a examinar en detalle.

Por ejemplo, cuando un ciervo está en reposo, su índice metabólico depende de la estación. Podríamos pensar que este índice aumentaría en invierno para mantener al animal caliente, pero lo que ocurre es justamente lo contrario: el ritmo metabólico disminuye en invierno. Recientes investigaciones realizadas sobre el ciervo europeo indican que reducen su ritmo cardíaco incluso más que si no estuvieran alimentándose correctamente. En este sentido, existe una correlación entre la temperatura de la panza y el ritmo cardiaco.

Si las cosas se ponen feas de verdad, los ciervos reducen su temperatura corporal junto con su ritmo cardíaco, lo que reduce el gasto energético (el ritmo cardíaco de un ciervo en reposo es de 40-50 latidos por minuto. El nuestro es ligeramente mayor, aunque hay grandes atletas que tienen menos de 50 por minuto, afortunados mortales…).

Pero ¿los ciervos conservan deliberadamente la energía o estos cambios están provocados de manera automática por la escasez de comida? Los investigadores europeos afirman que, con independencia de los aportes alimenticios que se produzcan, mayores o menores, todos los individuos estudiados reducían sus frecuencias cardíacas en invierno. Eso tiene lógica, especialmente cuando la nieve alcanza mucha altura, puesto que en semejantes condiciones obtener comida comporta un gasto energético que la cantidad de comida hallada probablemente no compense . De este modo, disminuir la temperatura en patas y orejas ralentiza las funciones corporales tales como la digestión, lo que facilita la supervivencia.

Otro hecho curioso es que los ciervos, en condiciones realmente extremas, se “aparcan” (practican lo que los yanquis llaman “Yarding up”), es decir, apenas se mueven de ciertos santuarios naturales que les permiten esquivar de alguna manera el viento y la nieve. Permanecerán allí entre uno y tres meses, normalmente. Por ejemplo, los fondos de los valles poblados por coníferas son un excelente refugio para ellos. Los cedros, abetos, pinos y piceas les ayudan a defenderse de la nieve, y se dice que semejante hábitat tiene un 40 por ciento menos de nieve que los bosques poblados por otras especies vegetales más frondosas.

Tengamos en cuenta, además, que cuando los ciervos disminuyen su gasto energético, incluso ante cantidades limitadas de comida su peso corporal comienza a subir en los últimos días del invierno. Sí, yo no me he equivocado y tú  lo has leído bien. La investigación sobre el ciervo europeo demostró que los individuos aumentaban mucho de peso durante la primavera, incluso con bajas ingestas diarias de comida: cuando el frío cesa todo vuelve a su ser, liberado del silencioso puño de hierro del invierno.

Esa es la explicación de divisar venados con poco peso en esa estación, a pesar de que podamos verlos comer continuamente. Todo tiene que ver, como decimos, con la estrategia alimentaria y el metabolismo. La pregunta que se hace el ciervo es ¿puedo permitirme gastar una cantidad de  energía en localizar comida y en digerirla para  acabar obteniendo  a través de dicha comida y de su digestión una cantidad de energía menor a la invertida en el proceso?

Pues parece ser que los ciervos han dado con la respuesta a lo largo de su historia como especie: comen lo suficiente como para mantenerse vivos, se mueven muy poco y sobreviven así al invierno. Aunque hay dos factores que pueden cambiarlo todo y causar mortandad entre ellos: el primero es la disponibilidad de alimento en otoño, que puede verse afectada por las prolongadas sequías estivales, justo en el momento en el que los ciervos necesitan acumular, como sabemos, mas grasa corporal; la segunda es la duración y severidad del invierno: si las condiciones climáticas se endurecen bruscamente y/o antes de tiempo y llegan hasta la primavera, pueden producirse numerosas bajas.

De hecho, a eso se debe que las agencias de medio ambiente norteamericanas alimenten a sus poblaciones de colablanca en contadas ocasiones, muy en contra de su habitual política de laissez faire. Todas ellas desaconsejan a los ciudadanos que alimenten a los ciervos durante el invierno; sin embargo, cuando el asunto se pone de color de hormiga, algunas de ellas actúan en consecuencia.

En fin, parece claro que los humanos lo tenemos mucho más fácil cuando llega la hora de soportar los crueles ataques de las bajas temperaturas y de todos los fenómenos meteorológicos que suelen acompañarlas. Para eso contamos con una gigantesca industria textil y del calzado especializada en hacernos más llevaderas las horas pasadas entre las breñas, los bosques y las montañas, siempre con un arco de caza en la mano y el corazón pleno de ilusiones.

Hasta otra y buena caza.

 

Leizael

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Cazando desde un blind elevado.

climbing-buck-palace-hunting-blind-stairs_f4256f05-7a75-4d41-8b57-33a92b7761e7_2000xMuchos de nuestros compañeros de afición pasan la mayor parte del tiempo que dedican a la caza sentados sobre tree stands portátiles y de los modelos más ligeros a los que les sea posible acceder. Pese a las ventajas que ofrece su diseño, es precisamente ese factor el que los convierte en chismes francamente incómodos. La desagradable verdad es que tampoco existen muchas otras opciones, como no sea la de cazar desde el suelo, situación esta que comporta claras desventajas si la comparamos con la anterior, a pesar de lo cual otros muchos cazadores -entre los cuales me incluyo- prefieren acechar a sus presas con los pies firmemente asentados sobre la tierra. Para gustos, colores.

Pero existe una opción intermedia, por así decirlo, que podría conjugar lo mejor de ambos mundos: cazar desde un blind cerrado y situado a determinada altura. Me parece que ya sufrimos bastante cazando con arco como para no lanzarnos como gatos monteses hambrientos sobre una oportunidad de cazar con algo más de comodidad en cuanto la distingamos.

Hay que admitir, no obstante, que se produce una cierta desconexión cuando te encuentras sentado en una de estas pequeñas cabinas, como casas en miniatura, esperando a un venado o a un jabalí. No estás expuesto a los elementos e incluso las mejor diseñadas de ellas cuentan con una ventana que solamente te ofrece una parte de la vista de la que puedes disfrutar desde un tree stand normal. De todos modos, lo que perdemos en ángulo de visión lo ganamos en libertad de movimientos. Puedes tomarte un cafetito sin un miedo excesivo a ser visto o estirarte tranquilamente sin preocuparte por el movimiento a realizar. Y, aceptémoslo, al ir cumpliendo años el hecho de encontrarte lo más cómodo posible durante tantas horas como seas capaz de aguantar cazando es algo francamente muy valioso, un factor a tener muy en cuenta, sin duda alguna.

Los mejores blinds de este tipo están diseñados perfectamente, aunque resultan algo caros; no obstante, creo honradamente que la inversión puede merecer la pena. Si te parece interesante cazar desde uno de estos puestos, lo primero y principal es repasar muy detenidamente los puntos calientes del coto, las rutas que utilizan las piezas para moverse, los comederos y bebederos y, en general, cualquier otra zona que por una u otra causa resulte interesante para nuestras presas. Y lo digo porque, una vez instalados firmemente, no apetece nada de nada tener que desmontar el blind y volver a empezar en otra localización distinta. Escoge la situación del puesto con tranquilidad y sin prisa. Un buen comienzo puede consistir en colocarse cerca de un comedero, siempre y cuando situemos el invento de forma que no carguemos los vientos dominantes, obvio es decirlo. Este tipo de montaje es muy adecuado también para cazar con arma de fuego, que nos permite disparar sobre cualquier pieza que entre al comedero desde casi cualquier distancia.

Pero los cazadores arqueros planteamos las cosas de otra manera. Si colocarnos junto a un comedero es una buena idea, situarnos en la ruta que lleva hasta él es todavía una mejor opción. Si conocemos alguna mancha de vegetación o un punto específico que los animales utilicen para llegar hasta la comida, colocarnos a distancia de tiro en ese lugar es perfecto, y si hay algo de agua en las cercanías, entonces puede ser la bomba.

Recalquemos la importancia del agua. Hay quien prefiere un escenario que la contenga sobre cualquier otro panorama a la hora de cazar, con arco y sin él. Todos los animales necesitan beber a diario, y si el agua escasea, no hay mejor localización para un puesto que una buena charca.

Por supuesto, una vez que tengamos claro dónde colocar nuestro puesto, es igualmente importante considerar cómo llegamos hasta él y cómo salimos del mismo, extremos estos que muchas veces no reciben la atención necesaria pese a su trascendencia. Lo lógico, como podemos suponer, es aprovechar la cobertura natural de la zona para poder entrar y salir del blind de la forma más discreta y sutil posible, aunque no falta quien coloca su puesto en terreno abierto para poder ver más y mejor. En fin, cuestión de gustos. No hay que olvidar, sea cual fuere la opción que elijamos, que es necesario que los animales se acostumbren a la voluminosa presencia del puesto, presencia que sin lugar a dudas llamará su atención y despertará su curiosidad durante algunos días.

A continuación, y sin ánimo de exhaustividad -ni de hacer publicidad para nadie, palabra- os adjunto fotografías y direcciones web de los modelos más populares en los Estados Unidos.

Hasta otra y buena caza.

 

Una estupenda solución es la que ofrece Cabela´s con su modelo Blade ‘N’ Bullet, fácilmente desmontable. Sin duda, es la opción más barata de todas; pueden adquirirse toldos de repuesto y existen versiones mejor aisladas del mismo.

 

Southern Outdoor Technologies ofrece una excelente opción para nosotros con su modelo The Bow Condo.

 

 

Blind fabricado por Redneck Blinds. El tope de gama para cazadores arqueros es el Buck Palace Platinum 360, aunque hay muchos otros perfectos para nosotros y bastante más baratos.

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A cámara lenta

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Recientes investigaciones por parte de un organismo llamado Laboratorio para los Cérvidos de la Universidad de Georgia, Estados Unidos, comparten con nosotros un punto de vista muy llamativo sobre un peculiar asunto: la velocidad a la que un ciervo cola blanca -pariente cercano de nuestro corzo, como sabemos- procesa las imágenes que su vista capta y cómo perciben su entorno. Que no os despiste ni os haga dudar lo chusco del nombre de dicha institución, hermanos, aunque podría entender vuestras dudas.

Al turrón. Parece ser que los ciervos reciben información visual a mucha mayor velocidad que nosotros, lo que les hace más sensibles al movimiento. Ven cualquier tipo de movimiento como a cámara lenta, hecho que les permite reaccionar a mucha mayor velocidad. Y, siendo esto cierto a cualquier hora del día, la diferencia con la capacidad de reacción de los seres humanos llega a ser cuatro veces superior durante el amanecer y el ocaso, es decir, los períodos de mayor actividad de los venados y las horas que los cazadores preferimos para el rececho y el aguardo. Malas noticias, me temo.

Bien. Ahora que sabemos que nuestros cérvidos nos ven a través de su propia app de cámara lenta, se nos ocurren para empezar dos cosas: a) esto es una faena de las buenas, y b) nos acordamos con total y dolorosa claridad del corzo que fallamos la temporada pasada porque esquivó la flecha: un maestro del string jumping, que dirían nuestros compañeros de afición americanos.

Así que, como no es que podamos hacer gran cosa para que nuestra arma favorita dispare más deprisa, puede que sea prudente charlar un poco sobre algunas cosas que nos ayudarán a camuflar nuestros movimientos de camino al puesto, mientras estemos en él y al salir hacia nuestro vehículo, ya acabada la espera. No espereis descubrimientos de la misma importancia que el de las sopas de ajo, pero nunca está de más reflexionar detenidamente sobre nuestros hábitos en esta materia.

1.- Plantado de pantallas: se ha escrito mucho sobre este asunto en las revistas del sector, y es algo que parece funcionar. Un buen macizo de árboles, arbustos o matorrales densos, plantado en los alrededores de nuestro puesto favorito para bloquear la visión de nuestra presa, puede ser realmente eficaz, siempre y cuando tengamos líneas de tiro despejadas a través del mismo. Si no los hemos plantado, podemos también cortar ramas de distinto tamaño, atarlas en brazadas y colocarlas por los alrededores haciendo montones, con la debida antelación.

2.- Estudio del terreno: La topografía es un gran invento, sin duda. Usándola, podemos reconocer los tipos de plantas, arbustos y árboles que más les gustan a los ciervos, hecho que afecta indirectamente a sus desplazamientos y a su forma de comportarse. De este modo, y a partir de un simple mapa topográfico y de una fotografía aérea de la misma zona, podemos visualizar, a grandes rasgos, los patrones de movimiento de nuestros objetivos. Cierto, analizar e interpretar acertadamente estos datos requiere determinada experiencia, pero con el tiempo desarrollaremos nuestra intuición y la habilidad de predecir con posibilidades de acierto dónde estarán los ciervos, hacia dónde querrán ir y cómo se las ingeniarán para llegar hasta allí. Llegados a ese punto, podremos utilizar las particularidades del terreno a nuestro favor, procurando no espantar a los animales y permanecer tan a cubierto como sea posible mientras entramos y salimos del apostadero.

Dado que los venados siguen el camino que menos dificultades les ofrece -como todo hijo de vecino- , parece lógico hacer justo lo contrario. Hay que caminar atravesando los sembrados y manteniéndonos perpendiculares a sus bordes. Hay que aprovechar las zonas de poca altura y las depresiones naturales para evitar que nos vean. También es prudente utilizar los lechos de los arroyos y otras torrenteras cuando nos sea posible, que además nos ofrecen la ventaja añadida de controlar nuestro olor a base de caminar por el agua tanto como podamos.

3.- Abrir sendas por adelantado: Si existen obstáculos naturales que dificultan nuestro avance hacia el puesto, lo mejor es abrir un camino a través de ellos basándonos en nuestro conocimiento del comportamiento de los venados. Y hay que hacerlo adelantándonos lo suficiente a la temporada, lógicamente, para evitar cualquier actividad que espante a la caza en el peor de los momentos. Conozco a alguno que llega a utilizar un soplador como los que usan los barrenderos para limpiar el camino de hojas tanto como pueda, asegurándose así de caminar en completo silencio, pero supongo que la cosa no es para tanto. Por cierto, atentos al asunto porque puede ocurrir, tarde o temprano, que los ciervos se acostumbren a aprovechar las sendas que abramos, así que hay que estar preparados para explorar y abrir nuevos caminos si eso llega a ocurrir.

4.- Dar un rodeo es algo muy sano: A lo mejor ni habría que explicar esto, pero hay que evitar los lugares en los que los ciervos quieren estar en el momento en el que puedan estar, según lo que sabemos de ellos. Así que evitemos pasearnos por medio de sus zonas de alimentación o de los cebaderos  a las horas en las que se alimentan, por ejemplo. Nos costará un poco más de tiempo y de planificación entrar y salir de los puestos, pero puede merecer la pena si conseguimos engañar a nuestras escurridizas piezas.

Esto por lo que respecta a los momentos que pasamos dirigiéndonos hacia el puesto. Una vez cómodamente instalados en el mismo, sigamos tomando precauciones.

5.- Enciérrate: Sí, lo has entendido bien. No uses un stand, me permito aconsejarte. Los blinds de suelo o elevados, hechos a mano o comprados, tienen paredes, que nos ofrecen una valiosísima ventaja frente a nuestras presas. Asegurémonos, eso sí, de instalarlos con una cierta anticipación para que los ciervos se acostumbren a su presencia. Los venados no son idiotas. Están diseñados para la supervivencia y contemplar un nuevo objeto en su panorama habitual, como un blind saliendo de la nada, desencadenará en ellos una natural reacción de curiosidad. Aunque precisamente por ello es posible que alguno caiga en nuestras garras, lo más clásico, según la infame ley de Murphy, será que ese hecho provoque un cambio significativo en la conducta de los animales y de su comportamiento en la zona, lo que puede reducir nuestras posibilidades de éxito.

6.- Cobertura natural: Cuando estemos explorando para montar un nuevo puesto, ya se trate de un blind, de un puesto de suelo o de un tree stand, hay que prestar atención a la posibilidad de usar la naturaleza para romper nuestra silueta y evitar que se recorte contra el cielo o contra zonas despejadas. Localizar árboles con más de un tronco, árboles de gran diámetro, grupos de vegetación densos y árboles altos mezclados con matorrales de tamaño medio en cuyas inmediaciones podamos colocar los puestos, nos ayudará a camuflar nuestra presencia. El asunto consiste en intentar visualizar desde los puntos por los que suponemos que pueden entrar en el apostadero los venados la apariencia general del mismo, asegurándonos de que no destaca en absoluto en la escena.

7.- Cobertura artificial: Ni que decir tiene que, a falta de cobertura natural, podemos echar mano de una buena lona de camuflaje para rodear minuciosamente nuestro puesto o bien crear uno a base de un soporte de madera y planchas de madera de balsa o similar, convenientemente pintadas.

8.- Múevete despacio, nada más: Y finalmente, el que sin duda es el mejor consejo de todos, repetido hasta la saciedad: hay que moverse muy despacio, como si estuviéramos atravesando un campo de minas. Hay que permanecer concentrado a tope en el entorno y pensar, simple y llanamente, que cada vez que nos rasquemos la nariz, comprobemos el WhatsApp o echemos mano de los binoculares para  inspeccionar la zona, nos pueden ver a la perfección. Cada uno de nuestros movimientos tiene que tener un propósito y debemos realizarlo al menos cinco veces más despacio de lo que lo haríamos en otra situación. Esto es crucialmente cierto cuando nos ponemos en posición de tiro, al agarrar el arco o iniciar la apertura.

En fin, no se trata más que de utilizar el sentido común, que por otra parte es el menos común de los sentidos, como todo el mundo sabe. Pero la verdad es que una especial atención al detalle durante la planificación y la ejecución de nuestras jornadas de caza puede suponer la vital diferencia entre el triunfo y el fracaso.

Un abrazo y buena caza.

Somos nómadas, somos tribu.

 

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Venados, gamos y cochinos, final.

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-!Vamos, bonito; busca, busca, buuuuscaaaa…¡ !Ale Pipooooo

Pipo se mueve como un rabo de lagartija entre las numerosas matas de monte bajo que tapizan la enorme pradera. Bajo una lluvia persistente, engañosamente fina, obedece las órdenes de Carlos, su amo, mientras se deja el alma en localizar las codornices.

Hace unas cuantas horas, Alejandro ha sembrado esta zona del coto con un par de docenas de estas aves. Dejándolas a su aire, tranquilas, durante un cierto período de tiempo, se puede disfrutar luego de cazarlas tirándolas al vuelo en condiciones que recuerdan a una auténtica cacería de aves salvajes. Esta difícil modalidad, de gran belleza plástica, requiere del concurso de un perro de caza perfectamente entrenado, que controle su nervio y que siga al pie de la letra las órdenes de su dueño.

A primeras horas del día, y tras una breve presentación de las puntas que mi amigo Ángel Barrón fabrica, las ya famosas Barrón Birds, nos encaminamos al coto sin perder ni un momento. Lo cierto es que la mañana estaba un tanto enfadada y era más que probable que el agua hiciera acto de presencia, como así ha sido. Al llegar a la amplia explanada, Ángel saca de su coche una pequeña máquina lanzadora de pelotas de tenis de su invención, y comenzamos a tirar ávidamente contra las bolas amarillas, que salen a toda velocidad. Resulta complejo y desafiante impactarlas, pero al mismo tiempo es sumamente divertido y sirve de entrenamiento pensando en la caza real.

Y después de una hora a tiro limpio, se impone una pequeña pausa. Repasamos los equipos y los amos sacan a los perros de los coches y comienzan a jalearlos. Contamos con Pipo, con nuestro encantador Rufo  y con un drahthaar que no recuerdo cómo se llama, aunque estos últimos desempeñarán un papel menor en la partida que estamos a punto de jugar.

En caza al vuelo es muy común que dos compañeros tiren en collera, auxiliados por un solo perro. Recorriendo lentamente el cazadero, han de prestar minuciosa atención al comportamiento del animal, que señalará mediante su muestra la presencia de las presas. Hasta aquí, todo igual que en la caza menor con arma de fuego. Pero cuando nuestro inapreciable auxiliar se queda inmóvil al tiempo que mira fijamente al suelo, con una pata delantera levantada y ofreciendo una espléndida imagen, llena de emoción, fuerza y plasticidad en espera de la orden final de su dueño, las cosas toman un cariz distinto. La diferente naturaleza del arma que empuñamos se impone y modula la reacción del cazador y el resultado del lance, que se inclina muchas veces a favor de la pieza.

Ángel y Carlos tienen reflejos muy rápidos, fruto de la práctica continuada. Como todo lo que tiene que ver con el tiro puramente instintivo, se trata de lograr una perfecta coordinación entre nuestros movimientos para ejecutar el disparo y la localización del objetivo a abatir, en tanto dejamos al cerebro que se ponga de acuerdo con el ojo para lograrlo. Y el secreto para adquirir semejante habilidad se halla, cómo no, en la práctica, en el entrenamiento constante de esa habilidad que todo ser humano posee en mayor o menor grado y que conocemos como “memoria muscular”. Esta característica es la principal responsable de los éxitos deportivos de los grandes tenistas, futbolistas y golfistas, por citar algunos deportes en los que la coordinación ojo-cerebro desempeña un papel crucial.

El único inconveniente en la partida de esta mañana radica en que somos muchos tiradores los allí presentes. Formamos dos grupos de cinco cazadores y un perro, pero con estos números resulta muy complicado evitar tiros cruzados y situaciones potencialmente peligrosas. Andamos con cien ojos y las codornices van cayendo poco a poco, si bien es cierto que unas cuantas logran escapar a la indudable habilidad de Pipo y a nuestra perseverancia.

La lluvia arrecia con ganas; Pipo parece un pequeño fantasma, blanco y empapado de agua por los cuatro costados, pero está feliz. Quedan aún algunas codornices que se escabullen trabajosamente entre las matas de rastreras, pero la mano va tocando a su fin. Mientras mis colegas siguen tirando las últimas flechas, me siento tranquilamente en el coche y aprovecho para relajarme un ratito, tanto que casi me quedo del todo frito. Me deshago del fino chubasquero de emergencia del que he echado mano ante la que se nos venía encima; parezco un enorme tele tubby de color verde y he pagado el precio de mi aspecto en sonoras carcajadas de todos los queridos zulúes que me acompañan. Al poco, encuentro un magnífico poncho de lona verde, camuflado en OptiFade… en el fondo de mi mochila y sin estrenar. En fin, esto es así.

Bueno, la cosa no va mal. Le he acertado a un par de pelotas de tenis y a una codorniz; un resultado medianamente digno si tenemos en cuenta mi absoluta falta de práctica en este estilo de tiro. Hace ya muchos años, en la primera FIVAC a la que asistí como dueño de Arcozenter, tiré al plato en collera indoor junto a José Manuel Cusí Battle, un clásico de la arquería catalana, y mis resultados fueron bastante más notables, pero… han pasado eones desde entonces.

Hoy comemos en el campo nuevamente, aunque con todo lo que el cielo está dejando caer sobre nosotros lo hacemos a cubierto, en la casona que funciona como nuestra base de operaciones. Allí dentro, en su comedor, ya está el fuego ensimismado en su danza. La chimenea irradia una potente y cálida luminosidad que ilumina la estancia al tiempo que la puebla de movedizos espectros. Casi todo el mundo se descalza y se quita algo de ropa; colgadas de los clavos de la pared o extendidas sobre los bancos de piedra de la estancia, nuestras prendas humean siseantes. Es fundamental que se sequen bien antes de subir al monte a la caída de la tarde, porque la sombra aguarda pacientemente allí arriba para dejarnos sin aliento a golpe de frío. Hoy tenemos luna llena, si bien no sabemos si su mágica luz podrá visitarnos; tendrá antes que atravesar un espeso dosel de nubes que se resisten a desaparecer del cielo.

Tras la comida, saboreamos plácidamente el café en animada charleta. Se juzgan los lances de la mano que acabamos de vivir, se celebran y se comentan con guasa, en castellano y en inglés; se habla del magnífico trabajo de Pipo, de su resistencia y de su nervio; se disfruta, en fin, de esa entrañable camaradería que se desprende de una jornada de caza entre hermanos de afición. Todos los aquí presentes somos nómadas, razón de más para sentirnos estrechamente relacionados.

Y llega el momento definitivo, otra vez. Me pongo las botas con tranquilidad, ya perfectamente seca toda mi indumentaria. Me las he quitado por estirar los pies; mis viejas compañeras Bestard, engrasadas y limpias, siguen dando la talla en condiciones de frío y humedad, de manera que el agua no ha llegado a mojarme los pies en ningún momento. Chaqueta abrochada, mochila al hombro; recojo el arco y me dirijo hacia mi todoterreno habitual. En cuestión de minutos, los embarrados vehículos avanzan por una resbaladiza pista que divide un gran campo de cultivo. A derecha e izquierda, y cercando la extensión de tierra, un bosque espeso y silencioso, parapetado tras bancales de la niebla que lleva todo el día arrastrándose por estos pagos.

Llegamos a destino. Como siempre, me bajo el primero del vehículo para ocupar mi lugar siguiendo las instrucciones de Juancho. Me sitúo en una pequeña elevación del terreno. Un estrecho y empinado valle se abre frente a mi puesto y a mano derecha; por su fondo discurre una vereda abierta por el continuo paso de la fauna salvaje. Está repleta de huellas de distinta antigüedad, pero es claro que los animales la recorren con harta frecuencia. Estoy cómodamente sentado junto a un gran pino, cuyo tronco protege casi por completo mi flanco izquierdo, donde se halla el alimento; el gran matorral que se abre a mi alrededor y en cuyo centro me hallo, cuenta con muchas posibilidades de tiro y no ofrece problema alguno para abrir el arco. Ensayo el disparo varias veces sin levantarme de la silla y todo parece cuadrar a la perfección. Empezamos bien.

Ya a solas con el monte, oigo muchos crujidos en medio del impresionante silencio que cubre la sierra por entero. Pese a que bastantes de ellos obedecen a la actividad de pájaros de gran tamaño, aves de presa en su mayor parte, escucho chasquidos de ramas al romperse que nada tienen que ver con mis alados vecinos. Suenan desde mi derecha, provinientes de la cuesta que baja hacia el vallecillo que tengo enfrente. De momento, sin embargo, ningún ser vivo hace acto de presencia. Monto una flecha por si acaso; nunca está de más ahorrar movimientos con una presa entrando en el apostadero, de manera que resulta prudente anticipar algunos de ellos.

La luz está bajando muy deprisa. Tal y como me temía, la luna solamente es capaz de dejarse ver durante breves instantes, muy espaciados entre sí. En esos intervalos, la senda del valle resplandece como un hilo de limpia plata, empapada por el agua caída, y  en la semioscuridad que me circunda y me contempla calladamente, creo adivinar alguna que otra presencia. Una fría y deliciosa fragancia a tierra mojada sube desde el suelo impregnándolo todo con su húmeda bendición.

Estoy mirando al cielo en busca de algo más de luz cuando oigo un chasquido más fuerte que los demás. Afino todo lo que puedo mis deficientes oídos y consigo captar el discretísimo rumor de unos cuidadosos pasos. Forzando la vista al máximo, distingo, recortándose apenas contra el suelo, la silueta de un animal. Completamente inmóvil, me aparto la bufanda de la boca para que mi barba no haga el menor ruido que me pueda delatar; casi dejo de respirar para evitar la columna de vapor que sale de mi nariz, visible a la perfección en aquella media luz.

El animal avanza un poco más, sin abandonar la cautela que le mantiene vivo. Le tengo ahora a unos veinte metros y por fin le veo con alguna claridad. Es una gama de buen tamaño que se mueve hacia los jugosos haces de hierba; si cede a la tentación de su embriagador aroma, el capricho le puede costar un grave disgusto. Con la cabeza baja, olisquea el terreno; se para, mira alrededor y camina un par de pasos más. Si se mueve otros tres o cuatro metros, podré disparar contra ella. Localizo la ventana de tiro y empuño el arco con firmeza, dispuesto para reaccionar en cuestion de segundos y con el corazón saliéndoseme por la boca.

Repentinamente, algo la entretiene. Se desvía hacia su derecha y sube un tanto por la ladera de ese lado del valle hasta perderse de vista. Las barbaridades que me vienen a los labios no son para reproducir aquí, claro está. Y en mitad del cabreo sordo que me estoy agarrando, la veo salir de nuevo entre los árboles que tengo justo frente a mí. Quién dijo miedo. Comienzo a abrir el arco tan lentamente como el frío y mis músculos, algo entumecidos, me permiten. Escucho el roce de la flecha en el reposaflechas de pelo de mi arco y mi aliento ya calienta mi mano mientras estoy llegando a mi punto de anclaje. Una, dos y… una nube enorme cubre el cielo, dejándome tan ciego como un topo segundos antes de soltar el tiro. El contraste es tan brutal que no veo absolutamente nada de nada. Eso sí, oigo moverse a mi amable visitante, y por la velocidad que lleva ya me supongo que se acabó lo que se daba.

Cuando la luna vuelve a visitarme, muy poco después, evidentemente ya solo quedamos en ese lugar del monte mi arco, ella y yo. Nuevamente, la naturaleza salvaje no ha consentido que le arrebatase la vida de una de sus hijas; por algo será. Seguramente le asisten motivos de peso que están más allá de mi parco entendimiento de ser humano. Bien, aún es posible que aparezca por allí algún que otro caminante descarriado; sigamos a lo nuestro.

Pero ya han pasado tres horas y la cosa no tiene buen pronóstico. El aire helado me trae el rumor del coche que viene a recogerme, avanzando trabajosamente por la pista forestal que lleva hasta el mismo borde de la espesura. Juancho y Alejandro no han visto nada, así que, de alguna manera, tengo que darme por satisfecho con mi magro resultado.

Es posible que algún compañero cazador que lea estas líneas se estremezca pensando en la idea de estar cinco días sin soltar un solo tiro contra una pieza de caza. Si se trata de alguien que maneja un arma de fuego para dar rienda suelta a su afición, lo puedo comprender. Entiéndaseme bien; no le estoy quitando valor alguno al hecho de cazar con ese tipo de instrumento. Simplemente digo que las coordenadas de ese hipotético compañero y las mías no pueden coincidir más que lejanamente en este asunto. El arma que yo manejo exige de mi la concurrencia de toda una serie de factores positivos para poder liberar el poder letal de una flecha de caza contra un ser vivo, y a lo largo de estos magníficos días en el Alto Tajo, no se ha dado esa circunstancia. Ya lo siento. Eso me servirá como excusa para volver por estas tierras muy en breve, por aquello de extraer una consecuencia positiva de un hecho que no lo es.

De vuelta en el hotel, y tras el consabido té que me saque el frío de los huesos, subo a mi habitación mientras se va pergeñando la cena. Voy haciendo maletas y recogiendo aparejos con tranquilidad. No tenemos prisa alguna para regresar, ni hoy ni mañana, pero me gusta guardar mi equipo con calma y pensando en dónde coloco cada objeto. Hace unos años, hubiera sido el momento ideal para encender un cigarrillo sentado en mi habitación e ir decidiendo cómo hacer las cosas. Hoy contemplo mis trastos desparramados por la habitación sin el misericordioso auxilio del tabaco para hacer frente a la tarea, pero empacar es el preludio de la inevitable vuelta a la realidad, a los quehaceres, a las miserias y a las grandezas cotidianas, allá en la lejana y caótica urbe a la que no le importa si vivimos o morimos en la distancia.

Me voy muy contento de esta preciosa parte de España. He hecho nuevas amistades, he refrescado otras antiguas, estrechándolas más si cabe. He conocido parajes de emocionante belleza bajo la luz aún brillante de este noviembre recién estrenado. He sido testigo de la vida que desborda el bosque, que obedece calladamente sus leyes y que me desafía con soberbia galanura en cada ocasión en que me atrevo a intentar cobrarme el tributo que como cazador me debe, para acabar demostrándome, con sabia altanería, que yo pasaré y ella trascenderá.

Quizá sea esa una parte importante de las lecciones que me llevo en el morral al acabar este viaje: recojo el guante. Mientras me quede un atisbo de vida, seguiré subiendo al monte con tanta ilusión como el primer día. Pasaré noches en vela, ya sea en el apostadero, ya al amor de la lumbre; ya solo, ya en compañía de mis iguales, de mis hermanos. Resistiré el frío cruel y el calor abrasador de mis jornadas de caza y jamás cejaré en el empeño de perseguir ese sueño maravilloso que espera a cada hombre en el corazón de la umbría.

Volveré.

 

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Venados, gamos y cochinos, iv

Corzo 2

Para mi tío Jesús Gómez García, mi fan número uno. Un abrazo fuerte, chaval.

Checa, Coto del Villarejo, 3 de noviembre de 2017

Un silencio espectral me rodea por doquier. Son las cinco y media de la tarde y nos hemos internado en lo profundo del bosque. Nos dirigimos hacia los puestos que vamos a utilizar en la tarde de hoy para hacer una espera.

Después de seguir durante unos veinte minutos la pista que nos ha ido conduciendo hacia el corazón de la espesura, diviso desde el coche una torre metálica que se yergue en el borde de un claro, imposible de distinguir apenas unos metros antes. El todoterreno penetra lentamente en la zona y nos bajamos procurando hacer el mínimo ruido.

Lo cierto es que para un arquero tradicional como yo resulta del todo imposible utilizar la torre que se alza frente a mí a unos quince metros de altura. A simple vista, es evidente que el interior del habitáculo es estrechísimo y muy bajo, de tal suerte que no se puede abrir con la imprescindible comodidad un arco del tamaño del que yo uso. En el mejor de los casos, habría que sacar medio cuerpo fuera por la ventana de la torre e intentar hacer puntería sujetándose fuertemente con las piernas. Para un cazador de arma de fuego o de poleas, la cosa tendría otro cariz, pero para un nómada como quien esto suscribe es impensable. Esta muy claro que algún poder superior no quiere verme cazando por las alturas, así que me dispongo a esperar como hago casi siempre, a ras del suelo. Posiblemente sea un método menos eficaz, porque a las presas les resulta más fácil localizar al cazador, pero, sin duda alguna, resulta mucho más emocionante poder vislumbrar al animal casi a la misma altura de sus ojos.

A la izquierda del camino que nos ha llevado al claro en cuestión hay un macizo de espinos de mediano tamaño, mezclados con algún que otro pimpollo de corta edad. La parte trasera de esta mancha de vegetación está resguardada por un par de enormes pinos, que además de cortar ligeramente el viento que ya comienza a levantarse, disimularán mi silueta. Cojo mi silla y me planto junto a uno de los árboles, no sin antes abrirme camino entre los espinos procurando no hacer un ruido excesivo y alterando lo menos posible mi entorno. El olor a savia fresca de ramas recién cortadas o la visión de las blancas fibras vegetales del interior de cualquiera de las plantas que me rodean, es perfectamente capaz de poner en guardia a los animales cuya presencia ansío: al fin y al cabo, son auténticos profesionales de la supervivencia, y se trata de no ponerles las cosas fáciles. Elimino algún que otro estorbo más para abrir sin problemas el arco y me siento, dispuesto a echarle paciencia al asunto, ingrediente del todo imprescindible en el currículo de cualquier cazador.

En el centro del claro, y a una distancia prudencial de la torreta, hay un comedero automático cargado hasta arriba con grano y con maíz. Ha habido que cambiarlo de lugar porque la lumbrera que diseñó el puesto lo situó demasiado cerca de la torre. El ángulo de tiro resultaba, por lo tanto, en exceso agudo, lo que provocaba tiros que alcanzasen un solo pulmón o que fallasen estrepitosamente en el mejor de los casos. Muy de cuando en cuando, el plato giratorio del comedero se pone en marcha y esparce en círculo el preciado alimento. Observo a la bandada de pájaros que, extrañamente silenciosos, son de momento los únicos clientes que están comiendo gratis. Sus evoluciones me recuerdan que estos alegres habitantes de la foresta delatarán mi posición sin el menor inconveniente y en el instante menos oportuno de todos, así que procuro permanecer completamente inmóvil y en silencio.

Las sombras están comenzando a alargarse con lentitud y la temperatura empieza a bajar aviesamente. Estoy tan quieto que no muevo ni los ojos; en consecuencia, mis alrededores pierden nitidez. Los contornos de los objetos se difuminan y se mezclan los unos con los otros; lo que percibo es muy similar a un patrón de camuflaje, grandes manchas irregulares de colores que se alternan unas con otras. Si algo se mueve en mi radio de visión, la mixtura que contemplo se desintegra de inmediato, al captar mi cerebro ese movimiento y situarlo con la rapidez del rayo en mis coordenadas sensoriales. Los pájaros me sacan con frecuencia de esa especie de abstracción en la que me mantengo, que puede pasar fácilmente a convertirse en un sueño ligero, muy agradable pero más que suficiente para echar a perder la espera. Intento, así, no amodorrarme, aunque me cuesta un cierto trabajo.

En ese combate ando cuando distingo una mancha de color más oscuro que el fondo  boscoso recortada contra el mismo. Es un precioso corzo del año pasado, con su espeso pelaje de invierno. No tiene un gran trofeo pero es tan elegante y engañosamente delicado como cualquier otro. Se mueve con mucha lentitud y en sin provocar ni un solo ruido según se va acercando al borde del claro y al comedero. Llegado al depósito, se pone de costado hacia mi y comienza a comer, algo inquieto. Me está ofreciendo un disparo de libro; procuro agitarme lo menos posible y bajar un tanto la mirada; noto el corazón en el pecho y el pulso me retumba en las sienes.  Mi presa interrumpe con frecuencia su alimentación para pasear una mirada llena de desconfianza por los alrededores; está claro que hay algo que no acaba de encajarle en la escena y que muy posiblemente ese algo sea este cura.

Pero tendré que contentarme, claro está, con admirar a esta mágica criatura del bosque. Hoy no supongo amenaza alguna para su vida, dado que no estamos en temporada hábil para intentar su caza. De haber llevado encima una cámara fotográfica, sin duda hubiera podido tomar excelentes instantáneas, pero no es el caso. El pequeño rumiante sigue comiendo, lo deja y da un par de vueltas alrededor del comedero, husmea el aire y vuelve a la comida. Repite esta rutina un par de veces hasta que, súbitamente, levanta la corta cola y suelta un par de roncos ladridos: ya tiene claro que le acecha un peligro inminente, aunque juraría que no me ha visto. Recula hacia la espesura sin dejar de ladrar y en un par de saltos desaparece de mi vista, internándose a toda velocidad entre pinos y robles. Todavía le oigo alborotar la quebrada quietud de la tarde durante un rato, mientras ladra en la lejanía. El muy ladino me va a poner en pie de guerra a toda la población animal de las cercanías; veremos.

Vuelta a empezar. Aprovecho el mutis del fantasma que acabo de contemplar para estirarme un rato. Me pongo de pie y escucho todo un repertorio de crujidos que proviene, cómo no, de mi anatomía, largo tiempo inmóvil, así que el estirón me sabe a gloria bendita. Y tras sentarme de nuevo, cuando la luz que queda ya presagia la llegada inminente de la oscuridad, una corza irrumpe en el claro con idénticas precauciones a las adoptadas por el macho que he visto hace un rato. Es muy bonita y joven; menea sus orejas con rapidez y escruta detenidamente la zona antes de proseguir con su acercamiento. Me entretengo con esta nueva visita, carente de todo interés cinegético pero plena de belleza salvaje, de naturaleza sin mancillar. Cuando la dama se aburre, después de comer bastante menos que su compañero, da media vuelta y se esfuma en la creciente tiniebla como si nunca hubiera estado allí. Se acabó la gentil visita.

Ambos animales han entrado en el claro de una forma tan discreta que no me han llamado en ningún momento la atención. De haber estado situado en el interior de la torreta, es posible que les hubiera visto llegar. Pero, dado que estoy a ras de suelo, su pequeño tamaño y su silencioso deambular han estado a punto de jugármela: no he advertido su presencia hasta que no les he tenido prácticamente encima.

El día ha sido bastante completo, he de reconocerlo. Por la mañana, y después del madrugón acostumbrado del desayuno reglamentario, hemos saltado a los coches para partir en dirección a otra zona del enorme coto. En la mañana de hoy, vamos a dar un par de pequeños ganchos entre nosotros. Lo normal sería que algunos esperasen mientras otros baten monte, pero Juancho, Pablo y Alejandro se adjudican este segundo papel como es lógico, de manera que el resto podremos esperar cómodamente.

Tras un buen rato de camino, subimos por una estrecha pista que lleva hacia la parte más alta de la sierra. Toca caminar un pequeño trecho, hasta que llegamos a una meseta que se abre a los pies de un gran barranco. La mañana está nublada y fría, pero es una delicia estar en el campo en esos momentos. Pinos, robles y vegetación rastrera lo inundan todo, componiendo un bello paisaje con sus innumerables combinaciones de colores y de formas. Los roquedales de granito relucen de humedad y el vaho de nuestro aliento se eleva hacia el cielo gris mientras buscamos acomodo entre las manchas de vegetación y el arbolado. Me coloco junto a un gran pino, cuya base está forrada por una gran rastrera que se extiende a su alrededor. Soy el primero de la cuerda y mis compañeros se van colocando algo más arriba; mantenemos unos veinte o treinta metros entre cada uno de nosotros y divisamos perfectamente al compañero que tenemos a derecha e izquierda (tan solo a la derecha en mi caso). No hay lance de caza tan importante como para olvidar en ningún momento el crucial asunto de la seguridad, por descontado.

Después de un rato de tranquilidad, el monte comienza a agitarse. A lo lejos, se oye perfectamente la algarabía de nuestros batidores. Avanzan lentamente entre los árboles y la densa vegetación, dando voces y gritando para levantar la caza. Ante mi se abre una lengua de tierra que baja desde lo alto del barranco para acabar por desaparecer en el frondoso pinar que hay a mi izquierda. Estoy a unos quince metros de esa franja, de manera que si algo aparece por ahí es posible que pueda dejarlo cumplir y ejecutar un buen disparo.

Oigo algún ladrido de corzo que se entremezcla con las voces de mis amigos, pero nada más. Aprovecho la calma casi total que se respira para aliviar mi vejiga y al poco rato, escucho que algo rompe el monte y, efectivamente, dos grandes pepas asoman por el borde del barranco mientras corren a toda velocidad. Ni intento abrir el arco; ambas hembras galopan tan deprisa que las tengo encima en un santiamén frente a mi. Pasan como una exhalación, perseguidas por el ruido de los perros y de los batidores; en cuestión de segundos, ya se han internado en el monte de nuevo. Con un arma de fuego el lance no habría acabado tan bien para ellas, ni mucho menos, pero esto es lo que hay. En una batida para arqueros, lo lógico es escoger para el tiro a animales que entren en el apostadero trotando suavemente o caminando con lentitud para intentar despistar al cazador, que también los hay. De otra manera, las posibilidades de éxito son más bien escasas, al menos a mi modo de ver.

Cuando veo pasar a los batidores frente a mi, me relajo y me siento un rato bajo el pino. Apoyado en mi mochila, espero a que los compañeros vayan desandando lo andado para regresar juntos a los coches. Otra mancha nos espera para una nueva batida.

Dicho y hecho. Llegamos a otro punto, una amplia y seca extensión entre pinos puros y duros, y echamos a andar cuesta arriba. El asunto consiste en apostarnos en diversos puntos de una ladera cuajada de esbeltos y altos pinos negrales. Entre ellos, se entrecruzan una cantidad inverosímil de pistas y de caminos, esculpidos en el suelo por nuestras presas a golpe de pezuña. Es fácil determinar dónde han saltado, dónde se han detenido y dónde han dado la vuelta; el húmedo suelo, tapizado por una gruesa capa de excrementos, retiene con facilidad sus huellas.

Nuevamente me quedo el primero en cuanto la ladera comienza a empinarse. Me duele horrores la rodilla derecha, debilitada toda esa pierna por el coma en el que estuve durante tres meses. Iniciaré un programa de ejercicios, sugerido por mi fisio, en cuanto vuelva a Madrid con el fin de recuperar su musculatura, de manera que no quiero forzarla ahora.

Aquí es complicado esconderse. Los troncos de los pinos son poco corpulentos, haciendo imposible guarecerse tras ellos. Se trata, sin duda, de divisar a las posibles piezas cuanto antes y de disparar contra ellas cuando comiencen a subir hacia la cima del monte en cuya ladera aguardamos; si se aproximan demasiado, es seguro que nos distinguirán con facilidad.

En esta ocasión, y debido a la vegetación de este área, mucho menos densa que la anterior, los ruidos del monte me llegan con asombrosa nitidez. Rufino, el padre de Aitor, se ha apuntado al grupo de los batidores, y su voz se escucha claramente en el aire de la mañana. Pero todos los esfuerzos son vanos. Ningún animal ha irrumpido en mi amplio campo visual. Espero a que mis amigos bajen del monte y a que lleguen los batidores. Nos toca aguardar un rato más a Rufino, que se ha despistado un poco. Su sordera ha hecho que se despistase un poco; no se ha enterado de que los otros le estaban buscando, pero aparece al final tan feliz entre los pinos.

De semejante manera ha transcurrido el día, y ando enfrascado en estos recuerdos cuando aparecen Juancho y Alejandro a recogerme. Nos encaminamos hacia nuestros cuarteles para disfrutar de un té bien cargado y de la cena que nos ofrece Verónika. Ya que hemos repetido comida campestre, es muy agradable sentarnos a cenar cómodamente. El primer plato es una sopa borsch, típicamente soviética. Está hecha a base de remolacha y parte de su gracia consiste en degustarla con un vaso de vodka. Me conformo con probarla sin el licor y no me desagrada en absoluto; por otra parte, y dada la temperatura exterior, cualquier brebaje caliente es bienvenido.

En nuestra ausencia han llegado al hotel Ángel Barrón y Carlos Álvarez, compañeros de cacerío inseparables. Tiran caza al vuelo en collera, y lo hacen muy bien, auxiliados por Pipo, un inquieto español bretón que no para ni cinco minutos, y utilizan para ello las puntas tipo Snaro Bird que Ángel fabrica y comercializa a través de su firma, Barrón Birds. A la mañana siguiente podré comprobar la eficacia de dichas puntas y el magnífico trabajo del perrillo de la pareja.

De momento, y tras la cena, improvisamos una rápida charla de unos quince minutos con Juancho, Pablo, Ángel y Carlos. Les entrevistamos Alejandro y yo grabando toda la conversación en un nuevo podcast de Nómadas, que podéis escuchar aquí.

Poco después, aterrizamos en la piltra como auténticas avionetas. El día ha sido intenso y el esfuerzo realizado nos pasa amable factura. Mañana, codornices al vuelo nada más desayunar; a la tarde, volveremos al monte cerrado para otra espera.

¿Qué nos deparará la oscura masa boscosa que nos observa en completo silencio?

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Venados, gamos y cochinos, iii

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Checa, Coto del Villarejo, 2 de noviembre de 2017

Vuelan flechas por todas partes hace ya un rato. Llenan el aire quieto de la soleada mañana alcarreña con zumbidos secos, con ese siseo que tan grato nos es a los cazadores arqueros. Juancho y Pablo han dispuesto ocho o diez dianas de foam a distintas distancias en la pradera que se abre frente al casón que hay en mitad del coto. Las estamos acribillando sin prisa pero sin pausa, probando nuestras habilidades frente a nosotros mismos y frente a los demás. Cuesta siempre un poco arrancarse ante personas a las que no conoces, la verdad, pero es una sensación que se disipa con rapidez  para ser sustituida por un agradable y cálido sentimiento de camaradería dentro del cual me encuentro muy cómodo cuando comienzan a impactar las primeras flechas.  Se cruzan miradas y comentarios entre nosotros, los arqueros; evaluamos el arma, el estilo y la suelta del compañero más cercano; sonreímos y bromeamos, aliviados, al percibir que todos hablamos una lingua franca más sonora y rica que cualquier idioma del mundo, más expresiva que su conjunto: la atávica comunión de la antigua tribu, de los nómadas primitivos que vagaban por la Tierra durante los primeros pasos de una humanidad aún vacilante, con sus armas de guerra y de caza. En momentos como este sientes perfectamente todo el poder del binomio arco y flechas, su magia arcana e indiscutible, su capacidad para eliminar barreras de cualquier tipo entre las personas. Me resultan instantes impagables porque me confirman lo acertado de la elección vital que hice en un día ya muy lejano, recién amanecida mi juventud, elección de la que nunca me he arrepentido.

Y como prueba de ese hechizo que emana de la caza con arco, ayer por la tarde han aparecido nuevos compañeros extranjeros: Hans y Gerard, holandeses, y Bryan padre, Bryan hijo y Phillip, ingleses. Todos ellos tradicionales como nosotros, y ya clientes de la orgánica hace algunos años. No se pierden una y no les duelen prendas para tomar el avión y luego el coche con tal de venir a caza a estas preciosas tierras españolas. Les damos la bienvenida y aprovecho para practicar mi inglés, que todavía mantiene su filo bien cortante, según puedo comprobar.

Se trata hoy de desentumecer músculos y cerebro, de trabajar un poco la coordinación y la memoria muscular, esas dos asignaturas siempre e inevitablemente pendientes en la formación y en la carrera de todo cazador arquero tradicional digno de ese nombre. Hay que calentar un poco, hay que desperezarse y repasar nuevamente las habilidades antes de enfrentarnos a la caza real.  Nos hemos levantado más pronto que ayer, para desayunar a eso de las ocho y media de esta hermosa mañana y salir rápidamente hacia el coto, que urge aprovechar el tiempo. Comeremos aquí en el monte, a base de unos tremendos bocadillos que nos ha preparado Veronika, algo de fruta y un poco de chocolate, ideal para reponer fuerzas y entrar en calor. Circulan las cervezas y yo me agarro a mis botellas de agua como si me fuera la vida en ello… bueno, algo de eso hay, la verdad.

La sobremesa es tranquila, amena. Nos hemos acomodado en sillas plegables y en tocones de madera alrededor de una gran mesa redonda que hemos situado junto a la casona, de la que han salido como por ensalmo los trastos necesarios para la comida. Luego, un buen café caliente, porque pese a que el día es muy luminoso y el cielo está del todo despejado, se adivina el frío que trae consigo la sombra y que sin duda nos alcanzará cuando caiga la luz. Aunque esa bebida tiene sus inconvenientes; es sencillo acomodarse y dejarse ganar por el suave sopor de estas horas del día y por el cansancio acumulado debido a las pocas horas dormidas. Resultaría peligrosamente fácil quedarse tan traspuesto que ni la misma Reina de Saba, famosa por su sensualidad y belleza, fuera capaz de hacernos levantar de nuestras sillas.

De manera que sobre las tres de la tarde Juancho da la orden de marcha. Ya del todo equipados para el aguardo, saltamos a los coches que nos irán dejando en los puestos poco a poco. Subo a la pickup de Juancho junto con Alejandro y con Brian hijo. Iniciamos la marcha a través del hermoso coto para dejar a Brian en la misma cuerda de la sierra que lo domina. Allí, en un tree-stand colocado a cuatro metros de altura, aguardará nuestro joven amigo inglés. Leñador de profesión, tiene una técnica muy depurada y una suelta limpísima, y llegados a su puesto trepa al árbol con un facilidad digna de envidia. Desaparece entre las ramas y le deseamos suerte. Ahora me colocaré yo, y Alejandro seguirá camino con Juancho para bajarse el último del todoterreno.

Llegamos a un pequeño valle por cuyo centro discurre una pista en bastante buen estado. Súbitamente, distingo el puesto a mi derecha: se abre sobre el centro del valle y apuntando a un pequeño claro entre las jaras, donde se distingue una gran mancha de harina. Juancho se baja conmigo armado de un azadón, porque el puesto está situado en una de las laderas del valle y conviene hacer una pequeña plataforma para que la silla se mantenga recta sobre el suelo a la hora de sentarse. Cargo con una silla plegable que tiene respaldo, porque necesito sujetarme la espalda con algo. Cosas de la edad.

Aplanada la zona, planto la silla y me despido sigilosamente de Juancho, que me levanta un pulgar en señal de suerte. Me acomodo con tranquilidad y comienzo a inspeccionar el puesto y sus alrededores. Estoy situado a unos veinte metros del comedero, que puedo ver a través de una oquedad abierta en el armazón de ramas cortadas que camuflan el apostadero. Dos ramas más gruesas que el resto bajan en diagonal y dejan un espacio entre sí más que suficiente para ver; toca comprobar si se puede apuntar y tirar a su través y en qué postura. Lo ideal, a mi juicio, es poder disparar sentado con comodidad, girando el cuerpo hacia un lateral, o levantarse por completo y tirar a la manera clásica; creo que en estas posibilidades radica, en gran parte, el éxito en las esperas.

Para tirar sentado tengo que incorporarme a medias, lo cual no es ni cómodo ni estable, pero es lo que hay. La ventana del puesto sería ideal para un arco de poleas o para un arma de fuego; para un recurvado como el mío, el asunto deja un poco que desear. Y en cuanto a tirar de pie, imposible del todo; si me incorporo, el ramaje del puesto me impide tanto la visión como el disparo. Bueno, al fin y al cabo, uno es perro viejo. Adelante con la espera; veremos cómo disparamos cuando entren las piezas. De algo tiene que valer llevar ya tantos tiros a la espalda, digo yo. En el peor de los casos, tengo salida a derecha y a izquierda, y desde los dos lados veo el claro con el comedero desde la protección del bosque y de la ladera detrás de mi, que estará en sombras, de manera que ya veremos qué ocurre. Nunca es una buena idea abandonar el puesto cuando las piezas están cumpliendo o en mitad de la espera, por supuesto, pero cuando lleguemos a ese río cruzaremos ese puente si fuera menester.

Cuando ya me he ubicado a mi gusto, y sin que la luz haya bajado ni un ápice aún, comienza a dejarse sentir un frío pelón. Parece mentira que sean las cuatro menos cuarto de la tarde y que el sol brille todavía con ganas, pero lo cierto es que tengo que empezar a abrigarme porque me estoy quedando tieso. En pocos minutos, parezco un Michelín de camuflaje, pero no estoy dispuesto a pasar más penalidades de las estrictamente necesarias, esa es la verdad.

El monte sigue tan silencioso como el día anterior. No se mueve ni una hoja. El aire está en completa calma, y cuando sopla ligeramente noto su frescor en el rostro. Esperemos que no cambie de rumbo para no estropear la espera. Y comienzan a pasar los minutos muy despacio. En medio de semejante quietud, es inevitable que tus pensamientos tomen la dirección que ellos deseen. Suelo repasar mi vida, pasado y presente, mis metas logradas y mi inevitable ración de empresas malogradas, de sueños rotos que yacen desparramados a mi alrededor como las piezas de un reloj descompuesto. De vez en cuando, compruebo si mis músculos responden con claridad, porque el frío es mal enemigo: es perfectamente capaz de inmovilizarte sin previo aviso y no es la primera vez que no puedo abrir mi arco después de unas horas de espera a temperaturas bajo cero. No creo que ese sea el caso hoy, pero no me cuesta nada cerciorarme de que todo marcha según lo previsto.

Sobre las cinco y media de la tarde comienza a descender la luz inequívocamente. Nos acercamos a esa hora extraña, entre el día y la noche, en la que las sombras se agigantan, cambian de forma y de sitio para confundir al cazador. El bosque protege a sus criaturas sin ejercer violencia alguna; se limita a susurrar sus hechizos al oído del hombre mientras intenta despertar el miedo atávico a la oscuridad que subyace en todos nosotros, agitando frente al ser humano su amplio repertorio de espantajos. Bien es verdad que hoy carece de una de sus armas fundamentales, los ruidos nocturnos, que habitualmente restallan por doquier con la intensidad de cañonazos y confunden los sentidos y el ánimo del valiente que espera a su presa oculto en la espesura. No obstante, la sensación de estar solo por completo, aunque sea en silencio,  sumergido en una oscuridad densa y fría, que solamente cede bajo los rayos ocasionales de la linterna o los focos del coche que te viene a recoger, rara vez deja de resultar imponente . Lo curioso del asunto es que, en circunstancias similares, la criatura más peligrosa que esconde el bosque es, sin lugar a dudas, el propio humano. Pero esto es así. Siempre se me viene a la cabeza la misma escena en situaciones como esta: una cueva llena de neandertales, amontonados los unos junto a los otros para no perder el calor, mientras fuera de la caverna llueve sin tregua y el macairodo ruge feroz su ira y su hambre: desde los orígenes de la humanidad, el hombre ha aprendido a convivir con el miedo y a superarlo, pero este enemigo incansable siempre está al acecho, buscando un mínimo resquicio para lanzarse sobre el iluso que cree haberse desprendido de él definitivamente.

En semejantes cuitas ando cuando comienzo a oír con claridad gruñidos que provienen de mi derecha. Los patas largas no han hecho acto de presencia, pero me dispongo, satisfecho, a enfrentarme con maese jabalí, un animal que parece hecho a la medida de los cazadores arqueros; al menos, eso parecen indicar los ruidos que oigo.

No muevo ni las pestañas y estoy del todo embutido en mis ropas. Ya no se ve prácticamente nada y el frío muerde con saña entre los matorrales. Los gruñidos se sienten cada vez más cerca y principian a escucharse los chasquidos de las abundantes ramitas que tapizan el suelo al romperse. Se trata de una piara, sin duda. Oigo distintos gruñidos a la vez y me relamo de gusto pensando que el espectáculo está servido. Aún no han aparecido en el comedero, pero están muy cerca, entretenidos hozando el suelo en busca de su pitanza, incansables y nocherniegos. Poco a poco, sus oscuras siluetas se asoman delante de mi puesto, apenas recortadas contra el suelo, de color más claro bajo la escasísima luz que reina en la escena. Bien, la cosa promete.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, ahí están. Siempre discutiendo entre ellos en voz baja, irascibles, valientes y gruñones, los cerdos salvajes hacen su aparición. Incorporándome un poco, puedo distinguirlos a duras penas, pero ahí están. Comen a toda velocidad, ruidosos y glotones. No son excesivamente grandes; se trata de ejemplares del año anterior como mucho, de manera que difícilmente superan los treinta o cuarenta kilos, pero eso carece de importancia. Están frente a mi, los tengo delante; animales salvajes en plenitud de facultades a los que yo, un pobre humano, tengo que conseguir engañar para arrebatar una de sus vidas; esa es la hazaña a lograr, en resumidas cuentas. Presto una meticulosa atención a las sombras que envuelven el claro; estoy convencido de que una jabalina vieja acompaña a la piara y esa debería ser mi principal preocupación y mi presa por defecto. Puede irrumpir ante mi en cualquier momento, porque es muy posible que esté contemplando el desarrollo de los acontecimientos agazapada entre la maleza. Veremos.

Aunque hay que empezar a pensar en el disparo. Me incorporo a medias, muy lentamente, y conecto mi luz roja: imposible ver nada, los bordes del foco de luz chocan contra las ramas de la ventana del puesto y no me permiten atisbar el exterior del mismo.  Tengo que acercarme más a la pared de camuflaje y repetir la maniobra, con el consiguiente riesgo de que las piezas se asusten y salgan escopetadas hacia la espesura. Pero no tengo otro remedio, de modo que así lo hago. Tan solo un par de ellos miran el haz de luz; sus ojos brillan en la oscuridad. Ninguno se alborota ni se inquieta, buena señal. Pero los muy ladinos se alejan un tanto del comedero, es como si se pusiesen de frente a mi en vez de darme el costado. Siguen revolviéndose, comiendo y gruñendo, no obstante. Vuelvo a incorporarme a medias y comienzo a abrir el arco antes de conectar la luz; cuando ya estoy en posición, enciendo la linterna y escojo mi presa. Vano intento, ahora sí que se mosquean y corretean nerviosos por el claro. Cierro el arco y vuelta a la silla, con el corazón pegándome saltos en el pecho.

Y a la tercera va la vencida. Repito la maniobra tan despacio como me es posible y cuando me estoy centrando de nuevo en elegir mi víctima descubro que se han alejado lo suficiente como para dificultarme sobremanera el tiro, o al menos eso es lo que creo percibir. De soltar la flecha, nada; habrá que esperar un poco más. Pero la piara comienza la retirada con tanta rapidez como ha aparecido. Ni rastro de la supuesta jabalina; me muevo ligeramente hacia la izquierda del puesto, unos tres metros, sin perder de vista el claro; ya no me importa que puedan verme, oírme u olerme, pero las sombras oscuras que eran mis presas  se han ido, dejándome con las ganas una vez más. Hablando más tarde con Juancho, coincidimos en que las huellas en el suelo indican que la piara se hallaba, a última hora, a menos distancia de la que me pareció apreciar, error muy común en las esperas nocturnas. De cualquier manera, prefiero no disparar sin tener la relativa seguridad de herir correctamente a la presa. Esa es la ley entre nosotros y ha de ser acatada siempre.

Al rato, ya noche cerrada, los faros del coche de Juancho perforan la densa tiniebla que me  arropa. Agradezco el calor del interior del automóvil y mientras charlo con mi amigo vamos recorriendo el monte para recoger a Alejandro y a Bryan, que han visto caza pero tampoco han podido disparar. Así es esta nuestra afición: nada que ver con el tiro al blanco, como se verá.

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De regreso en el hotel, nadie ha soltado una flecha, aunque casi todos han visto u oído animales en mayor o menor número. Después de la cena, Juancho y Pablo nos entregan unos obsequios y Jorge nos presenta una colección de artículos de la marca Kuiu, para la cual trabaja. Son prendas de altísima calidad, muy abrigadas y ligeras, con un tamaño y un peso que las hacen ideales para llenar una mochila sin tener que pensar en el peso que le estamos añadiendo. José despliega toda su panoplia de productos de cuero español, magníficamente cosidos y hechos a mano al cien por cien: guantes, protectores, carcajs de distinta capacidad acoplables al arco, en fin, una variedad de artículos hechos con mucho cariño por este amigo logroñés.

Y acabadas infusiones y copas, llega la hora de decir hasta mañana. Habrá que volver a levantarse pronto; hay que desayunar y hacer acopio de fuerzas porque mañana tenemos por delante otra jornada de vida en el monte: tan solo nosotros y nuestros arcos para vivir un lance que puede devenir en el más intenso de nuestras vidas, por qué no.

 

Nota: la segunda foto de esta entrada es cortesía de Alberto Amador. Gracias, amigo.

 

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